cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

6 min
La villa de san Horacio x
Históricos |
08.07.09
  • 5
  • 2
  • 1886
Sinopsis

Bueno, ya queda poquito para dar por concluida, prometo que pronto acabará. Hasta entonces, espero que sea lo más llevadero posible. Un saludo.

Aquella habitación cuadrangular, tapizada en color rosa palo, con cortinas de muselina y un enorme fresco –decorando el techo-, acogía un misterio. Un secreto que la casa había guardado con celo, descubriéndolo gracias a unas extrañas cartas, envueltas igualmente en la misma aureola de misterio que el resto. Sea lo que fuese, allí desembocaron sus temores y recelos, como una curiosidad malsana que habría surgido en torno a toda esa pesadilla que estaban viviendo.

Acaso convenía no seguir adelante sin puntualizar el motivo que les llevó al siguiente descubrimiento, sin duda, el más importante de los que se habían hecho hasta entonces; pero la verdad es que lo hicieron sin comprender. Fuese la intuición o un ejercicio de clarividencia supina, lo cierto es que se armaron de buenas herramientas y al poco rato de volver se enfrascaron en derribar el techo. Pronto fue abriéndose un hueco.

- ¡Ahí está el desván!

Tras este, cayó una escalerilla plegable, cuyos escalones carcomidos conducían a una dependencia superior. Cualquiera sospecharía que de un desván surgiría ese indicio que diese a alguna historia de ficción un giro inesperado; entonces, ¿qué podría ocultar uno que estuviera tapiado sabe Dios cuánto?

De momento no vieron nada. Aquel desván, en la que no entraba luz alguna, estaba además sumido por una mezcla innumerable de malos olores de aceite rancio y carne podrida a humedad. Cuando sus ojos se acostumbraron a aquella inmunda penumbra, empezaron a distinguirlo. Con lo que quedaba de la cerilla que había servido para el farol, Rochet encendió su pipa. Aprovechó esta claridad para examinarlo mejor.

- ¿Qué es eso?

Armas, mapas, brújulas, trofeos de caza colgados en la pared; toda clase de artefactos para tiempos de guerra y de paz, atestaban la habitación. Phillipe Farrere se quedó totalmente absorto en un trozo de tela, deshilachado y embadurnado de barro. Pertenecía a un kimono de mujer, como los que vio en su estancia en Japón. Pero se volvió al oír el grito de sorpresa que acababa de lanzar Alberto Rochet.

-¡Eh! ¿Qué le sucede? – preguntó Farrere.

Su voz era brusca y seca, pero Rochet no contestó. En aquel momento se hallaba demasiado ocupado en contemplar el retrato que acababa de aparecer ante sus ojos. En efecto, era una sorpresa única. Imagínense, destacándose sobre el fondo de unos cortinajes violeta, a un hombre de cuarenta y muchos años, con las manos apoyadas sobre un libro negro, adornado con una rosa de oro. Y vestía una casaca roja. De hecho, la misma que aparecía colgada a su lado, teñida del color rojo de la sangre.

- Es la casaca del uniforme de un oficial británico, -Dijo Alberto Rochet sin apenas voz- que perteneció al cuerpo de los Highlanders de Escocia.
- ¿Cómo dice? Entonces, ¿lo reconoce?
- Claro, como que a su propietario lo mató él.

Durante ese segundo reinó el silencio, un silencio que no se atrevió nadie a romper; hasta que súbitamente –hecho aún más trágico por la claridad en penumbra del farol-, un fantasma apareció en la oscuridad.

- ¡El señor Malais!
- ¡Usted!

El propio Fierce Malais, sin lugar a dudas, sosteniendo un fusil en las manos y embadurnado de barro. Con su ropa arrugada, sus mejillas verdosas, tenía un aspecto lamentable, pero estaba bien vivo. E incluso Rochet se sobresaltó, se le vio vacilar. Con las piernas separadas y los ojos brillando de cólera, acabó por retroceder un paso.

- Sí –rezongó- yo, Fierce Malais, a quien ya no esperabais. Pero siempre vivo, como podéis ver.

Con la expresión de la mirada velada por la sorpresa, aparecían pálidos, con los ojos enrojecidos. Un rayo que hubiese caído en ese justo instante, no les hubiera dejado más sorprendidos. Entre ellos se miraron con ojos de estupefacción, pero callaban. Jadeantes el pecho y entreabierta la boca, se les veía dentro de un grave terror; no era para menos, aunque no comprendieran nada.

- ¡Quiero que nos expliques el por qué! ¡Lo exijo!

Envalentonado, a pesar de todo, Alberto Rochet no dejaba de observarlos. Le aterraba el malestar que sentía crecer dentro de sí, una especie de horror por el que se avergonzaba. De pronto, arrojó una mirada a su alrededor, y cuando describió un círculo en torno a los demás, su mano bajó al bolsillo, donde acarició la culata de la pistola. Pero, Phillipe -que no le perdía de vista-, le apartó de un empellón cuando fue a disparar. El eco de la descarga resonó en el pequeño espacio del desván, antes de perderse la bala en la pared.

- ¡Cuidado!

Fue Victoria quien gritó. Dos golpes secos y dos gemidos. Rochet, golpeado en el costado, cayó cuan largo era, y saltando sobre él, Malais le asió por la garganta. Alberto no oyó nada, no vio nada, sólo sentía aquel hombre que la apretaba la traquea con las manos, pero de pronto, sin saber cómo, sintió que el atenazamiento de esas garras se aflojaban. Vacilante, medio asfixiado, desenvainó su sable y le desgarró con el arma. Al mismo tiempo que Fierce sentía un rugido de rabia y de dolor, a Rochet le correspondió una estrepitosa carcajada. “Pensaba acabar conmigo, imbécil”, soltó con aire desafiante y orgulloso, cuando fue a rematar al malherido; sin embargo, le habían colocado en una sien el cañón de una pistola.

- Si intenta moverse…
- ¡Dios mío, a pesar de todo…!
No concluyó la frase, se le atragantaban las palabras. Esa voz le estremeció e hizo que se le cayera el arma de las manos.

- Ahora, ayúdele a levantarse.

No podían creerlo, pero era Victoria quien le amenazaba, quien le estuvo encañonando con el arma. A Alberto Rochet le dio un vuelco al corazón el giro de acontecimientos que se había tomado súbitamente, mientras que Phillipe Farrere parecía comprender menos todavía. Durante un momento podría haber sucedido cualquier cosa, ambos estaban como sumidos bajo un hechizo de la mujer, paralizados por el terror y la sorpresa. Ese momento apenas duró unos pocos segundos, pero a la vista de ellos pareció una eternidad.


Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Estoy deacuerdo con Lucía, nunca hay que minusvalorar una mujer, espero leer el final antes de irme de vacaciones porque es una historia que merece la pena, Un beso Gonzalo
    jajaja, con el final de este capitulo bien podría decirse que nunca se nenosprecie el coraje de una mujer... vaya con la señorita Victoria , como bien dices un giro de acontecimientos... estoy intrigadisima con el desenlace de esta historia. Asi que te seguimos esperando amigo Gonzalo. Un beso.
  • ¿Quién es el cazador y quién, la presa?

    Un escritor, acostumbrado a lidiar con el terror en la literatura, conocerá la sensación del miedo; aunque todo sea un McGuffin.

    Viajamos a Turquía de finales del XIX para acompañar a nuestros personajes por este pequeño periplo.

    Seguramente tengamos todos nuestros héroes más o menos preferidos, no tienen porque ser cinematográficos, ni imaginarios. Nuestra cotidianidad nos dan héroes que resultan anónimos, ahora sobre todo que ese personaje está tan desmitificado. A mí me gustan los héroes de siempre, los que luchan contra adversidades casi insalvalbles o los que salen de la realidad. Y estos son algunos de los momentos que me han llamado más la atención de los cinematográficos.

    En este viaje de Tokio a Turquía, conoceremos a nuevos protagonistas. Es como esas historias que cuentan un misma trama, desde el punto de visto de más de un personaje.

    Se ha conocido recientemente que Concha Piquer, esa grande de nuestra copla que emigró a los EEUU, protagonizo la primera película sonora de la historia. Quizás, esto escueza algo a los puristas de Hollywood: ni fue en inglés ni sobre un icono cultural, propiamente americano.

    Los dos mundos. En una ciudad conviven dos clases de personas, apenas coinciden unas y otras, y muchas menos son las veces que se comprenden. Pero ambas terminan por necesitarse, mutuamente.

    Esta pequeña entrega es un imprevisto, se aparta de la historia, para hacer tiempo y dedicarme a revisar la rigurosidad histórica del resto. Se lo dedico, por tanto, a Lázaro y espero que -como esta bagatela- sepa tomárselo con humor. Una forma de observar el optimismo y la autoestima, que en los tiempos que corren seguro que sigue teniendo su vigencia. Un saludo a todos.

  • 39
  • 4.55
  • 90

Tienda

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta