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64 min
Las Alas Rotas
Amor |
02.12.17
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Sinopsis

Cuando la vida te ofrece una densa jungla donde solo la ilusión te puede abrir camino, cuando sueñas sin cesar para huir de la realidad, cuando amas a un desconocido que te despierta... Entonces te enfadas con la Fe y recuerdas a los ingenuos que la conservan, te convences de que tu vida no puede ir peor, el dolor te ataca por varios frentes y tú, solamente tú lo sabrás sufrir hasta la muerte, o la vida... será una de las dos, la respuesta está en la lenta Luz del tiempo.

LAS ALAS ROTAS

 

I

 

Isla de Pedrosa, Cantabria, 1963

 

—María de las Nieves Sansegundo Ortega —la niña desvió la mirada de los abalorios que engalanaban el despacho para fijarse en la monja y asentir pensando que era una pregunta, aunque el tono no parecía interrogativo—. ¿Cómo quieres que te llamemos? Sansegundo es muy largo, y no digamos María de las Nieves —la pequeña se encogió de hombros, pero al fin dijo:

 

—En casa me llaman Nieves —su madre, sentada a su lado la apretó la mano y sonrió.

—Pues así te llamaremos aquí. ¿Has ido al colegio o te han enseñado algo?

—Sí, mi madre me ha enseñado a leer, escribo un poco, pero muy mal, siempre he estado en hospitales.

—Ya lo veo Nieves, y también dice aquí que te han operado ¿cómo te encuentras?

 

Nieves se miró las piernas y encogió de nuevo los hombros, seguidamente volvió la cabeza para mirar alternativamente a sus padres, sentados uno a cada lado de ella.

Esta vez respondió su madre:

 

—La intervención fue bien, el cirujano nos dijo que las ventajas las apreciaríamos con el paso del tiempo.

 

—Muy bien —dijo la monja—, ahora la niña pasará a que la vea el doctor, ustedes por favor esperen en la sala.

 

Nieves soltó la mano de su madre con reticencia y se levantó despacio con un suspiro, otro reconocimiento, ¿cuántos irían ya? Pero en fin, pensó, aquello era una aventura. Nunca había montado en barco hasta ese día.

 

Sor Celia salió de la consulta donde había dejado a la niña y fue a despedirse de los padres.

 

—Para cualquier cosa no duden en llamarme, les atenderé encantada. Hoy pueden quedarse hasta la hora de regreso de la barca, pueden pasear por los jardines o visitar las instalaciones si lo desean, se lo diré a alguna hermana para que les acompañe.

 

—Muchas gracias, es usted muy amable —dijo la madre de Nieves con lágrimas en los ojos.

—La niña estará bien aquí, no se preocupen.

 

Fue todo lo que añadió de forma distante y fría Sor Celia antes de abrir una puerta y desaparecer.

 

Joaquín, el padre, suspiró y cruzó las piernas mientras encendía el enésimo cigarrillo del día. María Ortega se levantó y descorrió la cortina para mirar por el ventanal. Al fondo se podía apreciar un mar en calma y de color verde oscuro con tonos plateados aquí y allá donde se reflejaba la luz del sol.

María observó el empinado camino que habían recorrido desde el embarcadero hasta el pabellón. Había mucha vegetación por todas partes, unos gritos la llamaron la atención y miró en la dirección de donde procedían pero no vio a nadie, al parecer provenían del interior de otro pabellón que desde allí no alcanzaba a ver. Ojalá pudieran hacer algo por su hija mayor allí, les habían dicho que el doctor que dirigía el sanatorio era una eminencia en cirugía ortopédica. Recordó el momento en que la dijeron que su niña de tres años había contraído el virus de la polio, de pronto la pareció que el mundo pesaba más. Ahora tenía otro problema mayor —miró un momento a su marido que continuaba fumando tranquilamente, o eso parecía— había enfermado como consecuencia de su trabajo como minero, si ella no suplía los ingresos que él ya no percibiría no podrían vivir. Ahora debían buscar un internado para su hija pequeña de cinco años, estando las dos atendidas buscaría trabajo como asistenta, limpiadora o lo que fuera. Se giró al escuchar el ruido de una puerta, una monja más joven que la anterior se acercó a ellos un poco apurada.

 

—Me temo que no podrán quedarse más tiempo el barquero ha venido diciendo que se marcha en unos minutos.

—Pero ¿cómo? —soltó Joaquín enfadado— Sor Celia nos dijo...

—Lo sé, lo sé, yo iba a acompañarles a pasear por los alrededores con la niña pero el barquero vino y... además es un hombre bastante huraño y muy... en fin, que no se puede discutir con él.

—¿Puedo hablar con él? —preguntó María.

—No se lo aconsejo, se enfurecerá.

 

María Ortega ya había emprendido camino de la salida con pasos rápidos y sonoros cuando se detuvo y miró a su marido que la seguía.

 

—Tú quédate aquí por si sale Nieves.

 

La mujer no deseaba que Joaquín se enfrentara al barquero, cualquier disgusto o alteración era muy perjudicial en su estado. Finalmente su marido asintió con desgana, pero entonces...

 

—La niña no saldrá ya —dijo la monja con firmeza.

 

El matrimonio se quedó mirando a la monja con los ojos muy abiertos, con pasos lentos se fueron acercando a ella hasta situarse a pocos centímetros de su cara, exigían una explicación sin necesidad de hablar.

 

—Lo siento, el doctor ha dicho que tardaría al menos tres horas, yo...

—¿Puede llamar al doctor o a la hermana que nos atendió?

—Lo siento, ahora no están disponibles.

—Muy bien, pues dígale al barquero que puede marcharse, yo de aquí no me voy sin despedirme de mi hija —señaló a Joaquín—, y él tampoco.

—Pero...

—Oiga hermana, no hay “peros” que valgan —la espetó el padre—. ¿Lo ha entendido?

 

La joven monja suspiro ruidosamente y se giró hacia la puerta del despacho de Sor Celia

—Veré lo que puedo hacer —dijo sin volverse y desapareciendo por la puerta.

María se acercó de nuevo a la ventana cerrando los puños con fuerza y buscó al barquero recorriendo todo con la mirada hasta el embarcadero, no había ni rastro del hombre, seguramente la maleza impedía verle si estaba ya junto a la barca. Sopló intentando calmarse. En ese momento echó de menos unos brazos rodeándola protectores, pero su matrimonio hizo aguas desde un principio, incluso antes. Nadie les preguntó lo más importante, a nadie le importaba, había que casarlos, así, sin más.

 

Joaquín encendió un pitillo sin retirar la mirada de las espaldas de su mujer. A punto de levantarse para saber qué era lo que miraba por la ventana tanto tiempo le dio un ataque de tos, y en ese instante se abrió la puerta y apareció la joven monja sujetándola para que alguien saliera con cierta dificultad.

 

Nieves se vio abrazada por sus padres y sintió cómo su corazón frenaba los latidos. Al verlos tan excitados y contentos pensó que habían decidido no dejarla allí.

 

Fueron necesarias tres monjas para poder llevársela a los dormitorios, los gritos resonaron por todos los pabellones.

 

María y su esposo subieron a la embarcación sin mirar al barquero, se sentaron en el mismo banco de madera de antes, pero ahora no veían el agua, ni el litoral al fondo, nada. Ambos estuvieron toda la tarde y toda la noche con los ojos anegados en lágrimas, al igual que su hija.

 

 

 Despertó con los ojos irritados, miró sin ver hacia todas partes pero persistía en su mente infantil la firme idea de que estaba en casa.

Los murmullos y el jaleo producido por las sábanas se fue acrecentando. La primera claridad del levante penetró por los ventanales revelando a Nieves la cruda realidad. Se encontraba en una cama más alta que la suya, hacia ambos lados se sucedían incontables lechos blancos hasta perderse de vista, enfrente sucedía lo mismo. Era una sala de dimensiones épicas. De pronto se oyeron pasos enérgicos acompañados de órdenes.

 

—¡Arriba, vamos! ¡Todo el mundo arriba!

 

Cabezas y cuerpos comenzaron a emerger de debajo de las sábanas, Nieves se vio reflejada en los ventanales y comprendió que había confundido el reflejo en los cristales que cerraban la enorme terraza con más hileras de camas.

 

Palpó sus piernas y comprobó que llevaba puestos los aparatos metálicos, nadie se los había quitado, era la primera noche que dormía con ellos puestos, mamá siempre se ocupaba de quitárselos por la noche y volver a ponérselos por la mañana. Su pequeño par de bastones estaba en el suelo, cuando fue a agacharse para cogerlos una mano se adelantó, al levantar la mirada Nieves se encontró con una niña un poco más mayor que ella que la miraba muy seria pero con amistad en los ojos, unos ojos rodeados de una cuenca violácea. Su vecina de cama no debía de ser fea pero su aspecto enfermizo impedía apreciar su bonito pelo rubio y la boca que sonreía de forma perpetua.

 

—Soy Reme, anoche te trajeron llorando y me despertaste, pero no me importa. ¿Cómo te llamas?

—Nieves. Gracias —añadió tomando los bastones que Reme la entregaba.

—Date prisa, tenemos que estar en el baño en cinco minutos, si llegas tarde cobras.

Nieves no entendió muy bien qué había querido decir Reme, pero cogió el vestido que había a los pies de la cama y se lo metió por la cabeza, ya estaba lista.

—¿Pero por qué te vistes?

 

Ahora Nieves la miró confusa. De inmediato su compañera se agachó y cogió dos toallas de una balda que había bajo el tablero de la mesilla y le tendió una a Nieves.

 

—Tenemos que ir solo con esto —dijo comenzando a quitarse la camiseta de dormir y las bragas—, hoy es miércoles, día de aseo.

 

En fila muy numerosa emprendieron una lenta y silenciosa marcha hacia las duchas. De pronto Nieves se vio cogida por detrás de las axilas, al volverse se encontró con una bonita sonrisa, su dueña se cubría los pechos con la toalla, no sabía calcular la edad de chicas así, a sus siete años eran sencillamente “chicas mayores”

 

—Soy Raquel y me han pedido que te ayude en el baño.  ¿Cómo te llamas?

—Nieves.

—Bonito nombre. ¿Los aparatos no te los quitas para dormir?

—Si, pero...

—Tu primera noche, ya entiendo.

 

Raquel resultó ser una experta en ayudar a niños con problemas de movilidad en el aseo, pero Nieves no la había advertido que tenía un hierro en la cadera que la habían insertado hacía un año cuando la operaron, y con ciertos movimientos la dolía bastante.

Cuando chilló se produjo un silencio en la enorme sala, los grititos y bromas cesaron por completo. La monja, en este caso Sor Celia, fue a ver qué pasaba, la niña lo explicó y Raquel prometió tener cuidado, enseguida terminaría. La monja la miró con cara de pocos amigos y se marchó a vigilar al resto.

 

Terminado el baño, y de nuevo con los aparatos y vestida, la subieron al gimnasio donde comenzó una serie de dolorosos ejercicios que duraron más de cuatro horas.

 

En el comedor la esperaba Reme guardándole una silla a su lado.

—¿Te han hecho daño?

—Un poco, pero ya estoy acostumbrada —miró preocupada el plato que la colocaron delante—, ¡Jo! esto no me gusta.

 

No supo por donde le había venido el cachete en la nuca, fuerte y experto. Cuando fue a volver la cabeza recibió otro. Su compañera la habló bajito llevándose un trozo de repollo a la boca.

 

—¡Come! Hazlo o te pegarán todo el rato.

 

Nieves trató de ver de reojo si tenía alguien tras ella y quien era. Eso la costó un tortazo que la dejó sorda por unos momentos, los ojos se la llenaron de líquido, cogió el tenedor y se puso a comer el maloliente repollo cocido. Jamás llegaría a olvidar aquel nauseabundo olor que la quedó grabado para siempre, asociado a la primera tanda de golpes que recibió en aquel extraño lugar.

 

La hora de la siesta sirvió para que Reme y Nieves no parasen de reír tapándose con la sábana cuando la monja, que caminaba leyendo algo de un lado al otro de la sala, se acercaba a su zona. Después fueron a la terraza hasta la hora de cenar. las dos niñas se entretuvieron jugando con unos recortables que Reme tenía bajo unos libros. Entre ellas nació una amistad muy profunda, como si se conocieran de toda la vida. Oras niñas intentaron penetrar en su círculo para jugar, pero acabaron por marcharse sintiéndose ignoradas.

 

Así fueron pasando los días, entre dolor en el gimnasio, cachetes por cualquier motivo o sin ninguno y los juegos con Reme que eran la única luz.

 

El día del cumpleaños del director, un eminente médico al parecer reconocido en todo el mundo. Se lo pasaron las dos como nunca, Reme ya se sabía el protocolo, pero para Nieves era lo primero que veía así de solemne. Las habían vestido a todas como si fueran a casarse. Había que leer poesía, cantar, aplaudir cuando las hacían una seña, todo en homenaje del director. Durante toda la ceremonia Nieves y Reme no pararon de reír. Sobre todo en el silencio del aburrido discurso del director que hablaba una y otra vez de Los Cruzados de Cristo Rey, y que al parecer todos pertenecían a dicho grupo ejemplar en la Fe de Cristo, su gloria y alabanza para que reine en los corazones de todas las familias. En ese momento su compañera la dio una palmadita en el culete y Nieves no pudo contener la carcajada. Cuando quisieron taparse la boca ya era demasiado tarde. Sor Celia, que no podía irse de allí, se mordió los labios e hizo una señal a dos de sus subordinadas y para que sacaran de allí a la dos endemoniadas niñas.

 

Esa noche las dos niñas recibieron una tremenda paliza, para Nieves fue la más grande de toda su corta vida. A Reme se la tuvieron que llevar a la enfermería porque sufrió uno de sus ataques, aunque esta vez fue leve.

 

El miércoles siguiente, en las duchas Raquel vio las contusiones de Nieves. Terminó de ayudarla a asearse y salió corriendo de allí medio desnuda. A punto de coger por el cuello a Sor Celia respiró bien hondo y la suplicó que por favor no la pegara más.

 

—Eso dependerá de como se porte, eso ya lo sabes.

 

Raquel no contestó pero la sostuvo la mirada, una mirada de furia que lanzó todo su odio hacia la monja, algún día esa mujer se las pagaría.

 

 

Una mañana llamaron a Nieves cuando estaba haciendo los ejercicios, su madre estaba abajo esperándola. Se abrazaron como queriendo concentras todos los meses que hacía que no se habían visto. Su madre la separó un momento para contemplar cuánto había crecido, pero enseguida volvieron a fundirse. Enseguida Nieves intuyó que algo no iba bien, su madre estaba llorando demasiado, no era proporcional al encuentro. Fue al preguntar por su padre cuando su alma volvió a caer hasta sus pies, no la ocurría desde que la habían dejado allí, esta era la segunda vez. Y tardaría en subir porque no era capaz de asimilar que nunca más volvería a ver a su padre. El olor de aquella colonia tan fuerte, el bigote que la pinchaba cuando la besaba con tanta ternura, los brazos tan fuertes que la elevaban como si fuera una pluma, su sonrisa. No podía saber que esta no sería la última vez que su alma moría un poco.

 

 

Al menos durante dos días no la pegaron ni la obligaron a comerse toda la comida, si lo hubieran intentado la habría dado igual. Solo Reme la acompañaba en silencio y con eso ya la consolaba, sufriendo junto a ella, respetando el dolor de su amiga que ella ya conocía por haberlo pasado en ración doble, pues era huérfana de padre y madre y sus abuelos se habían desentendido al conocer su delicado estado salud. Reme estaba sola en el mundo, solo tenía a Nieves. En un gesto espontáneo la abrazó con fuerza.

 

Después de la muerte de su padre, su madre necesitaba trabajar por los dos y en España se ganaba muy poco haciendo demasiadas horas, la explotación de la mujer era descarada. Internó a su hija pequeña en un colegio y se marchó al extranjero con todo el dolor de su corazón, pero no tenía otro remedio si quería recuperarlas algún día. Su marido había muerto por enfermedad adquirida en el trabajo, pero no la indemnizaron, ni tan siquiera fueron los jefes al entierro, solo algunos buenos compañeros. Con este pesar y los ojos encharcados abordó un tren en Irún con destino a París.

 

Y transcurrieron tres años durante los cuales vio a su madre en solo dos ocasiones, siempre en navidades, y una de ella vino con su hermana pequeña, lo pasaron bien con la visita de los Reyes Magos.

 

 

Un día en la mesa, en la que ya no dejaba nada en el plato aunque después tuviera que vomitarlo, Nieves se asustó al ver que Reme se llevaba la mano al pecho y su cabeza caía hacia atrás. Dio un grito y dos monjas vinieron corriendo a llevarse a su amiga en brazos hacia la enfermería. Ya no pudo comer, la daba igual si la pegaban, pero eso no sucedió. Raquel vino a consolarla y explicarla lo que había pasado.

 

—Tiene el corazón muy delicado y a veces la ocurre que le late muy despacito y falla un poco, pero enseguida se recupera, no te preocupes.

—Yo... no sabía eso, un día la pregunté por qué estaba aquí y me señaló el pecho, pero no la entendí.

—Bueno, come un poco ¿quieres?

—No tengo hambre ¿crees que me pegarán?

—No. Nadie te pegará hoy cariño.

—¿Y tú por qué estás aquí?

—Pues porque tengo una enfermedad rara y tratan de diagnosticarla, quiere decir saber cómo tratarla. Pero más bien es porque no tengo donde ir, esa es la verdad. Aquí al menos os puedo ayudar.

—Yo no quiero que te vayas nunca.

—No lo haré antes que tú.

 

Nieves la abrazó con fuerza pillando a Raquel desprevenida. Era evidente que la niña echaba de menos a su madre, el calor y el abrazo de una madre. Desde hacía ya tiempo la adolescente Raquel sentía especial cariño por Nieves, pero desde ese día se acrecentó. No la perdía de vista, y si se caía, cosa muy habitual, en pocos segundos la tenía en sus brazos revisando rodilla y codos y limpiándola la ropa.

 

A cada castigo en forma de cachete, azotes y otros muy diversos modos de castigar físicamente, Raquel sufría muchísimo cuando le tocaba a Nieves, pero sabía que si se la ocurría decir lo más mínimo la echarían.

 

Pasó el tiempo y las sesiones de fisioterapia fueron siendo menos tormentosas, pero la verdad es que no servían de mucho. Nieves comenzó a pensar que siempre necesitaría los aparatos para caminar, y claro está, los bastones. Reme no la adelantaba nunca jugando porque en realidad tampoco podía correr o se exponía a uno de sus dolorosos ataques. Raquel tomó por costumbre pasar por la cama de Nieves y darles un beso a Reme y a ella todas las noches. Ambas suspiraban todo lo felices que se podía llegar a ser en aquel lugar.

 

 

Un día soleado la fisioterapeuta prescribió que Nieves nadara un poco y la llevaron a la especie de piscina que tenían en la trasera del otro edificio, el cual la niña no había visto nunca. Resultó que se trataba de un pilón de hormigón de unos cinco por cuatro metros con dos escaleras para nada pensadas para personas, menos aún niños, con algún problema físico. No era muy profundo pero a los niños le cubría por completo. Nieves sintió que el interior de su barriga se derretía.

 

—No sé nadar  —dijo muy preocupada a la monja que la quitó los aparatos y el baby.

—No tengas miedo, estamos nostras aquí.

 

Nieves la miró como si estuviera loca, estaban todas vestidas con el hábito y por allí no se divisaba ningún flotador ni nada por el estilo. Su barriga comenzó a hacer ruidos, su frente se cubrió de sudor. Horrorizada sintió como alguien la cogía por detrás y la lanzaba al agua sin ningún miramiento.

 

El miedo la atenazó más que el recuerdo de que no sabía nadar, jamás lo había hecho y allí cubría lo suyo, oía gritos y llamadas mezcladas con risas. Comenzó a hundirse sin apenas mover las manos, se resignó a morir, su vida no era precisamente una joya que mereciera ser guardada.

 

Un brazo pasó por su cuello y la elevó la cabeza, con firmes movimientos la llevó hasta la el borde y la puso a su espalda para subir la escalera. Raquel se aseguró de que la niña estaba bien y la dejó tumbada sobre la blanda hierba cubierta con el baby, después la ayudaría a ponerse los aparatos, ahora tenía otra cosa que hacer.

 

Celia no se esperaba el tirón que hizo que su hábito saltara de su cabeza como si lo rompiera un animal, pero Raquel no había terminado. La monja fue arrastrada mientras iba quedando desnuda ante la vista de todas y todos los internos, monjas y personal de mantenimiento. Por alguna razón nadie se acercó a detenerla y Celia barrió literalmente el camino empedrado con el trasero, la espalda y el rostro.

 

Nieves vio a Raquel desde la ventana, acompañada de Reme, ambas lloraban al verla subir a la barca. No sabían si volverían a verla. Si hubieran podido ver el futuro se habría sorprendido Nieves de las circunstancias en que volvería a encontrarse con ella. En cambio Reme jamás volvería a verla.

 

Solamente dos días después, de nuevo se tuvieron que llevar a Reme de la mesa del comedor a la enfermería. Nieves ya no se asustaba tanto, pues era algo habitual. Su amiga siempre volvía, un poco ojerosa, pero se reponía. Pero esta vez fue distinto.

 

 

Pasaron los días y Nieves se desesperaba por la falta de sus dos amigas, al menos una sabía por qué no estaba, pero ¿qué había pasado con Reme? Comenzó a portarse mal para llamar la atención y que alguien la dijera algo, si estaba enferma ya era demasiado tiempo... notó algo muy raro, y es que aún dejando medio plato de comida ninguna monja se acercó a castigarla.

 

Finalmente montó tal alboroto que se la tuvieron que llevar del comedor, y ya en el dormitorio la dijeron que Reme se había marchado con sus abuelos, justo el día que ella casi se ahoga. La estuvo buscando para despedirse pero ella estaba en la enfermería.

 

Por fin Nieves asintió, todo encajaba, no había podido despedirse, y ya no volvería. Su alma se ensombreció, pero no llegó a los pies ya que sintió alegría porque los abuelos de su amiga hubieran ido a buscarla y la dieran una familia. La quería y sentía su felicidad como propia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II

 

Un domingo soleado y cálido las sacaron a todas al exterior después de la misa y quedaron allí expuestas al sol, al parecer era bueno para ciertas enfermedades, y al resto no le haría ningún mal. Nieves comenzaba a aburrirse, el sol la producía una especie de sueño, como un cansancio agradable. Miró con los ojos semicerrados hacia el otro lado y entonces las vio: eran dos niñas de edad indefinida, idénticas y con un aspecto muy peculiar y llamativo. Quedó embobada observándolas, era la primera vez que las veía, tenían las orejas muy separadas y el rostro con la forma de una pera terminada en una pequeña boca de la que emergían dos incisivos muy grandes y marcados, como si del pico de un pajarillo se tratara.

 

Por alguna razón Nieves sintió atracción por ellas y decidió erigirse en su protectora, al igual que Raquel había hecho con ella, a su vez Nieves lo haría con las niñas con cara de pajarito.

 

Y así fue como desde ese día tuvo al menos un proyecto que conseguía alejarla de la pesadumbre, la tristeza y las ganas de llorar. Pensar que otros podían necesitarla era como darle unas alas que la permitieran volar en aquel triste lugar.

 

Se aseguró bien las correas de los aparatos y se acercó lentamente hacia la pareja. Por un momento pensó que se echaría a reír al verlas de cerca pues el aspecto de las gemelas movía a la risa de modo involuntario. Y en efecto sonrío, pero muy lejos de la burla, en realidad correspondió a la sonrisa de ellas.

 

—Soy Nieves, hola ¿cómo os llamáis?

—Yo soy Marijose y...

—Yo soy Maripili

 

Cruzaron sonrisas mucho más cálidas que el sol que las deslumbraba. Curiosamente las niñas pajarito componían una expresión muy atractiva al sonreír. Uno sentía ganas de abrazarlas, como así lo hizo Nieves. Y nadie se preguntaba por qué, los gestos espontáneos no tienen nuca explicación, ni la necesitan.

 

—¿Y ahora qué se hace? —señalaron casi al unísono todo alrededor.

—Pues esperar a la hora de la comida y nos llevan al comedor. ¿Pero es que habéis venido hoy?

 

Movieron la cabeza a un lado y otro.

—Hace un mes o así, hemos estado en estudio, allí —señalaron el ático del tercer pabellón, al que llamaban “la picota”.

 

—Ah, yo no conozco ese pabellón. Y habéis estado estudiando ¿el qué?

 

De nuevo sonrieron y la contagiaron a Nieves.

—Nosotras no, ¡A nosotras! —remarcaron bien esta última frase.

 

Nieves no habló, quedó a la espera de que la explicaran si ellas querían.

—No saben qué enfermedad tenemos.

—Ah, ya entiendo. En mi caso no hay problema es polio, piernas y un brazo y dicen que también un poco el pecho. Ya me han operado una vez, pero...

—¿Aquí?

—No, antes de venir.

—¿A nosotras nos operarán?

 

Nieves se encogió de hombros.

—Dependerá de los médicos, ellos lo saben todo.

—Pero a ti no te han curado.

—No. ¿Cuántos años...?

—Catorce.

—Ah, yo tengo doce.

 

Adiós protección, pensó. Eran dos años más mayores que ella, pero parecían dos niñas pequeñas a su lado. En su mente infantil suprimió ese inconveniente y reafirmó su propósito con respecto a las niñas. Al mirarlas era esa la palabra que la venía a la mente “niñas”.

 

Unas palmadas la sacaron de sus pensamientos. Había que ir al comedor. Las tres niñas comenzaron a caminar hacia la puerta de entrada, Marijose y Maripili se pusieron una a cada lado.

De pronto una voz muy conocida para Nieves dijo desde detrás de ellas:

—¿Y bien? ¿Me vas a presentar a tus amigas o qué?

 

—¡Mamá!  ¡Ma...!  —su madre la elevó sin pensarlo y se dieron el abrazo más largo que las gemelas habían visto en su vida.

 

—Lo siento chicas, es que es mi madre y... ¡Mira mamá! esta es Marijose y esta otra Maripili.

 

Las niñas rieron con ganas, tenían una risa muy contagiosa y María se contagió divertida.

—Lo ha dicho al revés. Yo soy Maripili y ella...

—Marijose ¿a que lo he acertado?

 

Nieves se despidió hasta luego de sus nuevas amigas, pues hoy comería con su madre en el otro comedor especialmente preparado para las visitas. María la preguntó por Reme, su mejor amiga, y Nieves oscureció un poco la mirada, la contó su marcha y su madre no volvió a preguntarla. Fue ella la que comenzó a hacerle preguntas a su madre sin parar, tenían toda la tarde para ellas solas. María la dio una excelente noticia, en unos dos años vendría a buscarla y se irían a vivir juntas, las tres. Buscaría un colegio para ellas cerca de casa y ella abriría un pequeño negocio con el dinero ahorrado en Francia. Desde esta noticia Nieves comenzó a contar los días, unos setecientos y pico que iría tachando en su cuaderno. Comenzó a imaginar cómo escribiría setecientos número en una sola hoja, porque quería verlo de un a vez, para saber cuanto avanzaba la raya que tacharía cada día.  Pero ignoraba algo que su madre no la había dicho, entre otras cosas porque no tenía muy claro que llegaran a hacerlo allí, en un principio habían quedado en que solamente la intervendrían si estaban seguros de mejorarla, de lo contrario no lo harían. 

Esta información se la habían dado el día del cumpleaños de este doctor. Ese día se tuvo que “comer” un discurso religioso de tipo sectario y contemplar como manipulaban a los niños y niñas internos.

 

Cuando se despidió y tras comer a besos a su hija se presentó en el despacho del director. Necesitaba saber si había cambiado de parecer. Pero no estaba, como de costumbre, o no quería atenderla. Una monja vino corriendo a avisarla de que la barca se marchaba, si no se daba prisa la perdería. ¡Vaya! A qué me recuerda esto... Y cuándo diantre van a terminar el dichoso puente para no depender del barquero. Corriendo hacia la salida se cruzó con la monja antipática. La sujetó por el hombro y la hizo volverse:

—Me han insinuado algo muy gordo respecto al trato que le das a mi hija. Reza porque sea mentira, si me entero que es cierto, ni tu “marido” te va a salvar de la paliza más grande que te han dado en tu vida. ¿Lo has entendido zorra?

 

Volvió a correr para no perder el transporte, pero ya más tranquila pensó que aquello había sido una imprudencia por su parte. Aunque la diera de lo lindo un día, aquella monja tenía a su hija a su merced.

 

Y con su madre en París, sin ser informada, pues legalmente había firmado el consentimiento al ingresar allí a su hija, y no era necesario. Nieves fue despertada a las cinco de la madrugada y metida en un quirófano muerta de miedo, tanto que comenzó a temblar y ataron sus manos y pies a la camilla con unas correas de cuero. Gracias que perdió el conocimiento enseguida. Cuando volvió a despertar tenía unos dolores insufribles en las caderas, en las piernas y hasta diría que en todo su cuerpo. En un momento dado comenzó a chillar, no podía soportarlo. Unas manos se cebaron con su rostro y la abofetearon hasta que dejó de gritar, pero solamente fueron unos segundos, pues no podía dejar de hacerlo, alguien la metió una servilleta en la boca y casi se ahoga. Al fin notó una aguja y comenzó a sumergirse en un sueño salvador.

 

—¿Quien te ha ordenado inyectarla tanto?

—¿Qué quiere Sor Celia que esté sufriendo y gritando toda la noche?

 

No la gustaba que la llevaran la contraria y menos aún que la hicieran frente, pero lo dejó pasar porque realmente los gritos se oían en todos los pabellones, y además podrían despertar al director.

 

Se separó con cierto pesar de la dichosa niña, ya la haría sufrir, todo a su tiempo. Por lo pronto ya no volvería a levantarse, tendría que ir en silla de ruedas probablemente para siempre, y daba fe de ello porque había estado ayudando en la mesa del quirófano. El muy estúpido del director la había dejado con las caderas inservibles, ni con aparatos podría volver a ponerse en pie. La fama que tenía era completamente un bulo creado por su rectitud religiosa en la secta a la que pertenecían los más poderosos políticos y otras autoridades. Casi sintió lástima por la niña, aunque la cayera tan mal por su madre y la amistad de aquella zorra de Raquel.

 

Y al no estar Raquel, ya no la ayudaba nadie, la aseaban en la misma cama. Pasados seis meses y aún con dolores, pero más llevaderos, la sentaron en una silla de ruedas y la condujeron al baño. Allí la esperaba Sor Celia, la niña sintió cómo el miedo la subía por la espalda hasta ahogarla. Sin miramiento alguno Celia la levantó de la silla sin ayuda de nadie y la dejó caer en el agua casi hirviendo.

El dolor en sus caderas la hizo soltar un alarido escalofriante. Toda la isla quedó en silencio, hasta los pájaros del jardín callaron.

 

Fue la primera vez que el director llamó a Sor Celia a su despacho para pedirla explicaciones y amenazar con trasladarla si se volvía a repetir una escena así. Había pedido al resto de monjas que le informaran si volvía a hacer daño a aquella interna, ni un simple cachete la dijo, y añadió:

—Bastante tiene la pobre con... Bueno, ya sabe, si me entero que la maltrata se irá de la isla. He terminado —subrayó esta última palabra con un gesto despectivo que indicaba la puerta.

 

Roja de ira, clavándose las uñas en las palmas de sus propias manos, Celia salió de aquel despacho con el firme propósito de marcharse de aquel maldito lugar antes de que ese idiota la despidiera, cerrando así cualquier puerta. Ya encontraría algún empleo, había muchos hospitales, falsificaría la recomendación. Se marcharía esa misma noche, pagando a los pescadores. Nadie de aquel lugar del demonio volvería a saber nada de ella. Pero antes tenía que despedirse de alguien.

 

—Soy yo, no te asustes, vengo a disculparme. No veas la bronca que me ha echado el director. Ya no te gastaré ninguna broma más.

 

¿Broma? pensó Nieves que mantenía sus puños apretados de puro terror. Aquella mujer estaba completamente loca. ¿Y ahora qué hace?

Celia se había acercado al oído de la niña y la acariciaba la cabeza alisando con suavidad su media melena negra.

 

—Te diré la verdad, porque no me sabe bien que te hayan engañado. No tienen derecho a hacerlo. Jamás volverás a ponerte de pie, el director te ha destrozado las caderas, irás cómodamente en una silla de ruedas, para siempre. Y otra mentira: A Reme no vinieron a buscarla sus abuelos, estos ni se han preocupado, nadie los conoce. ¿Sabes quien vino a llevársela?

 

Nieves no preguntó ni movió un músculo, sintió que estaba ante una especie de ser demoníaco que la iba a destrozar en cualquier momento.

 

—Vino el mismísimo diablo y se la llevó, ahora está con él. Reme murió aquel último día que se la llevaron, no duró ni una hora en la enfermería.  Ahora ya descansa... ¡En el infierno!

 

La monja se incorporó y se alejó con una carcajada siniestra. Nieves jamás volvió a verla.

 

Al conocer la muerte de Reme y cambiar su pensamiento feliz de que estaba con su familia, descubrió un dolor como jamás había imaginado que pudiera existir. A sus trece años y en su estado, en realidad el dolor la perseguía constantemente, pero éste era muy cruel, superaba con creces al de sus caderas. Y por segunda vez sintió agonizar su alma.

 

Las niñas pajarillo no se separaban de ella, pero no estaban preparadas para consolar, realmente no sabían hacerlo. Siempre eran ellas las consoladas. Pero al menos su compañía sirvió a Nieves de sentirse menos sola por fuera, aunque su corazón no estuviera vivo.

 

Aún tuvo que esperar un año, ya resignada a que la cruel monja no la había engañado, jamás volvería a ponerse de pie. Pero su espíritu pareció revivir un poco el día que vio aparecer a su madre y su hermana en plena comida que por supuesto no terminó.

 

María venía de amenazar al director con llevarle a los tribunales por dejar peor a su hija. A las palabras de él “No sabe usted con quien está hablando” le soltó un bofetón como jamás le habían dado. Fue incluso a agredirla, pero ella cogió un pisapapeles de acero macizo y echó el brazo atrás preparada para atizarle si la tocaba. El muy abandonó su propio despacho dejando a la mujer y a la niña para que hicieran lo que les viniera en gana. María abrió el archivador y extrajo el expediente de su hija. Podía servir o no de prueba en una demanda, pero seguro que serviría para un médico mejor que aquel sinvergüenza.

 

Las niñas pajarito la abrazaron llorando por su partida. Nos escribiremos dijeron convencidas. No sabían las gemelas que solo las quedaban dos años de vida.

 

El paciente taxista ayudó a la niña a subirla al coche, cuando fue a cargar la silla en el maletero se detuvo ante una voz malhumorada.

—¡Eh! ¡Deje eso! Es propiedad del centro.

 

María se acercó con los brazos en jarras y dijo al director:

 

—Ven a por ella si tienes lo que hay que tener. ¡Venga, que tengo prisa por alejarme de este maldito lugar!

 

Nadie se movió, ella dio media vuelta y dijo antes de subir al coche:

—Cargue la puñetera silla de una vez y vayámonos.

 

Y la felicidad llegó por fin para Nieves, al menos durante un tiempo, más bien un breve tiempo. Parecía como si no tuviera derecho a reír y sentir la luz de un nuevo día con ilusión. El cáncer se llevó a su madre en menos de un año. No tenían ni abuelos ni tíos, y si había algún primo eran desconocidos. La hermana de trece años fue entregada a una familia de acogida. Por más que Nieves suplicó no evitó la separación, la familia de acogida se negó rotundamente ha hacerse cargo de una chica “tan inválida”, esa fue la frase exacta de la mujer.

 

El piso era de alquiler y el poco dinero que se obtuvo de los enseres se los quedaron en la asociación de acogida de niños especiales para sufragar los gastos de manutención.

Manutención que dejaba mucho que desear, y la enseñanza ya era una broma pesada. Nieves estaba en plena adolescencia con todo lo que eso significa. Apenas tenía ayuda para acostarse y levantarse, no había crueldad como en la isla, pero tampoco cariño, y las amistades se evitaban porque había mucho ir y venir y no debía nacer nada que de un día para otro moría y suponía un intenso dolor. Todos los acogidos allí sabían lo que era sentir morir su alma, unos más que otros, más o menos veces, pero vivían aterrorizados ante una vida que parecía cebarse con ellos.

 

Llevaba allí tres meses cuando pegó un brinco en la silla y sus ojos se abrieron sin poder dar crédito a lo que estaba viendo. Allí, al fondo del pasillo, en la recepción estaba Raquel. Pareció como si algo la avisara y giró la cabeza en su dirección.

Dejó caer una mochila que portaba al hombro y corrió como una loca hacia el lugar donde Nieves la esperaba llorando, como ella.

 

Resultó que había ido a devolver las pertenencias de una niña que había tenido en acogida y que ya estaba de nuevo con sus padres que habían cumplido condena. Le faltó tiempo a Raquel para solicitar la acogida de Nieves, y menos aún tardaron los administradores del centro en concederla. Era una boca menos que mantener, y además la niña estaba ya muy crecida y comía como un lobo.

 

El piso de Raquel la pareció maravilloso, con luz, una luz muy especial. Después de tantos palos recibidos había dejado de creer en Dios, pero aún así, “por si acaso” levantó los ojos y pidió en silencio que esta vez durase un poquito más.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

III

 

Aranjuez, Madrid, 1972

 

Apuntó hacia un lado del cuerpo de su amigo, procurando que la pelota pasara por dentro del rectángulo metálico. Lanzó con toda la fuerza de su pierna buena, pero Gordi solo necesitó avanzar dos pasos para atraparla con facilidad.

 

­—¡Me toca! —dijo Gordi rozándose el interior de los muslos al correr hacia el punto de penalti-, seguimos tres a cero.

 

—¡Dos a cero! —dijo Fernando enfadado—, el primero no ha entrado, lo paré justo en la línea.

 

—Vaale, dos a cero. Da igual porque te voy a ganar, como siempre.

 

Fernando desvió su camino y se alejó de la portería.

 

—Eh, venga Fer, ponte que lanzo.

 

Pero el juego había terminado, Fernando había sido herido en su orgullo y hasta que lo olvidara permanecería enfadado. Levantó su bici con malos modos y se puso a pedalear enérgicamente camino del pueblo.

 

"Gordo de mierda" iba pensando moviendo las piernas cada vez más rápido. Fernando alcanzó tal velocidad a la vez que furia que no se percató del bordillo lateral de la estropeada carretera. Al intentar el giro a la derecha para tomar un atajo cayó estrepitosamente.

 

Manuel, al que todo el mundo llamaba Gordi, entre otros muchos apelativos nada bonitos, circulaba a más de quinientos metros calle arriba cuando vio caer a su amigo. Aceleró las pedaladas y la bici comenzó a bambolear a un lado y otro hasta que la pelota salió disparada de la cesta. Llegó sin resuello hasta el magullado Fernando.

 

—¡Eh! ¿Qué te ha pasado?

 

—No me acordaba del bordillo, uff. —Se llevó la mano al brazo derecho que había soportado el peso del cuerpo al caer, además presentaba diversas contusiones y arañazos por las piernas desnudas.

 

—Vamos, venga, te ayudo —Manuel alargó la mano para que su amigo pudiera levantarse.

 

Era su mejor amigo, en realidad su único y amigo verdadero. Jamás volvería a enfadarse con él, se dijo Fernando.

 

 

 

 

IV

 

 

Nieves cruzaba la ancha calzada todo lo deprisa que podía, algunos niños parecían divertirse pasando con sus bicicletas a toda velocidad junto a ella, esquivándola en el último momento para asustarla.

 

Fernando esperaba a su primo para ir a comer, hoy lo haría en casa de su tía, la mejor cocinera del mundo, ella había enseñado a su madre que era la segunda mejor del mundo. Para matar el tiempo enrollaba una y otra vez la cuerda en su peonza y lanzaba a un rival imaginario. Seguramente habían castigado a José, su primo, era algo habitual. De pronto se fijó en la escena que se desarrollaba en la esquina de la calle, a unos cincuenta metros de donde su peonza giraba. Un grupo de cinco niños estaban jugando a rodear a una niña que trataba de cruzar la calle en una silla de ruedas, estas situaciones le sacaban de quicio, pero él no solía meterse en problemas. Salvo alguna que otra excepción, y esta lo era.  Guardó su peonza en la cartera y extrajo la goma con pelota, se trataba de un artilugio que en muy poco tiempo se había puesto de moda. Disponía de una larga y resistente goma sujeta fuertemente a una pelota llena de arena. Se podía golpear cualquier cosa a más de diez metros y recuperar de inmediato la pesada pelota. Fernando había cogido una envidiable destreza con el ingenio... Se dirigió sin pausa hacia los gamberros que acosaban a la niña con sus bicicletas.

 

El primer pelotazo lo recibió un rubio que conocía de vista y estaba muy crecido para su edad, habría pelea sin duda, pensó. Y cobraría, eso tampoco lo dudaba mientras lanzaba la pelota por segunda vez, en esta ocasión lo recibió uno pequeñajo que cayó de la bici. El resto no necesitó más y pusieron tierra de por medio, pero enseguida volvieron cuando el rubio se arremangó y se dirigió desafiante hacia Fernando, esta vez la pelota no sirvió de nada porque el chulo la esquivó y empujó con saña al “pata chula” hasta que cayó al suelo, como era de esperar. Y ahora “Chule”, que así llamaban al rubio, se dispuso a sentarse sobre el pobre Fernando y golpearle sin piedad, aún le dolía el pelotazo recibido en la coronilla, pero no esperaba el tremendo guantazo que recibió desde atrás, a mano abierta, sin piedad. Saltó de encima del cuerpo de su víctima para caer a varios metros de distancia con la cara más roja que un indio.

 

—¿Estás bien primo?

—Uf, qué oportuno Jose, me hubiera...

—¿Ese? Espera que le doy un poco más para que no olvide que es peligroso meterse con...

 

Los dos primos quedaron solos de inmediato, partiéndose de risa mientras veían correr a los cinco gamberros, Chule el primero.

 

Y de pronto Fernando notó una manita en su brazo cuando fue a recoger su cartera, así agachado levantó la cabeza y pudo descubrir los enormes ojos negros de la niña, o tal vez no tan niña ya, que acababa de defender.

 

—Gracias. Te podían haber pegado... ¿Por qué me has defendido?

 

No acertó a contestar, solo negó con la cabeza, era la voz más dulce que había escuchado nunca, y la cara...  La niña se puso muy roja y Fernando quedó como petrificado, como un muñeco al que han desconectado... El flequillo oscuro cortado así de gracioso, los ojos negros más bonitos que había visto, la boca casi riendo, la nariz casi respingona. Ponía un casi a todo su pensamiento porque si lo completaba estaría perdidamente enamorado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

V

 

 

Era el primer día de clase en el instituto, Fernando había cumplido unos días antes los quince años y estrenaba curso y centro de enseñanza. El bachiller era un salto importante después del graduado escolar que se optaba a partir del octavo de primaria, se podía elegir formación profesional o bachiller.

 

Había cambiado el modo de entrar a clase, ya no había que formar, cada uno allá se las apañe cuando suene el silbato tipo fábrica. Así que al ver correr a todos hacia la puerta Fernando hizo lo propio para no llegar el último, algo que consiguió gracias a algún despistado.

 

Subió las escaleras a saltitos, dos escalones para la pierna izquierda y uno para la derecha, a punto ya de traspasar la puerta se vio agarrado por un brazo y un hombre que apestaba a tabaco le acercó la cara mientras le miraba de reojo los pies y le espetó:

 

—Tienes mala pata tú, ¿eh?

 

Las carcajadas, la mayoría sin ganas, se oyeron hasta en el recinto de las chicas. Y así comenzó el curso de primero de bachillerato.

 

Su amigo Gordi había decidido matricularse en formación profesional y apenas se veían.

 

Fernando buscó sin éxito a la niña de los ojos negros, de la que ni siquiera sabía su nombre, tan impresionado quedó que olvidó preguntárselo. Una tarde estaba haciendo los deberes en casa, llovía con fuerza y las gotas golpeaban el cristal de su ventana, eran solo las seis y parecía ya noche cerrada. Escuchaba amortiguada la radio que su madre solía tener en la cocina. De pronto una canción le hizo levantarse y abrir la puerta para oírla bien. allí en pie, en el umbral de su habitación, apoyada la espalda en el cerco y mirando hacia la lluvia comprendió que se había enamorado. No tuvo ninguna duda, perdidamente enamorado.

 

Cuando acabó la canción el locutor dio el nombre del interprete y el título de la misma. Fernando lo apuntó en su bloc, haciéndose la promesa de que al día siguiente sin falta compraría la cinta del tal Armando Manzanero. Debería asegurarse de que contuviera esa bonita canción que ya era su bandera de amor por la niña sin nombre. “Esta tarde vi llover”... vi gente correr... y no estabas tú...” Con una sola vez que la había escuchado se sabía el estribillo que no dejaba de sonar una y otra vez en su cabeza.

 

—Fer, la cena está en la mesa... ¿te ocurre algo hijo?

 

Su madre le miraba preocupada, él trató de disimular, pero debía tener tal cara de bobo ausente que preocupó a su madre.

—Estoy bien, mamá, muy... muy bien.

 

Su madre cenó esa noche sin dejar de mirar a su hijo con los ojos entrecerrados. Él ni se enteró, además se comió todo el puré de verduras que ella había supuesto que ni tan siquiera probaría. Pero si apenas tiene los quince, se dijo su madre, no puede ser... ¿o sí?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VI

 

 

Acudía al instituto mirando hacia todos lados, buscaba en las calles adyacentes. Llegó a preguntar en el quiosco donde siempre compraba sus preciados objetos de colección. Una mujer joven al oír “niña en silla de ruedas” volvió la cabeza para mirarle con curiosidad. Fernando no se percató de ello y continuó su camino hacia el colegio con la esperanza de volver a verla algún día, no se la podía haber tragado la tierra, se decía.

 

En realidad no la podía ver porque el horario de sus colegios era diferente, la niña había pasado por allí media hora antes. Fernando entraba a clase a las diez y su amor a las nueve y media. Esto lo captó claramente Raquel, la mujer del quiosco, que había seguido al chico como curiosidad por saber qué quería de su hija adoptiva. Finalmente echó a correr para alcanzarle y preguntar, pero no se atrevió. Le dejó entrar en el colegio y decidió preguntar a su hija.

 

En la mesa del comedor de la casa que compartían Raquel y Nieves, la mayor preguntó:

—¿Conoces a un chico rubio, no muy alto y que le falla una pierna?

 

Los ojos de Nieves al abrirse contestaron a la sagaz Raquel.

 

Vale, no me respondas si no quieres, pero le tienes... muy interesado, ha preguntado hasta al quiosquero. Yo estaba allí comprando tabaco. Entra a las diez, por eso no os cruzáis en la calle. Y supongo que sale a la una, una hora antes que tú. Luego volverá a las cinco ese es el horario habitual de su colegio...

 

—¿Por qué me dices todo eso? ¿A mí qué me importa el horario de esa escuela?

—No, por nada —negó con la cabeza risueña—, por nada, come que se te ha olvidado.

 

Nieves se puso colorada, tenía la cuchara a medio camino de la boca y no recordaba

desde cuando.

 

A la mañana siguiente Nieves fue sola como todos los días, era tan poca la distancia que no la resultaba un esfuerzo, pero su mente ya no estaba sola, nunca había sentido así. Que alguien pensara en ella, sí claro, Raquel, Reme, aquellos pajarillos de amigas que quedaron en la isla. Pero jamás un chico.

 

Inconscientemente miró hacia todos los lados por todo el bulevar. Detuvo la silla sin saber porqué, miró el reloj, faltaban cinco minutos... siempre entraba antes pero hoy no la apetecía... ¿Era guapo? Sí, lo era, muy guapo. Volvió a buscar con la mirada por toda la calle sin éxito, de pronto recordó los horarios que Raquel la había informado y tuvo una idea. Con resolución en su mirada entró en el aula y se dirigió directamente a la directora.

 

—Hoy es el cumpleaños de mi madre ¿puedo salir una hora antes para comprarla un regalo? Si no lo hago así no podré, y por la tarde ella me acompañaría, no sería...

—Ninguna sorpresa. Claro que sí cariño, hablaré con don Ángel.

 

Fue hacia el aula como si estuviera en una carrera, iba pensando qué haría cuando estuviera frente a él. Miró por la ventana, era un día tan maravilloso y dorado, como el cabello de... ¿Cómo se llamará?

A la una en punto Nieves estaba en la esquina donde conoció al chico rubio y que seguramente era su itinerario, ya que eran las calles de subida a las urbanizaciones, tendría que pasar por allí. ¿Qué le diría? Pues que había ido a darle las gracias y preguntarle su nombre... no, eso no. ¡Que vergüenza! Detuvo su mente al verle salir entre la multitud de chicos, en realidad se la detuvo el corazón. Admiró su ropa, el brillo de su pelo, hasta el modo de andar la resultó ideal, aunque se torciera un poco, pero era muy poco... ¿y qué?  ¡Vaya, qué guapo es!

 

De pronto se agitó cuando vio que “su” chico se dirigía hacia un gordito que al parecer le estaba esperando y se pusieron a caminar juntos hacia ella.

 

Fernando se detuvo al verla, estaban a unos cincuenta metros de ella, Gordi le miró extrañado.

—¿Qué pasa?

—Nada, crucemos por aquí, ven.

 

Cruzaron al otro lado del bulevar y siguieron caminando, ahora más deprisa. Fernando no volvió la cabeza, ni tan siquiera para comprobar que no venían coches.

 

Bajarse el alma a los pies era algo que Nieves había experimentado varias veces, o mejor dicho muchas veces. A menudo pensaba que Dios la tenía reservado un gran castigo en esta vida porque en alguna anterior se había portado muy mal, lo había leído en alguna parte. En alguno de los muchos libros que aspiraba con hambre de conocimiento.

 

Comenzó a dar la vuelta a su silla y empujó los aros lentamente. No sabía si este dolor era mayor o menor que el de la partida de Raquel aquella vez, o la muerte de Reme, o la de su padre, o la de su madre... No, no era comparable, era sencillamente distinto.

 

Fernando por su parte detuvo la marcha y se sentó en el escalón de un portal con los codos en las rodilla y las manos cubriendo su cara.

 

—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó su amigo.

—Que soy un miserable, un cobarde.

—Otras cosas puede, pero cobarde no.

—Pues lo soy Manu, he visto a la chica que me gusta, y hasta diría que me estaba esperando a la salida. Pero no me he atrevido a saludarla.

 

Manuel se sentó a su lado y habló mirando al infinito.

—La de la silla de ruedas.

—No, claro que... —Fernando abrió los ojos tan asustado que quedó mudo.

—Me han contado el episodio y me he dado cuenta cuando has cambiado de acera a toda pastilla, somos amigos desde pequeños, te conozco de sobra.

—Eres como mi madre que no la puedo ocultar nada.

—¿Te importa que vaya en silla? Me he fijado y es muy guapa, y tiene unas... —ahuecó sus manos y las acercó a su pecho, haciendo reír a Fernando—. Vete a buscarla, anda.

—No, ya es tarde, vamos a comer o no nos dará tiempo. No tengo ni idea de dónde vive. Oye... ¿Te da igual que me guste una chica que va en...?

—¿Y a ti te da igual ser amigo del gordo del barrio, el seboso del colegio, el gorrino asqueroso de la clase?

 

Fernando agachó la cabeza, a su corta edad le acababan de dar una lección de amistad y de humildad. Alguien que no era más mayor que él.

 

Nieves no comió durante los dos días siguientes. Raquel comenzó a preocuparse.

 

—¿No será por el rubio ese del quiosco? —la preguntó ya sin poder contenerse.

 

Nieves no contestó y siguió jugando con el tenedor removiendo el contenido de su plato.

 

—Lo que me pregunto es qué harás el día verdadero de mi cumpleaños, queda solo un mes.

 

Ahora Nieves soltó la risa, una risa entre lágrimas.

 

—Te ha dado calabazas el muy hijo de su madre ¿verdad?

—Ni siquiera se acercó al verme.

 

Raquel ya tenía su alma bien cubierta de duro caparazón, pero ver sufrir a Nieves penetraba esa coraza como si fuera de mantequilla.

 

Fernando casi todos los días compraba algo en el quiosco, y si no llevaba dinero se entretenía en mirar los tres escaparates repletos de maravillas para sus ojos. Estaba dando la vuelta para irse ya cuando se topó con la mujer de la otra vez, una morena muy guapa, y muy blandita.

 

—Perdone.

—De perdone nada. Solo tengo veinticinco años, y ahora explícame por qué preguntabas el otro día por mi hija, y cuando la viste te fuiste por otro lado. Explícamelo todo, despacito.

—Te... tengo que ir... —dijo tartamudeando y señalando su colegio.

—Pues entonces hazlo rápido —le sujetó por un brazo.

 

Raquel era un poco más alta pero probablemente menos fuerte, pero seguro más rápida corriendo, no tenía escapatoria.

 

—Me dio vergüenza —dijo sin mirarla a los ojos.

—¿Que te vieran tus amigos con una chica que usa silla de ruedas?

 

Fernando miró hacia el cielo negando.

—Fue solo un momento, después me arrepentí.

—Puedes ser su amigo, nada más. No es necesario que tus amigos se enteren.

—¿Mis amigos? Solo tengo uno y contribuyó a que me arrepintiera.

—Pues me gustaría conocerle, la verdad.

—Ella me gusta. ¿Cómo se llama? ¿Y por qué mientes? Tú no puedes ser su madre.

—¿Qué tal si se lo preguntas a ella? Espérala allí en aquel banco por la tarde, cuando yo te vea la haré bajar a comprar algo.

—Pero estará enfadada ¿y si no quiere verme?

—Utiliza tu bonita cara de chico bueno y tu sinceridad, será tu amiga. Si eso no ocurre deberé llevarla al hospital.

—¿Por qué?

—Porque lleva sin comer desde el día que la hiciste ese miserable gesto de...

 

Fernando miró su reloj y echó a correr a saltos, pierna buena zancada doble, pierna mala apoyo rígido, dos, dos, una. Se detuvo y vio que Raquel continuaba allí observándole. Señaló el banco que ella le había dicho y abrió los cinco dedos de una mano. La joven alzó el pulgar. Continuó ya sin correr, no le importaba llegar tarde, en su cabeza comenzaron a sonar los acordes de aquella canción que tanto le había gustado. Tenía la certera sensación de que ese día se le iba a hacer eterno hasta las cinco de la tarde.

 

Y con puntualidad británica Fernando estaba en pie junto al banco, los nervios no le permitían sentarse.

 

Raquel pidió entusiasmada a Nieves que se acercara a la ventana. Pero de ningún modo se había esperado la reacción de la adolescente al ver allí abajo al chico.

 

—¿Pero qué te pasa Raquel? ¿Crees de verdad que me tiraré a sus brazos? ¿Que soportaré la humillación de verme acompañada de un chico guapo por lástima?

¿Crees que...?

 

—Alto, alto, un momento señorita. De lástima nada, nunca jamás pienses eso. He hablado con él, se arrepintió nada más hacerte aquel feo. Y lo mejor de todo es que su amigo contribuyó a ello, su único amigo, imagina por qué.

—Pues no, no lo pillo.

—Su amigo está como... —separó mucho los brazos en sus caderas.

—Gordo, sí, y qué. Ahora tendrá un amigo ballena y una novia tullida. Bien por el rubio, ¿crees que le darán el Nobel de la paz?

 

El enfado de Nieves había remitido un poco y ambas se miraban ahora con media sonrisa, sujetando la carcajada. No hablaron más, Raquel se limitó a ir hacia la puerta de la entrada, abrirla y llamar al ascensor. Hizo una reverencia guiando con la mano hacia el rellano a la chica que iba a tener su primera cita. Su niña, pensó. Cómo había pasado el tiempo. Alejó esos pensamientos y corrió de nuevo a la ventana, no pensaba perderse el encuentro por nada del mundo.

 

 

Fernando al verla salir del portal corrió hacia ella y fue a situarse detrás para empujarla, entonces la chica giró bruscamente hasta estar de frente y extender una mano abierta como si fuera una exorcista alejando el mal.

—Si se te ocurre empujarme daré la vuelta y me volveré a casa.

—Vale, vale, perdona.

—Deja de disculparte y dime donde vamos.

 

 

 

Fernando había pensado que estarían un rato sentados en el banco charlando allí mismo y después ella se marcharía a casa, pero ese “dónde vamos” le desconcertó por completo. ¡Vaya! ¡Era su primera cita, al menos así lo consideraba ella! Todo ello le subió la moral como si le hubieran inyectado un elixir mágico. Avanzando con su peculiar y heterogéneo caminar miró a lo lejos, hacia el final del bulevar, el jardín parecía que les llamaba. Su sentido del humor hizo aparición.

 

—Vale, si te empeñas te lo diré, pero pensaba darte una sorpresa. Vamos al ayuntamiento para apuntarme a la maratón de este año, he pensado que te gustaría acompañarme, como te llames.

—Muy gracioso, Nieves.

—No me llamo así...

—Pues yo sí, y si continúas riéndote de mí te demostraré la ventaja de ir sentada.

 

Nieves extendió su brazo del lado en que iba su acompañante que instintivamente se llevó las manos a la entrepierna. Fue la primera vez que la oyó reír, se la habían cerrado los grandes ojos y formado dos hoyuelos en los mofletes. Contemplaba esto extasiado cuando recibió el golpe, pero no abajo sino en la barriga y con mucha delicadeza.

 

—¿Se puede saber como te llamas o qué?

—Sí, claro.

 

Pasaron los segundos. Nieves detuvo el avance y puso los brazos en jarras.

 

—Fernando, hermosa dama, a su servicio —hizo una reverencia tan cómica al estirar la pierna mala que Nieves soltó la carcajada.

 

Años después ambos recordarían aquella tarde como la más feliz de su corta vida, vendrían días felices, pero aquel fue como un oasis en la penosa vida de ella, y un descanso en los complejos de él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VII

 

 

Él estaba terminando el bachillerato, ella había comenzado ya el COU. El atípico noviazgo, lejos de obstaculizar sus estudios, les daba alas.

 

El día que hicieron el amor por vez primera resultó mucho más fácil de lo que ambos habían pensado. De la forma más tonta, y durante días, los mismos que mediaron entre la escapada al hostal y la decisión de hacerlo, estuvieron dando vueltas a cómo sería aquello del sexo. Una vez que lo consumaron, enseguida se puso en marcha la gran inteligencia que compartían para decirse convencidos: “Es la última vez que lo planificamos”.

 

Y llegó el día más temido por Nieves. Raquel no les acompañaría como ella había sugerido, no podía hacerlo. Fernando ya comía y cenaba muy a menudo en casa de ellas, pero no al revés. Los padres de él sabían que tenía novia, claro, pero no quién era, ni cómo era.

 

Fernando siempre estuvo convencido de que su padre era más inteligente que su madre, si bien ésta era más sensible y cariñosa, sobre todo con su ojo derecho, o sea él. Jamás olvidaría la cara que puso su madre al tener que bajar la mirada cuando abrió la puerta y se encontró con una chica sentada en una silla de ruedas. Se hizo un incómodo silencio que pareció durar minutos, para Nieves incluso horas. El padre actuó de inmediato y se agachó a dar dos besos a la novia de su único hijo, rompiendo así la bochornosa escena.

 

—Adelante. No me habías dicho que era tan guapa. ¡Vaya morenaza!

 

Nieves le miró escrutando su rostro, tratando de atisbar algún indicio de hipocresía, pero no lo encontró. Aquel hombre parecía realmente sincero. Cuando pidió ir al servicio fue un problema porque evidentemente no estaba adaptado y la silla entró rozando los cercos y rayando el barniz. Pero no necesitó ninguna ayuda para lo que había ido ha hacer, que no era otra cosa que vomitar toda la cena. La cena más amarga de su vida.

 

 

—¿Pero qué te pasa mamá? —preguntó Fernando cuando volvió de acompañar a casa a su novia.

—Nada hijo, tú sabrás lo que haces, pero te pido que lo pienses bien, no podrás ayudarla, con el tiempo serás tú el que necesite ayuda...

—¿Y tú papá, no dices nada?

—Escucha a tu madre, hijo, lo que dice es muy razonable, eres muy joven para verlo ahora.

—¿De verdad me vais a hacer esto? Solo tenéis un único hijo y ¿le vais ha hacer esto?

¿Pensáis que me pondré de vuestra parte? Me iré con ella, viviremos como sea, ninguno de los dos somos tontos, ni inválidos. Sentiré alejarme de vosotros, pero no os quepa la menor duda de que me iré con ella.

 

 

Fernando salió dando un portazo y tomó la dirección de la casa de Raquel, pero decidió no presentarse en aquel estado, no quería hacer sufrir a Nieves por nada del mundo. Pero ignoraba que el mal ya estaba hecho.

 

 

Cuando Raquel vio a la persona que más quería en el mundo pasar llorando por su lado, girando las ruedas hacia su cuarto y saltar a la cama arrastrándose sin ayuda para morir de pena, ella también murió un poco, sintió el dolor en su delicado estómago, notó la perentoria necesidad de correr al water y al final tuvo que hacerlo, sus tripas se habían descompuesto por completo.

 

Eran como dos hermanas y la pequeña le contó su pena a la mayor con pelos y señales. el consejo muy acertado de Raquel era que hablara con Fernando, no había sido él sino su madre la que al parecer la había mirado como a un bicho que pretendía comerse a su hijo. Pero no hubo manera, la confesó que todo lo que había pasado en la isla y ahora esto podía con ella, si no la sacaba de allí de inmediato, si no la alejaba de aquel chico se suicidaría en el momento que quedara sola.

 

Lo dijo con tal fuerza que Raquel con todo el dolor de su corazón la creyó.

 

Fernando fue a esperar a nieves a la salida del instituto, pero no había acudido. Se presentó en casa de Raquel y nadie abrió la puerta. ¿Dónde habría ido? Raquel salía más tarde del trabajo. Quizá era su día de descanso y habían ido de compras o a comer fuera.

 

Volvió por la tarde y nadie le abrió, se fue preocupado a dar un paseo y volvió a llamar casi a medianoche. Algo no andaba bien. Llamó a la puerta de al lado.

 

—Sí, se marcharon esta mañana temprano. No, no me lo han dicho, no teníamos mucho trato ¿sabes? solo me ha dejado la llave para que se la devuelva al casero.

 

Fernando sintió como algo bajaba por todo su cuerpo, algo que caía hacia un abismo, notó un frío extraño, el sudor perló su frente, eran unas gotas heladas.

 

Pasaron cinco años y Fernando terminó la carrera de economía. En la universidad había conocido a una chica muy sincera y humilde que le hacía sentir muy a gusto a su lado. Un buen día estuvo a punto de mandarla muy lejos cuando insistió en que bailara un pasodoble con ella. Te estoy diciendo que no puedo, ¿estas sorda? Pero ella había bebido más de la cuenta y tiró de él para obligarle, su poca estabilidad se hizo presente cuando Fernando cayó de bruces en la pista de baile. Las risas y el jolgorio tardaron en decaer un tiempo que a él se le hizo eterno. Pero lo que más dolor le produjo fue algo a lo que no podía dar crédito, Marga, su novia, formaba parte del coro de risas. Por supuesto rompió la relación esa misma noche. Y además sin ningún tipo de pesar, al contrario.

 

Cuando llegó a casa y dijo que había roto con la novia a la cual su madre había dado el visto bueno. Chica con carrera como su hijo y físicamente normal. Al ver a su madre tan preocupada, pero con esa pena que no comparte la tuya sino que forma parte de un interés. Quizá un miedo de que no vuelva a encontrar otra dispuesta a casarse con un...

 

—Lo estás pensando ¿verdad?

 

Su madre le miró asustada, había dado en el clavo.

 

—No me pienso casar con nadie, nadie que no sea mi novia. La pienso encontrar, ya he terminado la universidad y ahora me recorreré el mundo buscándola. Me jodiste la vida mamá, lo sabes perfectamente.

 

—¿Pero a qué viene esto ahora?

—Pues que sepas que daré con ella, sé hacia donde marcharon.

 

Fernando notó cierto nerviosismo en su madre al oírle decir esto. Intuyó que su madre le ocultaba algo. Se acercó a ella y la zarandeó por lo hombros, con cuidado pero firmemente.

—Dime dónde está, ¡vamos! sé que lo sabes.

 

Su madre suspiró y fue a su cuarto, a los pocos segundos volvió con una carta en la mano. Estaba franqueada en Vigo y la había enviado Raquel a los pocos días de haberse marchado.

 

“Querido Fernando:  Siento haber tenido que hacer esto, pero algo o alguien debió hacerla mucho daño y Nieves ya no pudo soportar más, no te haces una idea de lo que esa chica ha sufrido, por mucho que intentaras imaginar no conseguirías ni acercarte a la realidad. Cualquier otra persona se hubiera suicidado. Y te aseguro que de no haber estado yo, lo hubiese hecho. Me pidió que la alejara de ti y no tuve más remedio que hacerlo si quería conservarla. La quiero como a una hermana pequeña. Pero también en cierto modo te quiero a ti por haberla amado a ella, y porque sé que eres una buena persona. No culpes a tus padres, es normal que tengan miedo. Pero es tu felicidad, no la de ellos. Y la de Nieves, y por ende la mía. Deja pasar un tiempo, pero ven a buscarnos. Estamos en...”

 

Fernando se guardó la carta y suspiró, cogió su chaqueta, la documentación y las llaves y abrió la puerta, en el umbral se detuvo sin volver la cabeza y dijo:

 

—No sé si podré perdonarte esto mamá.

 

La puerta se cerró tras él de un fuerte portazo y bajó las escaleras volando sujeto en el pasamanos. Sacó el coche del hueco a golpes contra los que le tenían bien encerrado, solo se detuvo a llenar el depósito de combustible. En menos de cinco horas entraba en la bonita ciudad de Vigo, consultó el mapa siguiendo la ruta que había marcado con rotulador en la gasolinera. Tuvo que preguntar dos veces, pero finalmente estacionó en la puerta. Al bajar del coche se quedó pensativo antes de llamar “habían pasado cinco años ¿y si...?”

 

Una voz a su espalda le sobresaltó, se giró y encontró la risueña y bondadosa mirada de Raquel.

—Ya has tardado tío. ¡Vamos, sube al coche, yo te indico!

—¿A dónde vamos?

—A darla una alegría para variar.

 

Nieves estaba en su puesto en el taller de confección donde llevaba varios años trabajando. Cuando vio venir a Raquel hacia ella frunció el ceño, una persona que no podía ver del todo bien, venía detrás de ella. Una persona que daba pasos desiguales. Sus ojos se nublaron, a través de las lágrimas veía a Fernando aumentado, venía muy serio, pero en sus ojos había algo para ella inconfundible, eran los mismos que la habían mirado muchos días durante el tiempo que fueron novios. Era su amor, de ella y para ella.

 

Nieves comenzó a reír mientras lloraba, es curioso las jugadas que te hace el cerebro cuando estás en un momento intenso, tanto de dolor como de alegría. La había venido a la mente la escena de una película y ahora la tomaría en sus brazos y saldrían de allí hacia la moto aparcada en la puerta. El problema es que Fernando no podría con ella y caerían antes de llegar a la puerta, rió con más ganas, y lloró con más intensidad, cuando el se agachó para abrazarla estaba temblando como una hoja movida por el viento. Cuando Juntaron sus labios el viento cesó; todas las máquinas pararon y se oyeron risas, palmas y golpes en las mesas.

 

Y todas las compañeras corearon: ¡Que la jefa la de el día libre! Al fondo se oyó salir una voz de una oficina: ¡La jefa se lo daa!  Fernando se levantó al oír la voz de Raquel, miró alrededor y comprendió, al pasar no se había percatado de que todas las trabajadoras tenían alguna discapacidad. Apretó la mano de Nieves y dijo a Raquel:

 

—Tendrá que darle quince días jefa, es lo que marca la ley por contraer matrimonio.

 

 

 

©Eduardo Acevedo

http://www.eduardoacevedoregidor.com

 

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