cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

9 min
La sra. maestra y....lo jodidos chiquillos
Reales |
07.11.18
  • 0
  • 0
  • 39
Sinopsis

.

Ya sé que hubo una época en la que se decía aquello de “ganas menos que un maestro”, pero aun así, el ser maestro, si no cuartos, daba el caché especial de docto personaje.

No sé qué se siente –porque no hice la mili-  cuando un sargento chusquero te da una orden, mirándote con cara de mala leche, pero cuando el maestro decía “amén” todos rezábamos el Padre Nuestro.

En el barrio mi madre no era una vecina más, no; ella era “la maestra” y yo, como no podía ser de otra forma, era “el hijo de la maestra” que, quieras o no, para muchos vecinos también daba un aura de inteligencia….; no sé dónde quedaría.

En mi colegio – un local de barrio repleto hasta los topes de pupitres marrones de formica, cada uno con un asiento corrido para dos niños, donde nos metíamos tres, pegados unos a los otros para que cupieran más a lo ancho- había colgado en la pared unos enormes mapas donde estudiábamos la geografía de España y de Europa –en ambos casos nada parecida a lo de hoy día-, sus ciudades, montañas, lagos y ríos.

En el fondo, detrás de la mesa de la maestra – del mismo color y de la misma formica que los pupitres, aunque bastante mayor -, una enorme pizarra cubría toda la pared, donde, en una de las esquinas, colgaban la escuadra, el cartabón, el compás y el transportador de ángulos –este último no recuerdo que se utilizara-, con los que nos explicaban las clases de geometría. En la parte alta, como no, un gran crucifijo y un retrato enmarcado de un cincuentón regordete, vestido de militar, nos vigilaban, sin quitarnos el ojo de encima, para chivarse a la maestra si alguno se movía.

Habíamos tantos chiquillos metidos en aquella aula –una forma de llamar a aquel local repleto de criaturas- que, cuando alguno hacía alguna trastada, al no poder identificar al autor….alcanzábamos todos. ¡Vamos! Y si alguno, para librarse, delataba al culpable, ya lo pillaríamos en el recreo para ponerlo calentito, porque, a pesar que se ha convertido en pecado mortal –lo que los modernos llaman bulling, el mooving y no sé cuántas tonterías más-, eso de las peleas entre críos siempre ha sido la forma natural de resolver sus disputas; igual que hacen los mayores ¿o no?

Fíjate si estábamos apretados que, cuando teníamos que hacer algún examen –poca cosa sería-, nos sentaban por grupos en una mesa larga, muy larga me parecía a mí –con la misma formica marrón-, que había en un anexo de la clase, bajo la atenta mirada de la maestra, donde podíamos sentarnos separados –a no más de medio metro-, para que no copiáramos al compañero.

Algo han cambiado los métodos, aunque también disfrutábamos de ayudas didácticas multimedia, no tan sofisticadas como las de ahora, pero para nosotros era un importante adelanto. ¿De qué va a ser? Hablo de las diapositivas, esas fotos minúsculas que, introducidas en un aparato se proyectaban sobre una pantalla enrollable; como una sesión de cine, pero con imágenes quietas. Imagina lo que para nosotros suponía, que nos amenazaban con dejarnos sin diapositivas si no nos portábamos bien, y eso que, a lo sumo, las ponían un par de veces cada curso.

Todo mezclado: animales, flores, mapas, cuadros,…., explicándoselo a niños, también mezclados, de cuarto, quinto, sexto,…¿alguno se enteraría de algo más que de pasar una tarde diferente en el colegio? Al fin y al cabo esto, más que para complementar las clases, lo utilizaba la maestra como “premio”, como si fuera una excursión, pero más sencillo de organizar y con menos dolores de cabeza.

Hasta allí, al medio de la clase, también llegó la guerra y para eso nos proveíamos de nuestras sofisticadas armas: un bolígrafo Bic al que le quitábamos la mina para utilizarlo de cañón; la munición: pequeñas bolitas de papel humedecidas en saliva para hacerlas más compactas y letales. Era con esto, con el cañón cargado, sujeto entre los labios, con lo que apuntamos al destino y soplábamos con fuerza para disparar. Claro, con semejante munición el objetivo ni se inmutaba si la bala –aquella pequeña bolita de papel humedecido- golpeaba sobre la ropa. Por eso teníamos que practicar la puntería para que, cuando disparáramos, pudiéramos acertar en la trasera del cogote o directamente en el moflete. Ahí si hacía su efecto y encima, si la diana era una niña, le hacía más daño pensar en la saliva de no sé quién que impregnaba aquello, que el cosquilleo de la mortífera munición.

Otra cosa eran las grapas de papel, fabricadas con dobleces apretados y disparadas con una goma del pelo sujeta entre los dedos a modo de tirachinas. Eso sí picaba, pero lo utilizábamos en campo abierto –cuando salíamos al patio-, porque dentro de la clase era fácil que te pillaran y entonces sí, entonces te llamaban a la mesa de la maestra, pidiéndote, educadamente, que estiraras el brazo con la mano abierta hacia arriba y….¡plas! reglazo al canto y encima te dejaban allí, en frente de todos, de pie hasta que te aburrieras. Los más temerarios se llevaban en el bolsillo la “pistola” de bolitas y desde allí disparaban. Para eso sí que había que tener valor, porque si te descubrían…..

Pero no todo eran trastadas. También se fraguaron las primeras amistades. Sin ir más lejos, José Miguel –hijo único- quería tener un hermano y para solventar el problema no se le ocurrió otra cosa que proponerme que nos hiciéramos hermanos de sangre. ¡Ala! Pues eso, escondidos, encaramados en una de las ramas del árbol grande –a mí me parecía inmenso- que había junto al colegio nos pinchamos la yema de los dedos y mezclamos nuestra sangre, aquella diminuta gota que apenas emergía por encima de la piel. A partir de entonces tengo otro hermano….¡y mi madre sin saberlo!

Y los primeros noviazgos ¿qué? En esa época –que libertinos que éramos- cambiábamos de novia de la mañana a la tarde. De hecho, para saber si tenías novia o no había que preguntarle a ella. Podía pasar que ahora sí y en un rato no, y tú sin saber qué es lo que había pasado entre medias. Si es que lo nuestro era la guerra, las batallas de grapas de papel, no los amoríos. Llegamos a la conclusión –más por obligación que por devoción- de que eso de las novias era cosa de mayores.

Ahora, el día grande era el día que se celebraba la Primera Comunión. Ese día lo aprovechaba la maestra para hacer una fiesta en la que agasajar a todas las madres; al fin y al cabo ellas eran sus clientas y había que hacerlas sentir tan importantes como los que vestían de comunión. Tanto la una como las otras ese día lucían sus mejores galas y peinados de peluquería. Para Lourdes, la peluquera de enfrente, también era el día grande: seguramente era el día que más clientela se le amontonaba, dando la vez hasta altas horas de la noche. Así todos contentos: las unas por la fiesta; la otra por la caja.

Y es que cada año un grupo de diez o quince niños –los que habían llegado a la conciencia, según los curas- hacían la Comunión, celebrándolos todos juntos en la iglesia del barrio. Después del oficio religioso íbamos hasta el colegio –donde la maestra se había ocupado de hacer sitio, amontonando los pupitres en el anexo de la mesa grande- para celebrar la fiesta: algunos globos colgados, bandejas de pastelitos surtidos, galletas saladas y botellas grandes de refrescos variados conformaban el banquete. Eso sí, antes de inflarnos a dulces y ponernos perdidos con la crema y el merengue, nos hacíamos fotos en la explanada de cemento, delante del colegio, con el colorido de fondo de los geranios de doña Candelaria –preciosos los tenía-, primero cada uno con sus padres, después en grupo.

Ese día la maestra cambiaba de profesión: de enseñar a los chiquillos, a hacer de diplomática entre las madres, porque siempre había algún roce, ya fueran los propios de vecinas –todas vivían en no más de cuatro calles-, o por posibles riñas entre sus vástagos.
En una de las ocasiones fue la madre de uno –José Juan, el más gordo de la clase- a dar las quejas porque su hijo había llegado con tremendo moretón en la barriga y al preguntar al acusado –dígase yo-, éste contestó: “es que no me lo podía quitar de encima”. Lo dicho, cosas de chiquillos que, por el hecho de hacer partícipes a las madres, no se resuelven ni antes, ni mejor.

Y el micro de colegio –porque antes no habían autocares- era….una furgoneta de nueve plazas en las que se metían lo menos quince, allí, bien apretaditos –como en los pupitres-, unos encima de otros y ninguno quieto. Seguro que visto desde fuera aquello parecería una viñeta de dibujos animados, con las cabezas de los chiquillos saliendo por las ventanillas. Sólo le faltaba la firma de Ibáñez.

Pero…¡que salvajes que éramos! Y que sanos que hemos crecido.
 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Con el paso de los años vamos reuniendo vivencias que, en ocasiones, nos apetece compartir. Sin la más mínima pretensión, unas reales, otras ficticias, aquí están algunas de las mías.

Tienda

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
19.09.18
25.05.18
Encuesta
Rellena nuestra encuesta