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6 min
La Última Adivinanza
Suspense |
13.06.17
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Sinopsis

Hay quiénes dejan una última promesa. Otros una adivinanza.

Son los primeros guardianes que nos asignan
acaban abandonándonos
unos más pronto que otros.

Esta adivinanza me la regaló una amiga antes de alejarse. Me enfrento a un juicio, y eso supone definir el resto de una vida. Aunque no se trate de la mía.
Recuerdo a mi amiga Sandra con una nitidez patológica. De niña estaba cubierta de pecas, y algún otro niño inventó que había surgido de un pantano de Venus o por el estilo. Le gustaba mucho los acertijos y adivinanzas, y se pasaba el día ideándolos aunque no acertara ni la mitad de los que leía en libros. Los primeros eran en plan “Es negro y tiene caparazón” y tal ambigüedad llevaba a no acertar entre risas por cada respuesta lanzada al vuelo. Respuesta a respuesta su expresión cambiaba, siempre le sucedía, y en esa vez buscó por el escarabajo que le había inspirado para agarrarlo con dedos crueles y mostrarlo frente a mis ojos, aplastado y chorreante. Ella se dio cuenta y lanzó el diminuto cadáver para quedarse callada y pensativa, con la maquinaría de su cabeza reiniciando. En esos momentos nunca sabía qué decir, y me quedaba en imitación. Al final ella hablaba, actuando como si nada para seguir jugando. Me acabé acostumbrando.
Los estudios nos separaron, y sólo nos quedó esa adivinanza y la vaga promesa de volver a juntarnos de vez en cuando. Poco a poco dejé de saber de ella, hasta que comenzaron los incidentes en el pueblo que desencadenaron en el juicio:

No paro de hablar durante minutos
y sin embargo a nadie importa: al contrario.
Me buscan e incluso me imitan
aunque sea con la ayuda de bocas artificiales.

Estaba escrito en un muro donde se encontró al primer agredido. Cuando leí la noticia en el periódico local, el olor de Sandra sobrevino. Cierto es que todo lo relacionado con enigmas hace que recuerde los tonos naturales de su piel y pelo combinados con la ropa, acaso el sabor del aire cuando tardaba en ducharse, pero con esa pintada fue real, tenía a mi amiga de infancia al lado susurrando un acertijo inventado como si fuese el mayor secreto personal.
El chico había sido asaltado en esa zona por una persona con un bate de béisbol. Estuve atento a los rumores y al parecer el chico se lo había buscado por ser alguien problemático. Sin embargo nadie daba importancia al grafiti.
Me dio aquella impresión infantil innegable, pero ella no tenía ninguna relación con el agredido. Decidí dejarlo estar, atribuyendo la culpa a la nostalgia. Días después apareció otra víctima, donde la adivinanza figuraba ahora en un papel en uno de los bolsillos del agredido:

Una armadura natural y resistente
que ya nadie usa para protegerse.

No había duda. Era otro chico, esta vez atacado por la espalda. Según pude enterarme, era alguien que se lo tenía merecido.
Aunque el pueblo se mostrara un tanto indiferente a los sucesos, la policía iba de una punta a otra de la localidad en busca de un culpable. Me enteré entonces que en el exterior de la casa del agredido apareció pintado:

Aunque sí protege a la familia.

Y supe que era la continuación del anterior enigma. Supe ver las conexiones, era una torpeza inocente digna de ella. Acudí a la policía para explicar de quién sospechaba. Me tomaron declaración, pero sé que guardaron por algún cajón mi teoría por imprecisa. Días después, cuando ya tenía la costumbre de revisar los periódicos, apareció un hombre moribundo por la paliza que había recibido. Pintado en el suelo se podía leer:

Seres atrapados en los ciclos
obligados a recibir calor y frío sin pedirlo.

Me acerqué a la zona y analicé la pintura. La letra inconstante de una Sandra niña me asaltó la memoria. Esta rúbrica era más precisa, aunque escribía la “a” del mismo modo, como un triángulo incompleto.
Sentí la responsabilidad de encargarme del asunto. Analicé las adivinanzas, pero además la conexión que habría con los afectados. Fue el acertijo más sencillo tras repasar los periódicos: los tres no tenían buena fama, de hecho coincidían en ser maltratadores.
Escuché la risa de Sandra en mi cabeza. Me sentí bien, mezclado con el asco de ver la foto de la cara amoratada del tercer hombre.
Con calma, deduje una a una las adivinanzas acontecidas: la primera era la música; la siguiente costó más, pero deduje que era la madera, la de una casa de ese material para ser más exactos. Y la última eran las personas. En ese momento uní cabos y recordé el hogar de Sandra, con música a todo volumen; la cara de su padre, del que se comentaban rumores a pesar de su eterna sonrisa.
Fue entonces que recordé la primera adivinanza que Sandra escribió bien, la que me entregó antes de marcharse:

Son los primeros guardianes que nos asignan
acaban abandonándonos
unos más pronto que otros.

No hablaba de ella porque se alejara de mí. Y me odié por haberla traicionado tantos años. Sandra sufría en casa, los agredidos eran como su padre, y jamás tuvo el valor de contarlo. Comencé a recordar sus torpes adivinanzas de infancia y casi todas desentonaron alguna explicación de su entorno familiar. Decidí apuntar cada conexión. Analicé y creí ver el patrón de lo que ella pensaba hacer.
Contaba conmigo para evitarlo.
Pero llegué tarde.
Sandra fue detenida en mitad de una refriega en su antigua casa.

Y aquí me hallo, en el juicio para explicar al jurado, al juez y a toda la sala mis conexiones. Sandra me mira con esperanza. Qué poco ha cambiado. Mi pecho aún arde por la injusticia que no supe ver a tiempo. Su padre está entre el público, lleno de los moratones que le ha regalado su hija. Al lado está la madre de Sandra, que tiene ahora la forma de quien ha sufrido la vida que no le corresponde.
Era sólo un niño, no puedo culparme. Pero es momento de remediarlo.

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