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6 min
Las Damas de Galería Hauser
Ciencia Ficción |
27.02.14
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Sinopsis

¿Quiénes eran en realidad, y qué hacían esas enigmáticas damas?

         El final de la tarde se mantenía caluroso. Daniel Vazquez y sus tres amigos permanecían en torno a una mesa, sobre la vereda de un café céntrico. Los cuatro charlaban aburridos y miraban el circular incesante de la gente. El grupo repetía el ritual cotidiano de las horas posteriores al trabajo diario; se dedicaban a comentar los últimos hechos de actualidad, los chismes locales, y contemplar el interminable desfile de mujeres por la permanente pasarela pública.

         También esperaban, secretamente, enganchar la hebra huidiza de alguna casualidad, algún hecho extraño que enriqueciera el devenir seriado y cotidiano, o alguna maravilla que se les detuviera junto al codo y los volviera más sabios.

         Observando el caminar contínuo de los paseantes en los momentos anteriores al crepúsculo, todos pensaban ya en pagar la cuenta e irse desencantados a sus casas.

         --¡ Ahí vienen las super-hembras de la Galería Hauser ! --anunció a último momento Jorge Repetto, señalando con ojos ávidos. Todos tendieron la mirada hacia el extremo de la calle.

         Casi a media cuadra de distancia, cinco mujeres monumentales venían cruzando por la esquina. Se acercaron moviéndose majestuosas, una veterana y cuatro más jóvenes, luciendo escuetas prendas de verano. Todas ostentaban estaturas alrededor del metro ochenta, con fuertes y esbeltos físicos atléticos.

         --Las he visto algunas veces, ¡ ...y ya tengo los ojos cuadrados ! --señaló uno de los amigos--, ¿viven en el edificio Hauser?

         --Ocupan un piso completo --contestó Repetto--; la mayor es la viuda Quint..., Lara Quint. Creo que es médica--bióloga... una investigadora en mecánica genética. Ahora la llaman ingeniería genética. El marido también lo era; dicen por ahí que se suicidó hace unos cuantos años. Las otras son sus acólitas.

         --¿Por qué acólitas? ¿Son alguna clase de sociedad... o secta? --quiso saber el otro.

         --Algunos dicen que son familiares; otros rumorean que forman un grupo de lesbianas.

         Los cuatro hombres continuaron observando.

         Moviéndose como grandes y pulidas piezas de ajedrez, ya llegaban las exuberantes féminas a la altura del café. Al frente la de mayor edad, la viuda Quint, balanceando impasible sus anchos hombros lustrosos, caderas más anchas aún y poderosos senos lapidarios. Su rostro oscuro, muy atractico, estaba cargado de intensa calidad mórbida. Una densa mata de cabello renegrido enmarcaba la cara algo ancha, de pómulos muy salientes. Su nariz era corta, enérgica y de aletas arqueadas, junto a una boca ancha, carnosa, feroz, y unos sabios ojos negros muy almendrados.

          Daniel Vazquez ya la conocía de vista desde le época de su adolescencia, cuando trabajaba de mensajero. Recordaba haberla visto entrar y salir de la lóbrega y antigua Galería Hauser, mostrando su detonante y también sombría hermosura, en caminatas y diligencias indescifrables. La "potra de novela", la llamaban sus compañeros de la oficina de correo.

          Las otras la seguían muy tranquilas, exhibiendo como la veterana iguales físicos sinuosos y contundentes.

          En el momento de pasar junto a las mesas, Jorge Repetto sonrió, saludando con una mano a la última del grupo. Ésta, una soberbia manceba de cabellera cobriza, casi detuvo su marcha, observándolo con atención.

          --Parece, Jorge, que estás en tu día favorable --comentó Vazquez.

          Jorge Repetto se levantó de golpe y dejó unas monedas sobre la mesa.                     --Muchachos, creo que tengo algo que hacer --dijo, y se alejó caminando detrás de las cinco damas.

           Vazquez observó con sorna a su amigo perdiéndose entre el gentío. --Por lo que veo Jorge anda con suerte --les dijo a los otros--, parecen ir directos hacia la Galería Hauser.

           Los días pasaron y Daniel Vazquez continuó con las ocupaciones de su trabajo. También se encontró bastante seguido con sus amigos, en las mesas del mismo café. Pero en tanto Jorge Repetto había desaparecido. Después de más de dos meses nadie sabía su paradero. Se había esfumado de su trabajo, de su alojamiento y demás sitios habituales.

           Mientras tanto, las misteriosas amazonas que moraban en el vetusto edificio Hauser, continuaban circulando casi a diario por la calle del café.

           Entre tantos de los atardeceres calurosos, Daniel se encontraba solo en una de las mesas de la vereda. Como otras veces, pudo divisar el deambular acostumbrado de las enigmáticas damas, como magníficas esculturas en animación.

           Las imponentes y esbeltas siluetas se fueron acercando, y entonces Daniel Vazquez se quedó quieto acodado en su mesa. Miraba fijamente a una de las chicas. Ésta caminaba con aplomo, exhibiendo su físico de gran estatura, con torneados hombros, enormes pechos e inmensas caderas y muslos pendulares. El rostro de la amazona, suave y de boca carnosa, era muy bello por cierto, y mostraba una llamativa particularidad.

           Daniel observó con atención el paso de las impávidas gladiadoras. Al fin se dirigió a la joven, a metro y medio de distancia, y le habló con brevedad.

           La chica se detuvo indecisa, y volvió el rostro con desconcierto y mirada vaga.

           Llegando a tal punto, la viuda Lara Quint desanduvo dos pasos y muy decidida aferró a la muchacha con mano de hierro por arriba del codo. Le hundió los dedos en el brazo en implacable y feroz tenaza, obligándola a seguir caminando a su lado como una muñeca, sumida en vacilante fascinación.

           Las palabras dichas en medio tono por Daniel Vazquez a la nueva chica, porque ahora eran seis, habían sido: --¡Jorge...!  ¡Jorge...!

                                                    .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  . 

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nacido 1943-estudio de dibujo ar tístico e historietas, retratista y ca ricaturista trashumante 2000/0l-afincado 2002- 1985 estudios de biología- escritura desde 1972.

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