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11 min
La Vida de Helena Ginés IV: El Final de la Historia
Reales |
16.08.13
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Sinopsis

Última parte de esta historia.

CAPÍTULO SEIS

Mi Adolescencia. El Primer Amor: El Primer Dolor

 

Mi pubertad comenzó oficialmente una mañana de verano a mis trece años de edad en que me desperté y me asusté al contemplar mi ropa interior embadurnada de una pasta olorosa y de aspecto achocolatado. Era la primera menstruación y mi mamá me dijo que, a partir de ese momento, yo dejaba de ser una niña y entraba al grupo de los adolescentes. Mamá se equivocó. Mi adolescencia había comenzado mucho antes, quizás desde los once años.

Esa fue la edad en que decidí cambiar por completo mi cuarto. Desalojé todo lo que tuviera que ver con niñas y empecé a darle un aspecto más juvenil. Las fotos de princesas y los ositos de felpa fueron sustituidos por cuadros de artistas y actrices y por discos compactos. Mi anterior ropa de colores pasteles y estampados de flores terminó en la basura y el color negro y la ropa rockera empezó a reinar en mi closet.

Mamá y Maaike siempre decían que me miraba como una vampiresa o como una drogadicta y claro eso desataba nuevas peleas que terminaban con que yo me iba a mi habitación diciendo palabras hirientes y entrando a mi cuarto con un agresivo portazo. Aquello era la rutina de siempre. La verdad es que debo reconocer que yo misma provocaba esas peleas. Necesitaba iniciar esos pleitos para darles a entender que yo era la dueña de mi vida y que nadie me controlaba… ¡típicas locuras de adolescentes!

Además esa fue la edad de mis primeros impulsos sexuales y románticos.

A los trece años tuve a mi primer novio. Se llamaba Rafael. Era un chico con un rostro de gitano. La piel era blanca pero sus ojos y cabello eran muy negros. Era alto, un poco gordo, pero recio y corpulento. Él tenía 25 años y ya había salido de sus estudios de Antropología y trabajaba como Dj en una discoteca de Andalucía.

Él fue el primer y gran amor de mi vida.

Una amiga me lo presentó en una fiesta de cumpleaños. Yo acababa de llegar a la fiesta y ella se me acercó y me tomó de la mano. “Vamos”, me dijo: “quiero presentarte a alguien”. Yo traté de detenerla porque todavía yo era demasiado tímida como para conocer personas así como así, pero ella no me dejó que le pusiera excusas. Prácticamente me arrastró por todo el salón hasta que me puso frente a él.

Sólo bastó una mirada para que yo quedara perdidamente enamorada de él.

-Hola –me dijo- Soy Rafa.

-Helena –le dije yo, sintiendo que las palabras se me atoraban en la garganta.

-¿Lena? –preguntó él con una sonrisa tierna.

-Helena –repliqué yo-: pero dime Lena.

-Eres muy linda Lena –dijo con una mirada que hizo que mi corazón se acelerara-. ¿Quieres bailar?

-Sí.

Bailamos toda la noche y en esa ocasión sellamos nuestro compromiso con un beso en los labios. Un beso tierno que me encendió la cara de vergüenza y casi hace que me dé un paro cardíaco.

Empecé a mirarlo todos los días. Nadie en mi casa notaba que yo andaba de mejor humor, cantando canciones románticas, escribiendo cosas en un diario, hasta ayudando en los quehaceres de forma voluntaria. Nadie notó que de pronto tenía compromisos urgentes, que tenía ansias contenidas y repentinos accesos de tristeza y alegría. Nadie notó que estaba locamente enamorada.

Claro que eso me convenía mucho.

Si mamá se hubiera dado cuenta de que estaba saliendo con un chico doce años mayor que yo seguramente me hubiera crucificado… ¡o lo hubiera crucificado a él! Por  buena suerte (si es que a eso se le puede llamar suerte) nadie se enteró. Salíamos a escondidas, nos mirábamos en fiestas, en parques, en cafeterías y sus besos se iban haciendo cada más apasionados y atrevidos y sus manos más traviesas porque me tocaban los muslos y los senos por encima de la ropa.

Varios meses después de que empezamos a ser novios decidí entregarme a él.

Fui a su apartamento diciéndoles a mis padres que iría a casa de una amiga. En mi mente yo ya tenía claro que iba a ese sitio a regalarle mi virginidad a ese hombre.

Llegué al apartamento y él no me permitió tomar ni un respiro. De inmediato se lanzó sobre mí y empezó a besarme de forma obsesiva en mi cuello. Yo trataba de mantener la compostura pero no pude evitarlo. Me dejé llevar por la pasión loca y me quité la ropa, mientras él se deshacía de la suya. Completamente desnudos y sin dejar de besarnos nos acostamos en la cama. Él se paró un momento para mirar mi cuerpo desnudo y a mí me avergonzó que viera lo flaca que soy y los defectos de mi físico, pero a él no le importó. Se tomó el pene con la mano y se lanzó de nuevo sobre mí. Ya estaba a punto de penetrarme cuando me le aparté.

-Espera –le dije-. Tengo miedo… ¡Dicen que duele!

Rafa no me respondió, me besó en la boca para tranquilizarme y aproximó su miembro a mi vagina. Me abrió con lentitud, al inicio, mientras el dolor empezaba a torturarme. Luego empezó a moverse con más fuerza y yo sentí que el dolor era insoportable, pero apretaba los dientes y clavaba las uñas en el colchón. A él parecía tenerlo sin cuidado mi dolor. Se agitaba con fuerza sobre mí y sus embestidas eran muy violentas hasta que terminó sacando su pene para echar el semen afuera. Yo me moví un poco y miré el colchón repleto de sangre. Me dio horror. Parecía cosa de película. Todo el colchón estaba rojo de sangre fresca.

-Es normal –me explicó él entre carcajadas-. Unas chicas sangran poco y otras como tú echan litros y litros… ¿Te dolió?

-Mucho.

-Vale, las primeras veces duelen… y las segundas también… debes llegar a la cuarta vez para que ya te sientas cómoda.

Volvimos a tener relaciones esa tarde. Me entregué completamente a él hasta que dejó de dolerme y pude disfrutar, aunque sea un poco, del sexo. Fue algo hermoso. No tan hermoso como yo lo imaginaba y lo soñaba, pero sí fue un momento lindo y muy especial.

Lamentablemente todo terminó mal. La semana siguiente me di cuenta de que Rafael era un hombre casado.

La misma amiga que me lo presentó me lo dijo. Estaba casado desde hacía tres años y tenía una hija, una nena preciosa y, según supe, su esposa lo adoraba.

Me sentí horrible. Traté de llamarlo la noche en que lo supe pero jamás respondió, seguramente estaba con su esposa.

Por fin pude hablar con él en la mañana y le grité, le pedí explicaciones de por qué me había engañado y por qué lo había hecho conmigo si ya tenía su mujer. Lo llamé maricón, poco hombre, cobarde, puto, malnacido. Le dije todas las ofensas que se me ocurrieron para desahogarme y luego tiré el teléfono contra la pared y se rompió en mil pedazos.

Caí en una crisis. Lloré mucho por varios días y luego tomé la decisión nefasta de cortarme las venas con un cuchillo de la cocina. La verdad simple es que yo ya no quería vivir, quería morirme. Le había entregado a ese idiota lo más preciado que tenía y el patán me había engañado como una imbécil. No lo pensé dos veces. Tomé el mango del cuchillo con fuerza y acaricié mi piel con el filo causándome un dolor tremendo. De inmediato una cascada de sangre roja cayó al suelo.

Maaike fue la que evitó que cometiera esa locura.

Yo no sabía que Maaike estaba en casa. Había bajado para hacerse un emparedado y miró lo que hice. Dio un fuerte grito, se acercó a mí como un bólido y descargó en mi mejilla una cachetada potente al tiempo que decía: “Estúpida”.

Me envolvió la muñeca con una toalla y presionó. Parece que la herida no era tan grave porque con una venda que me puso después fue suficiente para parar la hemorragia. Yo estaba muy avergonzada por lo que había pasado y no me atrevía a mirar a Maaike a los ojos. Ella, sin embargo, se sentó frente a mí.

-No sé cuál es tu razón para querer morirte –me dijo-, pero sea cuál sea es una pésima razón.

Yo no pude contenerme más. La abracé fuerte y me desahogué contándole todo. Por primera vez en mi vida sentía que mi hermana y yo estábamos conectadas y que podía confiar totalmente en ella.

Maaike fue fenomenal. Me abrazó sin reñirme y dejó que llorara en su hombro. Hasta me contó algunas decepciones que ella misma había tenido.

También Maaike fue mi cómplice. Cuando mamá y papá preguntaron qué me había sucedido Maaike dijo que era una torpe e inútil y que me había cortado pelando papas. Ellos se la creyeron porque Maaike siempre decía cosas como esas refiriéndose a mí.

¡Mi hermanita Maaike, la amo mucho y la extraño! Es la mejor chica que conozco y espero algún día llegar a tener su carácter tan lindo y su inteligencia. No fue sino hasta que me abrí y le mostré mi corazón que me di cuenta de la estupenda hermana que tengo.

CAPÍTULO SIETE Y FINAL

Mi Vida Actual y Mis Sueños. ¿Soy Feliz?

 

Cuando gané la beca que el gobierno de Andalucía ofrecía para estudiar en la UCLA casi muero de la alegría. Fue uno de los días más felices de mi vida y mi familia lo celebró con una gran cena en la que sacrificamos una ternera para convidar a los vecinos. ¡Nadie lo podía creer! ¿Helena Ginés, la chica loca, había ganado una beca para estudiar en California? Creo que muchas personas que me menospreciaban se tuvieron que comer sus opiniones sin sal.

El día en que me despedí de mi familia en el aeropuerto fue muy pero muy emotivo. Lloré abrazada a mamá y papá por casi diez minutos. Después abracé a Maaike por casi quince y ninguna de las dos pudimos contener las lágrimas. ¡Cuando me despedí sentí que tenía un nudo en el corazón!

Cuando llegué a los Estados Unidos decidí estudiar psicología y hasta ahora siento un gran entusiasmo, aunque debo admitir que es una carrera que te arranca la máscara y te enseña a ser sincera contigo misma.

Actualmente vivo en un apartamento en un barrio de California con mis amigas Michelle de Texas y Katia de Brasil.  Vivimos de lo mejor, divirtiéndonos y estudiando mucho.

Mis sueños son simples. Deseo convertirme en una excelente profesional de la psicología y estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario para lograrlo. Mi mayor anhelo es algún día poner mi consultorio en Andalucía y poder trabajar con niñas víctimas de abuso sexual.

¿Soy feliz? No, no soy feliz. Sé que tengo muchas cosas que cambiar y hay muchas cosas que quiero lograr, pero estoy viviendo cada día tratando de ser optimista y luchando por olvidar las heridas que me ha provocado el pasado. Cada día aprendo de mis errores, me levanto de mis tropiezos, sonrío en medio de las tempestades y sigo adelante, siempre hacia adelante.

Como dijo Gabriel García Márquez: “la felicidad no está en la cima, sino la forma en que subes la montaña”.

Y bueno, eso es todo. Mi nombre es Helena Ginés y… ¡Esto es mi vida! 

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