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15 min
Ladridos en el bosque
Suspense |
04.01.17
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Sinopsis

Roberto visita a su padre ciego que vive con su perro tras tres años sin hablar. Ambos se pondrán al día sobre lo que ha ocurrido en sus vidas y recordarán tiempos mejores. La visita del hijo hará que el perro rememore viejos sentimientos.

Aquella mañana de mayo no era una cualquiera para Javier. Hoy su hijo iba a visitarlo después de tanto tiempo. La última vez que Roberto fue a su casa, aún se estaba habituando a su nueva vida. Tras el accidente, Javier se quedó viudo y perdió la vista. Su hijo se quedó lo suficiente para hacerle a Javier más llevadera la situación, hasta que no tuvo más remedio que marcharse. Tres años habían pasado de aquello y le costaba tranquilizar sus nervios ante el reencuentro.

Su perro guía notaba la inquietud de su amo y ladraba más de lo normal:

- ¡¡¡Calla Zeus!!! Me estás poniendo dolor de cabeza -le gritó Javier, y el perro agachó la cabeza y se tranquilizó.

Tras ordenar lo mejor que pudo la cocina y el salón, llamaron a la puerta. El anciano se acercó a la entrada y preguntó quién estaba detrás. -Soy yo- respondió una voz desde fuera, y enseguida reconoció la voz de su hijo. Dejando caer el bastón al suelo, abrió la puerta con una agilidad inusitada en un hombre de su edad y pronto padre e hijo se fundieron en un fuerte abrazo. Zeus comenzó a ladrar de emoción por la llegada del individuo, al que aún reconocía y con el que siempre tuvo una amistad especial. Tras secarse ambos las lágrimas de emoción se sentaron en la mesa a charlar.

- ¿Cómo lo llevas, papá?

- Ya sabes hijo, uno nunca termina de acostumbrarse a algo así. Con el problema de la vista cada día me apaño mejor, pero echo mucho de menos a tu madre.

- Yo también, papá. Era muy buena persona, no se merecía lo que le pasó. La vida no es justa.

Los dos se quedaron en silencio pensativos, recordando algunos de los tiempos vividos con aquella mujer. Los ojos se le bañaron en lágrimas al anciano y se los secó con un pañuelo que siempre llevaba en el bolsillo. Zeus se acercó a Javier y le hizo una carantoña, pero le apartó la cabeza empujándolo con la mano. El perro se apartó y se marchó a los pies del hijo. Zeus siempre se mostraba muy cariñoso con todo el mundo, en especial con su amo, pero él pocas veces le correspondía. Lo cierto es que lo compraron tras el accidente como perro lazarillo y a Javier le traía siempre esos malos recuerdos, y muchas veces el trato que Zeus recibía por parte de su amo no era el adecuado.

La conversación siguió durante más de media hora, donde hablaron de los planes de futuro de Roberto, le contó que había conocido a una chica y que iban en serio, que la empresa donde trabajaba cada vez iba peor y que empezaban a haber rumores de despidos, que la vida en la ciudad era muy ajetreada y que echaba de menos la tranquilidad del pueblo y que llevaba mucho tiempo pensando en hacerle una visita pero que el trabajo y lo caro que estaban los vuelos se lo habían impedido. El padre le contó que cuando se marchó le costó mucho adaptarse a la soledad, que con la pensión que le había quedado no le daba para muchos lujos, que se aburría mucho y lo único que le hacía feliz eran los paseos que daba todas las mañanas de madrugada por el bosque cercano.

Roberto se levantó y comenzó a preparar la comida mientras Javier se quedaba sentado en la mesa y se encendía un cigarro. Tras la primera calada comenzó a toser de una manera preocupante.

- Tienes que dejar de fumar, te está matando -le dijo su hijo.

- Me da igual la verdad, ya no tengo mucho por lo que vivir. Al menos déjame esto, me relaja.

A Roberto le sorprendió mucho la suciedad que había en la cocina y que se extendía por toda la casa, y se lamentó de la terquedad de su padre, que no quería la ayuda de nadie a pesar de que varias veces habían hablado por teléfono sobre el tema. La comida le salió deliciosa y su padre le reconoció que hacía mucho que no comía algo tan bueno. Tras comer, Roberto ayudó a su padre a desplazarse hasta el sofá del salón y lo dejó durmiendo la siesta. Él se puso a limpiar la casa de arriba a abajo, provocándole la tos varias veces por culpa de tanto polvo que se había acumulado. Cuando terminó de limpiar la casa por encima, el sueño acabó venciendo a Roberto.

¡Plas! Un gran golpe despertó a Roberto de repente y se encontró a su padre de pie con el bastón ensangrentado y fuertemente agarrado con las dos manos. El viejo empezó a gritar con fuerza.

- ¡Maldito chucho, siempre lamiéndome cuando duermo. Como te vuelvas a acercar te vuelvo a dar! -Roberto miró hacia la esquina del salón y vio a Zeus agachado, asustado y con varios hilos de sangre cayendo por su cara mientras lloraba y miraba con ojos tristes al joven, que no acababa de entender muy bien por qué su padre tenía esas reacciones con el perro cuando lo único que buscaba era ser cariñoso.

- Tranquilo papá -le dijo Roberto- sólo quiere ser cariñoso contigo, no te pongas así.

Roberto se acercó al perro para hacerle unas caricias y limpiarle la sangre con un pañuelo y cuando tocó la cabeza del animal se dio cuenta de que tenía muchas cicatrices en la cabeza y varias más repartidas por el tronco. No le gustaba nada lo que veía y se empezó a dar cuenta de la cruel vida que estaba soportando el animal, y a pesar de todo seguía tratando con cariño al anciano invidente.

Apenas una hora después de que se despertara de la siesta con esa desagradable escena, Roberto estaba al volante de su automóvil. Quería pasar por una tienda del pueblo para poder cocinar una buena cena esa misma noche. Su padre iba en el asiento del copiloto y Zeus marchaba en los asientos de atrás mirando por la ventana, parecía que ya se le había pasado el disgusto por el golpe que le dio su amo.

Los dos marchaban en silencio. Roberto intentaba recordar los meses que pasó con su padre y por más vueltas que daba no le venían imágenes a la mente de maltratos como los que había visto esa tarde, sino más bien de lo contrario, de cariño mutuo entre el animal y su dueño. Quizás la soledad y los malos recuerdos habían agriado el carácter de su padre. Empezó a hacer balance de lo que había visto en estas horas y nada le gustaba. Su padre estaba muy desmejorado y en vez de tres años parecía que habían pasado diez. Nunca había visto tan sucia la casa. Se encontró restos de comida putrefacta, polvo por todas partes y telarañas por las esquinas. Se imaginaba a su padre encerrado en su casa escuchando la radio y sin querer hablar con nadie. Estaba seguro de que su padre estaba sumido en una depresión y que lo pagaba con su perro.

Aparcaron lejos de la tienda. Roberto quería dar un paseo por el pueblo que le despertase recuerdos de su infancia y además que a su padre le diese el aire y caminase un poco por las calles que tantas veces había recorrido y por las que últimamente apenas pasaba.

- Hoy hace bueno papá, deberías quitarte el abrigo, te vas a asfixiar.

- Prefiero ir abrigado, la última vez que me lo quité estuve casi una semana en cama por un resfriado.

- Vaya, no sabía que la frutería de Lola estuviese cerrada, ¿qué ha pasado?

- Problemas de dinero, me contaron. No tuvo más remedio que cerrar y marcharse a vivir con su hermano al campo. Aunque me han dicho que las pocas veces que vuelve al pueblo se la ve muy feliz. Algunas malas lenguas dicen que entre su hermano y ella...

- No digas tonterías papá. Conozco a Lola desde pequeño y nunca haría algo así. ¿Verdad Zeus?

- ¡Guau!

- Yo solo te cuento lo que dicen -le comentó Javier- la verdad es que yo tampoco me lo creo.

- ¡Hombre Roberto, cuanto tiempo! -exclamó un joven que caminaba por la calle con dos barras de pan agarradas- te veo muy bien, hacía un montón de tiempo que no te veía.

- Pues tres años nada más y nada menos, querido amigo -le contesto Roberto. Juan y él se conocían desde que eran unos críos, salían siempre a jugar juntos por las calles del pueblo y a preparar alguna gamberrada, como les decían sus madres. Se pasaron diez minutos recordando viejas anécdotas mientras el anciano y el perro escuchaban la conversación desde un segundo plano. Finalmente se despidieron con un abrazo no sin antes sacar a Roberto la promesa de quedar algún día a tomar una cerveza antes de volver a marcharse a la ciudad.

Llegaron a la tienda de la vieja Luisa y a Roberto le sorprendió no verla dentro y ser atendido por su hijo menor. Compró ajos, cebollas, carne, patatas, zanahorias, tomates, aceite de oliva, sal y pan. Quería preparar una tortilla para cenar y un guiso de carne con patatas para el día siguiente.

Salieron de la tienda con la compra y Roberto le preguntó a su padre por la vieja Luisa. Este le contó que ya era muy anciana y que casi nunca salía de casa porque apenas podía andar y ahora los hijos se encargaban del negocio familiar.

La vuelta fue tranquila y cuando llegaron a casa ya había anochecido y empezaba a refrescar. Entraron en la casa y Roberto le dijo a su padre que se quedase en el salón descansando. Se metió en la cocina a preparar la cena mientras silbaba alegremente, le encantaba cocinar. Javier cogió unos cuantos leños que tenía guardados y los tiró en la chimenea. Encendió el fuego y comenzó a avivar las llamas para que la casa entrase en calor. Se sentó en el sofá y puso la radio para escuchar las noticias de aquel día mientras Zeus se acomodaba en la alfombra. Pronto el padre hizo una visita a su hijo en la cocina y comprobó que la cena estaba ya casi lista, así que decidió coger el mantel, los vasos y los cubiertos e irlos colocando en la mesa del comedor. El joven se sintió aliviado al comprobar la destreza de su padre colocando la mesa, a pesar de no poder ver nada. Pronto Roberto llego al comedor con la cena, colocó la tortilla en el centro de la mesa y repartió una porción para su padre y otra para él. Javier cortó el pan en varias rodajas mientras su hijo llenaba los vasos con agua. Después, se sentaron en la mesa a cenar. Comieron con ganas mientras conversaban sobre lo que había cambiado el pueblo en los últimos años. Roberto se sentía aún con hambre al terminar y decidió repetir con una nueva ración.

Tras la cena, los dos se sentaron en el sofá del salón. Zeus se acercó y se puso a juguetear con Roberto. El perro mordisqueaba suavemente la mano del joven y éste le hacía cosquillas por debajo de las patas. Se veía feliz al perro. Intentó hacer lo mismo con su amo pero recibió un golpe fuerte en el hocico como respuesta. Zeus se alejó de los dos y se dirigió a su amo con una mirada fría y de rencor. A Roberto le llamó mucho la atención ya que nunca había visto al animal un gesto de desprecio o una mirada dura, siempre lo veía alegre. Pensó que con su llegada y el buen trato que le estaba dando al animal, quizás el perro se estaba dando cuenta de lo que es en realidad el amor y empezaba a mirar con odio a su amo por no recibir el mismo trato de su parte.

La noche siguió tranquila, todos estaban muy cansados porque había sido un día largo y lleno de emociones. Así que pronto se fueron todos a la cama.

A la mañana siguiente, Javier se levantó temprano como todos los días, y viendo que su hijo estaba aún dormido, ató a Zeus con la correa y se marchó con él a dar un paseo por el bosque. Era un día agradable y ya empezaba a aparecer la primera luz de la mañana. Se notaba que hacía buen tiempo ya que el animal tiraba con más fuerza de la habitual del ciego así que se quejó al perro.

- ¡Zeus, no tires tan fuerte! ¿Qué te pasa hoy, estás nervioso? ¡Vete más despacio! -le gritó el anciano.

El perro le entendió y empezó a caminar más despacio. Javier respiraba profundamente ya que le encantaba el aire puro que se respiraba en aquel bosque a esas horas de la mañana. Normalmente hacía todos los días el mismo recorrido, pero de vez en cuando dejaba que Zeus explorase un poco y fuese por nuevos recorridos. Así que dejó al animal que fuese por un desconocido camino que emergía por el lado izquierdo. Caminaron sin parar durante casi un kilómetro. Javier ya se empezaba a sentir cansado después de tanto caminar.

- Venga vamos, es hora de dar la vuelta. Ya se está haciendo tarde y seguro que Roberto se ha despertado y está preocupado.

El perro no le hizo caso y siguió avanzando sin detenerse.

- Venga Zeus, no me hagas enfadar -siguió hablando Javier, mientras seguía caminando hacia adelante arrastrado por el perro- ¿Pero qué te pasa? Nunca hemos ido tan lejos. Vamos a casa anda, que ya estoy cansado.

Al llegar a una explanada, Zeus comenzó a tirar con mucha fuerza, tanta que el viejo apeas podía pararlo y agarraba con fuerza la correa para que no se le escapara, pero al final ya no pudo más y lanzando un grito soltó la correa y cayó sobre el suelo arenoso. Con un fuerte dolor en las rodillas y en la espalda, el ciego se levantó y comenzó a tantear el aire con las manos y vio que no había nada alrededor. Asustado, comenzó a llamar al perro en voz alta.

- ¿Zeus, dónde estás? Ven aquí por favor, no puedo ver nada. -no hubo respuesta. Solo había silencio alrededor de él y cada vez tenía más miedo a haberse perdido-. Zeus, por favor, no me dejes aquí, ¡ven ahora!

De repente oyó un ladrido a pocos metros. Por el sonido pudo intuir la situación del perro. Lo llamó y le dijo que se acercara, pero Zeus no se movió, solo siguió ladrando. Al ver que el perro no se movía, Javier comenzó a avanzar en la dirección de la que procedían los ladridos. Podía oír cada vez más cerca los ladridos del perro mientras se preguntaba que podría haber ahí que explicase el extraño comportamiento del animal. Pero al dar uno de los pasos, no encontró suelo. El viejo cayó varios metros y se golpeó violentamente contra unas rocas, quedó malherido y notó que no podía mover las piernas. Tanteó con las manos y notó que solo había piedra alrededor, no tenía salida. Había caído en un profundo hoyo en medio de la nada. Se quedó en silencio y notó la respiración del perro que lo observaba en silencio desde arriba.

- Zeus, por favor. Corre a pedir ayuda, por favor. No me puedo mover -el perro no se movió- ¡Maldito chucho, haz algo! -pero los gritos de desesperación no parecían hacer efecto en el perro, que tras quedarse varios minutos observando en silencio desde arriba al anciano, desapareció. El viejo siguió gritando entre lágrimas para ver si alguien lo oía, pero solo encontró el silencio como respuesta.

Meses después, Roberto oyó el teléfono de su casa y cómo cada vez que sonaba después de la desaparición de su padre, se le aceleró el corazón esperando buenas noticias, pero ya no le quedaban casi esperanzas. Descolgó el teléfono y le comunicaron la desgraciada noticia. Solo habían encontrado los huesos.

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