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4 min
Las estúpidas letras bailan cual bailarinas desolladas
Reales |
12.09.14
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Sinopsis

Te levantas un domingo por la mañana con una resaca de escándalo.

        El domingo por la tarde compré el periódico en una gasolinera cerca de mi casa. La resaca era bastante suculenta y no tenía nada que hacer. Estaba aburrido y apático. Tenía algún pequeño brote de ansiedad, y me daba por pensar en tiempos pasados que fueron mejores, así que tenía que ocupar los pensamientos en algo entretenido como puede ser el mundo financiero o los ataques de los musulmanes radicales a sus semejantes por discusiones religiosas y territoriales. 

      Pues eso, que me puse a leer, con mi persistente dolor de cabeza y mis ya rutinarios tembleques post-etílicos. Observé con cierta curiosidad como las letras se convertían en muñequitos. Eran una especie de dibujos animados que me sonreían y hacían bailes sensuales e incluso eróticos, siempre y cuando reparemos en que se trata de objetos inertes y endebles. Cantaban y entonaban un himno que me era medianamente conocido, pero no acertaba a descifrar el título del musical que me ofertaban con la alegría desbordante que pueden emanar los dibujitos televisivos de la era Disney. 

     Normalmente cuando estoy de resaca me bebo una cerveza o dos para equilibrar mi desorden emocional y recuperar el temple que me arrebata el grado de estrés que ofrece el sistema nervioso cuando el alcohol inunda las venas. Pero esta vez decidí no tomar nada que alterase aquella deslumbrante visión. Lo veía todo clarísimo. No había ninguna duda en que todo aquello era real como la vida misma y que los ojos me dotaban de un espectáculo digno de una película jolibudense. La letra G estaba vestida de reina, me sonreía coqueta y me invitaba a seguir aquel memorable baile. Era la que llevaba la voz cantante, la jefa protagonista de aquella estrambótica  historia de cánticos y danzas. La que dirigía el cabaret de lujuria festiva y la estrella indiscutible del cartel. La letra I era la antagonista. Borde y antipática miraba de reojo lo que pasaba con una seriedad espantosa y no carente de odio. Las demás "malas" de la película, por decirlo con jerga cinéfila, la seguían discretas, con la mirada perdida y con digna resignación. Había por ahí una L que me resultaba curiosa por su comportamiento jovial y risueño. Animaba con una energía propia de un infante sano e inocente. La L iba acompañada de otra L, así como la I llevaba a su hermana cogida de la mano. Me llamó la atención una P que me miraba seria y distante, como si estuviese enfadada conmigo. Por  no decir de la O que la precedía. Parecía que iba a sacar los guantes de boxeo y aplicarme unos cuantos derechazos a lo “Taison”. Después vino la A y empezó a silbar y llamar a todos al orden y colocar las letras en su sitio, ayudada por dos guardaespaldas en forma de LL que ya se les veía tenían muy mala leche. Todo acaba en breves minutos. Dos o tres, tal vez cuatro. Fue maravilloso. Evidentemente nadie a quién se lo he contado me ha creído. Es más, me toman por loco. No les hace ninguna gracia que me dedique a contarles este tipo de historias. Pero es la verdad. La auténtica verdad. Así que me he empeñado en contarle al mundo lo que paso aquel domingo mientras leía el periódico nada mañanero. Una G con una I i una L jugando, cantando y bailando, acompañados de otra I. Una P y una O enfadadas, con ánimo de marcarme el careto. I las dos LL delante de la marimandona A, que tan solo pensaba en poner fin a aquel maravilloso festín.

      En fin, esto es lo que me pasó un domingo por la tarde. Si no lo crees a mi me da igual. Pero si algún día te pasa no se lo cuentes a nadie, a no ser que quieras que te tomen por gilipolla. 

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