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32 min
LA TIRADA DEL LOCO
Suspense |
27.12.16
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Sinopsis

El Tarot, sus arcanos, la infalibilidad del destino, las diabluras del Loco…

   
LA TIRADA DEL LOCO

           La Sacerdotisa, supongo que porque representa la intuición y encarna el principio femenino, es una carta que siempre estimuló mucho mi imaginación; también los Enamorados, por cuanto, mostrándonos la interconexión entre amor y lujuria, vincula a las personas que nos atraen y a las que se sienten atraídas por nosotros. No obstante, confieso que mi carta preferida del Tarot siempre fue el Loco, por muchas razones, porque plantea la vida como un continuo juego, porque simboliza en gran medida ese niño que todos llevamos dentro y que se resiste a hacerse mayor, porque detesta las órdenes y siente una instintiva aversión hacia todo lo que signifique autoridad, porque es la risa su arma predilecta, porque nunca se lamenta de lo que hace o deja de hacer, porque su espacio es el presente y nada quiere saber del futuro ni del pasado, porque aconseja viajar ligero de equipaje y estimula la exploración de otros mundos, la apertura de nuevas fronteras, la aventura incesante como método para combatir el hastío... Cierto que es un ser caótico, escurridizo, desorganizado, temerario e irresponsable, pero es auténtico como ningún otro y si hay algo que valoro en esta vida, eso es la autenticidad. Además, sus consejos son los más afines a mi personalidad hedonista: yo odio la rutina, amo la aventura y siempre fui, no voy a negarlo, bastante loco, así que es normal que mis preferencias se decantaran por este excéntrico personaje.

           Lo cierto es que, preferencias aparte, la simbología de las cartas del Tarot siempre me resultó fascinante, imagino que por esa atracción que provoca lo ignoto y la posibilidad de acceder a las llaves que franquean sus puertas, llaves que en este caso portarían esos 22 arcanos mayores y los 56 menores que componen el conjunto. Fue precisamente esta fascinación la que me llevó años atrás a agenciarme una baraja de tarot y un manual de aprendizaje, con los que poco a poco fui introduciéndome en su esotérica liturgia. Estudié el significado de los diferentes arcanos, sus aspectos positivos y negativos, los misterios del corte, la singularidad de las cartas invertidas, el misticismo de los dibujos, las diferentes interpretaciones que podían extraerse de una misma tirada en función de múltiples variables..., y a cada nuevo enigma que iba asimilando más hechizado me sentía, enteramente subyugado por esa compleja simbología que tan gratamente lograba estimular mi imaginación. Con el tiempo decidí poner en práctica lo asimilado tras esta propedéutica y comencé de vez en cuando a echar tiradas, siempre en plan lúdico, a familiares y amigos. Me gustaba hacerlo, no ya por espurios motivos de índole morbosa, sino por el extraño goce que me provocaba esa belleza que acompaña a todo corte y el subsiguiente despliegue de los arcanos sobre la mesa. Era como un juego de ventanas a través de las cuales podía contemplarse la vida desde una perspectiva diferente. Nunca por lo demás obtuve en tales tiradas ningún resultado insólito, las cartas me mostraron siempre un rostro suave e inocuo, sin alharacas ni funestos anuncios, por lo que el hecho de acertar o errar en las predicciones carecía en el fondo de excesiva trascendencia, era más bien una cuestión psicológica. Nunca, digo, hasta aquel día en que se las eché a Raúl, mi compañero de trabajo por aquel entonces.

           Dentro de mi empresa existen varios turnos de trabajo y en aquellas fechas el que yo desempeñaba era justo el último, el nocturno, al que me había apuntado en principio de manera voluntaria, pero en realidad impelido por la coacción de una hipoteca y un fin de mes que, voraces alimañas, me exigían cada vez mayores aportes de dinero, requerimientos que sólo podía yo satisfacer en dicho turno de noche, donde se cobraba algo más que en los otros. Como contrapartida a esta mejor remuneración, tenía que soportar el peso de unas horas cuyo paso se me hacía lento y asfixiante, sobre todo por la ausencia de compañeros con los que poder de vez en cuando mantener una conversación, por ligera que ésta fuese, ya que Raúl, el único que compartía turno conmigo, era persona asaz taciturna y poco dada a la plática. Así las cosas, el tiempo se me antojaba eternamente detenido y dado que tampoco la faena resultaba excesiva, centrada más bien en labores de vigilancia que de verdadera producción, no es de extrañar que me aburriese como un galápago. Fue precisamente este mortal aburrimiento el que me decidió a llevarme las cartas del tarot al almacén, donde rodeado de embalajes, legajos y  archivadores, pasaba buena parte de la noche haciendo tiradas, por más que éstas no fuesen dirigidas a nadie en concreto, y disfrutando de la belleza de los naipes al irrumpir orgullosos en cada una de ellas. Compré asimismo un nuevo manual, mucho más detallado, con el que perfeccionar mi destreza. Y así, entre tiradas y silencioso estudio, tomando notas, descubriendo nuevos significados, familiarizándome cada vez más con mis clarividentes amigos, las horas dejaron de ser tan largas.

           Raúl era un hombre joven, de entre treinta y cuarenta años, flaco, con el pelo rubio lacio y unos ojos tan claros que recibir de lleno su mirada daba cierto repelús, como si fuesen los ojos de un ciego los que te traspasaran desde su vacío. Fumaba como un carretero. Pero, en fin, más allá de estos pocos apuntes, lo ignoraba todo de él, pues, como digo, era un individuo muy reservado y no hablaba apenas, menos aún de su vida; las pocas frases que intercambiábamos iban de ordinario referidas al trabajo. Por eso me sorprendió muchísimo la noche en que, acercándose a mí con un cigarro encendido entre los labios, me pidió que le echara las cartas.

           —Vaya, Raúl, quién hubiera dicho que me pedirías algo así.
           —¿Por qué lo dices? –me inquirió sin sacar el cigarro de la boca.
           —Pues porque estaba convencido de tu escepticismo respecto a este tipo de cosas –contesté yo con naturalidad, exhibiendo una media sonrisa– Ignoraba que creyeses en ellas.
           —En ningún momento he dicho que crea o deja de creer. Sólo te he pedido que me eches las cartas –adujo con su natural aspereza–. Si quieres, claro.

           La verdad es que no me hacía demasiada gracia exhibir mis conocimientos herméticos ante alguien tan seco, el tarot requiere de cierta complicidad entre los dos implicados, el lector y el consultante, para que funcione en toda su plenitud, algo que distaba muchísimo de darse entre nosotros, no en vano esa misantropía y acritud suyas venían a conformar una barrera que impedía la fluidez espiritual de uno a otro, tan necesaria para que las cartas hablen con espontaneidad. Difícil en tales condiciones hacer una tirada con garantías. Pese a todo, no me negué, supongo que en el fondo estaba deseando contar con alguien en quien poder poner en práctica mis nuevas habilidades adquiridas, y en ese sentido Raúl, a pesar de toda su antipatía, era quien más a mano me venía. Hacía mucho tiempo además que no llevaba a cabo ninguna tirada dirigida a alguien en concreto.

           —Bueno, pues veremos qué es lo que sale –convine mientras me ponía a barajar las cartas–, pero que conste que esto no es ciencia, que son varias las interpretaciones que se pueden obtener a veces de una misma tirada, y que tampoco soy yo ningún profesional.

           Raúl asintió sin decir nada. Se limitó a dar una larga chupada a su cigarro, cuyo humo envolvía su rostro dentro de una especie de niebla gris azulada que lo hacía parecer distante. Por mi parte, barajé repetidamente las cartas y le pedí luego a él que lo hiciese también, explicándole que esta doble mezcla era necesaria para que las cartas quedasen impregnadas del magnetismo de ambos. Siempre en silencio, Raúl dirigió hacia mí una mirada oblicua que pretendía aparentar escepticismo, pero que en el fondo encerraba una agitación que resultó delatada en el último instante por un inoportuno parpadeo. Una vez me devolvió la baraja, medité durante unos instantes para relajar la mente y permitir que ésta se abriese a los mensajes que pudieran serme transmitidos. Era importante conseguir una adecuada alineación espiritual con los arcanos que habitaban dentro del mazo.

           —¿Y bien? –inquirí finalmente–, ¿hacia dónde en concreto quieres dirigir tu consulta? ¿Salud? ¿Trabajo? ¿Dinero? ¿Amor?

           Raúl se encogió de hombros, como si no le importase demasiado la cuestión.

           —Lo que tú quieras –contestó con una displicencia que me molestó bastante. No entendía que me hubiese pedido el favor de echarle las cartas para luego mostrarse tan apático y reservado.
          
           Así las cosas, respiré profundamente para armarme de paciencia y continuar con mi tarea, de la que empezaba a tener serias ganas de desistir. Sólo mi devoción por este arte y el deseo de vivir una experiencia que mitigase la rutina habitual de cada noche me animaba a continuar.

           —¿Te parece bien sobre el amor? ¿Estás casado o tienes pareja?

           Raúl volvió a asentir sin decir nada y aunque no supe si dicho asentimiento iba referido a la primera o a la segunda pregunta, o a ambas, decidí seguir con la rutina establecida, no merecía la pena insistir en extraer palabras de quien no mostraba interés alguno en hablar, por lo que barajé nuevamente y sin más le pedí que cortase.

           —Con la  mano izquierda –puntualicé.

           Él así lo hizo, sin pedirme por supuesto explicación alguna sobre esta última salvedad, y yo comencé a colocar las cartas en sus correspondientes posiciones. La Muerte apareció justo en el medio, flanqueada por la princesa de espadas y el caballero de bastos invertido. Las otras dos cartas eran también arcanos menores. Raúl se dio cuenta de la tétrica presencia y de modo involuntario dio un respingo que yo, por supuesto, advertí. Sonreí para mis adentros. Siempre sucedía lo mismo: ante la Muerte todos se alteraban, incluso quienes, como Raúl, se las daban de fríos e hieráticos.

           —Tranquilo, hombre. La Muerte es una carta como otra cualquiera. Hay que saber interpretarla, ver su posición con respecto a las demás cartas… Por supuesto, no significa que te vayas a morir –dije para tranquilizarle, al tiempo que prorrumpía en una risa algo forzada–. Además, estamos consultando sobre el amor.

           Era cierto. La lectura esotérica exige tener en cuenta no sólo el significado adivinatorio de cada carta específica, sino relacionar el conjunto y apreciar la proximidad de las unas con las otras. Un mismo arcano mayor, por ejemplo, puede indicar cosas muy distintas según aparezca junto a otro de su misma clase o al lado de uno menor, así como también en este último caso en función de cual sea el palo del arcano menor en cuestión. Aparte de eso, la interpretación viene también marcada por la percepción que el lector haga de su consultante, debiendo en ese sentido observarle con detenimiento y, a modo de psicólogo, penetrar en su mente para captar los pensamientos e inquietudes que allí puedan estar cociéndose. El problema en este concreto punto venía dado por la impenetrabilidad del rostro que tenía frente a mí, que hacía ciertamente complicado escudriñar más allá de sus defensas.

           —¿Y qué se supone que significa entonces? –preguntó, ajeno a mis esfuerzos por invadirlo, el rostro impenetrable.

           Dado que estábamos tratando de cuestiones sentimentales, interpreté la aparición de la sota como la existencia de una persona joven en la vida de Raúl, posiblemente una amante, y el hecho de que fuera de espadas lo vinculé a que esa persona estaba destrozando el matrimonio de mi colega, lo que por otro lado guardaba coherencia con el significado de fractura que de por sí refería, junto a ella, la Muerte. La sorprendente presencia del caballero de bastos invertido, cuya constancia daba fe de un temperamento celoso e intolerante, la asocié a la existencia de discordias y frustraciones en la pareja, algo que me abstuve no obstante de comentar a Raúl. En todo caso, todo parecía bastante claro: las cartas anunciaban una ruptura sentimental ineluctable. 

           —Es probable que se anuncie un cambio en tu vida –expresé con ambigüedad, absteniéndome de ofrecer de un modo más explícito el drástico mensaje que aquellas cartas me transmitían–. Quizás cambies de pareja dentro de poco –me aventuré no obstante a añadir, edulcorando el apunte con una sonrisa pícara.
           —No lo creo –replicó él–. Llevo casado ya más de diez años y no tengo ninguna intención de separarme.

            Al fin parecía Raúl vencer su hermetismo y revelar algún detalle de su vida privada, por más que lo hiciera forzado por las propias cartas, no por mí.
 
           —Ah, no lo sabía.

           En todo caso, pese a esa contundente declaración de intenciones, lo cierto era que las cartas, que dentro de su hermético parlamento jamás mentían, ponían de manifiesto un cambio importante en la relación sentimental por la que se las consultaba. No obstante, dada las reticencias del interesado a aceptar dicha posibilidad, me abstuve de seguir insistiendo, a fin de cuentas la interpretación requiere de cierta mano izquierda y delicadeza con el cliente, poniendo especial cuidado en no ser demasiado brusco con él ni, por supuesto, asustarlo, máxime cuando, como sucedía en este caso, se trataba de una persona tan sumamente extraña. Así que le dije que no se preocupara y busqué otra explicación que ofrecerle:

           —Bueno, pues quizá entonces las cartas te estén recomendando suprimir ciertos hábitos que puedan resultar perniciosos para tu matrimonio. Ten en cuenta que la Muerte es un símbolo entre cuyos significados se encuentra también el de renacimiento…. ¿Hay algo en tu matrimonio que no funcione bien y consideres que debes modificar?

           La pregunta tuvo el efecto de alterar el semblante de Raúl, como si una inquietud lo hubiese de repente ensombrecido, por más que sus ulteriores palabras, lidiando contra la evidencia, tratasen de desmentirlo: 

           —Mi matrimonio funciona perfectamente y lo que en él pase o deje de pasar es asunto mío –atajó con brusquedad– …. Háblame mejor sobre el trabajo –añadió acto seguido, procurando con un tono más suave mitigar su rudeza previa.
           —De acuerdo –asentí–. Consultemos a las cartas a ver qué dicen respecto al trabajo.

           Volví a repetir el mismo proceso: mezcla de las cartas, corte, discreto sondeo del consultante y, finalmente, disposición sobre la mesa de los resultados. Y, curiosamente, de nuevo la Muerte apareció, esta vez en primera posición, seguida del dos y el cinco de oros. Raúl prendió otro cigarro y lanzó hacia atrás su lacio flequillo con un movimiento nervioso. Me fijé que sus manos temblaban ligeramente. No era necesario ser un lince para discernir que aquella presencia repetida le alteraba más que lo que su aparente flema pretendía evidenciar.
 
          Lo cierto era que la tirada resultaba muy extraña, pues junto a la Muerte y los dos referidos arcanos menores, estaba también el Ermitaño, cuya presencia allí me resultaba desconcertante. Las cartas ofrecen a veces una interpretación sencilla, pero otras, como sucedía en esta ocasión, componen un maraña ciertamente difícil de desenredar. Las dos cartas de oros indicaban un cambio en el empleo, su duplicación no dejaba además lugar a dudas, habida cuenta el paralelismo que en cuanto a significación existía entre ambas, y la presencia de la Muerte precediéndolas expresaba que ese cambio no iba a ser voluntario, sino traumático, un despido posiblemente, lo cual, teniendo en cuenta la política de la empresa, embarcada últimamente en constantes reajustes de plantilla, caía dentro de lo posible. Pero el Ermitaño me perturbaba, puesto que se trata de un naipe vinculado a la circunspección y al recogimiento espiritual, a la soledad y el silencio, a una paz interior que, en principio, no ligaba bien con los entresijos del mundo laboral y menos aún viniendo éstos vinculados a un más que probable despido. Juzgué esa presencia en el sentido de que la perdida del empleo quizá llevase a Raúl a una ulterior depresión que trajera como consecuencias el retraimiento y la clausura dentro de sí mismo. Era lo más lógico que se me ocurría, si bien, el Ermitaño suele más bien ir referido a un aislamiento voluntario, no sobrevenido por enfermedades.  Para colmo, al final de la tirada aparecía el rey de bastos invertido, carta asociada a la intolerancia y la ira, lo cual no casaba con la introspección que mostraba el Ermitaño. El caso era que no me acababa de convencer ninguna interpretación que aglutinase la tirada en su conjunto; lo único claro parecía ser el quebranto de la relación laboral, sobre eso las cartas habían hablado sin ambages, y aunque no fuese el nuestro un trabajo fabuloso, me resultaba sumamente incómodo hacérselo saber a mi compañero. 


            —Veo que la Muerte se presentó otra vez –dijo él, adelantándose a mis titubeos.
           —Sí, otra vez –concedí.
           —¿Y bien?
           —Cambio de empleo, parece claro –señalé con una entonación ligera, como no dando demasiada importancia al particular.
           —O sea, que me van a dar la patada.
           —Casi diría yo que es una suerte –procuré suavizar la situación–. Este curro nuestro es una puta mierda. También yo espero poder dejarlo cualquier día de estos y buscarme algo mejor.

           Raúl no replicó nada a este último comentario. Durante unos segundos, que a mí se me hicieron interminables, permaneció callado, muy pensativo. Tampoco a mí se me ocurría nada nuevo con lo que romper aquel silencio que tan incómodo me estaba resultando, así que me puse a recoger las cartas de la mesa e hice ademán de irme.

           —Pues nada, voy a ver si trabajo un poco.

           Ya me levantaba cuando la voz de Raúl, imponiéndose de súbito al silencio, me sobrecogió:
           —¿Qué hay de la salud? ¿Podríamos consultar a las cartas sobre la salud? Si no te parece mal, claro.

           Por una parte, no me apetecía demasiado seguir prolongando aquella sesión en la que tan abstrusas estaban mostrándose las cartas y tan alarmantes resultaban sus edictos, a fin de cuentas nunca ha sido de mi agrado anunciar malas nuevas, menos aún a un compañero de trabajo, por mucho que la relación entre ambos no fuese estrecha; pero por otra, precisamente a causa de esa chocante extravagancia que estaban teniendo las tiradas, deseaba continuar, no en vano nunca antes había obtenido resultados tan espectaculares al echar las cartas, Raúl cumplía en ese sentido todas mis expectativas de lector. Consultar sobre la salud ofrecía la posibilidad de obtener nuevos sorprendentes resultados, posibilidad que, al tiempo que me espantaba, me animaba a proseguir, como una ignota fuerza contra la que no era capaz de oponer resistencia alguna, una fuerza que en última instancia hizo que de nuevo volviese a ocupar mi asiento frente a Raúl, en cuyos ojos transparentes clavé una mirada incisiva.  

           —¿De verdad quieres hacerlo?

           Asintió con la cabeza.

           Las tres primeras cartas fueron espadas. Mal empezábamos. Cuando en cuarto lugar asomó el Diablo vuelto del revés, lo que de por sí predecía un destino adverso, recé para que, en vista de tan aciagos precursores, la última no fuese la que me temía. La mano me temblaba. Esa quinta carta pesaba como si de plomo estuviese hecha. Por un momento estuve tentado de no extraerla, recoger el mazo y dar por definitivamente terminada la sesión. Tras el reverso de aquella plúmbea lámina de cartón no podía sino esconderse de nuevo la Muerte. Tan férreo era mi presentimiento a ese respecto, que más que presentimiento era ya certeza, tanta que de no haber en verdad aparecido habría dejado seguramente escapar una exclamación de sorpresa. Pero no hubo lugar a ésta. Allí que emergió, ocupando con su descarnado rostro de calavera, su manto negro como la noche y su afilada guadaña la última posición vacante de la tirada.

           En todo caso, pese a esa enérgica intuición que me asaltara, lo cierto era que, si se analizaba fríamente, el hecho de que la Muerte hubiese salido en tres tiradas distintas resultaba de lo más insólito, algo que raramente podía verse. Ni que decir tiene que a mí era la primera vez que me sucedía, pero más allá de mi particular experiencia, esa insistencia de la Muerte en dejarse ver sólo se daba, por lo que había leído sobre el tema, en contadísimas ocasiones, siempre con nefastos augurios. Un escalofrío de terror atravesó de arriba abajo mi espina dorsal. Espadas, el Diablo, la Muerte… Esta vez no había extrañeza alguna en el anuncio: Raúl tenía los días contados. La circunstancia de que la Muerte hubiese salido en último lugar significaba que el suceso no sería inminente, pero sí en cualquier caso ineluctable.

           ¡Y cómo le decía yo eso a Raúl! Todo manual de Tarot aconseja tener mucha templanza y mano izquierda a la hora de comunicar aquellas predicciones que puedan resultar contrarias o perjudiciales para el consultante, al objeto de no provocar en éste añadidos traumas; pero hay noticias, como ésta, cuya revelación no podía ser suavizada ni con toda la mesura del mundo. ¡Cómo decirle a alguien que va a morir y pretender que no quede traumatizado de inmediato! ¿Dónde iba a encontrar las palabras mágicas que me permitiesen semejante encaje de bolillos? Desde luego, en mi cabeza no estaban tales palabras, por lo que preferí mentir:

           —No observo nada anómalo. Parece ser que gozas de una salud de hierro.

           Raúl me lanzó una mirada oblicua. Ignoro si tenía o no conocimientos sobre el Tarot, quizá sí o quizá no, pero estaba claro que no me creía. Lógico por otro parte, pues mi voz había sonado de todo menos honesta.          

           —No trates de engañarme, que tengo ojos en la cara y puedo ver que de nuevo salió la Muerte, y encima al lado ahora de ese monstruo con cuernos….
           —El Diablo –le aclaré, cortando su parlamento.
           —¡La Muerte y el Diablo! ¡Menuda pareja de cine! Sólo mirarlos acojona…. ¡Para que me vengas tú diciendo que no anuncian nada raro! ¡A otro perro con ese hueso!

           Era evidente que no me iba a resultar nada fácil eludir la embarazosa situación que se me había planteado. Para no seguir mintiendo, decidí servirme de generalizaciones alusivas a lo enrevesadas que pueden resultar a veces este tipo de interpretaciones esotéricas, donde a menudo nada es lo que parece. Tal vez fuese una tergiversación propia de sofistas, pero lo cierto era que en esos momentos arroparme bajo una verdad, pese a que ésta no fuera de aplicación al caso, me hacía sentirme más cómodo que proseguir recurriendo a la mentira:

           —Las cosas en esto del Tarot no siempre son lo que aparentan, sino que los significados se contienen muchas veces justo en el lado contrario de lo que a primera vista pudiera pensarse. Ya te lo he dicho antes.
           —Sí, sí, lo que tú quieras, pero a mí me da en la nariz que las cartas están diciendo a voz en grito que la voy a palmar.
           —Todos la vamos a palmar tarde o temprano.
           —Ya, pero yo más temprano que tarde, ¿no es así? Venga hombre, habla claro.
          
           No podía más. Me asfixiaba. Aquello superaba con creces mi preparación en la materia. La escasa pericia psicológica que pudiera poseer no estaba a la altura de las circunstancias y, además, siempre se me dio fatal mentir, con lo que esquivar el afán de mi colega por obtener a través de mi boca la corroboración de lo que de por sí él ya intuía se me hacía ciertamente penoso. Recurriría una vez más al regate para tratar de escurrirme de su cerco, pero si seguía insistiendo, claudicaría y le traduciría sin más perífrasis el infausto parlamento de las cartas.

           —Bueno, en el fondo esto no es más que un juego que se nutre de la superstición, ya lo sabes. No hay que darle tanta importancia. Además, las cartas no sentencian tampoco el futuro, sólo señalan una dirección, la dirección que en estos momentos llevan nuestros pasos, y ésta puede ser sorteada si se pone el empeño necesario para cambiar el rumbo de tales pasos.

           No se me ocurría qué otra cosa ya decirle. Por fortuna, el azar intervino entonces en mi auxilio, haciéndolo en forma de un pedido que llegó en esos momentos y que debíamos atender de inmediato; se trataba de mercancía contenida en embalajes que había que descargar del camión que los portaba y colocar luego ordenados dentro del almacén. Esta tarea nos mantuvo a Raúl y a mí atareados durante bastante tiempo, tanto que el final de la faena vino a coincidir con la hora de salida; de hecho, los compañeros que debían relevarnos aparecieron al poco. Antes de irme a casa, fui a recoger las cartas para guardarlas en su estuche. Durante todo este tiempo no me había olvidado de ellas ni del inquietante mensaje que aquella noche habían transmitido, que no cesaba de dar vueltas en mi cabeza como una peonza enloquecida. Recé para que Raúl no volviese a sacar el tema a colación.

           Y fue entonces, justo cuando me disponía a meter los naipes en la caja, cuando presencié el suceso más inverosímil que me ha acaecido en la vida y para el que me temo no hallaré jamás una explicación convincente. Sucedió que al ir a guardar la baraja, con las prisas, una de las cartas se me escurrió del montón y salió volando, dio en el aire un par de giros de volatinero y aterrizó finalmente sobre el pavimento, donde quedó depositada con la imagen impresa vuelta hacia arriba. De pie, pude observar que se trataba de mi amigo el Loco, mi carta predilecta, que al parecer había decidido escaparse de la manada y salir a retozar, fiel a su traviesa naturaleza, por cuenta propia. No pude evitar sonreírme. El Loco siempre me provocaba un sentimiento afectuoso. Me agaché a recogerla y, curiosamente, mientras lo hacía sentí que sus ojos me miraban con inusitada fijeza, como si pudiesen verme y más allá del papel estuvieran escrutándome; incluso me pareció observar que afloraba en su boca una sonrisa burlona. Obviamente, pensé que aquello no obedecía más que a figuraciones mías, una ilusión propiciada sin duda por el agobio que había sufrido mi mente a lo largo de aquella dura noche. Pero entonces sucedió lo inexplicable, lo que todavía a día de hoy me sigue poniendo la piel de gallina cada vez que lo evoco: el Loco, con toda nitidez, entreabrió su boca de papel pintado y sacó de ella una lengua rosada con la que compuso un estrambótico gesto de mofa dirigido a mi persona. Me quedé paralizado, aprisionada en mi garganta una exclamación de asombro que mi embotamiento no permitió siquiera que llegase a proferir, fija la mirada en esa figura que, como un dibujo animado, por alguna insólita razón estaba cobrando vida ante mis ojos anonadados. Pero no quedó ahí la cosa, sino que luego de sacarme la lengua, al jocoso personaje le dio por guiñarme un ojo, como remate, supongo, a su burla. En ese momento superé el marasmo que me atenazaba y pegué un salto hacia atrás. Estaba completamente aturdido, acojonado mejor dicho, con el corazón palpitándome a mil por hora. La primera tentación que tuve fue la de salir de allí echando leches y dejar tirado en el suelo al puñetero bufón, para que con un poco de suerte esa misma mañana diese buena cuenta de él la escoba de la señora de la limpieza. ¡Ahí sucumbiese él y toda su zumbona casta! Sin embargo, tras serenarme un poco, razoné que lo que creía haber visto no podía en ningún caso haber sido real, sino otra mala pasada de mi imaginación, de esos nervios que tenía alterados por las insólitas tiradas que había hecho esa noche, y que, en consecuencia, no podía dar crédito ni actuar movido por lo que a todas luces no era más que una vana entelequia. ¡Si de verdad pensaba que un trozo de papel podía adquirir vida por arte de birlibirloque, es que yo era el verdadero loco, no el burlón personaje que figuraba en la carta! Así que, amparándome en este enfoque racional, me dispuse de nuevo a recoger el naipe caído, aunque con mucha cautela, alerta a cualquier nuevo suceso paranormal que pudiera acaecer, en cuyo caso sí que escaparía de allí pitando, sin atender a más razones. En esta segunda ocasión, sin embargo, el Loco permaneció impertérrito, de modo que recogí la carta y la introduje en medio de la baraja, toda la cual dispuse luego en el interior de su caja. Minutos después me iba a casa, sin que me sucediera ningún otro percance digno de mención.

           Nunca desde entonces he dejado de preguntarme si aquello fue en efecto una ilusión óptica o, por el contrario, algo que, aun impenetrable a la capacidad de la razón, sucedió realmente, una especie de fenómeno extraordinario inducido por el esoterismo desplegado esa noche entre aquellas cuatro paredes, como si las sucesivas invocaciones efectuadas a los arcanos del tarot hubiesen activado una suerte de energía ignota capaz de generar aquel portento. Creo en la magia, mejor dicho, creo que existen cosas que escapan a nuestro entendimiento y a las que por tal motivo llamamos magia, pero que en el fondo tienen o pueden tener una explicación racional, por más que en tanto ésta no nos sea revelada califiquemos de paranormales a los fenómenos en que las mismas se concretan. Quizá a mí me sucedió precisamente una de tales cosas, algo inexplicable a la luz de nuestros actuales conocimientos, pero no obstante real, tan real como puedan serlo el viento, la nieve o la lluvia. Es algo que nunca sabré. A mí desde luego me pareció real, de hecho tengo grabadas en la mente esa mueca, ese guiño de ojos y ese socarrón saque de lengua. Pero por otro lado soy consciente de que esas cosas no pasan. En fin…

           Después de lo sucedido aquella noche se me quitaron las ganas de seguir enredando con las cartas del Tarot, así que me serví de un bargueño que tenía en el desván de casa para en una de sus gavetas esconder la baraja, bien oculta entre otros cachivaches varios, y allí la dejé aparcada sine die. Para amenizar las monótonas veladas en el almacén, la sustituí por crucigramas y sudokus, pasatiempos que se me antojaron menos comprometidos y resbaladizos. Por suerte, Raúl no me reclamó en las noches siguientes nuevas aclaraciones sobre las cartas que salieron en las diferentes tiradas que le eché, con lo que el tema quedó en apariencia zanjado.

           Semanas más tarde, mis jefes me ofrecieron un ascenso, aunque con la condición de tener que trasladarme al extranjero, concretamente a la sede que la empresa tenía en Bogotá, y durante al menos un año. Mi espíritu bohemio siempre ha sido propicio a este tipo de aventuras, máxime cuando las condiciones económicas eran tan buenas como las que me brindaban, de modo que acepté sin apenas pensármelo. Tampoco, por lo demás, tenía compromisos demasiado sólidos que me atasen a ningún lugar en concreto, lo que facilitó todavía más mi decisión.

           Cuando, cumplida mi estancia en Sudamérica, que se prolongó durante cerca de dieciocho meses, regresé a Madrid, fui reubicado en un nuevo departamento dentro de la empresa, con despacho propio, funciones de mayor calado y un incremento salarial acorde con éstas. Me sentía realmente pletórico. 

           Al cabo del tiempo, mientras despachaba unos asuntos con mi superior inmediato, salió por casualidad a relucir en la conversación el nombre de Raúl, de quien confieso me había olvidado por entero a lo largo de mi prolongada ausencia allende el Atlántico. Pude así enterarme de que había sido despedido a las pocas semanas de haberme ido yo a Colombia.

           —¿Despedido?
           —Sí, despedido. Hubo que hacer ajustes en la empresa y, junto a algunos otros, le tocó a él
          
           Esta noticia trajo de inmediato a mi memoria todo lo acaecido durante aquella larga sesión nocturna de tarot que él y yo mantuvimos. Desde luego, el despido cuadraba a la perfección con lo que en su momento anunciaran las cartas, encaje que espoleó mi curiosidad, reconozco que de un modo harto morboso, y me llevó a indagar más sobre la suerte que hubiera podido correr mi antiguo compañero de fatigas.

           Supe así que, según rumores bastante fundados, el revés profesional sufrido le llevó a encerrarse en sí mimo y volverse cada vez más irascible y violento, infectado de una acidez que se traducía sobre todo en hostilidad hacia su entorno, en especial dirigida hacia quienes más próximos le eran, su esposa por encima de cualquier otro, lo que llevó a ésta finalmente a abandonarlo.

           —Algo que, por otro lado, tenía ya al parecer pensado de antemano –puntualizó mi jefe–, pues dicen las malas lenguas que ella sospechaba que su marido se ventilaba a otra desde hacía tiempo. Así, esa violencia que él desplegó tras el despido lo que vino fue a acelerar su decisión.

           De nuevo los hechos confirmaban lo que las cartas previamente habían dado en revelar, tanto en lo referido a la quiebra del matrimonio, como a esa supuesta infidelidad de Raúl.
          
           Sin poder reprimir ya mi avidez por continuar verificando antecedentes y hechos consumados, di cuerda a mi interlocutor para que siguiera hablando del asunto. Supe así también, y esto ya no eran sólo rumores, sino datos puntuales, que Raúl presentó una demanda contra la empresa por despido improcedente, la cual fue desestimada, y que durante una de las sesiones del juicio desveló que le había sido diagnosticado un severo cáncer de pulmón.

           —Imagino que sabes lo mucho que fumaba.
 
           Mi siguiente pregunta, más que a obtener una respuesta incierta, iba dirigida a confirmar la que yo ya presumía, esa que las cartas me adelantaran con más de año y medio de antelación. La formulé con apenas un hilo de voz:
           —¿Y murió?
        
           Lo que escuché por boca de mi supervisor me dejó, no obstante, enteramente sobrecogido: Raúl había muerto, en efecto, pero no a causa directa de la enfermedad, sino por el tiro que se pegó en las sienes. No dejó ninguna nota aclaratoria del suicidio, aunque tampoco hacía falta, era evidente que, incapaz de seguir soportando tanta concatenación de infortunios, había optado por evadirlos a través del más drástico de los caminos.

           —Mala suerte la de ese hombre –sentenció mi jefe a modo de cierre–,  todo le salió mal de golpe. ¡Daba la impresión que le hubiese mirado un tuerto!
          
           “Un tuerto no, un Loco”, pensé yo, conmocionado. 

           Nunca más he vuelto a usar las cartas del Tarot. Escondidas continúan en el cajón de aquel viejo vargueño donde las guardara en su momento. Y allí seguirán para los restos, pues, salvo que sea para arrojarlas al fuego y ver cómo son por las llamas aniquiladas, no creo que vuelva jamás a tocarlas.

 

 

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  • Chapeau, me has dejado sin palabros, aunque a modo de anecdota, o no (despues de lo leido), te diré que le dí al botón, "ver un relato al azar" y me salió este. No sé vosotros, pero yo estoy empezando a acojonarme.
    Tú tranquila, Adela, que a ti te las echaré buenas ;-)
    Muy bueno, aunque evidentemente nunca te dejaría que me echases las cartas. Por cierto, mi carta preferida son "Los amantes".
    Agradezco vuestros comentarios, Phoebe y Ariel. Me satisface muchísimo saber que os gustó este cuento.
    Se me ha quedado la frase "Creo en la magia" grabada en la sesera. Como si alguien me la hubiera escrito en el cerebro con una navaja oxidada.
    Una narrativa impecable, un argumento que descansa sobre una tirada de Tarot, cartas cuya simbología e interpretación conoces bien, con un toque fantástico en la carta voladora del Loco, con un desarrollo logrado y un cierre perfecto. Una gran historia contada con el preciso manejo de las técnicas del oficio. Muy buen trabajo.
    Muchas gracias, Paco, por tu amable comentario. Celebro que disfrutaras con la lectura de este cuento
    Sin duda, un relato más que notable que denota oficio y un gran conocimiento del mundo del Tarot. Prosa elaborada que engancha desde el principio y logra mantener la tensión con un certero pulso narrativo. El final resulta, sin embargo, demasiado previsible, esperaba un giro argumental. No obstante, en conjunto, disfruté con la lectura. Saludos.
    Es un placer para mí saber que os gustó, Marimoñas y Fénix. Gracias a ambos por vuestros comentarios.
    Me encanta el tema en el cual se desenvuelve tu relato y como trascurre. Un placer haberte conocido a través de tus comentarios a los que considero mis amigos de letras. Saludos.
  • Nunca abras la puerta de tu casa cubierta tu desnudez sólo con una toalla.

    Cuando al destino le da por jugar a ser trágico

    Amor más allá del espacio y del tiempo

    ... Y el Mediterráneo como telón de fondo.

    El Tarot, sus arcanos, la infalibilidad del destino, las diabluras del Loco…

    Una isla en medio de la nada, un lugar de desolación, una especie de cárcel de la que no es posible escapar.

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Parafraseando a Benedetti, puedo decir que escribo porque me resulta imposible no hacerlo. En realidad, escribir es el único medio con el que consigo exorcizar esos puñeteros demonios que se empecinan en colarse por debajo de la piel para darle bocados al alma. Serán cabrones

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