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10 min
LA ÚLTIMA ASCENSIÓN
Varios |
08.04.19
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Sinopsis

Un jubilado emprende una dificil ascensión desde su casa a las minas de Liat, obedeciendo a una voz interior aue lo obliga

     Todavía era plena noche. Faltaba un buen rato para que amaneciera y las estrellas contemplaban la pequeña borda de José en el Valle de Arán. Los astros brillaban con intensidad formando extrañas constelaciones y alejados de los pensamientos del jubilado.

      José ordenó, después del desayuno,  su pequeña casa de piedra cercana al rio Torán. Abrió la puerta con la duda dentro del cuerpo de si volvería alguna vez de regreso o ya era esta  era la última vez que realizaba aquel ritual. El septuagenario se alzó el cuello de su cazadora y subió rio arriba en busca de las minas Liat.  Por un momento también levantó sus ojos hacia las estrellas que lo observaban. Sabía que él podía observar toda la belleza del firmamento, ya que  este, sin nadie que lo contemplara no tenía sentido alguno y sin embargo, a él no lo observaba nadie…él y su existencia, si que carecían de sentido…estaba completamente solo, era un absurdo que continuara vivo.

        Recordó como ya hacia unos treinta años, había tomado la misma senda que remontaba duramente cerca del río en dirección a las minas que ya  entonces se encontraban abandonadas. Entonces todo era diferente, aún vivía su mujer y aunque las minas ya hacía muchos años que estaban abandonadas todo el paisaje, siendo casi igual, era muy distinto.

        Los primeros rayos de Sol rebotaban en las aguas serpenteantes inquietas de rio. Pequeñas islas de piedras redondeadas por el agua, con un tenaz musgo verde, rompían la marcha del  agua cristalina.

        Justo después de la presa, la ascensión se fue endureciendo y la respiración y el corazón de José se aceleraron. Fue el momento de bajarse el cuello de la cazadora y ver con  consternación que sus piernas ya no eran las de antes. Sin embargo José, sabía que quizá por última vea ascendería a las minas. No conocía el por qué  quería hacer este camino duro, no entendía el sentido último de aquella ascensión, pero tenía que intentar llegar. Sabía que también se podía acceder por detrás  por pista forestal desde Barguergue, pero esto no iba con él. El quería pasar aquel rito iniciático de entrar en unas minas, densas de oscuridad  y silencio, por el lado duro de la ascensión. El jubilado, muy lentamente fue ascendiendo y poco a poco, saliendo del bosque de hayas y abetos y  la luz  del inmenso cielo azul le saludó. También el riachuelo, en un brusco quiebro, perdió la compañía de la senda. Ya desde aquí se divisaba, en lo alto, los  restos de la estación de ángulo, con los cables de acero desperdigados por la hierba y las vagonetas oxidadas que transportaban el mineral de hierro y zinc.

        Llegó al Pla de Grauers, ya en plena alta montaña, es decir sin bosque, un llano arrasado por el viento y con restos de nieves perpetúas salpicando la tierra, aunque estuviéramos casi en verano. Sacó de su zurrón de viaje un bocadillo para reponer fuerzas. A partir de aquí quedaba lo más duro del  trazado. Este se elevaba sin piedad en un pequeñísimo camino en zigzag que intentaba salvar con muchas dificultades la desmesurada pendiente. A un lado, un barranco profundo y al otro rocas y pasos dificultosos. Llegó hasta una pequeña lápida que recordaba como en una ascensión pasada, un ciudadano francés había perdido la vida por infarto. A veces lo cables de acero volaban encima de su cabeza, otras remontaban suspendidos por el precipicio. Pero siempre se encaminaban hacia un destino final y cierto, las minas de Liat.

       José consiguió terminar la ascensión y su vista se relajó con la contemplación de los tres  lagos  más importantes de Liat…las minas quedaban a medio camino del descenso.

      El jubilado después de la dura ascensión estaba literalmente destrozado. Ahora comprendía  que la caminata había sido una imprudencia mayúscula y que no podría bajar de nuevo ese mismo día a su casa. Se tendría que quedar a descansar en las minas.

 

      La entrada de la mina resultaba angosta. Dos pequeños raíles con una vagoneta oxidada, aguardaban el paso del tiempo en la entrada de la gruta. José extrajo de su zurrón una linterna que se había traído para iluminar el interior de la mina. La gruta aguantaba a duras penas apuntalada por unos troncos a modo de vigas. Lentamente los raíles se iban introduciendo en las entrañas de la tierra. José  sin entenderse todavía a sí mismo, sin comprender que hacía allí, fue siguiendo los raíles y adentrándosele  hacia el interior.

     Restos de charcos de agua, seguramente provocados por un pequeño lago cercano, propiciaban que una culebra de agua se revolcara con el solo control de sus instintos. Un par de ratas huyeron a toda velocidad de la luz de la linterna del jubilado. Siguiendo con la mirada a las ratas vio como una cámara cercana se agrandaba a pocos metros de él.

     No estaba seguro, pero le pareció que en esa estancia había un pequeño resplandor que había desaparecido de repente. Ante aquella circunstancia ralentizó el paso y estuvo expectante. De repente, de entre las sombras y la oscuridad un par de fieros ojos le gruñeron con bestialidad.

     Grññ. Grrrn grñ… José cerró los puños y rápidamente se preparó a luchar, contra algún lobo o quizá algún oso con los cuales últimamente habían  repoblado El Valle  de Arán… La luz de su linterna buscó con insistencia la figura del enemigo con quién tenía que luchar y su sorpresa fue mayúscula cuando el haz de luz tropezó con una señora mayor, sentada ante las cenizas recién apagadas de un fuego que sujetaba con decisión el collar de un perro. La mujer protegiéndose los ojos de la luz de José y algo asustada dijo

       -Perdone a Perla, ella está tan asustada como yo…solo intenta protegerme…por favor no nos haga daño.

      Todo el ser de José respiró aliviado y contestó

       -Por favor, por favor…estese tranquila…soy una persona pacifica y amigable…puede hablarme sin dobleces- dijo mientras la contemplaba…una mujer mayor, cercana a su edad, sucia de varios días, el pelo gris recogido en una coleta,  arrugas por todo el rostro que habían  avanzado sin cremas que las demorasen…una cara, unas arrugas que dejaban entrever que la mujer había sufrido en una vida ingrata y llena de padecimientos. José se atrevió a preguntar

      -¿Qué hace aquí? - Silencio de la mujer. -¿Por qué no está con su familia o en su casa? –Otra vez silencio.  -¿La   puedo ayudar en algo?   Silencio

      Por un instante la conciencia del jubilado aunque rodeada de las espesas sombras de la gruta, explotó como si una brecha de luz lo invadiera todo…José se asustó… aún así volvió a preguntar. -¿Y su familia? Esta vez de forma casi inaudible, hubo una tímida respuesta.  – no tengo familia, solo a Perla. - ¿Y qué hace aquí? ¿Por qué no está en su casa? Esta vez pareció que la mujer no quería hablar, pero al final, muy flojo respondió – No tengo casa  ni pensión para pagarla, me echaron de mi casa.

     Todo ello lo dijo desde una naturalidad y abandono absolutos. Desde la perspectiva de una persona que ya hacía tiempo que había arrojado la toalla. Aún así, su envejecida boca quería hablar y acariciando a su perrita de aguas empezó a contar cosas que aprisionaban el  alma y su  vida – Estuve casada y tuve dos hijos…todos murieron en un accidente de coche…yo me salvé y solo después de mucho tiempo conseguí salir del hospital…

       José  se había sentado junto a ella y la escuchaba.    Habían reconstruido el frágil fuego y unas débiles llamas les daban calor y luz en el interior de gruta que seguía mostrándose inhóspito- El jubilado sacó su último bocadillo del zurrón y lo quiso compartir con la mujer que en realidad se llamaba Teresa. José se quedó maravillado cuando está aceptando la mitad del bocadillo del hombre, fraccionó  a su vez su parte en dos mitades dándole una parte  su perrita Perla.

      La mujer hablaba cada vez con menos fuerza, se la veía en extremo débil, pero del fondo de lo poco que contaba, José estaba cada vez más seguro que Teresa era una buena persona.

En medio de las palabras el jubilado volvió a asustarse cuando pensó que desconocía el verdadero motivo porqué él había sentido la llamada a venir a  la mina. ¿Era posible que Dios hubiera puesto a Teresa en su  camino? Bah,  él no creía en esas cosas… ¿Y si hubiera sido el destino? Bah, tampoco, el destino…, si  este llegara a   existir nos lo labramos nosotros mismos…-pensaba

Entonces sus pensamientos quedaron truncados cuando ella dijo. –Me encuentro muy débil…si pudiera salir al  exterior y respirar un poco de aire…creo que me iría bien. José se apresuró en ayudar a levantar a Teresa, la miró de soslayo y creyó adivinar que la mujer por primera vez en mucho tiempo  no quería morir.

       ¿Y él, quería morir ahora que había conocido a  aquella avecen jada y buena mujer?

       Lentamente, ayudándola a caminar y dejando que el cuerpo de ella se apoyara en el  de él,  se encaminaron hacia la entrada de la mina.   Conforme se acercaban a la entrada de la gruta, se escuchaba  un continuo rumor de agua, estaba lloviendo a cántaros.

        José dejo a Teresa apoyada en entrada de la mina, sacándose su cazadora y protegiendo con esta los hombros de Teresa. Perla, desinhibida se acercó a lamer la mano de José. El jubilado salió unos metros a ver si divisaba aguín todoterreno que los bajase a Baguergue cuando escuchó una débil voz que le urgía

        -José, José, ven a mi lado, no quiero que te mojes…además tengo frio…

         José, notó como una potente mano le empujaba hacia el lado de Teresa y su lengua se desbloqueaba diciendo

 -Teresa…ya sé que no tienes casa ni  pensión…pero yo tengo las dos cosas. En cambio sí que creo que formas una famiia con Perla. Casualmente yo no tengo familia, ¿crees que lo podríamos arreglar todo esto de alguna forma?

 

 

 

 

 

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  • Que bueno volver a leerte, Carlos. Increíble historia, un abrazo y que estés bien.
    Hay cosas que sentimos la necesidad de hacer, sin saber muy bien porqué; pero queremos hacerlas. Sentimos que debemos y punto. Agradable relato con un mensaje de esperanza, cuando al principio parece otra cosa. Muy bueno.
    Una máxima que llevo siempre conmigo siempre siempre siempre haz caso a tu interior un saludo
    Bonito relato con una excepcional descripción del paisaje , que te transporta. Personalmente me ha encantado el final: dulce y positivo, aún cuando todo parezca perdido, siempre puedes encontrar lo que te falta.
    Vaya, Carlos. Yo al principìo creí que quien hacía grrr... grrr. era la buena señora, que muchas veces también pasa. Este relato se puede intrerpretar como una alegoría en la que el camino para encontrar a la media naranja siempre es enrevesado y abrupto. Lo sé por experiencia. En un buen escrito con una excelente descripción del paisaje. ¿Te gusta la montaña? Creo que sí.
    El inexplicable deseo de hacer un último recorrido hacia las minas y más aún la resolución de hacerlo por la parte más difícil es ya un indicio inequívoco de que algo le espera al protagonista. Que fuerza invisible le llama, sino la última oportunidad de acabar con su soledad creciente? he allí la fuerza interna que nos dice de manera incomprensible y silenciosa que no todo está perdido y que menos donde se espera está lo que necesitamos,como un rayito de luz que dará tibio calor a nuestros últimos años,y ese es lo que importa. Extraordinario y sensible relato. Saludos Charlie.
    Yo también creo que el destino empujó a José al encuentro de Teresa y Perla. Ameno relato que deja buen sabor de boca. Saludos Carlos.
    Hola Carlos! Yo creo que el destino empujó al hombre a subir con urgencia, pues ella lo necesitaba inmediatamente! Excelente relato, y lo esperaba con ganas! Besos!
    Gran historia Carlos, me ha encantado, un abrazo!!!!
  • Un joven se ve obligado a cruzar dos montañas en busca de trabajo y de amor

    Un nómada del desierto tiene que enfrentarse a situaciones exepcionales

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