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10 min
Las dos caras de una decisión
Varios |
09.06.12
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Sinopsis

¿Qué se debe hacer cuando parece que sólo se puede elegir entre lo malo?¿Si parece que las luchas son inevitables? Son cuestiones difíciles que, aunque lo parezca, este relato no se atreve a contestar.

El planeta en el que vivían era, tan sólo, un pequeño tablero cuadrado de no más de dos kilómetros de largo en cada lado. Todos ellos, unas treinta personas, vivían pacíficamente en sus pequeñas casas, viendo transcurrir los días de forma monótona: 5 horas de luz y 3 de noche, separados por una majestuosa aurora boreal de 2 horas mientras anochecía y una severa lluvia de la misma duración con el alba, el cual daba paso a otro ciclo idéntico.
Todo era normal: la gente cosechaba y criaba su comida o la compraba en el mercadillo; se relacionaba entre si, iba al teatro...
Para los aldeanos nada había perturbado su tranquilidad hasta ese momento. Ni siquiera la construcción por nadie sabía quién de unas extrañas torres de piedra en uno de los bordes de sus tierras, que destacaban por su simpleza, pues eran cilindros sin ventanas ni puertas, les había llamado la atención. Nada lo había hecho hasta que, cierto día, ese mundo se detuvo en su última fase.
Fue entonces cuando sus malos sentimientos afloraron. Tanta lluvia les llegaba a deprimir. Necesitaban buscar algún tipo de ayuda y, por fortuna, se crearon unas consultas que ofrecían terapias para sus males. La angustia de todos era tal que no les inquietó el hecho de que los doctores fueran extranjeros, por imposible que ello pudiera parecer.
Sus terapias consistían en escuchar y analizar todo aquello que les pudiese afectar, ya fueran los problemas que el clima les causase o las ligeras molestias que tuvieran hasta ese momento, por muy insignificantes que fueran, y ofrecer posibles soluciones.

Entre ellas siempre se repetía una: asistir a un nuevo espectáculo que se estrenaba en breve.
-Usted lo que necesita es distraerse. Vaya al teatro; mis compañeros y yo les vamos a ofrecer un nuevo show que le aseguro, nunca han presenciado -decían.
Llegó el momento y el edificio se abarrotó. Todos los habitantes del lugar estaban allí. Todos excepto Lupo y Dirna. Ellos habían decidido mantenerse firmes y combatir el malestar protegiendo sus cultivos. No tenían tiempo de terapias ni "shows". Sin embargo, aquel no defraudó:
 
La obra se abrió con el pequeño monólogo de un aldeano: -Yo soy uno como cualquiera. Lo único que me diferencia del resto es mi nombre: Félix. Y eso no me importa porque vivo con ellos y ellos conmigo, y no hay ningún problema...
Un tiempo después aparecieron nuevos personajes que iniciaron una inocente charla. Sus nombres, como también sucedía con el del primero eran los de los espectadores. Lejos de molestarse, ellos se animaron, incluso, a subir al escenario cuando les fueron solicitando.
Pero la charla se fue volviendo menos amistosa. Los actores empezaron a acusarse unos a otros de adulterio, mentiras, robos, traiciones...
Todo se fue volviendo cada vez más confuso; nadie sabía si lo que se decía eran verdades o mentiras pero la mayoría tenía las mismas sospechas; esas que habían transmitido a los mismos actores en sus consultas, aunque su ofuscación les hacía no darse cuenta de ello.
De nuevo, y como cierre, se ofreció otro monólogo del personaje llamado Félix: -Por fin he abierto los ojos, nadie se reirá más de mí: ¡Yo soy yo y los demás no!
La audiencia abandonó el teatro mirándose de reojo, sabiendo que todo cambiaría desde aquel momento.
Lupo y Dirna se encontraron dentro de una batalla campal: las aguas habían estado arrastrando el barro y formando paredes en los bordes del mapa, provocando, de esta forma, una gran inundación; lo que fue, a su vez, la chispa que hizo que los del pueblo se enfrentasen entre sí al ver que unos tenían sus casas en lo alto de colinas, salvándose así de los destrozos.
 
Hartos, el hombre y la mujer decidieron abandonar sus bienes echados a perder y alejarse del asentamiento.
Una vez hubieron llegado al fin de aquel mundo una voz les llamó la atención.
-¿Qué estáis haciendo? -uno de los psicólogos intentó persuadirles. -No crucéis.
"Cruzar... ¿Dónde?" pensó Dirna.
-No os conozco pero imagino lo que estáis pensando. Sabéis que yo procedo del reverso, ¿verdad?
"¿Reverso?" volvió a preguntarse.
Nosotros necesitamos esto- continuó. -Es lo justo.
Hasta estos días nuestras gentes se enfrentaban continuamente entre sí como lo hacen ahora las vuestras, pero con una diferencia: allí os triplicamos en número. Sé que queréis pasar la frontera. Si no puedo impedirlo, os pido, al menos, que observéis cómo somos en realidad.
Dicho esto los tres se subieron a uno de los montículos de barro que enmarcaban el territorio y, de un paso, cruzaron ayudados por la gravedad, que también se invertía. Bajo un cielo coloreado por la hermosa aurora boreal, numerosas calles empedradas e iluminadas con velas eran ocupadas por unos seres muy parecidos y totalmente distintos al mismo tiempo a sus animales, plantas y vecinos. Éstos tenían una expresión de resignación aliviada hacía no demasiado tiempo.
Durante unas horas Dirna recorrió el lugar junto a sus compañeros embobada de ese sentimiento melancólico, hasta que Lupo, con un toque en el hombro le sacó de su trance. -¡Mira!- Exclamó, señalando a unas bocas redondas de piedra llenas de agua.
Rápidamente los dos cayeron en la cuenta de que aquellas construcciones se correspondían con las nuevas torres que habían visto en su lado.
-Parece que todo esto es nuevo para vosotros, y ya lo veis- volvió a hablar el psicólogo. -De la misma forma que nuestras tierras forman la cara inversa del mundo, nosotros somos opuestos a los del otro lado y viceversa. Pero, al igual que vosotros, los de allí también buscamos la felicidad. El problema es que, si vivís de forma pacífica, nunca lo lograremos. Y, ¿no merecemos ese bienestar...? Pensadlo, por favor.
Habiendo dicho esto, sus invitados regresaron a sus tierras, no sin antes despedirse cordialmente.
-Menudo farsante -dijo Lupo una vez lejos. -Tienen la mala idea de colocar esas torres de forma que se llenen del agua de la lluvia para hacer contrapeso y detener el mundo justo a tiempo para que nos caiga el chaparrón, además de provocar la guerra entre nosotros y, para colmo, vienen mendigando comprensión.
-Pues yo no pienso así -replicó Dirna. -Ellos son tres veces más gente y apenas han conocido la paz. Bastaba ver sus caras para darse cuenta de su situación.
-¿Te pones de parte de quien no conoces? Es cierto que, aunque sean lo contrario buscarán la felicidad; todo el mundo lo hace ya que, aunque se persiguieran las desgracias, encontrarlas sería una satisfacción y, por tanto llevaría a la felicidad; pero, si son lo opuesto, y nosotros somos bondadosos, entonces ellos, necesariamente, tienen que tener malas intenciones: nosotros altos, ellos bajos; nosotros pocos, ellos muchos; nosotros buenos, ellos malos...
-Si fueran malos, en vez de buscar comprensión y actuar con buenos modos, nos habrían matado por la espalda. No puedes decir con tanta seguridad que los de aquí somos unos santos; si así fura, no estaríamos en guerra. Además, aunque lo fueran, no sería justa una vida llena de problemas, desde que nacen hasta que mueren.
-Como quieras. Tú intenta actuar según tus suposiciones y confía en quien quieras, que yo haré lo que tenga que hacer.
Sin decir nada más se dirigieron a lo que todavía llamaban hogar.
 
Pasado un tiempo los dos decidieron asistir a la próxima sesión en el teatro, que se seguía llenando con sus asistentes (en parte, por ser uno de los pocos lugares seguros que quedaban), y comprobar de primera mano lo que allí ocurría.
Durante el camino Lupo se mostró ausente y preocupado, no por atravesar el agua, sino por algo más serio.
-Dirna... -dijo con dificultad. -Cuando decidiste apoyarles a ellos ¿sentiste que estabas traicionando a los tuyos?
-Yo... uhm... no lo se. Supongo que, como es la única forma de hacer lo que creo que está bien, me tengo que mantener firme- respondió sorprendida, aunque con el mismo tono amable.
-Lo que está bien... -suspiró él.
La función empezó directamente como un debate agresivo donde todos: público y actores, exponían sus quejas y protestaban.
Transcurrió bastante tiempo así hasta que, de pronto, Lupo alzó una voz desganada y notablemente dubitativa, pero clara:
-No se por qué peleáis entre vosotros y no os dais cuenta de quién nos está mirando por encima del hombro... ¡Dirna! Ella es la que mandó levantar las torres del horizonte y así evitar mojarse los pies.
Tras ello todos los presentes dirigieron la mirada hacia ella que, en esos momentos, estaba pálida. Algunos de los más próximos intentaron atacarla pero, por fortuna, el propio Lupo bloqueaba el paso.
 
De la puerta del teatro salió una avalancha de gente enfurecida cruzando el agua. Se hicieron con mazas, hachas y cualquier herramienta que les pudiera servir, y marcharon hacia las edificaciones. Por primera vez desde que se habían enemistado, todos los vecinos volvían a cooperar.
Las torres se desplomaron como un castillo de naipes, y el agua de su interior fluyó y cayó a la nada por el nuevo cauce. Así lo hizo el resto, provocando con su peso que el planeta volviera a girar sobre sí mismo. Ya no había motivos para tanto malestar. La euforia del momento conseguiría que todos olvidasen sus rencillas.
Dirna, sin embargo, no se había movido del lugar y Lupo se dio cuenta de ello. Con la expresión seria pero nada maliciosa, se acercó a ella.
-Me gustaría que me entendieras... -Trató de justificarse. -O, quizás, deberías ser tu quien me diera las gracias. Piénsalo: estos días la gente te dará de lado y puede que hasta te sientas acosada, pero, si eso es así, a otras tantas personas del otro lado los tratarán como a reyes. Esa era tu intención: sacrificarse para que otros vivan mejor. Gracias a eso nunca podrás sentir una mala conciencia.
Dirna escuchó aquello dudando si él realmente creía lo que estaba diciendo.
Lo cierto era que, en lo profundo, ella también pensaba así. Sentía una confortante sensación de tranquilidad pues, si con ella se conseguía un bienestar para otros y, a su vez, eso le hacía sentirse también bien, es posible que no fueran tan distintos. Tal vez el trabajar por la paz conducía al equilibrio, y tal vez no era necesario destruir para crear, como había ocurrido con las torres o su sociedad.

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  • Es bastante interesante, al principio algo confuso pero llegue a entender lo que deseas transmitir de cierta forma, tienes algunos detalles de ortografía que debes revisar. Saludos
    La causalidad hace que siga despierta cuando normalmente ya duermo. El motivo es que todavía, a estas horas, me hallo trabajando en la nueva novela que ando escribiendo. ¿Mejor relato de la página? ESTE amigo, el tuyo, of course. Casi me llego a reconocer como en un espejo, en tu estilo. Fascinante relato, mundo propio, como los mundos de Kafka. Tienes estilo. Por ahora EL MEJOR. Con sinceridad te lo digo. Trataré de buscarte. Eres excepcional.
  • Sobre la verdadera amistad.

    ¿Qué se debe hacer cuando parece que sólo se puede elegir entre lo malo?¿Si parece que las luchas son inevitables? Son cuestiones difíciles que, aunque lo parezca, este relato no se atreve a contestar.

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