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5 min
La suerte de mi vida.
Amor |
12.01.21
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Sinopsis

Nada será siempre lo que parece ser.

Capitulo I. Apareció

Siempre fui una chica dura, de esas que aparentemente no necesitan a nadie para sacarse las castañas del fuego, de esas que pueden fulminarte y dejarte bajo tierra con tan solo una mirada. De las duras de roer, que necesitan más que cuatro palabras bonitas para caer en tus redes. De las que quieren hechos y no palabras, de las que necesitan que veas más haya de todo aquello que yo misma te estoy mostrando.

Y así era, así era ese 25 de septiembre. Y apareció. Se presento en aquella calle y con todas las personas que aquel día abarrotaban la ciudad decidió fijarse en mis labios rojos, aquellos que decían a gritos peligro. Aquellos que avisaban que no era fácil traspasarlos.

Se dispuso en aquel momento a dejarse ver una y otra vez con el carisma personal que le caracteriza, sus andares chulescos, la mirada pícara y esa sonrisa que conquista hasta el mismísimo diablo.

Decidió que no iba a lanzarse, no iba a invitarme, no iba a comportarse como cualquier otro hombre de los que han aparecido por mi vida. Deliberó que iba a cortejarme, a conquistarme, a engancharme. Sentenció que le iba a pedir a gritos que mordiera de una santa vez esos labios míos que avisaban de un abismo de frialdad.

Hombre de ideas fijas, de desafíos cumplidos, y aquel, lo consiguió. Aquel día terminó sintiendo esos labios que engañaban, esos labios míos que anunciaban frialdad, pero estaban llenos de frenesí, efervescencia, ardor, entusiasmo. Esos labios que sólo mostraban aquella pasión cuando los ojos que los veían eran capaces de identificarla tras esa dura capa de hielo que estaba acostumbrada a cargar conmigo.

Fueron días de cortejo. Debía saber que realmente la capa de hielo no era tan fácil de traspasar. Necesitaba estar segura de que era algo más que un capricho, que un mero interés circunstancial. Que iba a ser capaz de lidiar y sobrellevar toda la intensidad que estaba guardando aquella armadura de hierro blindado que mostraba a todas y cada una y de las personas que me encontraba.

Y lo supo ver, supo ver que todo aquello no era más que una imagen externa de tipa dura, que detrás de todo eso había mucho más. Y aquel día que se armó de valor para soltármelo reventó de golpe y porrazo todos y cada uno de mis esquemas.

Aquel día fue el punto de inflexión, fue el momento en el que decidí que era merecedor de aquella intensidad que tenía guardada. Pero una vez más volvió a tirarme a bajo todos lo esbozos que tenía dentro de mí. Y esque él decretó que no podía comportarme como una cabra loca frenética con él, que no deseaba que realizara cosas de las que me arrepintiese solo por el mero echo de guiarme por el impulso de esta intensidad mía que me caracteriza. Que debía sentirlo, relajarme, decidirlo, desearlo, saborearlo, saber que era lo que realmente deseaba con la profundidad de mi ser.

Y así me fue ganando, conquistando, enganchando. Así me hizo presa de aquella piel suya que era mismísima droga para mí. Y lo que comenzó siendo un impulso de intensidad se convirtió en deseo, en anhelo, en apetito, en interés, en antojo. Se convirtió en mi mayor adicción.

Durante meses sentí estar en el mismísimo cielo. Ni en mis mejores deseos había imaginado algo como él. Ni tan siquiera cuando había fantaseado pude hallarme de aquella manera. Experimentar aquellas sensaciones. Enfrentarme a semejante cantidad de efectos, impresiones, sensaciones. Experimentar como cada una de las células de mi cuerpo estallaban de placer con el mero hecho de que me rozase, de que susurrase, me tocase.

En aquel momento de frenesí, de delirio emocional y sensacional, una tormenta de agua helada me alcanzó. De repente y a bocajarro él se cerro como la maldita caja de pandora, no deseaba nada, no quería nada, todo eran odios y reproches hacia aquella intensidad mía que tanto había disfrutado conmigo, que tanto habíamos explorado ambos, que tanto habíamos aprovechado.

Así que sí, por tercera vez en menos de un año volvía a reventar cada uno de mis planes mentales, pero esta vez no consiguió hacerme subir como la espuma, si no que me hundió en el más profundo de los pozos que nunca antes había experimentado.

Aquel momento fue el comienzo de lo que iban a ser años de una interminable montaña rusa.

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