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4 min
Las líneas estaban mojadas
Fantasía |
12.09.08
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Sinopsis

Las líneas estaban mojadas. Es lo que había oído a través de la pared del baño, solitario espía sin vaso, en posición poco novelesca. Las líneas estaban mojadas. Y aquello le preocupó. Era una frase sencilla que parecía encerrar un significado más allá de su literalidad. Se sintió sobresaltado al escuchar esas cuatro palabras que tomadas de una en una y por separado, no le habrían causado mayor interés, pero que juntas y en ese orden, le golpearon a la altura del intestino grueso. A veces sucede que una palabra repetida una y otra vez, utilizada a diario, llega un momento en el que se te presenta como una desconocida, como la hija adolescente que se levanta un día por la mañana convertida en la novia del chulito del colegio, extraña en la mesa del desayuno. No le prestamos atención hasta que se nos queda mirando y entendemos que no es lo que habíamos frecuentado con la certeza del que se sabe entre amigos. Ya, no. Y así será de ahora en adelante.

Algo chocó en su cabeza, no era una sucesión lógica, pese al sujeto-verbo-predicado, la semántica convertida en un peligro. Imaginó un cable de teléfono, mejor dicho, un tendido de líneas telefónicas mojadas por la aburrida lluvia, impidiendo la transmisión eficaz de un mensaje importante. Lástima que los avances de la técnica hicieran ridícula aquella interpretación. A quién podía importar que se mojara la línea en un mundo inalámbrico, en un espacio digitalizado, pasajeros sin rumbo en un viaje estelar. No, no era eso. Luego pensó en un campo de fútbol, otra vez la aburrida lluvia de hace un rato, la blanca cal desdibujada que entorpece el señalamiento de la pena máxima, imposible que el árbitro determine si la dura entrada por detrás, fue dentro o fuera del área. Trifulca monumental cuando decide señalar el penalti en contra del equipo local que se juega la vida en aquel partido. No le suena haber escuchado nada en las noticias, quizá el partido era modesto y no trascendió la cosa. Explicación poco satisfactoria, su perturbación no podía provenir de un hecho tan prosaico. Las líneas estaban mojadas y estaba clarísimo que algo malo se derivaba de aquello. La asexuada voz lo había dicho alto y claro, seguramente para que él lo oyera y ahora fuera incapaz de terminar lo que le había llevado al baño, los pantalones a la altura de los tobillos.

Las líneas seguían mojadas y su miedo en aumento. Una carta, un libro, un texto impreso en papel que contenía una historia conmovedora, tanto como para hacer llorar al lector anónimo que con sus lágrimas descorrió la tinta. Sentimientos retroalimentados entrando por los ojos y volviendo al origen, camuflados en una solución acuosa ligeramente salada, un círculo del que no pudo escapar, una reverberación en el tiempo congelado en espiral, atravesando planos y lugares, rebotando en la maldita habitación de al lado, en el homólogo y funcional baño del vecino invisible de la puerta contigua. ¿Quién necesitaría decirlo en voz alta?, ¿Quién estaría dispuesto a oírlo?. Se le ha dormido la pierna derecha y definitivamente no ha logrado ninguno de sus dos objetivos, el que le trajo al borde de la blanca loza y el que se encontró, retumbando entre los azulejos. Ha decidido que lo mejor es acabar con aquello. Aceptar su derrota fisiológica y mental. Levantarse, bajar la tapa, subir slip y pantalón, ahorcar el botón y horadar el cinturón. Un poco de agua fresca en la cara y aquí no ha pasado nada.

Al cerrar la puerta del baño a su espalda, sintió un enorme alivio. Notó que clausuraba una dimensión desconocida y que le sería difícil volver a entrar. Lo más complicado iba a ser explicarle al vecino, intentar convencerle de que le dejara pasar a su casa, que le tenía algo que contar. Necesito ir al baño. No te preocupes, conozco el camino.
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