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7 min
La villa de san Horacio VI
Históricos |
16.06.09
  • 4
  • 3
  • 1823
Sinopsis



Se pusieron a cenar con buen apetito, haciendo elogio del menú que les estaban sirviendo. Todo parecía quedar suspendido en el tiempo, dejando las preocupaciones al margen de ese momento tan alegre y distendido que realmente podrían resultar amigos de toda la vida que se hubieran reunido después de tanto tiempo. Rieron y se contaron historias divertidas: Phillipe bromeaba sobre su paso por Japón, Rochet describió alguna anécdota de cuartel, Malais se burlaba de las señoras de País que contrataban su servicio de detective para descubrir cualquier tipo de excentricidad. Pero al término de los postres retomaron los asuntos principales y con estos, la seriedad. Como decía una costumbre, aunque no se supiera muy bien de dónde, “los problemas, con el café y la copa”.

Fierce Malais les estuvo contando de esa ventana de la fachada del que aún no sabían nada, situando en un piso superior; seguramente del desván. Todos compusieron una mirada extraña de perplejidad, cuando Alberto Rochet tomó la palabra.

- Quisiera hacerles partícipe de un descubrimiento. Registrando la habitación del fallecido he encontrado, en su escritorio, un maletín con abundante información sobre la casa. Un mapa de la región, un plano diseñado hasta el mínimo detalle, manuscritos y grabados. El mapa me ha desconcertado, porque de ser cierto no sabría decir dónde estamos en realidad. Este es del siglo XVI y ya aparece claramente localizada la mansión; lo intrigante del asunto es que al hacer la medición del plano y calibrando las discordancias de la época, no estamos dónde creíamos estar, a pocos kilómetros de Corbie, sino más al sur, muy cerca de la frontera con España.
- Eso es imposible, yo me bajé en la estación de Corbié. -Dijo Manuel- De eso no hay duda.
- Pero eso no es todo, como he dicho, el mapa es del siglo XVI y ya hacía referencia a la casa. De hecho, ésta ha interesado ha algunos estudiosos, sobre todo a uno en particular. Fijaos quién firma este diario: nuestro amigo Sepharian.

Una firma escrita con mano rápida, pero legible, lo decía claramente. Ese mismo nombre, con todas sus letras. Rochet empezó a leerlo, ante la agitación febril de Phillipe, la atención de Malais y la falsa impasibilidad de Manuel. Lo leyó en el más absoluto silencio, frente la mirada de los demás y en medio de esa claridad espectral que la luna brindaba por una de las ventanas.

Hace muchos años –creo que unos treinta- en uno de mis paseos ante los cajones de libros y antigüedades que hallaban su acomodo en la ferie de Fontanebleu, hallé algo que me llamó la atención. Unos grabados y unos cuantos manuscritos antiquísimos.

Por no muy alto preció los adquirí y los he conservado en mi biblioteca, sin saber –lo confieso- qué hacer con ellos, aunque mi curiosidad no decayó y con frecuencia abría los pliegos. “Ponerse a enterrar a los vivos y a cuidar de los muertos”.


- No, sería “enterrar a los muertos y cuidar a los vivos” – Interrumpió Manuel.
- Esto es lo que pone aquí. Si quieres lo lees tú. Toma.

El conjunto de manuscritos formaban parte de la colección Strozzi y se guardaba en la Biblioteca de Florencia. Según los estudios, estuvieron escritos a finales del siglo XV. Los descubrieron Francesco Conti, en el archivo de la familia florentina de Ginori Ridolfi, dándolos a conocer en su texto italiano en Richerche histórico-chritique di una relazione ora inedita (Firenze, 1625). Ulrich Varnhagen los transcribió al alemán en esa misma fecha, y Vagnaud, los reprodujo mucho más tarde, momento en que se pierde la pista, hasta que lo descubriera en un mercadillo de Fontanebleu.

***



La noche los abrazó pronto cuando se fueron extrañados a buscar el descanso entre las sábanas de sus camas. Pero nadie logró calmar la inquietud que los dejaba en vela, aunque tampoco nadie se atrevía a atravesar la puerta e intentar alcanzar el sueño, después de un ligero paseo por la casa. Con la excepción de Phillipe Farrere. Echó un vistazo al exterior y vio que ya no llovía, cuando sus pies le arrastraron a fuera como si estos hubieran tomado iniciativa propia.

Unas nubes cruzaban de prisa sobre la luna de cobre. Soplaba el viento rizando el agua del estanque, y lo oía gemir entre los árboles. Salió por la verja que había quedado abierta y, en seguida, se encontró en el bosque.

El aire estaba lleno de ásperos gritos de las bandadas de las aves que volaban sobre él en el invisible y aterido frío. Entre tanto, caminaba lentamente a causa de la penumbra que le ofrecía una pequeña linterna de queroseno, agitada por el viento desde su mano en alto. Lo curioso era que ese lugar le resultaba extrañamente familiar como si el traje rojizo de las montañas y la frondosidad del bosque le recordase esos veinte años atrás cuando estaba en Asia. El intenso ruido del cielo desaparecieron y con este, el bosque. Empezó a soplar un viento húmedo cargado de vapores. El panorama se trocó de pronto en un paisaje de mangles y selva; unos ligeros pestañeos bastaron para la rápida transformación. E incluso el mismo experimentó ese cambio, se vio con el uniforme de oficial, con las hebillas del cinturón con los envoltorios de papel para las municiones del fusil, y un enorme machete que iba colgado a su espalda. Se abría paso con él, a través de la alta vegetación, y pronto observó unos chamizos repartidos en frente suya. Vio correr hacia él una sombra, y sin fuerzas, mudo y en medio del terror, la desgajó con su arma sin tan siquiera ver que se trataba de una mujer. Cubierto de sangre, cayó al suelo y se arrastró hasta que quedó desvanecido.

***



Su propio grito le hizo dominarse cuando volvió en sí y le llevaba a verse lleno de la sangre de aquella mujer. Pero en vez de la húmeda hierba de la selva, tenía un desagradable sabor del polvo del suelo de la casa, sintiendo el molesto viento que penetraba de la puerta. Una lámpara de araña multiplicaba en los espejos del vestíbulo, miles de lucecitas. Después de las tinieblas, aquel diluvio de claridad llegaba a herir sus ojos, y necesitó de unos segundos para reconocer dónde estaba.

- Pero, ¿qué demonios hace usted aquí?

El grito había atraído a los demás, que llegaron corriendo alertados. Alberto Rochet continuaba esa costumbre suya de querer desgarrar de un pistoletazo al primero que se pusiera a tiro; y Victoria se llevó la mano al pecho ante ese hombre que, sin duda, deliraba.

-¡La mujer, la mujer, la he matado! Mirad su sangre, estoy cubierto de ella.
- ¿Qué sangre, qué mujer? Viejo loco –gritó Rochet.
- Ha tropezado con la vegetación del jardín y su ropa quedó destrozada en las zarzas y matorrales. – dijo Manuel-Lo que usted cree que es sangre, es barro. No sé lo que ha creído ver, pero no ha salido de la casa en ningún momento.
- Por un instante, quise salir. ¡No sé lo que me ha ocurrido, Dios mío…!

Fuese un sueño, un recuerdo o una alucinación, la verdad era que Phillipe apoyó la cabeza en las manos y lloró amargamente. Victoria y Manuel se quedaron a su lado para tranquilizarle, mientras la noche seguía su tradicional curso y las horas transcurrían lentamente. Lo que hubiese sido, fruto de la inquietud o del influjo de la casa, había trastornado por completo a aquel hombre.

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  • Te digo lo de siempre, bastante interesante y envidiablemente narrado. Mañana sigo con la historia, a ver si me voy poniendo al día poco a poco XD. un saludote :)
    Digo lo mismo que María, te ha sentado fenomenal ese breve descanso, la historia se va entremezclando, ahora nos llevas al siglo XVI, que ya existia la casa, me temo que hay historia de antepasados... a ver que nos deparas en los próximos capitulos, te estaremos esperando, un saludo.
    Que intrigante nos lo estás poniendo. Se ve que el fin de semana te ha sentado de maravilla. Sigue así. Un beso
  • ¿Quién es el cazador y quién, la presa?

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