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16 min
Las llaves, para olvidar
Amor |
24.12.15
  • 4
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Sinopsis

Una mujer sacrifica su amor por ver triunfar a su novio...

Una corazonada le decía que en cualquier momento podía encontrarlo en la calle, en el parque, o en Fórum, lugares que él gustaba frecuentar. Aunque hacía años de no haberlo visto; meces antes lo había investigado en internet, a escondidas, y le había gustado todo lo que encontró. No cabía duda, él había cumplido sus sueños y ahora era una persona importante en el mundo. Al pensar en eso creyó que se sentiría cohibida si un día se lo encontraba, sin embargo, con el tiempo terminó por convencerse de que él no la juzgaría, ya que siempre había sido un hombre bueno.

Y su presentimiento se cumplió una tarde de sábado, cuando ella miraba el atardecer en el malecón, con su marido y su hijo, como todos los aburridos fines de semana, después de seis días de trabajo incansable y agotador. Su marido fue el que pronunció su nombre; aquel nombre que le traía muchos recuerdos, malos y buenos. Volvió el rostro y ahí estaba de pie el dueño de aquel nombre tan bien conocido. El hombre, alto y delgado, con la sonrisa en los labios se acercó a ellos; su marido se levantó de la banqueta de metal y le tendió la mano—se abrazaron y se palmearon la espalda—y segundos después Carina, tropezándose con sus propios pies, hizo lo mismo.

Era su ex novio de la preparatoria; se llamaba José, y aunque ahora ya tenía treinta años, no los aparentaba. Carina observó que seguía igual de joven y guapo, y ahora tan bien vestido y con su Rolex en una de sus muñecas; y aunque no era su esposo se alegró de que le hubiesen salido bien las cosas. Miró a Alberto y a su hijo avergonzada, y los comparó mentalmente; el primero aun vestido con la ropa de la tienda donde, a veces, cuando no se emborrachaba, trabajaba acomodando frutas y verduras, y su pequeño, que estaba sentado en su regazo moviéndose de aquí para allá, un trajecito que había comprado en un puesto callejero.

Carina notó que José miraba a su hijo y se ruborizo. Le daba pena tenerlo mal vestido y al instante apartó la mirada.

— ¡Que coincidencia! ¡Qué coincidencia! —Dijo José—. Pero me da gusto. Tantos años sin verlos.

—Te perdiste, viejo—dijo Alberto, volviendo a sentarse en la banca.

—Me parece que fue poco tiempo.

—Nomás seis condenados años, y lo peor de todo es que ni siquiera nos dijiste adiós. Y por cierto ¿A dónde te fuiste?

—A Guadalajara, y si me despedí de ti, aquella tarde que te di las llaves de Carina ¿recuerdas?

Alberto se puso colorado hasta las orejas. Miró a su esposa que también se había puesto roja, como una manzana, y tenía la mirada en el piso. Pero luego, Alberto, sonrió y dijo:

—Cómo no voy a acordarme. Ese día...nos dejaste.

—Pero por fin ha vuelto a Culiacán—dijo Carina con un suspiro apenas perceptible, sin levantar la mirada­.

José la miró a la cara y dijo que se sentía feliz de estar en la ciudad.

—Para quedarte, supongo—dijo Alberto.

—No. Sólo vine a visitar a mí hermano.

Carina no le creyó.

—Ah, lo del accidente. Me di cuenta. Fue terrible lo que le paso.

—Sí. Pero ya va mejorando—dijo José, sentándose en la banqueta de al lado.

—Es lo bueno. ¿Y qué has hecho en todo este tiempo? Aun sigues con esas mañas de escribir—agregó Alberto sonriendo.

José sacó un pequeño cuaderno del bolsillo de su pantalón y lo enseño diciendo alegremente:

—Las mañas ya no se quitan.

—Cómo te lo dije Carina—añadió su marido, viéndola de reojo—, nuestro amigo esta deschavetado, jajá.

Carina no contestó a la observación de su marido y sólo dijo que ella nunca había ido a Guadalajara y que le gustaría ir algún día. Ha de ser muy bonito—dijo después.

—Pues sí, tiene lo suyo—dijo José—. Y ya saben allá está su casa.

Carina iba agradecerle, pero justo en ese momento se acercaba el carrito de las nieves, con ese sonido semejante al que pasan en las películas de terror, y su hijo salió corriendo a encontrarlo. La gente que estaba a las orillas del río sonrió al ver como el pequeño de seis años corría, como un endemoniado, gritando: mamá la nieve, la nieve...

El carrito de las nieves se detuvo y el vendedor miró en derredor para ver al papá del niño, como para obligarlo de que tenía que comprarle su producto por hacerle perder aquellos valiosos segundos. Pero Carina que se había levantado agarró a su hijo y le dijo algo al oído, y luego le pidió disculpas al vendedor por haberlo detenido. ¡Pero mamá, la otra semana me dijiste que hoy me lo ibas a comprar!—dijo el niño.

El vendedor de nieve empezó a pedalear la bicicleta. Se marchaba.

— ¡Oiga! ¡Espere! — gritó José al vendedor, levantándose y aguardando el cuaderno en su bolsillo.

—José, no tienes que hacerlo—dijo Carina—. Se va a mal acostumbrar.

—No me voy acostumbrar—dijo el niño, muy serio.

—Hijo, ¿de cuál quieres? —Preguntó José al niño—. De vasito o de cucurucho.

— ¿Cuál es más grande? —preguntó el niño.

Alberto soltó una carcajada desde la banqueta donde seguía sentado sin moverse.

—Son iguales—contestó el vendedor.

Entonces José pidió cuatro nieves de vasito y se los dio a cada uno de sus amigos.

Aquella tarde platicaron incansablemente hasta que llegó la noche, y como José traía carro les llevó a su casa y luego se fue al hotel donde se estaba hospedando, no sin antes pasarle su número a Alberto, según dijeron para que él le hablara y así acordar cuando se reunían la próxima vez. Sin embargo José no lo hizo con esa intención, pues le dolía ver a Carina de esa manera; mal vestida, sin dinero y con la infelicidad en el rostro mostrándolo a todos lados, porque nomás verla, luego supo que era infeliz en su matrimonió. Pero ella se lo había buscado, cuando él le rogó que lo aceptara como esposo, lo rechazó como si fuera una basura. Aunque era cierto que él no tenía nada que ofrecer en aquel entonces... Pero que importa ya—se dijo a sí mismo—mientras se metía en la cama. Y, antes de dormirse, tomó la firme resolución de marcharse al día siguiente por la tarde.

Una vez en casa, Carina preparó una sopa con verduras; cenaron los tres, como siempre en silencio, y luego ella llevó a dormir a su hijo; le leyó un cuento hasta que se durmió. Y minutos más tarde entró al baño; iba a ducharse, pero Alberto abrió la puerta, que ella había cerrado con seguro, y agarrándola por la espalda trató de bajarle las bragas.

—Ahora no—dijo ella en un susurro.

—Porque no.

—Porque no quiero.

—Pero yo si—dijo él, rodeándole con un brazo la cintura y forzándola a agacharse.

— ¡Suéltame!—gritó ella a media voz—. Sino le voy a decir a tu familia lo que me hiciste.

—Siempre con eso. ¿Que no lo puedes olvidar? ¡Hazlo por nuestro hijo! Ya vivimos juntos y somos una familia.

—Nunca seremos una familia.

—Es por él ¿verdad?

Carina no contestó.

—Contéstame, carajo.

—No tengo porque hacerlo.

Alberto se cansó de hablar y salió, cerrando la puerta tras él de un portazo. Segundos después, Carina oyó pasos precipitados y como se cerraba la puerta de la casa. Él había salido a tomar con sus amigos. Era la rutina diaria.

Cuando Carina salió del baño, desnuda, todo estaba quieto, sordo, mudo como un cementerio; miró en derredor y se desplomo en llanto sobre el sofá, un llanto silencioso al ver la miseria en la que vivía. Quizás se arrepentía de lo que había hecho en el pasado. Las decisiones que había tomado le dolían. Pero pasados unos minutos se tranquilizó y tomó una resolución definitiva; lo abandonaría. ¡Había llegado la hora! No le importaba lo que pensaría la gente. Ellos no sabían nada de su vida; todo lo que había sufrido.

Entró al único cuarto que tenía la casa. Su hijo dormía tranquilo, sin preocupaciones, en un desgastado colchón en el piso. Lo miró y sus ojos cambiaron de color; lo amaba con todo su corazón y lo haría por él y para sí misma, pues quería ser feliz. Se acercó al espejo y se contempló de pies a cabeza. Era hermosa aun; a sus treinta años tenía el cuerpo de una adolescente; sus pechos estaban firmes y su cadera, en media luna, hacía una perfecta curva hasta sus brazos. ¿Será que aún me quiere? se preguntó poniéndose de espalda al espejo para verse mejor.

Y, en aquél momento se acordó de cómo él la miraba y sobre todo, cuando se ofreció a pagar la nieve que su hijo quería. Entonces algo la ilumino y entendió que por eso había regresado; deseaba llevarla a Guadalajara y formar una familia. Y por supuesto que a ella le gustaría la rutina de salir a pasear los domingos, comer helados de vainilla, mientras dan paseos por la plazuela y ven las palomas comer migajas de pan que la gente les tira. O ir al cine con los niños a ver películas infantiles y luego en la noche ver una película romántica abrazados, mientras los hijos duermen. Después, besarse, desnudarse y hacer el amor. Su fantasía la llevaba vivir todos esos momentos.

Hacía un año que había empezado a imaginar la vida a su lado; exactamente cuándo lo investigo en internet y supo que José era rico; sus novelas habían triunfado en América latina y habían vendido unos cuantos millones de copias. Y aunque no era su marido se alegraba por ello. Recordaba aquellos días en los que eran novios y hacían muchos planes; ella quería ser enfermera y él escritor. Casi lo veía aun anotando las ideas que se le ocurrían mientras iban en el autobús o cuando comía y de repente sacaba su cuaderno y anotaba algo.

Él había cumplido sus sueños, mientras ella se embarazo y tuvo que dejar la escuela. Pero no le echaba la culpa de su mala suerte, pues ella misma le pidió que se fuera, que la dejara, que la abandonara, cuando él sólo dijo: vente a vivir conmigo, sé mi esposa, y juntos triunfaremos. Pero de que vamos a vivir, había contestado ella. Buscaré un trabajo y seguiré escribiendo, ya me aceptaron un cuento en una revista digital, confía en mí. Pero ella sabía que si él buscaba un trabajo ya no podría escribir libremente tal como lo hacía ahora, luego vendrían los hijos y fracasaría y eso no podía permitirlo. Se armó de valor y le dijo que no quería irse a vivir con él y que ya estaba saliendo con alguien más, aunque fuera mentira. Pero ahora había regresado y ella estaba dispuesta a todo por vivir su amor.

A la siguiente mañana, Carina le llamó por teléfono—desde una caceta telefónica—y le dijo que tenía que verlo para decirle algo muy importante. José se negó por un momento, pero terminó aceptando encontrarse con ella a las diez en el jardín botánico. Nomás colgó el teléfono, Carina regreso a casa, corriendo, y se alistó poniéndose su mejor vestido primaveral; se plancho el pelo, se maquilló, y se perfumo todo el cuerpo para él. Hacía tiempo que no hacía eso por nadie, pues su marido no se lo merecía. Se miró al espejo y caminó de aquí para allá pavoneándose y viéndose de espaldas para ver si todo estaba en orden y sonrió.

Salió de casa; estaba nublado pero no llovía. Subió al autobús rumbo a CU, se sentía nerviosa, como una adolescente a pesar de su edad. Cuando entró al jardín botánico los latidos en su pecho incrementaron, las piernas le temblaban, y se acordó de aquellos días en que tantas veces recorrieron abrazados viendo las flores y arbolitos creciendo en sus montoncitos de tierra. Encontró a José sentado en la fuente; estaba de espaldas. Se detuvo en seco. No sabía cómo decírselo, como presentase. Sentía que era la primera vez que le hablaría, pero sabía que no era verdad; lo conocía demasiado bien y a pesar de que unas horas antes se sentía segura, dudó unos momentos, pensando en retractarse. Pero se decidió al ver que empezaba a girar la cabeza hacía donde estaba ella.

—Por poco y no te reconocía—dijo él al verla acercarse.

Carina sonrió.

—Pues soy yo—dijo ella.

—Con todo respeto, pero sigues igual de hermosa. Sólo te hacía falta una lustrada…

—Jajá. Gracias. Que te parece si damos un paseo como antes—propuso ella, con voz temblorosa.

Él asintió con la cabeza y salieron del patio donde estaba la fuente y entraron en un bosquecillo de árboles gigantescos. Contemplaron todo una vez más, como si entraran ahí por primera vez  o como si acabaran de salir de la escuela y ella propusiera pasear un rato para estar con él, en las sombras, cerquitas, para sentirlo y verlo ahí y alargar la mano y saber que no es sólo su imaginación.

Recordaron aquellos paseos de antaño, aquellas bromas de los amigos y que mucho los hicieron reír; las películas que vieron, la música romántica que cantaron. Todo les parecía hermoso. Y el tiempo se fue como la luminosidad de un relámpago en la oscuridad. Cuando José miró la hora en su Rolex ya eran la una de la tarde. No quería romper el encantó, pero a pesar de estar cómodo y sentirse bien, sabía que estaba mal. Sabía que ella ya estaba casada. No se atrevió a preguntarle como terminó casándose con su mejor amigo; pero que importa. Ella era de alguien más, y le dijo que tenía que irse. Ella que reía y se miraba tan radiante, tan hermosa, se puso triste. Él no supo que decir. Pero entonces se acordó de que ella le había llamado para decirle algo importante. Quizás necesite dinero, reflexionó. Él no tenía ningún inconveniente en dárselo. Tenía de sobra y lo daba con bondad.

—Creo que se hace tarde—dijo él, sin saber qué otra cosa decir—. Mi vuelo sale a las siete. Pero recuerdo que me llamaste para decirme algo importante.

—Si—dijo ella, agachando la mirada; era su costumbre cuando se sentía nerviosa y observada.

Permaneció así durante unos minutos. Luego recorrió en silenció unos pasos y regresó  a donde él estaba y le preguntó, con voz temblorosa, que si ya había olvidado los momentos bonitos que vivieron juntos hace unos años, porque ella jamás pudo hacerlo.

—No sé porque me dices eso—contestó José. Le sorprendía que ella le hablara de su amor, cuando todo estaba muy claro. —Lo nuestro pasó hace mucho tiempo. Además debes de respetar a tu marido—añadió.

—No puedo respetar a alguien que no me respetó—dijo ella.

—Te aprecio mucho, Carina. Pero eso es tu problema—dijo él—. Tú lo elegiste. Y por favor, no vuelvas a hablarme de eso. Yo ya olvide todo; tu rechazo y tus mentiras y…

— ¿Qué mentiras? —lo interrumpió ella.

—Decirme que me amabas y luego de la noche a la mañana decir que siempre no sentías nada…

—Lo hice por tu bien.

—Sí, cómo no—dijo, sonriendo burlón.

—Es verdad. Lo hice porque te amaba y te sigo amando—dijo ella, con los ojos empañados.

— ¡Por favor, Carina! ¡No tiene sentido que hablemos de esto! —exclamó José exasperado. Le dolía verla así, pero entendía que no podía hacer nada. Todo estaba perdido desde el momento en que ella lo rechazo y prefirió a Alberto. Además él sería incapaz de arrebatarle la mujer a su mejor amigo.

—Déjame explicarte como paso—dijo ella, con la voz quebrada por el nudo que le atenazaba la garganta

—No tienes nada que explicarme—dijo él con el orgullo herido, pues sentía que ella le había sido infiel—. Todo está muy claro. Tú eres casada y tienes un hijo. Si pretendes que me haga cargo de tu hijo, estás muy equivocada.  

Carina abrió los ojos, como platos, y se paralizo; no conocía a aquél hombre. Era otro, sin duda. Y entonces comprendió que todo lo que dijera jamás cambiaría lo que él pensaba de ella. Sin embargo quería intentarlo a pesar de saberse pérdida.

—Es mejor que me valla.

— ¡No, espera! Dijo Carina, pálida, pues sabía que si lo dejaba ir quizás jamás volvería a verlo.

—Tengo que decírtelo...No creas que te culpo. Y no creas que yo me case  con Alberto porque quise. Él me violó…las llaves que tú le diste para que me la diera…dijo, casi llorando—. Entró a la casa y me violo, me violo…y tuve que casarme con él, porque quedé embarazada…Sé que fui una tonta…

—Nunca te creí capaz de eso—dijo él, apretando los labios y moviendo negativamente la cabeza—. Alberto puede ser un borracho…pero…pero no…No sé cómo eres capaz de decir eso—volvió a repetir.

—Te juro que es la verdad—dijo ella.

—Por favor no insistas.

Y sosteniéndole la mirada, negó con la cabeza. Dio media vuelta, y empezó a alejarse.

Carina, no dijo nada ya. Lo había visto en sus ojos, y jamás olvidaría aquella mirada. Y lo dejó marcharse, viéndolo avanzar, como un robot, firme y frío hasta desaparecer entre los árboles.

Y nunca más volvieron a verse.

FIN

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