cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

36 min
La voz de las campanas
Suspense |
01.10.14
  • 5
  • 8
  • 2365
Sinopsis

A veces, ciertas campanas son como las Sirenas que atraían a los marineros para acabar con ellos...

 


Crujían las hojas de noviembre, muertas, que sus pasos vacilantes aplastaban. El otoño, colosal pirómano, incendiaba el mundo, y el bosque ardía a fuego lento. El hombre caminaba entre las llamas heladas, doradas y rojas, que parecían abrirse a su paso, espantadas por el rostro sombrío y las negras vibraciones que surgían de su alma atormentada.
El tañido melancólico de una campana arañó el aire rasgando las sombras de la tarde.
TALÁN...TALÁN...TALÁN...TALÁN...TALÁN...
- " ¿Por quién doblan las campanas?" - El hombre se detuvo y alzó una mano mirando al cielo. En su rostro doliente se dibujó una mueca de irónico reconocimiento.
- Esta es fácil, claro, Hemingway, el bueno de Hemingway, por supuesto...buen vino, bellas mujeres y toros bravos...
La voz hueca, vacía y destemplada, agitó la calma del viejo bosque.
TALÁN...TALÁN...TALÁN...TALÁN...TALÁN...
- Hombre, hablando de toros..." Eran las cinco en punto, las cinco en punto de la tarde...". La hora fatídica, la hora de la muerte. Recitó mirando hacia el oeste, allí donde el cielo se desangraba y un sol agonizante lloraba por el torero derramando lágrimas de escarlata y oro.
Una súbita ráfaga de viento rojo sopló desde el ocaso, el último aliento del astro moribundo, y azotó la torturada faz. Sus ojos fueron dos infiernos diminutos y las llamas se avivaron devorando los gritos de los condenados.
TALÁN...TALÁN...TALÁN...TALÁN...TALÁN…
Las campanas, ahí comenzó todo, con las malditas campanas. Una, dos, tres, cuatro y hasta cinco campanas, doradas y luminosas, aparecieron cuando la máquina tragó la moneda.
CLINC...CLINC...CLINC...CLINC...La máquina comenzó a vomitar sobre la bandeja plateada, expulsando todo el metálico alimento ingerido. Era el primer día de febrero y afuera caía una gran nevada, como si el cielo también quisiera participar en la fiesta.
- A ver...Sebastián Colmenero... - las pulseras vestidas de oro tintinearon como campanitas cuando la vieja maestra lo apuntó con su aristocrática mano.- Si fuera un árbol, ¿ qué árbol sería ?.
- Un roble, señorita - la respuesta llegó veloz como un fantasma de luz.
- ¿Un roble?, ¿y por qué un roble?
- " ¿Y por qué no, vieja grulla?” - podía haber respondido, pero se lo pensó mejor.
- Porque es un árbol antiguo, noble y fuerte - Aquella mañana, en el colegio, Sebastián estaba inspirado y las palabras salían sin esfuerzo y, cuando estaban fuera, las veía y se admiraba ante el hecho de que plasmaran sus pensamientos a la perfección.
“Una tarde parda y fría de invierno. Los colegiales estudian” (1)
Un roble...pues vaya mierda...Si caminara por un páramo desierto o por la desolada meseta castellana, entonces la cosa sería fácil: una inmensa planicie y al final, en un montículo, un árbol solitario, el único en varios kilómetros a la redonda. Sebastián estudió la cuerda que llevaba en la mano, relativamente gruesa y razonablemente flexible. La había comprado en la ferretería de su barrio y no tardó mucho en decidirse. La vio nada más entrar y le gustó, como si lo estuviera esperando; incluso le pareció que se estremecía, gozosa de verle.
- ¿Para qué la quiere?
- Para construir un columpio a mi hija.
Había respondido demasiado rápido. Las palabras tenían el color y el olor de la carne pudriéndose al sol, y el empleado lo miró con desconfianza.
Pues eso, un hombre sin esperanza, una cuerda y un árbol sobre la colina dominando la llanura. Hasta podría quedar artístico y todo: el paisaje muerto y el hombre que pronto lo estaría y se fundiría con la Madre Naturaleza, naturaleza muerta...Una pincelada de romanticismo y el equilibrio justo de belleza mórbida y solemne dramatismo.
TALÁN...TALÁN...TALÁN...TALÁN...TALÁN...CLINC...CLINC...CLINC...
Cinco días más tarde, las campanas redoblaron de nuevo y la cascada de la fortuna, aún más abundante que la anterior, llegó a tiempo para apagar el fuego de la impaciencia que ya amenazaba con prender en el espíritu de Sebastián. A partir de ese día, sacaba el " Premio Especial " tres veces por semana, con sorprendente y casi sobrenatural precisión. Nuestro hombre llegó a creerse el elegido de los dioses y a considerar la máquina como una especie de ente benefactor que aquellos habían puesto a su servicio. Los demás jugadores, clientes del bar, la alimentaban con la esperanza de verse recompensados, pero sólo él conocía el purgante secreto, la llave que abría el cofre del tesoro y la fuente seguía manando con escalofriante regularidad.
Poco a poco, Sebastián fue amasando una pequeña fortuna con un negocio que marchaba viento en popa. Durante todo aquel mes de febrero y el marzo siguiente fue fiel a su máquina, no entraba en otros bares y, si lo hacía, ni se le ocurría probar suerte en sus artilugios tragamonedas. Sabía que sería inútil. Alguna vez tuvo la tentación pero la venció, convencido de que su máquina era celosa y no perdonaría una traición de ese tipo. A cambio de esa devota fidelidad, el mecánico artefacto seguía favoreciendo a Sebastián con la generosidad de una madre y la puntualidad de un banquero suizo.
A mediados de abril la fuente se secó, de repente, sin previo aviso, igual que una manguera arrojando agua a alta presión que se cierra de golpe y pasa de 0 a 100 en décimas de segundo, como un deportivo loco desacelerando de forma bestial.
Sebastián Colmenero tardó exactamente dos semanas en convencerse de que la máquina había cerrado el grifo, quince días le costó asumir que las campanas habían enmudecido para siempre, 336 horas frenéticas y desquiciadas de jugador - perdedor en las que su vida fue un auténtico terremoto y, a partir del primigenio epicentro de su enfermiza obsesión, la onda expansiva fue creciendo hasta alcanzar a todas las máquinas tragaperras en varias millas a la redonda; 20.160 minutos fueron suficientes para que nuestro desventurado ludópata perdiera todo lo ganado hasta entonces y aún dejara el balance en números rojos, rojos como la sangre que se agolpaba en sus ojos, huérfanos de sueño; rojos como la ira que crecía como un "alien" dentro de su pecho; rojos, en fin, como el demonio que devoró su razón y cegó su entendimiento y que, alimentado con generosas raciones de fracaso y frustración, regadas con varios wiskis dobles, sin hielo, por favor, hizo que un buen día, el decimoquinto de su calvario, Sebastián Colmenero la emprendiera a golpes con su, hasta ayer, " idolatrada máquina ". Ella pagaría por todas las malditas máquinas de la ciudad a las que había alimentado durante más de medio mes sin recibir a cambio ni un miserable céntimo. El devastador terremoto abrió grietas en la corteza de su cordura y la cólera ardiente, largamente incubada, emergió imparable y se abalanzó sobre el condenado chisme del demonio. Sebastián se despellejó los puños y destrozó la puntera de sus botas y su boca fue un diminuto cráter arrojando feroces insultos, como minúsculas piedras, rojas y humeantes. El hombre se sentía como el amante despechado que pilla a su amada poniéndole los cuernos.
Llegó a un claro del bosque y se sentó en un tronco caído. Consultó el reloj y sacudió la cabeza. Llevaba casi una hora caminando. Miró la cuerda y comprobó otra vez su flexibilidad. Su tacto le recordó la piel de una culebra e imaginó que se retorcía en sus manos, impaciente, anhelando el momento de enrocarse en su cuello y propinarle el último y fatal abrazo. Incluso le pareció que el viento cálido del sur, susurrando entre los robles, le apremiaba a terminar de una vez y los mismos árboles parecían espectadores aburridos, cansados de esperar el momento de la función, como romanos en el Circo sedientos de sangre cristiana y gritándole al César " que empiece ya, que el público se va " ( en latín, claro ).
A estas alturas a Sebastián sólo le mantenía vivo su sempiterna y patológica indecisión. La misma cualidad que lo había fastidiado muchas veces a lo largo de su vida y que le había hecho perder mucho tiempo a la hora de hacer cosas, desde las más transcendentes a las más insignificantes, sobre todo éstas últimas, ese mismo rasgo de su carácter hacía que Sebastián no llevara ya un buen rato balanceándose al extremo de la cuerda flexible y de reptiliana textura. Bueno, gracias a su carácter indeciso y gracias a que no se hallaba en la desolada meseta castellana: una llanura inmensa y un árbol solitario en una solitaria colina.
“Por la terrible estepa castellana, al destierro con doce de los suyos, polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga," (2)
Hombre, claro, así cualquiera. Seguro que el Cid y los suyos hubieran preferido cabalgar por este espeso bosque bajo la sombra y con abundantes arroyos donde calmar su abrasadora sed. Así está el mundo de mal organizado, todo al revés. Cambio bosque de robles en el suroccidente astur por páramo desértico con árbol solitario. Preguntar por un suicida indeciso y perfeccionista con inquietudes escénicas y tendencias melodramáticas.
Humor, un toque de humor, aunque sea negro, alegra la vida y hace la muerte más llevadera, ¿o era al revés?, ¿qué más da?, sigamos caminando, tengo que encontrar el árbol, aunque no sé muy bien que árbol busco, y a lo mejor ya lo he visto y he pasado de largo, rápido, el verdugo se impacienta.
Sí, humor negro, y negros le pusieron los ojos el día que comenzó a aporrear la máquina. Acabó en la calle, maltrecho y dolorido, porque si bien la tragaperras infiel y casquivana aguantó los golpes sin alterarse lo más mínimo, no ocurrió lo mismo con el mastodóntico dueño del bar, (que, dicho sea de paso, ya estaba bastante mosqueado con aquel asunto) cuando se acercó a Sebastián y rogó tuviera a bien dejar de golpear una indefensa máquina y que, si era hombre, se atreviera con él. Así que Sebastián, buscando reivindicar su condición masculina, entre otras motivaciones varias, embiste al hercúleo barman, al tiempo que, dejándose llevar por su espíritu literario, (Catálogo Universal Colmenero: una cita para cada ocasión), se permitió elaborar ingeniosas metáforas comparativas de índole manifiestamente sexual, relacionadas más bien con el comercio de la carne y el fascinante mundo que lo rodea, entre la máquina infiel y la mujer de su iracundo adversario. Licencias éstas que fueron celebradas sutilmente por la media docena de parroquianos presentes, silenciosa sutileza motivada por el conocimiento de las sospechosas andanzas de la aludida esposa, pero también por el escaso interés en experimentar en sus caras los gigantescos puños del enfurecido cónyuge; aun a sabiendas, repetimos, de no ignorar la causa de los prominentes apéndices que luce aquél en su ancha frente.
Sebastián que no estaba para sutilezas ni hostias, no practicó las primeras y, a cambio, recibió unas cuantas de las segundas, de tal forma que acabó saliendo del bar como si entrara pero yendo hacia atrás y en aceleración creciente hasta aterrizar sobre el duro asfalto. Dentro de lo malo, tuvo suerte al ir a para a un gran charco y el diluvio que caía alivió los dolores de su cuerpo y rostro vueltos hacia el cielo gris.
“Los colegiales estudian. Monotonía de lluvia tras los cristales " (3).
CITAS
(1) y (3): Versos del poema " Recuerdo Infantil " de Antonio Machado (1875 - 1939)
(2): Versos del poema " Castilla " de Manuel Machado (1874 - 1947).
Después de este lamentable y vergonzoso episodio, cualquier persona con sentido común y cierto apego a la vida propia y familiar, hubiera reflexionado seriamente y llegado a la conclusión de que enviciarse con el juego no es la mejor forma de alcanzar el premio gordo de la felicidad, ni tan siquiera de ir tirando con periódicas y puntuales pedreas de fugaces deleites. Lamentablemente, en este punto del desarrollo de los acontecimientos, hay que decir que nuestro hombre había renegado de un sentido del cual nunca anduvo muy sobrado y repudiado, de paso, a las hijas de aquél como son la prudencia, la sensatez y la dignidad, pues es bien sabido que el sentido común es padre de familia numerosa y por eso hay tanta virtud huérfana, que fallece al faltar su progenitor, en este mundo de Dios y tanto vicio adoptado, que medra en ausencia de su represor, campando a sus anchas. En cuanto a lo otro, amor a la vida y a la familia, pues sí, algo de eso había. Por aquel entonces, Sebastián aún no tenía tendencias suicidas, ni mucho menos, y seguía cumpliendo como buen padre de familia, buen trabajo de contable, un sueldo razonable, buenos colegios para sus hijos, buenos regalos a su mujercita y, en fin, el ejercicio diario del cariño sincero y sabiamente administrado...Hombre, no era para tirar cohetes, pero creía que estaba por encima de la media en el ranking afectivo - hogareño - sexual, e incluso, ¡qué caray! , ¿Cómo por encima?, ¡muy por encima!, si tenemos en cuenta los malabarismos que debía hacer todos los días para impedir que su vicio fuera conocido por Laura y los gemelos.
La gente normal suele celebrar los días internacionales de esto y aquello; Sebastián no. Sebastián es diferente y celebra los trimestres especiales, como la quincena del ahorro pero al revés. Así que después del trimestre de las tragaperras comenzó el trimestre de la lotería y otros juegos de azar, al tiempo que seguía probando suerte con las máquinas en un vano intento de recuperar algo de lo perdido hasta entonces. De hecho, a lo largo de los siguientes noventa días a su abrupta salida del bar, jugó a todo lo que le ofrecía la administración de lotería " La Bonita “: quiniela de fútbol e hípica, primitiva, combo, euromillón, quinigol...usando siempre la máxima apuesta permitida o rellenando varios boletos con distintas combinaciones. Y por supuesto, la lotería de los jueves y sábados. Comenzó comprando tres décimos de cada terminación, luego pasó a las series y las últimas semanas ya adquiría billetes enteros de todos los números existentes, entre el pasmo y regocijo de la joven lotera y el cabreo del resto de clientes al agotar las existencias. Al igual que en la fase anterior, el seísmo lúdico se fue extendiendo poco a poco y engullendo una por una las administraciones de lotería de los alrededores y a finales de mayo las réplicas del cataclismo ya alcanzaban más de 8 grados en la escala Richter y se hacían sentir en los lugares más recónditos del país.
Pareciéndole poco todo lo anterior, Sebastián probó también suerte con el cupón de la ONCE y también a lo grande, tanto que los vendedores habituales dejaron de recorrer el barrio durante esos meses y trabajaron cinco minutos diarios, los que tardaban en venderle a Sebastián todos los billetes de la jornada. La fuerza expansiva del desastre presentó la misma evolución, ya descrita anteriormente, y a mediados de junio Sebastián Colmenero era famoso entre los vendedores de cupones de media España y, la verdad, hubiera sido bastante justo que los jefes de la ONCE hubieran pensado en él para protagonizar el anuncio del cuponazo.
A principios de julio, para terminar de arreglar las cosas, Sebastián perdió su empleo en el banco. Empezó llegando tarde de forma reiterada, luego comenzó a faltar a menudo, primero inventándose las más peregrinas excusas, después sin molestarse en dar explicaciones, entre otras cosas porque las había agotado todas. Fue amonestado verbalmente, le abrieron expediente y, finalmente, acabó en la calle sin indemnización ni leches.
A todo esto, Colmenero se decía a si mismo que aquello no era tirar el dinero sino invertir, y con esta idea silenciaba las voces discordantes de la poca conciencia racional que le quedaba. Bueno, con esto y con las borracheras de orujo, ( le traían recuerdos de su niñez en la aldea ), que de accidentales se convirtieron en habituales y Sebastián vivió doce semanas de su existencia perdido en las brumas de los números y el alcohol, y su carácter se embruteciendo y su espíritu se fue envileciendo y supo que se iba acercando al abismo sin retorno el día que abofeteó a la pequeña Lucía, la niña de sus ojos, e insultó gravemente a la madre, su adorada esposa, cuando ésta salió en defensa de la chiquilla. La mirada angustiada y dolorida de las dos únicas mujeres por las que hasta ayer hubiera matado y dado la vida, agitó suavemente su conciencia que se removió inquieta un instante, y luego cambió de postura y siguió durmiendo el horrendo sueño de los locos.
Si Sebastián se hallase en el uso de todas sus facultades humanas, aquella doble ráfaga de balas cargadas de tristeza y reproche que escupieron los ojos de su mujer e hija como cuatro bocas de cañón, hubiera partido en mil pedazos el alma del hombre, pero en su situación actual apenas si le ocasionaron leves rasguños superficiales, como campanas muy lejanas arañando el aire de la tarde.
“Y todo un coro infantil va cantando la lección, mil veces ciento cien mil, mil veces mil un millón. " (4).
El señorito Machado sabía mucho de números y parece ser que jugaba a la lotería y aún un décimo premiado, él no lo sabía, le sirvió como improvisado papel, dudosamente higiénico por calidad y cantidad, cuando el apretón de tripas pilló al bueno de don Antonio en medio del campo castellano. ( * ).
“Campos de Soria, donde parece que las rocas sueñan, conmigo vais " (5)
Sí, sí, mucho amor a la tierra, pero cuando la necesidad apremia te cagas en los campos y la poesía se va a la mierda y a la mierda se va la lotería, ay, no somos nada.
A Sebastián no le ocurrió nada de esto. Él no era hombre de paseos por el campo, excepto, claro, en circunstancias especiales, como las que ahora concurrían, y, en todo caso, el fracaso estriñe y casi mejor así porque no era de recibo que la apoteósica escena final del drama se malograra olfativa y visualmente por un vientre traidor y libertino.
Con todos los boletos, cupones y billetes que Sebastián compró durante estos, en todos los sentidos, azarosos meses, se podrían fabricar rollos de papel en número tal que serían suficientes para dejar impolutos e inmaculados los sublimes anales orificios de toda la legión de poetas y poetisas que en España han sido desde la fundación del castro del Chao Sanmartín hasta la actualidad, calculándose las deposiciones de todos ellos capaces de abonar varias hectáreas de la desolada meseta castellana, donde los árboles son raros de cojones y los excusados aún más. Y si Sebastián los hubiera usado para tan noble y práctico fin al menos hubiera obtenido cierto beneficio y recuperado parte de la millonaria inversión.
Lo cierto y verdad es que si al nacer nos adjudican a cada uno una determinada cantidad de suerte, una especie de paga semanal - vital, nuestro hombre se la gastó toda con la dichosa máquina tragaperras y su cuenta quedó a cero, pero cero absoluto, eh, a menos doscientos y pico grados Kelvin. Por ello y, aunque parezca increíble por ilógico y en contra de todas las leyes de probabilidad habidas y por haber, ni uno de los varios cientos, e incluso miles de números que Sebastián jugó resultó premiado, más allá de alguna mísera y raquítica terminación, lo cual no le supuso ninguna sorpresa espectacular, teniendo en cuenta que solía adquirirlas todas por duplicado y hasta septuplicado. Más que tentar a la suerte, Sebastián la magreó y estrujó obscenamente; más que cortejar el azar, trató de comprarlo igual que se compra una puta, pero la taimada ramera mostrose esquiva, cobró por adelantado y, llegada la hora de la lúdica y lúbrica orgía, allí donde Sebastián ansiaba y confiaba encontrar un cuerpo firme, cálido y acogedor, sólo halló la sombra de un fantasma provocativo y burlón, y aun así trató de apresarlo pero el escurridizo espectro se le escapó todo el tiempo, una y otra vez, como el humo entre los dedos.
Cuando su cerebro de contable echó cuentas e hizo balance trimestral, resultó que en noventa días infaustos Sebastián consiguió fundir el sueldo de varios años. Tendría que consultar el Libro Guinness, a lo mejor se lo aceptaban, y sería difícil de superar como record mundial del despilfarro. Su cuenta corriente, saludable y oronda al empezar el año, se va pareciendo a una yonqui anoréxica que se pincha con una descomunal jeringuilla de diseño, adornada con campanas doradas y números hasta las centenas de millar (tampoco son tantos, joder, ya debería tocarme de una puta vez, está todo amañado, la corrupción apesta) y el tiempo entre dosis menguaba rápidamente y los episodios con " el mono " aumentaban en la misma proporción.
¿Así que esas tenemos, eh? ¿Con qué no quieres taza? Pues toma taza y media. ¿Qué no te gustan las papas de maíz? Pues cómelas con pan.
Y así Sebastián Colmenero, contable de profesión y ludópata de maldición, continuó ejecutando fielmente el desquiciado programa estratégico diseñado por su caótico cerebro.
“La tarde más se oscurece y el camino que serpea y débilmente blanquea, se enturbia y desaparece " (6).
A finales de julio, consiguió trabajo en otro banco, escaso de personal por la época estival. Esta circunstancia, lejos de representar el bote salvavidas que lo salvara del naufragio, significó un lastre añadido que terminó por hundirlo definitiva e irremediablemente.
Tras la época de la lotería y otros juegos llegó la época de las apuestas a lo bestia, con la fatal trilogía compuesta por el bingo, la ruleta y el póquer, además de las apuestas por internet. Sebastián, como un padre generoso, colecciona vicios como quien adopta niños. Sus retoños le cuestan cada vez más caros y aunque los últimos en llegar a su hogar (Ludodisney: un mundo de fantasía y horror. Venga a visitarnos ) son los predilectos y en ellos vuelca la mayor parte de su tiempo y anhelos, no por ello descuida los anteriores y así, a principios de agosto, se puede afirmar, sin duda, que Sebastián Colmenero practica todos los juegos de azar existentes en España. Huyendo de absurdos localismos, pasea su numerosa familia por todas las tierras de la madre patria, desde el desierto andaluz hasta los bosques de la Galicia profunda atravesando, claro está, la inmensa y desolada meseta castellana.
La yonqui de nuestra historia falleció al fin, y su cuerpo maltratado yace abandonado en el desolado páramo pudriéndose bajo el sol de Castilla y Sebastián, en su frenética huida hacia ninguna parte, emprendió una desenfrenada y angustiosa carrera para cubrir el vergonzante cadáver a base de apremiantes anticipos y créditos urgentes y, cuando su conducta sospechosa, sus movimientos vacilantes y nerviosos, su voz ronca y su mirada extraviada y febril lo delataron, el banco le cortó de manera fulminante su tambaleante fuente de ingresos. Finalmente y aprovechando que, sorprendentemente, no lo despidieron de su trabajo, recorrió a los robos que fueron creciendo en importancia, realizados con la eficacia del experto, la confianza del insensato y la calma terminal del desesperado caminado por el corredor de la muerte.
Por lo demás, se mantuvo fiel a su orujo gallego (todo sea por mantener las buenas costumbres), aumentando, eso sí, la cantidad ingerida en relación directa al incremento de las cantidades apostadas y perdidas. A ver, chicos, hoy toca explicar la regla de tres directa. Colmenero, atienda, haga el favor, que luego no se entera.
“Con timbre sonoro y hueco truena el maestro, un anciano " (7)
Decidió, eso sí, nuestro amigo Sebastián suavizar la crudeza de su alcohólica y rural adicción con un toque de distinción, digamos urbano - burgués, más en consonancia con el sofisticado mundo del juego, los últimos vástagos llegados a su hogar, en el que ahora se movía o más bien se debatía. Se aficionó a la cocaína, justo al final de la primera semana de fuertes apuestas y nulas ganancias. Cocaína, que cruel paradoja, la droga de los ricos, ahora que estaba más cerca de los pobres y no sólo de espíritu. Estos son, señoras y señores, amigos y vecinos, los sorprendentes detalles que alegran la vida y rompen la monotonía del tedioso devenir cotidiano. Orujo y cocaína, otra vez se recordó consultar el Guinness. Seguro que éste también era un terreno abonado para establecer algún record mundial, porque, claro, por separado ya estaba muy visto, pero juntos, aguardiente y coca, ese es otro cantar. Es posible que la literatura médico - científica presente importantes lagunas en el estudio de sus efectos sobre el cuerpo y la mente. Sebastián Colmenero, siempre al servicio de la Humanidad, se ofrece gustoso para suplir esta carencia primordial.
Resumiendo, por no aburrir con las penosas desventuras de nuestro desdichado amigo, cabe decir que pasó el Trimestre y la rentabilidad del negocio fue similar a la de los meses anteriores. Al finalizar octubre, el hedor que desprendía el cadáver putrefacto de la yonqui muerta quedaba ahogado por una gruesa capa de deudas que, pese a todo, Sebastián, como buen contable,  quién tuvo, retuvo, procuraba llevar al día. En el balance final el DEBE ascendía a varias decenas de miles de euros desglosados pulcramente en deudas superficiales, es decir, las conocidas de los créditos y deudas subterráneas, o sea, las ignoradas de los robos. Estas últimas suponían el 77% del total. Sí, señor, éste es nuestro Sebastián: ludópata y ladrón, vale, pero las cuentas claras.
El día 30 de octubre se despertó solo en su habitación (hacía varias semanas que Laura dormía con los niños) con un terrible dolor de cabeza. Al ponerse de pie, el mundo comenzó a girar y Sebastián gritó horrorizado cuando una espantosa criatura, de cuerpo escuálido y rostro aterrador, del color de la ceniza, con los ojos rojos y desorbitados y la boca babeante, se abalanzó sobre él. Entonces pensó que sufría una de sus frecuentes pesadillas de " delirium tremens " pobladas de bichos y monstruos que lo perseguían tocando campanas de todos los colores y tamaños y cantando números y euros, y Sebastián se defendió a puñetazos, patadas y cabezazos, sin dejar de proferir alaridos como un poseso endemoniado.
CITAS LITERARIAS:
(5): Versos del poema " Campos de Soria " de Antonio Machado.
(6): Versos del poema " Yo voy soñando caminos " de Antonio Machado.
(7): Versos del poema " Recuerdo Infantil " de Antonio Machado.
(*): El curioso incidente, aunque poco conocido, parece ser que sucedió realmente, según relato del propio protagonista.
Los gritos de Sebastián despertaron a Laura y los gemelos. En el ánimo de la mujer se debatieron en feroz lucha sentimientos encontrados. Finalmente, el amor que, a pesar de todo, aún sentía por su esposo, logró vencer al miedo atroz que aquél le inspiraba a veces y, tras calmar a los niños, se precipitó hacia la habitación de Sebastián temiéndose lo peor y recriminándose por haberlo dejado solo. Tardó escasos segundos (a ella le parecieron una eternidad) en recorrer el largo pasillo y, justo al llegar a la puerta, los gritos y ruidos cesaron de repente. Aquello la paralizó momentáneamente. Cuando, al fin, entró en la habitación, encontró a Sebastián tirado en el suelo, cubierto de sangre, entre un millón de fragmentos de espejo, como si se hubiera zambullido en un charco de hielo, quebrándolo en infinitos pedazos, la mayoría ensangrentados. El hombre permanecía muy quieto y lloriqueaba tembloroso, sentado, con la cabeza entre las manos.
Dos horas más tarde, Sebastián se lo había contado a Laura. Eso fue después de que la mujer consiguiera calmarlo con susurros amables, caricias urgentes y una taza de chocolate, espeso y muy caliente; después de curarle las superficiales heridas y después de llamar a su madre para que viniera a buscar a los niños. La buena mujer se los llevó sin hacer preguntas. El rostro de su hija ya lo decía todo y ella ya venía avisando de que aquello iba a acabar mal.
Los demonios que se hacinaban en la mente de Sebastián fueron saliendo al exterior exorcizados por la palabra, a medida que la voz grave y atormentada que surgía de aquel cuerpo desmoronado iba vistiendo sus cuerpos desnudos y los hacía desfilar obedientes desde el primero al último, comenzando por las campanas y terminando por los robos en el banco. Al terminar su relato, Sebastián se sintió más liviano, como flotando en una nube y sobrevolando la multitud vociferante y agónica de los entes diabólicos que habían sido extraídos de su interior y que ahora yacían a sus pies, retorciéndose, como los parásitos arrancados del animal infectado.
Laura, sin soltarle las manos, que había mantenido asidas durante todo el minucioso relato, se quedó quieta, absolutamente inmóvil, mirando a los ojos de su esposo, buscando tal vez alguna señal que le permitiera reconocer a la persona a la que años atrás había jurado respetar y amar toda su vida. Ambos permanecieron encerrados en un fragmento de eternidad en el que el tiempo se paró y el espacio alrededor desapareció, y los dos estaban solos en la inmensidad del Cosmos. Al fin, Laura se levantó y el reloj volvió a moverse y la Tierra volvió a girar y la sufrida y admirable mujer suspiró con estoica resignación. Luego, se acercó a su esposo, le cogió la cara entre las manos, lo besó larga y dulcemente, y finalmente habló y le dijo que lo importante era que él quisiera curarse y que ella estaría siempre a su lado para ayudarle y, cuando pronunció esas palabras, sus ojos refulgían con el secreto brillo compartido por todas las mujeres que a lo largo de la historia han sido capaces de mutilar su alma y utilizar sus trozos como bálsamo para curar las heridas de aquellos a quienes aman.
Después de aquella muestra de rendida devoción, Sebastián sólo atinó a llorar como nunca había llorado y le pareció que el mar de lágrimas ahogaba los vampiros que seguían retorciéndose en el inmenso y desolado páramo castellano.
Dos días más tarde, el 1 de noviembre, Sebastián salió a la calle silbando alegremente y sintiéndose un hombre nuevo. En casa dejaba una esposa y unos hijos esperanzados a los que había logrado convencer de que jamás volvería a jugar a nada y que antes de arriesgar un céntimo en apuestas se cortaría la mano y, a partir de ahora, aquel hogar sería un hogar feliz y, en lo sucesivo, él haría lo imposible para compensarles por los malos ratos que les había hecho pasar. No les dijo como pensaba devolver los miles de euros prestados y robados porque tampoco él lo sabía, pero estaba seguro que con buena voluntad y estando todos juntos no hay nada, por difícil que parezca, que no pueda arreglarse. Y lo más importante no era que creía haberlos convencido, sino que también se había convencido a sí mismo y sentía su espíritu más fuerte que nunca y capaz de vencer cualquier tentación lúdica que se presentara en el futuro.
Había salido de casa con 100 euros en el bolsillo y la intención de sorprender a su familia con unos estupendos regalos, como anticipo de lo bien que iban a ir las cosas a partir de ahora. Dirigió sus pasos hacia la juguetería de la esquina cruzando a propósito por delante de la Administración de Lotería para demostrarse a sí mismo que estaba curado. Pasó de largo, apurando el paso. De repente, se detuvo y decidió hacer la prueba un poco más difícil. Poco después se encontró delante del establecimiento lotero contemplando los billetes expuestos para el sorteo del día siguiente, sábado, 2 de noviembre, Día de los Difuntos. Los miró con desprecio, sonrió desdeñosamente y comenzó a alejarse de allí. En ese momento, indefenso y espantado, contempló como regresaban todos los demonios que creía haber destruido y comenzaban a tirar de él con todas sus fuerzas hacia el interior de la " La Bonita ", mientras, desde dentro, la joven lotera observaba, entre divertida e inquieta, los vacilantes e indecisos movimientos de su viejo cliente, el mejor que tuviera nunca.
Fue por ello que se alegró cuando lo vio franquear la puerta, pero la sonrisa se le esfumó al instante al observar la expresión en el rostro del hombre. Más tarde comentaría que era la viva imagen del condenado subiendo al patíbulo o, más bien, arrastrado al patíbulo. La mujer le preguntó qué número quería y Sebastián contestó que todos, que los quería todos. La chica argumentó que eso no podía ser, que en realidad estaban casi todos vendidos y que sólo quedaba ese de ahí terminado en 9. Sebastián lo apresó de un manotazo y salió a trompicones sin pagar el décimo. La joven suspiró aliviada y no se lo reclamó porque lo único que deseaba era perderlo de vista.
Sebastián entró en la ferretería y salió armado con una enorme maza. A continuación, se dirigió al bar donde se iniciara su penosa peripecia y que se encontraba cerrado por el puente de Todos los Santos. Entró, tras derribar la puerta trasera y durante veinte minutos de frenesí destructor la maza subió y bajó sin respiro hasta dejar la máquina tragaperras reducida a un informe amasijo de chatarra. Durante el breve periodo de brutal demolición, el hombre actuó como un autómata y en esos momentos verdugo y víctima coexistieron en el mismo eslabón de la evolución natural: dos seres sin alma a los que el destino había unido trágicamente.
La idea era acabar de una vez por todas con todos los demonios que lo atormentaban y entonces cayó en la cuenta de que tendría que destruir todas las tragaperras del mundo y todas las Administraciones de lotería y todos los casinos y los ordenadores. Aquella era una misión absurda e imposible, era como talar todos los árboles para evitar los incendios o destruir todas las armas para impedir los asesinatos. No, el problema estaba dentro, no fuera. Él era el problema. Muerto el perro, se acabó la rabia. No había otra solución, así aniquilaría de una vez todos los demonios; y los pirómanos y asesinos desaparecerían para siempre.
Sebastián regresó a la ferretería, compró la cuerda y se encaminó hacia el viejo bosque de centenarios robles. Y en el bosque llevaba más de dos horas caminando y buscando el roble idóneo, pero eran multitud y ninguno le parecía adecuado.
En ese preciso instante, un pequeño enjambre de abejas emergió de algún punto del bosque situado a su izquierda y cruzó veloz el camino zumbando sobre su cabeza.
“Anoche mientras dormía soñé, bendita ilusión, que una colmena tenía dentro de mi corazón" (8)
Entonces, Sebastián tuvo una intuición y en su cabeza vibró una sirena lejana como el tañido, profundo y apagado, de una campana enterrada. Abandonó el sendero por el que transitaba y apartando un macizo de matorrales se internó entre los robles, allí por donde había surgido el inesperado enjambre.
Y ahí estaba, por fin, lo que llevaba buscando desde que había penetrado en el viejo bosque. Un gran claro entre los árboles y, en medio, sobre un verde montículo de rocas cubiertas de musgo, se alzaba majestuoso un roble de portentosas dimensiones. A partir del grueso y nudoso tronco sus vegetales miembros se abrían, cubriendo la totalidad del claro, en un perfecto despliegue, pleno de equilibrio y armonía. A su alrededor, los demás robles, castaños y abedules lo rodeaban desde una distancia prudencial y componían un coro reverencial como un cortejo de súbditos adorando a su Divina Majestad.
Por lo demás, el gigantesco roble estaba completamente seco. Era un descomunal cadáver ceniciento brotando entre las llamas doradas y rojas de la vida otoñal. Desde varios cientos de años atrás el roble ya se erguía desafiante hacia el cielo y los dioses castigaron su soberbia con un mortífero rayo justiciero. Una formidable herida, negra y abierta, recorría el tronco en toda su longitud, acogiendo en su seno una colmena de considerables dimensiones.
“Y las laboriosas abejas iban fabricando en él, con las amarguras viejas, blanca cera y dulce miel. " (9).
Sebastián Colmenero trepó ágilmente hasta la primera gran bifurcación del árbol, aseguró la cuerda en la rama más cercana sobre su cabeza, se colocó el lazo al cuello y saltó.
La rama de sujeción se quebró con un violento estallido y Sebastián se estrelló contra la densa alfombra vegetal que tapizaba el suelo del viejo bosque.
El fuerte golpe lo dejó semiinconsciente. Retorciéndose penosamente consiguió ponerse en pie. Afortunadamente, el nudo corredizo era defectuoso (la experiencia es un grado y en materia de suicidios es difícil de adquirir). Así que, la soga se había aflojado y le permitía respirar sin dificultad. Apoyándose en el tronco del roble, fue incorporándose, fatigosamente, hasta ponerse de pie. Abrazado al árbol, ahora tenía la colmena justo a la altura de los ojos. Al lado de ésta y surgiendo de las entrañas del carvallo a través de la profunda herida, descubrió una pequeña rama cubierta de hojas rojizas y doradas, como una hoguera diminuta, minúscula antorcha donde arde la llama de la esperanza cargada de futuro.
“Al olmo viejo, herido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido " (10)
Sebastián estrechó fuertemente aquel ser aparentemente inerte y, por un momento, le pareció que los latidos de su corazón desbocado eran punteados por otros más tenues y espaciados, aunque regulares, que surgían del interior del árbol. El hombre lloró de nuevo y todos los demonios salieron y fueron arrastrados hasta la pequeña hoguera y allí sucumbieron devorados por el fuego del otoño.
A continuación se arrancó la cuerda con un grito de rabia y la arrojó a las entrañas del árbol como ofrenda al dios benefactor que le había salvado la vida. Luego se arrodilló, apoyando la frente en el tronco desnudo y pétreo y desde el fondo de su alma, rebosante de gratitud, brotó una plegaria y de su boca volaron pájaros de luz que aletearon entre los robles alejando las sombras de la noche y alumbraron el sendero, guiando a Sebastián en su retorno al hogar.
Cuando Sebastián emprendió el camino de regreso a casa, era el hombre más feliz del mundo ignorando, sin embargo, que el número agraciado con el primer premio del sorteo que se celebraría al día siguiente, sábado, Día de Difuntos, coincidiría exactamente con las cinco cifras del décimo que en estos momentos viajaba, cómodamente instalado, en el bolsillo trasero de su pantalón.
Y a lomos del viento, purísima y diáfana
Llegó danzando en algarabía
La voz fabulosa de una campana
Repicando, gozosa, en la lejanía.
TALÁN...TALÁN...TALÁN...TELÓN...TELÓN......

Amigos, brindemos con cava
Porque bien está lo que bien acaba
Y como ya dijo Mairena,
Nunca es tarde si la dicha es buena.

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Tus grandes dotes para la narrativa (casi novelística, jeje) siguen ¡imperturbables! Larga lectura compensada, pues, por tus magníficas letras! Un saludo amigo, y hasta otra.
    Vi venir ese final, pero no importa, lo que vale es la odisea literaria que se vive de principio a fin. Todo una experiencia leerte. Saludos.
    Me ha conmovido el relato, las andanzas y desventuras de un ser desquiciado debatiéndose entre lo que ya es considerada una adicción, una enfermedad del comportamiento y del alma. Tu estilo narrativo es meticuloso, detallado y lleno de matices y figuras literarias lo que enriquece todavía ya más un contenido de por sí interesantísimo. Además, de deleitarnos con la figura del gran Machado. Excelente relato. Un abrazo
    La ludopatía es una desgracia que puede llevar a situaciones desesperadas y destrozar personas y famílias como casi ocurre en tu historia. Con un estilo inconfundible, con frases maravillosas, hilvanas una magnífica historia aderezada con citas de grandes poetas. Es un relato de cinco estrellas, como las cinco campanas doradas y luminosas que dan título a tu escrito. Paco leerte es un inmenso placer, admiro y envidio tu capacidad e imaginación para desarrollar estas narraciones que nos regalas. Un abrazo
    Poco cabe añadir a lo que han dicho las compañeras, tus relatos son una lección de escritura y de dominio del lenguaje y la técnica narrativa, en este caso sabiamente aderezado con citas del gran Machado. Un escrito portentoso que se merece con creces los cincos que lleva cosechados.
    Suscribo todo lo que te escribe aseret y añado que admiro profundamente tu estilo literario. Escribes estupendamente bien.
    Una lección de maestría, Paco. Yo no sé hacer críticas literarias como las haces tú, solo sé cuando alguien escribe bien y cuando da un paso más y se le puede llamar escritor (creo que tu nivel ya es desde la objetividad aunque el arte sea tan subjetivo). En ti tengo un referente para aprender. Enhorabuena y vaya tela... Tus relatos siempre los leo varias veces porque se lo merecen y de paso aprendo. Un saludo!
  • Desde siempre, las noches de Luna llena han sido escenarios abonados donde germinan las historias más singulares...

    42 minutos....2.520 segundos....ni uno más, ni uno menos... es el tiempo que tiene José Villamañe para localizar el cofre con los 7 lingotes...

    HORA: 20.00…Transcurrido: 660 min…Restante: 117 min.

    HORA: 18.40…Transcurrido: 580 min…Restante: 197 min. José Villamañe tiene algo más de 3 horas para encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    Y en búsqueda de los 7 lingotes, llegamos al capítulo VII. A medida que se acerca el final, la carretera se empina cada vez más y las curvas retorcidas se vuelven más traicioneras por momentos...

    Cada vez más cerca, cada vez más cerca...pero aún tan lejos...cuidado...porque el tiempo es oro...

    Enigma tras enigma, José Villamañe sigue aproximándose a ese tesoro oculto...

    Paso a paso, enigma tras enigma, minuto tras minuto, José Villamañe sigue acercándose al preciado tesoro con un valor estimado de 252.000 euros.

    José Villamañe continúa la carrera contrarreloj para descifrar los enigmas que le permitan encontrar el cofre con los 7 lingotes de oro.

    José Villamañe, maestro jubilado con mucho tiempo libre, acude al palacio de Valledor en Castropol respondiendo al reto lanzado por su compañero de la infancia, el millonario Juan Oliveras. Dispone de 777 minutos exactos para resolver 7 enigmas, encontrar 7 fotos y desenterrar el cofre con los 7 lingotes de oro, cuyo valor aproximado en el mercado es de 252.000 euros.

  • 120
  • 4.6
  • 25

Desde niño, he tenido en los libros a mis mejores amigos y "quién tiene un amigo, tiene un tesoro " ; al día de hoy, sigo buscando cofres enterrados y disfrutando del botín. Os invito a conocer mi blog: castroargul3.blogspot.com.es

Tienda

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta