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9 min
LA TIENDA DE LOS SOMBREROS
Terror |
28.10.21
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Sinopsis

Un hombre pasa por delante de una tienda de sombreros y ve algo en ella que será su perdición

Vicente Robles era un representante de una empresa que fabricaba objetos de regalo, que en aquel momento se disponía ir a visitar a un nuevo comercio especializado en la venta de dichos artículos que se había instalado desde hacía poco tiempo en una calle adyacente del conflictivo barrio barcelonés EL RAVAL, otrora EL BARRIO CHINO para ofrecerle sus servicios.

Sin embargo Vicente no se había percatado que a escasos metros de aquel lugar había una tienda de sombreros llamada "CASA RUBIT" que ostentaba una fachada añeja con una puerta de entrada de color marrón y adornada con unos sofisticados arabescos pertenecientes a una época ya fenecida; así como tenía un gran escaparate en el que se exhibía aquella singular prenda complementaria en distintos modelos, la cual por lo visto había sido fundada en el año 1885, y que confería a aquella zona un matiz de una solera tradicional.

De manera que cuando el representante hubo cumplido con su misión y se dirigía hacia su coche para regresar a la empresa reparó al fin en aquella sombrerería y se detuvo para echar un vistazo en el escaparate a la vez que se preguntaba: "¿Quién comprará hoy en día estos sombreros? Pues en la actualidad casi todo el mundo va con la cabeza descubierta. Solo algunos bohemios y algunas personas de cierta edad que se han quedado rezagadas en el pasado. Por eso mismo que esta tienda poca recaudación hará".

Vicente se hallaba contemplando aquellas prendas cuando le llamó poderosamente la atención la cabeza de un maniquí que llevaba puesto un sombrero de ala ancha; de color gris perla con una franja negra que era como los que había usado su abuelo muchos años atrás. Mas lo que al hombre le llamó le impactó sobremanera no era el sombrero que llevaba la cabeza del maniquí, sino la insólita expresión de terror y de pasmo que se refejaba en sus vidriosos ojos, y que además parecía fijarse en él. Vicente consideró que era de muy mal gusto mostrar al público aquella cabeza. Con toda seguridad los dueños del establecimiento debían de ser gente poco escrupulosa y no habían reparado en la mala impresión que podía causar al público aquel rostro tan expresivo.

El representante decidió hacer caso omiso de aquella visión y siguió su camino mientras se esforzaba en pensar que gracias a él; a su innata simpatía su empresa había conseguido un nuevo cliente.

Por otra parte aquella noche Vicente Robles y su mujer Rosaura, que era un matrimonio sin hijos, habían invitado a cenar en su hogar al amigo de la infancia del representante llamado Pedro Costa y a su rubia esposa Mercedes en señal de agradecimiento debido a que éste que era un avispado ejecutivo de la empresa en la que estaba empleado Vicente, había influido decisivamente en la directiva de la misma para que aceptaran el ingreso de su viejo amigo de la infancia.

Como es de imaginar en la reunión gravitó una agradable atmósfera de cordialidad sobre todo suscitada por la excelente cena con que Rosaura había obsequiado a sus invitados y que a su vez estaba regada por un buen vino negro de marca. Se comentó con jocosidad el difícil carácter del Jefe de Personal de la empresa.

- Tú ándate con cuidado que Matías es un tipo muy neurótico al que todo le parece que está mal - le advirtió Pedro al anfitrión de la casa.

-¡Bah! Yo ya sé cómo tratar a esta clase de gente. Conmigo no podrá - respondió con altanería Vicente que se las daba de hombre de mundo.

Se habló asimismo de viajes; y cuando la velada hubo llegado a su fin y los invitados se fueron del piso de aquel matrimonio, éste se apresuró a recoger la vajilla; así como los restos de comida que habían sobrado, y en el hogar como siempre ocurre en estos casos reinó un halo de desasosiego, envuelto en un denso silencio.

Y justo en aquel instante a Vicente le acometió de un modo persistente el recuerdo de la insólita expresión de terror del maniquí que había visto en el escaparate de aquel comercio de sombreros. En su imaginación el hombre creyó que los espantosos ojos de aquel rostro se habían fijado en él como si le anunciasen de agún fatal percance que le tenía que suceder; y por otro lado la cabeza del maniquí le evocaba también las pesadillas que había sufrido cuando era un niño. Por esta razón Vicente se sintió turbado y se dejó caer como un fardo en un sillón del comedor como si estuviese muy agotado.

-¡Venga, va, que hay faena! - le apremió su mujer.

- Sí ya voy...

- ¿Qué te ocurre Vicente? ¿Es que no te encuentras bien? - le preguntó Rosaura.

- Oh, sí. No es nada. No sé por qué me ha perturbado una tontería sin importancia. Ya sabes que a veces nos asaltan ideas,pensamientos vanos que son tan molestos como un moscardón, pero que no tienen ningún fundamento. Se trata de algo que he visto en la calle esta mañana.

- Ah... Bueno.Pues cuando vayas a dormir tómate un calmante para descansar bien, que mañana tenemos que madrugar.

No obstante al día siguiente Vicente seguía estando obsesioado con la visión de la espeluznante cabeza. Así que cuando salió de la oficina a las seís de la tarde, como si fuera impulsado por un extraño resorte se encaminó al sitio en el que estaba aquella trasnochada tienda de los sombreros y efectivamente en el escaparate volvió a ver la cabeza del maniquí. Lo chocante fue que la expresión del rostro del muñeco había cambiado ligeramente. ¿O se lo parecía a él? Pese a que sus ojos seguían con la misma desagradable mirada, en la comisura de sus labios se había formado un rictus un tanto deforme que antes no lo tenía. Era algo casi imperceptible pero que sin duda había modificado la expresión del rostro por lo que a Vicente le causó una honda impresión.

Dos días después el representante volvió al callejón donde estaba la dichosa tienda de sombreros con la vaga esperanza de que hubiesen quitado aquel horrible maniquí ya que era evidente que éste de un modo inexplicable ejercía una nefasta influencia en su ánimo. Pero fatalmente la cabeza seguía allí. Y para la sorpresa de Vicente aquel feo rictus en la comisura de sus labios se había acentuado todavía más; puesto que daba la sensación de que aquel rostro esbozaba una cruel sonrisa. Mas éso no era todo, porque aquellos ojos tan abiertos ahora parecía que quisieran salirse de sus órbitras. ¿Qué estaba pasando? ¿Se trataba de  una broma macabra de los dueños del local?

Vicente decidió no volver a pasar por aquella calle, dado que empezaba sentir pánico de tener que volver a ver el maldito rostro del maniquí.

Pero aquel propósito fue inútil. Al cabo de un par de semanas de aquella rara experencia Matías, el Jefe de Personal de su empresa instó a Vicente a que hiciese una visita de cortesía al comercio dedicado a la venta de artículos de regalo, por lo que el representante no tuvo más remedio que volver a pasar por delante de la tienda de los sombreros.

Entonces de repente Vicente quedó estupefacto y su mente no podía asimilar lo que estaba viendo. Ahora la expresión del rostro del maniquí se había convertido casi en una horrenda y putrefacta calavera con los ojos más desorbitados que nunca. Aquello sin duda era una locura; era como una de las peores pesadillas que Vicente había tenido durante años y que no encajaba en la realidad cotidiana. Por tanto ¿qué debía de hacer? ¿Denunciar aquel comercio a la Policía? Se reirían de él.

Seguidamente el representante arrastrado por la corriente del río llamado "Curiosidad" se adentró en el interior de aquel comercio haciendo sonar una campanilla en señal de aviso,y en el acto salió de la trastienda un hombre de semblante apacible y de cabello blanco, el cual le inquirió:

- Buenos días. ¿En qué puedo servirle?

A Vicente apenas le salían las palabras, y al fin balbució:

- Oiga. ¿Qué es esta cabeza que está en el escaparate?

- ¡Ah! ¿Desea el sombrero que lleva la cabeza del maniquí? - dijo el dependiente.

- No... yo...

- Ya comprendo.

A continuación el misterioso dependiente sacó una hacha de debajo del mostrador y se abalanzó con fiereza; con la agilidad de un felino sobre Vicente que no estuvo a tiempo de esquivar el ataque.

Unos días después todo el mundo comentaba, hacía conjeturas acerca de la desaparición de Vicente Robles.. Pero un empleado de aquella empresa que casualmente en una ocasión pasaba por aquella calle en la que estaba la tienda de sombreros, se fijó  en la nueva cabeza del maniquí que exhibía un sombrero tirolés que había en el escaparate y reconoció enseguida al anterior representante.

 

.                                            FRANCESC MIRALLES

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