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7 min
Lágrimas de Agosto
Amor |
12.08.14
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Sinopsis

Recuerdo aquella noche como si el tiempo no hubiese transcurrido, la noche en la que empezó todo...

Recuerdo aquella noche como si el tiempo no hubiese transcurrido, la noche en la que empezó todo.

Corría el mes de agosto y las cigarras cantaban adormecidas a la caída de la bochornosa tarde con la que nuestro amigo Lorenzo nos había castigado. "Tengo una sorpresa para ti", te había susurrado al oído mientras tu padre nos daba la espalda en animada plática con mi abuelo, "esta noche, a las doce, junto al viejo hórreo". Tus ojos de niña de ciudad me miraron incrédulos, pero la sonrisa adolescente que te hizo curvar los labios traicionó tus más secretos pensamientos. Me bastó tu asentimiento tímido, mientras por el rabillo del ojo te asegurabas de escapar a la vigilancia de tu severo progenitor, para saber que consentías en nuestra cita.

Hacía un par de semanas que disfrutabas de las vacaciones en el pequeño pueblo, dos semanas que se me habían antojado otros tantos meses. Yo llevaba el mismo tiempo deleitándome con tu compañía, la soledad que azotaba mis días en la aldea se había diluido, como por arte de magia, entre el manantial de tus risas. Las quince primaveras que arrastrabas parecieron multiplicarse cuando te levantaste sin reproches ante el requerimiento de tu padre, a quien el hambre acuciaba ya en el estómago, mas volviste de nuevo a la niñez en el momento en que con disimulo me guiñaste un ojo al despedirte.

Aguardé impaciente a que todos se hubiesen dormido y agazapado entre las sombras repté por los pasillos tan silencioso como supe, hasta entregarme en los brazos de la noche. Corrí por los caminos escasamente iluminados por el cuarto creciente que sonreía en vertical, allá en el cielo. Comparecí junto al vetusto hórreo jadeando, no habías llegado y temí haber hecho el viaje en vano. Me agradaba la amigable compañía de aquel viejo guardián del grano, pero comparada con la perspectiva de soñarte despierto por una noche era una mísera recompensa. Los escasos minutos que debieron transcurrir se me hicieron eternos, hasta que al fin la sombra de tu silueta se recortó contra la desvaída negrura de la noche. Vestías una blusa de manga corta, y tiritabas. Ingenua niña de ciudad, desconocías que en aquel lugar las tinieblas desnudan sin pudor a la tierra del calor con el cual se cubre durante el día. Te presté mi chaqueta de lana y entonces fue a mí a quien se le erizó el vello, al contemplar tu sonrisa agradecida.

Empezamos a caminar por el sendero, me preguntaste a donde íbamos, mas no podía responderte, las sorpresas tienen la extraña cualidad de surtir mayor efecto cuando se desconoce en que consisten. Penetramos en un denso bosquecillo, apenas se distinguía donde pisábamos pero yo no necesitaba ver, podría recorrer todos los caminos de aquel mi pequeño mundo con los ojos cerrados. Tú, sin embargo, te trastabillabas a cada segundo y tuve que tomarte de la mano pues pensé que, como narran antiguas leyendas, con un ángel caído era más que suficiente. Sentía tu tacto suave acariciando mi piel, como si fuese el vellón de un cordero recién nacido, y palpaba los latidos de tu corazón acelerado trotando de mi mano por la campiña.

Al fin abandonamos el abrazo de los árboles y llegamos a la cima de la colina. Nos sentamos sobre la hierba y te señalé el cielo plagado de estrellas, que semejaban un enjambre de luciérnagas posando inmóviles para nosotros. El mar de constelaciones manchaba la bóveda celeste desperezándose de este a oeste sin ningún miramiento, sabedoras de que nadie rivalizaría con ellas por ocupar la inmensidad del espacio. Y entonces ocurrió.

Al principio asomaron tímidas, rasgando el horizonte como la mirada furtiva de un felino, para perderse solitarias tras las siluetas de los montes. Pronto comenzó a llover, una tormenta de estrellas fugaces se adueñó del firmamento jugando a las escondidas entre ellas, pugnando por dirimir cual era la más hermosa. Las Perseidas acudían puntuales a su cita, lágrimas plateadas de agosto que alguna deidad dejaba caer sollozando al contemplar las injusticias que sembraban sus hijos sobre la Tierra. "Pide un deseo" te dije plasmando en palabras un pensamiento carente de toda originalidad. Más tarde supe que ese anhelo, confesado en voz baja a las estrellas, terminaría por hacerse realidad y supe también que era el mío propio.

Pasamos lo que quedaba de noche con la mirada fija en aquel cielo vestido con lentejuelas, ese cielo que tú, dulce niña de ciudad, no podías contemplar allá donde los destellos de la urbe te ocultaban toda la belleza del firmamento. El aire frío de la madrugada nos templaba los pulmones y dejaba nuestros cuerpos ateridos, animándonos a compartir el escaso calor que todavía conservaban.

No recuerdo en que momento mi brazo se atrevió a rodear tu cintura, ni cuando llegamos a estar tan cerca que en cada bocanada tan sólo respiraba tu perfume. No recuerdo que extraño impulso me indujo a creerme dueño de tus labios, pero si sé que me regalaste aquel beso como si desde siempre hubiera estado esperándome. Tu boca sabía más dulce que la miel de los panales cultivados en la dehesa y supe ya entonces que desde ese momento me había vuelto adicto a ti.

 


Hoy recuerdo aquella noche como si el tiempo no hubiera transcurrido, la noche en la que empezó todo.

Te tomo de la mano como tantas veces hemos hecho. Ha pasado toda una vida plagada de alegrías y sinsabores, pero ni un sólo día he dejado de quererte. Cuatro hijos y otros tantos nietos constituyen nuestro legado imperecedero, ese que sobrevivirá cuando nos hayamos ido. Tu piel no es tan suave como antaño, pero el tacto de tu mano sigue acelerándome el corazón igual que cuando hace tiempo caminábamos en una noche oscura entre los árboles. Hoy es nuestro aniversario, no el que figura en un papel certificando nuestro amor, sino aquel en que sellamos con el primer beso un eterno compromiso. Sé también que será el último, tu cuerpo aún se resiste a dejar partir el alma hacia lo desconocido, pero soy consciente de que no será por mucho tiempo. Ya no importa, no se puede vivir por siempre y la nuestra ha sido una vida que ha merecido la pena.

Aparentas dormida sobre la cama, tu semblante descansa sereno, surcado por las cicatrices que le ha infringido el paso del tiempo. El mío, sin embargo, lo recorren dos regueros plateados que se pierden bajo mi camisa, arrastrando como un río encabritado los recuerdos de toda una existencia.

Estrellas fugaces en el infinito discurrir de todas las vidas que han sido y serán, eternas lágrimas de agosto.

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  • Me ha conmovido la historia, con cuanto sentimiento la has escrito!! Cuando leo tus relatos, siento ganas de depurar mi estilo para acercarme un poco a ti.
    Bellísimo y tierno relato, Lucio. Noes la simple historia del chico de campo y la chica de ciudad; tu relato trasciende mucho más. Te felicito porque siempre consigues engancharnos a tus historias y que se nos pasen los minutos volando. Además nos creas perfectas imágenes enla mente. Sigue así. Un saludo, compañero
    Gracias al todos por vuestras valoraciones y comentarios, pero como veo que se repite una apreciación insistentemente, aclarar que no es un escrito autobiográfico, es fruto únicamente de la imaginación, de momento no tengo edad para estar muriéndome (crucemos los dedos), ni nadie de mi entorno se encuentra en esa situación :)
    Una hermosa historia de amor que perdura a lo largo de los años. Es maravilloso que sigáis sintiendo esos escalofríos como la primera vez. El final es trágico, lo que nos lleva al título y a las famosas perseidas, metáfora de tus lágrimas. Ánimo compañero! Ojalá mejore su salud. Un fuerte abrazo!
    me llama la atención el ritmo, la intensidad y la poesía que enmarca un evento tan importante como el nacimiento de un gran amor en medio de la lluvia de estrellas de las perseidas, que nos visitan cada agosto.
    Es un relato precioso, dulce , incluso en el trágico momento final transmite magia. Las Perseidas que días atrás hubiéramos podido disfrutar sinó llega a ser por la gran luna, como las lágrimas del anciano que se despide de su gran amor, tras una vida plena. Me ha encantado Lucio, es una gozada. Saludos
    Sin duda, un relato extraordinario, que sorprende, impresiona y conmueve a partes iguales. Un fantástico híbrido romántico-existencial y cosmológico que establece una certera e inspirada simbiosis entre las lágrimas de San Lorenzo y las que el protagonista derrama recordando aquellas lejanas estrellas ante la que ahora se apaga para siempre. Saludos, Lucio, y buen verano.
    ¿Quién no desea envejecer con el ser amado? Son envidiables los protagonistas de tu relato. Un fuerte abrazo.
    Ostras Lucio, me quedo sin palabras, cuando leo cosas tan bonitas, que llegan tan adentro...es precioso..eso es amor verdadero expresado desde el alma y vestido con las mejores palabras..la destinataria de la historia es afortunada sin duda.Saludos.
  • Relato con el que concursé en la semifinal del torneo de escritores del mismo título. Felicitar a nuestro compañero Purple que compitió conmigo y nos ha brindado algunos de los mejores relatos del torneo. Igualmente felicitar a Paco Castelao y Ana Madrigal, que se midieron en una semifinal digna de los mejores.

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