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6 min
LA SUAVE LUZ DE LA FAROLA
Amor |
14.07.22
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Sinopsis

Relato escrito en conjunto con mi querida amiga Yazmin Schwery Rivera. Incursionamos un poquito en el género erótico.

LA SUAVE LUZ DE LA FAROLA

© Yazmin Schwery Rivera/Carlos Higgie

La joven morena, consciente de lo que hace, camina por una de aquellas callecitas que mezcla penumbra con farolas que apenas dan un toque de irrealidad al ambiente, iluminando pedacitos de la vereda de baldosas flojas. Lleva una máscara cubriendo su boca y sus ojos brillan de pura excitación. Está sola en la calle desierta, pero sabe que el hombre que la atrae y le quita el sueño, el hombre que desea, que imagina besándola, saboreado su piel y su alma, la sigue de cerca. Viene con la mirada cargada de deseo,  la acecha, como si fuera un tigre que va tras  su presa.

Después de la farola, dobla a la izquierda y se encuentra en una callecita sin salida, oscura y silenciosa camina hasta el fin de la calle y se recuesta en la pared. Espera, respirando nerviosamente.

Él se aproxima, está llegando ya puede sentir su  respiración acelerada. Llega bien cerca y su perfume, mezclado con su olor de macho excitado, invade su universo. Se apoya en la pared, se acerca y baja su máscara, sin hablar, sin pedir permiso, dueño de la situación. Ella entreabre los labios. No quiere bajar los párpados, necesita ver como él aproxima su boca de la suya.

Su corazón se acelera con cada segundo de proximidad.  Él la mira fijamente no parpadea, sus ojos la han hechizado, la tiene atrapada y  no tiene ninguna intención en huir. Está dispuesta a ser su presa, deja que él tome el control de la situación. La boca se acerca a sus labios, siente el calor de la otra  respiración, el increíble magnetismo de la boca masculina, siente que está dominada mucho antes de ser tocada, besada. Sus bocas se funden en un apasionado y fogoso beso, que comienza cargado de lujuria y energía inusitada. Sus lenguas húmedas y calientes juguetean mientras sus respiraciones se aceleran. 

Eleva la pierna de la muchacha hasta su cintura, la falda se desliza por el muslo, dejando descubierta la belleza y tentación de la pierna. Su mano se coló en la entrepierna femenina.

Ella gimió bajito. Él buscaba ansioso un punto para hacerla estallar. Los nudillos de sus dedos frotaban la tela de encaje de las bragas. Se escucha un suave jadeo, un suspiro, casi una súplica. Él introduce su mano debajo de la ropa interior y con sus dedos comienzan  a acariciar el sexo de la muchacha. Rápidamente se humedece, está pronta. Hacía mucho tiempo que estaba pronta.

Ella está excitada. Posa su mano sobre la mano fuerte y comienza a moverla con más fuerza, se besan con loca pasión. El hombre abre la blusa de la muchacha y resbala con su boca, besando el cuello y bajando. Un seno escapa de su prisión y se ofrece a los labios, a la lengua, al deseo masculino. Él no se detiene allí. Sigue bajando hasta quedar de rodillas. Ella levanta la falda hasta la cintura. Ya no piensa, ya está totalmente dominada por la boca loca. Siente, y gime, cuando la mano firme separa las bragas y deja el sexo húmedo descubierto. Siente cuando los labios húmedos se posan sobre su rosa encarnada y la lengua nerviosa comienza un movimiento que la enloquece.  Ella levanta la cabeza y ve allá arriba el cielo que la mira. Su cuerpo arde bajo un cielo estrellado. Él se detiene. La deja sin sus bragas en un instante y vuelve al ataque con su boca lujuriosa y loca. La muchacha se deja llevar por el deseo, por la locura de aquel momento mágico e increíble. Siente cuánto él la desea, cuánto él deseó aquel encuentro. Se abre para el deseo masculino. Se entrega totalmente.

El hombre sabe lo que hacer y cómo  hacerlo. Su boca y su lengua, sus dedos y su nariz hacen maravillas. La muchacha, totalmente dominada por la lujuria de aquel encuentro, se suelta, se deja llevar y se sorprenden cuando el orgasmo explota y se adueña de su realidad. Goza y se suelta. Vuela.

Se besan. Ella siente el sabor de su sexo en la boca masculina y se excita cada vez más.

Ella le baja la cremallera. La mano temblorosa aprisiona el miembro nervioso, rígido y tibio. Quiere todo, todo, en esa calle sin salida. Donde nadie sea testigo, excepto la soledad, la penumbra, las paredes desnudas y el cielo estrellado allá lejos.  

La penetra suavemente, sujetando sus brazos delicados contra la pared de ladrillos sin revocar y besándola con una pasión increíble. Ella separa las piernas para recibirlo entero y gime de placer. El hombre libera los brazos femeninos y la levanta con sus brazos fuertes, la recuesta en la pared y ella, instintivamente, lo rodea con sus piernas. Los movimientos van aumentando de ritmo, las piernas del hombre tiemblan por la excitación y por el esfuerzo. La joven mujer lo abraza y se entrega totalmente, mientras aquel miembro va y viene, en rítmica y electrizante danza, dentro de su sexo.

A cada embestida la muchacha siente que lo tiene totalmente dentro. Gimen. Respiran agitados. Él susurra cosas que ella no entiende y ni quiere entender. Lo siente pleno y potente, entrando y saliendo con movimientos enérgicos y profundos. ¡Una locura! Sus labios se encuentran  y se desencuentran, sus bocas se juntan y se separan. Las lenguas se comunican en un lenguaje maravilloso e íntimo, mientras el hombre abre camino y entra hasta dónde puede en el sexo aquiescente de la hermosa muchacha, transformada en mujer decidida.

Así, contra la pared de la callejuela desierta que no era iluminada por la suave luz de la farola, los deseos contenidos y muchas veces reprimidos, se encuentran y se funden.

Él goza besando la boca femenina, la besa con pasión para ahogar el grito que pugna por salir de su garganta. Ella lo recibe entero, apretándolo contra su cuerpo, con toda la fuerza que tiene aún en las piernas.

Allá arriba, muy a lo lejos, el cielo estrellado es el único testigo.

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Lectura, cine, deportes. Tengo algunos libros publicados en español, portugués e inglés, pero sigo aprendiendo todos los días. Descubriendo que cada vez sé menos.

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