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6 min
LA VIDA DE UN PUEBLO 1
Reales |
08.04.22
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Sinopsis

La aventura de un pueblo cualquiera de España en unas Fiestas significativas. Recoiendo al lector que lea este relato con calma, pero que lo lea.

A finales del siglo XX conocí a una mujer morena, delgada; de un temperamento introvertido llamada Rosa que era una funcionaria del Ayuntamiento de mi ciudad con la que tuve una cierta amistad; pero que curiosamente era oriunda de un recóndito pueblo de Palencia, perteneciente Castilla la Vieja.

Recuerdo que estábamos en vísperas de Semana Santa y ella que a pesar de vivir durante mucho tiempo en Barcelona no dejaba de sentir algo de nostalgia de su lugar de origen me propuso ir aquellas fiestas a visitar a su pueblo natal donde estaban sus padres.

- Lo pasaremos biien. Ya lo verás - me dijo Rosa. Y yo como no tenía ningún plan preconcebido acepté la invitación. 

Así que cuando llegó la fecha señalada tomamos un autocar y nos dispusimos ha hacer un largo viaje hasta aquella región de la Península Ibérica, por lo que tuvimos que pasar toda la noche en la cerretera. Mas al fin una vez que hubimos llegado a la capital para ir al pueblo de mi acompañante tuvimos asimismo que utilizar otro vehículo de servicio público para que nos llevara hasta allí.

Los padres de Rosa eran dos personas campesinas de una edad un tanto avanzada que durante muchos años se habían dedicado a la agricultura como la mayoría de los habitantes de aquel sitio donde se cultivaba el trigo y la remoolacha, los cuales vivían en una antigua casa de planta baja que estaba precedida por un patio bastante grande en el que había un olvidado y vacío corral. El era un hombre delgado, enjuto, con el cabello blanco, y con una mirada penetrante, incisiva; llamado Gabriel; mientras que la madre era una mujer de cabello negro, algo obesa y de aspecto bonachón llamada Benigna.

-¡Ya era hora de que Rosa nos presentara a alguien! - dijo Gabriel-., dando por supuesto que yo era un posible novio de su hija.

-¡Calle, calle usted padre! Francisco y yo sólo somos buenos amigos - se apresuró a corregir su hija.

- Claro, claro. En la actualidad ya no hay novios formales. Ahora todos son "amigos" - respondió Gabriel con sorna-. Pero sepa usted joven que Rosa mi hija, vale mucho sí..Aunque es más tozuda que una mula.

-¡Bueno, ya está bien padre! - protestó soliviantada Rosa.

- Y dígáme joven. ¿Es usted creyente?

- Bueno, a medias - respondí yo con ambigüedad.

-¡Ah! Pues aquí sí que somos creyentes. Pero respetamos la manera de pensar de cada cual. No se crea usted.

A media mañana vinieron a saludarme los vecinos y los parientes de la familia de Rosa, dado que en el pueblo todo el mundo se conocía, y a pesar de que yo me sentía ajeno de aquel rústico contexto social hacía lo posible para causar una buena impresión. Pues era evidente que yo era el "forastero" y por lo tanto una novedad en aquel rincón del mundo.

Posteriormente Benigna, la madre de Rosa cocinó un abundante plato de carne de cordero asada que a la hora del almuerzo devoramos con fruición, y a los postres Gabriel nos confió:

- Ahora que aquí habrá unas nuevas Elecciones Autonómicas vendrá la gente del pueblo a mi casa a consultarme.

- ¿A consultarle a usted? - inquirí yo extrañado.

- ¡Sí! En la televisión salen muchos políticos a hacer propaganda de sus partidos para que les votemos a ellos, pero la gente de aquí no se fía de nadie,o no los entienden muy bien. Y yo les aconsejo a quienes tienen que votar - me explicó Gabriel henchido de orgullo.

- ¿Y qué les aconseja usted?

-¡Pues que voten a los de la derecha naturalmente, que son los únicos que pueden garantizarnos Ley y Orden! Mire usted joven. En un país como el nuestro no puede ser que cada cual haga lo que le dé la gana. Para que las cosas vayan como Dios manda tiene que haber una disciplina que proteja los sanos valores de toda la vida. ¿Estamos? - expresó él muy sero y muy tieso.

- Estamos.

Después del almuerzo y del café los padres de Rosa se retiraron a hacer la siesta, y en aquella hora tan imprecisa, tan mortecina, teniendo en cuenta que en primavera todavía  colean ramalazos del duro invierno se levantó un gélido viento que impedía salir al exterior y a tener un brasero permanentemente encendido con toda suerte de combustible; desde cajas de cartón hasta restos de muebles rotos y de leña. Entonces sentí que se me helaban gradualmente las extremidades, hasta que no tenía más remedio que aproximarme a dicho brasero, pero de súbito se me quemaban las pantorrillas y el trasero "¡ Huy!" y tenía que salir de allí enseguida a pasar otra vez frío.Y otro tanto me sucedió por la noche. Cuando me acosté en una mullida cama, mientras que los dueños de la casa se entretenían viendo un concurso en la televisión que era casi lo único que les interesaba, como aún era pronto para dormir quise leer una novela policiaca que me había traído de Barcelona pero en la medida que iba leyendo yo notaba que el brazo derecho se me iba congelando más y más, hasta que tuve que dejar la lectura y abandonarme al sueño.

En el medio rural se duerme de un tirón y al día siguiente la familia preparó un abundante desayuno con los mejores embutidos de la comarca. Era como si quisieran obsequiar al hipotético "novio" de la hija.

Al cabo de un rato la chica y yo salimos a pasear por las inmediaciones de aquella localidad y Rosa me advirtió:

- Mira de no pisar las madrigueras de los topos.

Pues efectivamente en aquella zona las madrigueras abundaban por doquier como las trampas para cazar conejos

Sin embargo las incomodidades que pudieran haber en la vida rural quedaban compensadas, eclipsadas por aquel tan mágico como bello paisaje, consistente en unas llanuras en las que la vista se perdía en lontananza y en las que asomaba un incipiente verdor, muchas de las cuales estaban sembradas de trigo y de girasoles cuyas amarillas hojas eran acariciadas por los blancos rayos del sol que alumbraba desde un plateado cielo adquiriendo una tonalidad casi  dorada; y éstas a su vez lindaban con extensos páramos en los que se vislumbraba algún que otro olmo. A lo lejos despuntaba el regio campanario de la iglesia en cuya torre anidaban las cigüeñas con sus crías y que transmitía a los habitantes de la villa un hondo sentimento de eternidad que repercutía en su instinto vital.

                                                  CONTINÚA

 

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