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9 min
La verdad de la fe.
Varios |
21.01.17
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Sinopsis

Un testigo, declaraciones y unos hechos. Cuando los errores son colectivos se convierten en verdad.

  El aire frío soplaba enérgico aventando aquella frágil figura en un intento de avanzar hacia la Iglesia. Prevalecía la fe ante cualquier temporal. Encorvada por el gélido día, fue a misa de seis a rezar el Rosario. Se colocó la mantilla sobre la cabeza para la liturgia.

Al abrir el portón el bálsamo del incienso removió la humedad del Templo. El silencio sepulcral de la nave central alterado por el crujir indiscreto de los bancos, cuya madera era vetusta al igual que sus muros de piedra. Sigilosa, ocupando un sitio próximo al altar, se arrodilló como de costumbre. Sus articulaciones chasquearon por el deterioro. Sentía paz, la llamada de Dios y sus oraciones resonaban con susurros armoniosos repercutiendo en la bóveda. Las manos arrugadas tanteaban con delicadeza las cuentas de la cadena.

-Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros… Líbranos de toda tentación… Gloria al Padre Gloria al Hijo…- Su voz iterativa como un bisbiseo permanente avanzaba en sus rezos tocando las bolitas. Diez hileras juntas acariciadas por sus plegarias, primero un Padre Nuestro y una Gloria al final. Santiguándose con una mano y la otra cambiando de serie.

Sus jaculatorias llamaron la atención del feligrés sentado a su izquierda, el no sentía la devoción de Manuela. Observó como la mujer deslizaba la ristra, bolita pequeña un Ave María, bolita grande un Padre Nuestro. Se estaba volviendo loco con tantas rogativas. Buscaba tranquilidad, el frío de la calle lo acercó a la Iglesia, preguntándose qué hacía allí escuchando tantas estupideces, no creía en Dios y menos en los recuentos de un Rosario.- Para cuentas las suyas que estaban vacías, no tenía ni un duro-. Se dijo a sí mismo.

Con enfado chistó a la señora para que bajase el tono de sus peticiones y estar tranquilo, ante la indiferencia de ella; prorrogando cada sacramento y provocándole malestar.

En el confesionario el cura alisó el hábito en espera de algún penitente con testimonios para paliar daño. Apoyado en su mano dormitaba por aburrimiento. En compañía del Todopoderoso y en descanso, no reparó en la mujer que estaba de rodillas en el reclinatorio mirando a través de la doble rejilla.

-Ave María Purísima, Padre he pecado-. Dijo la mujer. Se santiguó y al no recibir respuesta porque el cura se había dormido, repitió de nuevo el saludo obligatorio.- Padre, ¿Me oye?, que soy pecadora-.

-¡Ay hija!, el Señor esté contigo y en tu corazón para que puedas arrepentirte y confesar humildemente tus errores-.Dijo de carrerilla.

-¿Cuándo te confesaste la última vez?-. Preguntó desganado.

-Pues no me acuerdo, pero si no le importa tengo prisa, me gustaría ir al grano-. Con descaro sorprendió al sacerdote.

-Sólo el Supremo mide el bien y el mal y las prisas no son buenas consejeras, te rogaría que fueses un poco más paciente, la purificación del alma lo merece. ¿Qué te trajo a los dominios de nuestro Señor?-.

-Mire no tengo todo el tiempo del mundo, le digo que he pecado, y quiero una absolución rápida y  quitar peso al remordimiento nada más-.

Pacientemente el cura cerró los ojos en espera de su secreto.

-Adelante el Sumo escucha-.

-¿Puedo contarle todo? Me refiero a los detalles-.

-Si no queda otro remedio, avance señora-.

-Todos los días cuando me levanto tengo instintos de matar-.

Los ojos del párroco se abrieron como esferas, con el susto en el cuerpo, quedando despierto para el resto de día.

-Lo que comentas es muy grave. Dios creó al hombre para otros fines, quíta la idea de tu cabeza-.

-Es fácil para usted. Cada vez que veo su cara y el cuerpo peludo siento repelús, sus dientes amarillos me asquean, y sus babas me producen repugnancia-.

El cura suspiró profundamente alzando la vista, en espera de respuesta celestial, al no recibir señal alguna decidió calmar a la intrépida dama.

-Mujer no existe la imperfección viniendo de Dios. Algo bueno tendrá tu marido, el odio no deja de ser un sentimiento profundo pero mal encauzado. Es sólo fruto de una aversión hacia la pareja-.

-Se equivoca, usted no tiene ni idea, no es mi marido es mi perro que ahuyenta a mi amante-.

-Virgen del amor hermoso, empieza por ahí, pero igualmente tienes que descartar esa idea, es un ser vivo y como tal merece existir-. El decano sudaba la gota imaginando lo que se avecinaba.

-Cómo le iba diciendo, al perro no le puedo ni ver, interrumpe mi intimidad en el punto más álgido, mordisquea los pies de mi pretendiente provocando histeria, ya que él aborrece a los animales, alerta a los vecinos por el estruendo de sus ladridos y no aguanto más. Quiero liquidarle-.

-¡Tú sí que me vas a matar, pero de un disgusto! Estás incumpliendo los mandamientos de la Iglesia Católica; el quinto, el sexto, el noveno. A nuestro Señor hay que amarle sobre todas las cosas. Encomiendo que regreses con tu marido, retoma tu matrimonio dejando al indecente, y por favor a tu perro ni lo toques. Yo te absuelvo de los pecados en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo, amén-.

- Amén, entonces lo mato Padre-. La mujer satisfecha salió airosa.

Recuperado del susto metió la mano en su sotana sacando un pañuelo, sin terminar de sonarse la nariz, una voz áspera atrajo su atención.

-Excúlpeme Padre porque he pecado, soy un viejo verde, pero no de ese color sabe usted, ¿Me entiende verdad?-. Dijo el recién llegado.

La tarde se le complicaba al buen sacerdote.

-Cristo te conducirá por los caminos del bien, y hallarás la paz, adelante revela tus deslices-.

-Confieso mi tendencia, me recreo en los jardines del vecindario, mientras las admiro vence un deseo irrefrenable de acariciar y tocarlas -.

-Hijo espiar no es lícito y menos en la comunidad de otros-.

-Cautivo los aromas que desprenden, su forma, su altura, mi adrenalina se dispara-.

La conversación intimidaba al hombre cuya sotana aparecía humedecida de sudor por el esfuerzo emocional.

-Este pecado es imputable, no puedes salir inmune, ¿Qué observas?-.Se atrevió con la  pregunta.

-Pues que va a ser, tengo la manía de admirar los jardines de otras parcelas, el verde me hechiza, el césped, las hojas, los árboles, paso  horas  infiltrándome  en otras fincas, por eso soy un viejo verde, me llama la atención el  color, estoy obsesionado-.

-Usted se hace mayor, permítame la expresión, ocupe su tiempo libre en alguna actividad que le satisfaga. Lea un buen libro, que lleve la portada de color verde, ponga a su lado una hermosa planta, tome infusiones de té verde, y si persisten sus manías vaya al médico. Yo le absuelvo de sus pecados, Dios le guiará por la senda adecuada, vaya en paz. Amén-.

Cerró la puerta del confesionario, no atendería a nadie más.

Acercándose al altar inclinando su cuerpo hizo una genuflexión, sin terminar su reverencia alguien tiró de su vestidura  cayendo boca abajo ante el Santísimo en forma de cruz. La mujer asustada quiso ayudarle.

-Perdón por la caída, no ha sido mi intención-.

-¡Hijos del  Creador, algunos más oportunos que otros!, no pasa nada-.Contestó resignado.

-¡Ayúdeme, no puedo más! Tengo deseos de venganza, quiero deshacerme de él. Cada día es una penitencia, pida en sus plegarias para que mi vida tome un rumbo diferente-.La parroquiana  transmitió su angustia al clérigo.

-¿Qué les pasa Señor mío a todos hoy con esas ganas de matar?-. Se dijo alzando sus manos hacia la cúpula.

-Estoy enamorada de una chica. A él no le quiero me ha traicionado-. Dijo sin apenas dejar intervenir al seglar.

-Pero hija es un tema matrimonial, no tengo experiencia al respecto, uno lo que Dios nunca quiso deshacer. Seguramente sea un capricho fruto de alguna discusión conyugal. Olvídate de ella, y cumple tus obligaciones como esposa.- Alegó con rotundidad eclesiástica.

Sin estar en la celosía sacramental gozaba del secreto de confesión. Su insistencia convenció al vicario.

-Soy hija de padres alcohólicos, con el único afecto de abuela paterna quien se hizo cargo de nosotros. Me críe con dificultades que la vida se atreve de nuevo en manifestarlas. No me hablo con mi hermana, le arrebaté a mi actual pareja, y por si fuera poco estoy enamorada de mi cuñada-. Comentó al cura con el ánimo de ser absuelta.

-Mintió jurando amor eterno, fue desleal. Le he visto coquetear con mi hermano, su mirada lujuriosa le delata. Y creo que están juntos. Entre ellos hay algo, por despecho mi pareja está haciendo lo posible por fastidiarme. Es malvado, cruel…-.

-El tema es muy complejo¿Cómo puedes decir qué te ha traicionado tu pareja cuándo actúas igual?-.Como Prior quiso dar prioridad al principal pecado, el engaño, e intentar ordenar esa mente confusa.

-Lo estás poniendo difícil. Las faltas son incontables. Si no te importase tu pareja tampoco te molestaría su decisión de elegir equivocadamente a otra persona. Todo queda en familia, causa del error.¿Cómo puedes meterte en estos líos? Conformidad con lo que se tiene y huida de las complicaciones por lo desconocido-.Quedó absorto en sus ruegos.

Ambos cruzaron las piernas, la Biblia apoyada en el banco marcaba la distancia, semejantes  gestos; el pie derecho de cada uno colgaba igual con tics nerviosos, la mano zurda de ella y la de él pellizcaba el vello de la ceja izquierda, tirando de sus pelillos en acto reflejo, con el mismo instinto. Los dos quedaron en silencio, se dieron la vuelta al unísono y por primera vez se miraron a los ojos, la expresión de sorpresa  juzgada por el dúo, el espejo de sus facciones iluminado por idéntica e intensa mirada penetrando en lo más hondo de sus almas. Sólo un grito ahogado consumó el rezo de Manuela, cuyos cálculos rendían cuentas a la vida.

Y.M.G.

 

 

 

 

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