cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

8 min
Las chicas están hechas de dulce caramelo
Varios |
24.07.13
  • 5
  • 1
  • 2085
Sinopsis

Solamente dos cosas recuerdo con claridad de esa noche. La primera es que ella no paraba de ganar. La segunda es que nos besamos con las ropas empapadas. Creo que nos caímos a una fuente o algo así. Algún día volveremos a vivir ese sueño… En memoria de Mizuki…

Teníamos un juego muy parejo hasta ese momento de la noche. La primera mano la gané yo, la siguiente, Daniel y la tercera, Javier. Luego volvió a ganar Daniel, luego yo, después Javier y así de una manera muy variada, pero nunca nos aventajábamos por más de una victoria.

Ninguno de los tres advirtió su llegada, pero una mujercita nos observaba con atención. Le llamo mujercita porque definitivamente no debía tener más de dieciocho años. Debía tener dieciocho, si no, alguien muy astuto, o con muchas influencias había treteado con el casino para que le dejaran entrar, pese a tener diecisiete. ¡Es que no podía tener ni más ni menos de esas edades!

Solo estaba de pie frente a la mesa sin decir nada. Ponía ojo atento a los movimientos de las cartas y las fichas. Al principio mis amigos y yo la ignorábamos, pero después de un rato, al ver que no se iba, comenzamos a sentirnos acosados.

Después de terminar una ronda que yo gané, y como si ella percibiera nuestra incomodidad, finalmente se dignó a dirigirnos la palabra.

 

- Señores, ¿puedo unirme a su partida? —preguntó cordialmente y nos regaló una sonrisa propia de su joven inocencia. Como si de palabras mágicas se tratase, la tensión que los tres sentíamos se disipó tras escuchar su delicada y melodiosa voz.

- ¿Está segura, señorita? —dijo Javier al echarse hacia atrás en su silla y tratando de parecer un casanova. Por desgracia para él, su cara no le ayudaba. ¡El apodo de “gorila” no hacía referencia a su musculatura o fuerza física!

- ¡Segura! —respondió ella— No conozco muy bien el juego, pero al verlos a ustedes puedo notar que es muy divertido y quisiera probar suerte.

- Si no conoce bien el juego, le sugiero que no busque arriesgarse —pronunció Daniel mientras le daba una honda calada al cigarro para parecer interesante. Los tres nos sentíamos atraídos por la belleza de la joven. Yo también habría querido coquetear con ella, pero mi maldito sistema de valores y el anillo en mi dedo me condenaban.

- ¿Cómo voy a divertirme en este lugar entonces? Como dicen por ahí: “el que no arriesga no gana” —sentenció. Luego le entregó sus billetes al empleado del casino y éste se los cambió por fichas, se sentó a la mesa y comenzamos la ronda.

 

            A cada momento nos formulaba bobas preguntas como “¿esas cartas me sirven si tengo un cuatro y un siete?” Nosotros le respondíamos con sinceridad. Ahora estábamos encantados con su presencia y su jovial actitud. Pero sobre todo estábamos encantados por el hecho de poder hacer dinero fácil.

Los ganadores seguían sucediéndose casi como antes: Daniel, yo, Javier, yo, Daniel, Javier, yo… La chica había ganado apenas dos de once rondas. En una la dejamos ganar, en la otra simplemente tuvimos mala suerte y nos venció con una pareja de cincos.

 

- ¡Oh! Estás cartas son buenas. ¡De seguro ganaré! —exclamó ella con alegría infantil y apostó dos de sus últimas cuatro fichas. Nosotros, al habernos acostumbrado a su ingenuidad, ya nos hacíamos una idea de lo que podíamos esperar de sus cartas.

A la hora de mostrar las cartas, Daniel y Javier se quedaron helados al ver que la chica estaba formando una escalera que iba de dos a seis.

- ¡Oh sí! ¡Voy ganando! Veamos que tienes tú —me dijo con ridícula fanfarronería.

- Lo siento señorita, pero gano yo —y mostré mis cartas que formaban una escalera que iba de tres a siete. Daniel y Javier alabaron mi suerte. Parecía que preferían que les venciera yo a que les venciera ella.

 

            Denise, que así nos había dicho que se llamaba, se puso muy triste entonces. Incluso creo que tenía lágrimas en los ojos. Yo me sentí un poco mal por ella, pero el juego era así, y la suerte podía sonreírle a cualquiera.

 

- ¿Jugarás la próxima ronda? —le pregunté en confidencia— Sería la última para ti…

- ¡Sí, jugaré! —respondió ella en voz alta, y luego se secó las lágrimas con un pañuelo rosa— Jugaré hasta el final.

- Pues que tengas suerte.

- Gracias, espero que así sea.

 

            Después de la repartición de cartas y de que se nos mostraran las cartas de la casa, Denise se levantó de su silla y gritó como loca. Nosotros nos aterrorizamos por un segundo. Y con “nosotros” me refiero a todos en el casino, ya que no hubo nadie que no escuchara sus gritos.

 

- ¡Ahí está la apuesta! —dijo luego de poner sus últimas dos fichas en juego. Nosotros no sabíamos exactamente qué pensar. Al ver que la ronda pasada había sido capaz de formar una escalera sentimos un poco de temor. Pero en cuanto a su apuesta, nosotros podíamos pagarla y doblarla si queríamos, y así lo hicimos.

 

- ¿Entonces debo retirarme si no puedo responder su apuesta con más monedas? —quiso saber Denise.

- Puedes igualar o subir la apuesta si pones en juego algún objeto valioso —le expliqué yo.

- Entonces… ¿Esto podría bastar? —dijo al apartarse el cabello, dejando ver en sus orejas unos pendientes de oro y diamantes. Perplejo, le respondí que sí. Los puso en juego y subió la apuesta aproximadamente a cinco veces más.

 

            Daniel y Javier me miraron con enfado, pero esa sensación quedaba en segundo plano, ya que a los tres nos invadió la intriga del saber por qué esa chica podía permitirse cargar semejantes joyas. Tuvimos un mal presentimiento...

Como ninguno de los tres quería mostrar sus cartas, todos pusimos todas nuestras fichas en juego, las cuales lograban sobrepasar la apuesta de Denise por muy poco. Creímos que le presionaríamos a retirarse, pero olvidamos que ella ya había declarado que jugaría hasta el final.

Denise introdujo los dedos de una mano en su escote, y como si se tratara de un truco de magia (un truco de magia muy sexy) sacó un rollo de papel y lo arrojó sobre la pila de fichas, al tiempo que declaraba: “pago y subo”.

           

Mis amigos y yo estábamos desconcertados. Ninguno parecía tener el valor de tomar el papel y desenrollarlo. Al final lo tomé yo y lo extendí. Los otros dos corrieron detrás de mí y espiaron sobre mis hombros.

Se trataba de un título de propiedad que declaraba el 51% de las acciones del casino, y el nombre de Denise figuraba en él.

 

- ¡A ver! ¡Gánenle a eso! —exclamó ella, y rió como  si fuese una niña que nunca perdía jugando a piedra, papel o tijeras.

 

            Palidecimos. Nos era imposible superar eso, así que nos tocó mostrar las cartas, ya que Denise nos prohibió retirarnos a modo de broma, pero nos atemorizaba las consecuencias que podía causarnos el desobedecer sus órdenes.

Daniel no tenía nada, Javier tampoco. Yo tenía un as en mi mano, y con el as que estaba en la mesa formaba una pareja.

 

- Oh, qué ternura. Tienes una parejita… —se burló Denise. Luego de una pausa fue colocando una por una sus cartas sobre la mesa, y las nombraba en voz alta para enaltecerse aún más— ¡K! ¡Q! ¡J! ¡10!

 

            Y con el as de la mesa, la chica había formado una flor imperial. Los tres nos quedamos… No sé cómo llamarle… ¡Es que ni siquiera éramos capaces de pensar en nada! Denise extendió sus brazos y barrió la mesa alegremente, mientras que nosotros teníamos cara de que se nos había extraído el alma.

 

- ¡Ahora sí que me divierto! ¿Seguiremos jugando, no? —ninguno de los tres pronunció palabra alguna— Vamos, yo sé que aún tienen monedas. ¡Pónganlas en juego y sigamos divirtiéndonos!

 

            Como hipnotizados, le obedecimos sin rechistar. Era cierto que aún nos quedaban fichas, pero no eran fichas de casino, sino monedas de uno, cinco, diez y veinticinco centavos. Al verlas sobre la mesa, Denise pareció decepcionarse.

 

- Oh… Yo no tengo de esas monedas reales. Y la más baja de mis fichas, como ustedes les llaman, es de 1000. ¿Qué hacemos? —nosotros seguíamos sin poder hablar— ¡Ya sé! Solo dejen que cuente sus monedas…

 

            Luego de contarlas, tomó su pequeño bolso de mano, buscó por todas partes hasta que finalmente sacó un pequeño objeto y lo colocó sobre la mesa.

 

- Este esmalte de uñas me costó lo mismo que suman sus monedas. ¿Podemos seguir con el juego?

 

            Y así jugamos por la apuesta más ridícula en la historia: $2.75 y un esmalte de uñas casi nuevo.

Ganó Denise.

 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • 86
  • 4.13
  • 662

Me gusta mucho leer. ¿Por qué estaría aquí si no? jajaja Lastimosamente ya no tengo mucho tiempo para ello, ni para escribir tampoco. Pero bueno, hay que hacer un esfuerzo.

Tienda

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta