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28 min
Las luces de Hueso Viejo
Terror |
17.02.20
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Sinopsis

Dos periodistas son enviados a Hueso Viejo, un pequeño pueblo de la España profunda, para investigar un supuesto caso OVNI.

 

—El caso es que en Hueso Viejo se comen unos chuletones de vaca que son de puta madre, y sólo por eso considero que sería interesante aceptar el trabajo —dijo Borja Cedeño, llevándose a los labios la taza de café que el camarero le acababa de servir. Se quemó, maldijo lo sagrado y volvió a dejarla en el platito.  

El correo electrónico que les había enviado la cadena de televisión para la que trabajaban estaba siendo leído a través del móvil por Ricardo Velasco, su compañero de fatigas y aventuras desde hacía once años, cuando empezó a emitirse el programa que Cedeño dirigía y presentaba, Misterios desconocidos (nombre redundante que todo el equipo quiso cambiar, pero que a Cedeño, por la razón que fuese, le pareció y le seguía pareciendo perfecto). En el correo se explicaba el caso de Hueso Viejo, un pueblecito de Castilla cuyas gentes, noche tras noche, vislumbraban unas enigmáticas luces en un monte cercano al que nadie se atrevía a ir ya fuesen las dos de la tarde o las tres de la madrugada.  

—Otro caso de lucecitas en el campo, Borja. No vale la pena. Ya hemos hablado de cosas así veinte millones de veces en todos estos años. Luminarias, OVNIS... Siempre es lo mismo.  

A Ricardo le preocupaba la trayectoria que Misterios desconocidos estaba tomando desde hacía varias temporadas. Se notaba que ya no sabían de qué hablar. OVNIS, fantasmas, conspiraciones, criptozoología... Habían tocado esos temas y otros en multitud de ocasiones, llegando a parecer que algunos programas eran repetidos, cuando realmente no lo eran. A Borja Cedeño le preocupaba poco todo eso. «La gente nos sigue viendo», decía para justificar la falta de esfuerzo cuando se trataba de buscar temas nuevos y frescos. Pero Ricardo miraba algo más que la audiencia. Él buscaba, a ser posible, la calidad, la innovación, y lo de Hueso Viejo era un tópico mil veces visto. La audiencia tragaría, claro, pero el programa se hundiría varios centímetros más en la mediocridad. 

—Vamos a ver, Ricardo, baja de la nube, que no eres nuevo en esto. Por mucho que quieras, por mucho que te esfuerces, el campo que trabajamos está más limitado de lo que piensas. Extraterrestres, fantasmas, posesiones, criptozoología y conspiraciones —dijo Borja, extendiendo un dedo por cada categoría que enumeraba—, y se acabó. El mundo del misterio es eso. Casos distintos, unos más interesantes que otros, a veces menos trillados que de costumbre..., pero siempre dentro de ese círculo.   

Ricardo chasqueó la lengua, decepcionado. En realidad, su compañero y jefe tenía razón. Había que asumirlo.  

—Mira esto —dijo Ricardo con la vista fija en el móvil—. Me acaban de enviar otro correo con otro caso. Por lo visto, hay una iglesia en Antequera donde, por las noches, la talla de un Cristo murmura cosas. Podríamos ir, pasar allí una noche con grabadoras y a ver qué encontramos.  

Borja puso una mueca de espanto, como si por error se hubiese metido en la boca una cucharada de mayonesa creyendo que era yogurt.  

—Pero qué desagradable... Pasa de eso. Nos vamos a Hueso Viejo.   

Borja pagó los dos cafés y él y su compañero se marcharon de la cafetería. Nada más cruzar la puerta, Borja cogió el móvil y llamó al productor de Misterios desconocidos.  

—Hola, Iñaki. Mira, de lo de Antequera vamos a pasar, pero lo de Hueso Viejo nos mola. Ponte en contacto con el alcalde y concierta una cita para dentro de dos días.  

Al otro lado del auricular, Iñaki dijo: 

—Hueso Viejo es un pueblucho poco accesible, Borja. ¿Podrás llegar con el coche? Los caminos de allí son horrorosos.   

—Por eso no te preocupes, ya improvisaré algo. En fin, avísame cuando hayas hablado con el alcalde. 

Colgó.  

Borja y Ricardo montaron en el coche. Antes de poner en marcha el motor, Borja explicó a su compañero que el plan era llegar al lugar civilizado más cercano a Hueso Viejo, y una vez allí pagar a un vecino para que les llevase hasta la aldea. Ricardo no puso objeción alguna, aunque seguía pensando que tanto esfuerzo para un caso tan tópico era un desperdicio de energías, pero no dijo nada. Sabía que cuando a Borja se le metía algo en la cabeza, se quedaba ahí para siempre.  

Al día siguiente, Iñaki informó a Borja de que ya había hablado con el alcalde de la aldea y que la cita estaba prevista para dentro de dos días, a las diez de la mañana.   

Borja llamó a su compañero y se pusieron en camino.  

 

 

 

2

Finalmente, Borja y Ricardo consiguieron que un vendedor ambulante de fruta, verdura y conservas llamado Aurelio los llevase en su vieja furgoneta hasta Hueso Viejo. El tipo se conocía el camino a la perfección, como no podía ser de otra manera. Conducir sin amplia experiencia previa por aquellos desastrosos caminos angostos que bordeaban la montaña, sin quitamiedos que evitaran una caída mortal hacia los múltiples desfiladeros y barrancos, era garantía de no llegar al destino con vida.   

Los investigadores, rodeados de latas de atún, tabletas de chocolate, morcones y cajas de verdura, miraban por la ventanilla del asiento, preguntándose cómo era posible que el conductor no sólo no se estrellase, sino que condujera mientras silbaba con tranquilidad. A la derecha del camino se elevaba una escarpada montaña sin vegetación, y a la izquierda una caída de veinte metros hasta el cauce seco de un río. 

Tras sortear decenas de baches, precipicios y vacas, Hueso Viejo apareció en el horizonte. A ambos viajeros les dolía el trasero después de un trayecto tan agitado, de modo que se alegraron de poder apearse por fin de aquella tartana con los amortiguadores reventados y estirar las piernas.  

Aurelio los dejó en la entrada de la aldea, cobró sus treinta euros y les aseguró que al día siguiente, a esa misma hora, estaría allí para recogerlos y llevarlos de vuelta.  

Borja y Ricardo se dirigieron a la iglesia del pueblo, en cuya fachada aún podían distinguirse los daños ocasionados por los tiros durante la Guerra Civil. Una fachada vieja, triste y picada por la viruela del conflicto bélico. Junto a las escaleras del templo un señor vestido con camisa de cuadros, pantalón de pana y gorra de campo. Era el alcalde, quien recibió a los periodistas con los brazos abiertos nada más verlos aparecer por la callejuela frente a la iglesia. Borja caminaba cómodo, pero Ricardo arrastraba una pesada maleta que contenía el equipo de grabación. El suelo empedrado no era de ayuda.  

—¡Buenos días, señores! —exclamó el alcalde mientras extendía la mano a sus invitados. Una mano que, al igual que su cara, pertenecía a un hombre trabajador que había pasado más horas de las deseadas al sol, castigado por las inclemencias del tiempo en forma de calor, frío, lluvia, viento, heladas... Con la espalda encorvada durante las eternas jornadas de recolección de patatas, ajos, cebollas y demás frutos de la tierra, o pastoreando ganado en la sierra.  

—Buenos días. Yo soy Borja Cedeño, y este es mi compañero, Ricardo Tapiador. 

—Atilano Romero, alcalde de Hueso Viejo y un servidor para ustedes. ¿Tomamos café? 

Los reporteros asintieron encantados. Lo cierto era que pocas cosas les apetecía más que una buena taza de café caliente.  

Al empezar a caminar en busca de la cafetería más cercana —la única del pueblo, en realidad—, Borja reparó en una estatua construida a los pies de la escalinata de la iglesia. La figura de piedra de tamaño natural parecía tener un fin muy concreto: honrar la memoria de un monje que, según la inscripción de la base, se llamaba Eusebio Chavira.  

La cafetería a la que los tres hombres fueron a parar era el establecimiento que cualquier viajero experimentado espera encontrar en un lugar como Hueso Viejo: una cápsula del tiempo. El lugar, frecuentado por gentes de campo, parecía haberse quedado anclado en 1978. Antiguas máquinas tragaperras que acumulaban un dedo de polvo, apergaminados carteles de verbenas, un televisor de tubo que milagrosamente seguía funcionando y un camarero con amplio mostacho que, con el semblante serio y distante, atendía con aspereza a sus pocos clientes. 

—En estas tierras siempre se ha hablado de apariciones en el campo, espantos que salen por la noche y asustan de muerte a los pobres currantes que volvían a casa por esos caminos y rastrojos —aseguraba Atilano al tiempo que vertía el sobre de sacarina en su café con leche—. Y lo de las luces en el monte no es nada nuevo, lo que pasa es que hasta ahora nadie nos había prestado atención. En fin, el caso es que daño, lo que se dice daño, no hacen a nadie... Pero asustan. La gente no está tranquila, ¿saben?  

Borja asentía mientras tomaba notas en su cuaderno. Ricardo se aseguraba de que la grabadora que registraba la conversación hiciera bien su trabajo.  

—¿Y qué cree que pueden ser esas luces, Atilano? —preguntó Borja.  

—Hombre, dicen que puede ser un platillo de esos... Un OVNI. Yo creo que a los marcianos no se les ha perdido nada en estas tierras, pero a saber. No se puede saber qué busca esa gente. 

Borja apuró su café de un trago, anotó una cosa más y cerró el cuaderno de golpe.  

—Ese tipo de luminarias suelen estar relacionadas con naves extraterrestres —dijo Borja—. Lo que haremos Ricardo y yo será subir al monte esta noche. Intentaremos quedarnos allí hasta que amanezca, con la cámara preparada. Si ocurre cualquier cosa fuera de lo común, lo grabamos. No se puede hacer mucho más.  

Atilano asentía con auténtica cara de curiosidad e impresión, como un niño que acaba de descubrir los videojuegos.  

—¿Y luego, qué? —preguntó el alcalde.  

Borja y Ricardo compartieron una mirada cómplice e interrogante. ¿Qué harían después? Eso no se lo solía preguntar nadie. Borja era experto en hablar de misterios, incluso en resolverlos a veces, pero nunca ofrecía soluciones a los problemas ocasionados por esos fenómenos. Si las luces pertenecían a una nave extraterrestre, Borja Cedeño lo averiguaría, pero la nave seguiría asustando a los vecinos hasta que decidiera irse, si es que lo hacía.  

—Luego ya veremos, Atilano. Lo primero es descubrir qué está pasando.  

El afable alcalde les deseó suerte en su aventura nocturna en el monte y les indicó dónde estaba la posada del pueblo. Los periodistas dejaron allí su escaso equipaje y a continuación dedicaron la mañana a entrevistar a algunos vecinos acerca de las luces, hacer turismo por el pueblo y alrededores y, como colofón final, almorzar en la posada uno de los famosos chuletones de los que Borja había escuchado hablar. Ricardo, en cambio, no comió más que una parrillada de verduras y un par de huevos fritos.  

—No te imaginas cómo te envidio por ser vegetariano, colega —dijo Borja con sarcasmo mientras masticaba la carne.  

—Si te soy sincero, huele tan bien que me tienta... Pero no.  

—Niegas tu naturaleza. Eres omnívoro, mamón. Toma, prueba —insistió Borja acercando a la cara de Ricardo un trozo de chuletón clavado en el tenedor. Ricardo apartó la cara y siguió con sus espárragos y pimientos.  

—Eso de la naturaleza es muy relativo, Borja. Hemos hablado mil veces de esto.  

—Los cuatro dientes caninos que tienes en la boca no son relativos.  

Tras dar buena cuenta de la carne, el periodista rebañó el plato con una hogaza de pan que había salido del viejo horno pocos minutos antes.  

 

 

 

3

A las ocho de la tarde había oscurecido casi por completo. Ya sólo asomaba un trozo diminuto de sol en el horizonte, y las temperaturas, hasta entonces tibias, habían caído en picado. Además, acababa de levantarse una cortante brisa helada que no sería de ayuda cuando ambos periodistas estuviesen a la intemperie allí arriba, en el monte, solos y a oscuras.  

Borja preparó la mochila con un par de bocadillos, unos refrescos, una tableta de chocolate, dos linternas y una navaja. Suficiente para pasar la noche. 

Bien abrigados, con la mochila al hombro y sendos bastones de senderismo, los periodistas marcharon al monte. Estaban nerviosos, como siempre. Daba igual que ya cargasen cientos de casos misteriosos sobre las espaldas; siempre tenían un pellizco en el estómago y el corazón acelerado cuando tocaba volver a meterse de lleno en lo desconocido. No era una sensación desagradable; a ambos les excitaba la incertidumbre, el no saber qué encontrarían o si finalmente hallarían una respuesta lógica al misterio. Con el tiempo se habían vuelto adictos a la aventura, y aunque el destino fuese una casa abandonada en mitad de un bosque, unas catacumbas o un pueblo fantasma rebosante de psicofonías, siempre aceptaban con entusiasmo ir a investigar.  

En menos de cincuenta minutos llegaron al monte. El terreno era amable y los caminos abundantes, de ahí que el viaje fuese corto. A mitad del trayecto tuvieron que sacar las linternas, pues la oscuridad en campo abierto era ya total. Detrás de ellos, en la lejanía, las ventanas iluminadas de Hueso Viejo, todo cuanto podía verse del pueblo a esas horas. El sonido de la hierba, las ramas y sus hojas agitadas por el viento era continuo y fantasmagórico.  En aquella solitaria oscuridad, cualquier sonido resultaba inquietante. 

Ya en el monte, situados en la zona donde se contaba que las luces hacían acto de presencia, buscaron un lugar donde refugiarse del frío. Allí arriba el viento era más intenso y el frío más agresivo. Encontraron unas rocas altas que podían servir para frenar las embestidas del viento, de modo que se acomodaron allí. Una vez estuvieron entre aquellas improvisadas paredes, cenaron, charlaron sobre lo que esperaban ver esa noche y permanecieron a la espera. Iban bien ataviados con el abrigo polar, los guantes y el gorro de lana, pero aun así sentían que el viento helado calaba entre las costuras y fibras de la ropa.  

—Quitando el tema de las luces —empezó a decir Ricardo—, este lugar da repelús. He buscado en Internet, y resulta que la zona está plagada de leyendas sobre fenómenos inexplicables, espectros y seres terroríficos que sorprenden a los caminantes en mitad de la noche.  

Borja lanzó una mirada hostil a su compañero por encima del cuello del abrigo abrochado hasta la nariz.  

—No es el momento ni el lugar para hablar de esas cosas, Ricardito. ¿No hay temas más agradables para hacer la velada menos chunga?  

—Te lo digo porque, si el asunto de las luces resulta ser una chufla, podemos volver con otro reportaje debajo del brazo. Esta región es una mina de temas paranormales, igual que las Hurdes.  

Borja asintió sin hablar. Allí, recostado sobre la roca que le protegía del viento, se encendió un cigarro, dio una calada y permaneció en silencio. Y mientras pensaba en sus cosas y esperaba a que la noche ofreciese una dosis de misterio que diese sentido a la gélida excursión al monte, notó que los párpados le pesaban. Era raro, porque había dormido bien y a lo largo del día no había tomado más de dos cafés. Pero, en cualquier caso, de repente se sentía somnoliento. No dijo nada. En vez de eso, se centró en su cigarrillo, en el humo, en el sabor del tabaco y en el nimio pero agradable calor que desprendía el extremo encendido. Entonces miró a Ricardo, que se había callado, y lo encontró con la cabeza echada hacia delante, con el mentón cerca del pecho... Roncaba como un anciano que se queda dormido en el sofá mientras ve documentales.  

Esto no es normal, pensó. Y acto seguido, él también se durmió.  

 

 

 

4

La lumbre del cigarro consumido, que ya había alcanzado el filtro, quemó los dedos de Borja. Eso le sacó del sueño con brusquedad. Sacudió la mano como si a ella se hubiese agarrado una repugnante y gorda cucaracha.  

—¡Me cago en Dios! —exclamó, chupándose la leve quemadura para aliviar el dolor.   

El despotrique de Borja despertó también a Ricardo, que abrió los ojos y miró a su alrededor, confundido y desorientado. Por unos desconcertantes segundos no supo dónde estaba, pero enseguida recordó que, a su pesar, se encontraba en mitad de un monte, de noche y con frío.  

—Tío, ¿nos hemos quedado sobados? —preguntó Ricardo mientras se frotaba los ojos.  

—No entiendo nada —respondió su compañero—. Ni siquiera tenía sueño... ¿Cómo voy a quedarme dormido aquí?  

—Esto es raro. Ha sido de repente, casi como un desmayo. ¿Cuánto tiempo hemos estado así? 

Borja miró su reloj de pulsera.  

—No más de cinco minutos.  

Entonces, entre el cantar de los grillos y el crujido de la hierba mecida por el aullante viento, escucharon algo que, pese a sonar lejano, destacaba por encima del resto de sonidos con una extraña nitidez. Era una especie de letanía recitada de forma monótona y rápida en un idioma que ninguno de los dos investigadores logró descifrar. Se miraron muy serios y, con el vello de punta y el corazón acelerado, sacaron las herramientas: Borja, la linterna; Ricardo, la cámara.  

—¿Estás escuchando eso, tío? Estoy cagado de miedo... Esto no tiene nada que ver con platillos volantes —susurró Ricardo al tiempo que se incorporaba y asomaba la cabeza por encima de su refugio de piedra, oteando la oscuridad en busca del origen de esos lúgubres cánticos.  

Borja imitó a Ricardo y también se asomó.  

—Tú tranquilo, tío. No perdamos la calma. 

En la oscuridad, a unos diez metros de distancia, unas luces. La gente del pueblo no mentía. Y resultaba que los cánticos provenían de ellas, o al menos de esa zona. Los focos de luz eran ocho o nueve, ovalados, y se movían al unísono, lo cual significaba que formaban parte de una misma estructura. Una estructura alta que, debido a la oscuridad, no se podía ver. Las luces eran lo suficientemente potentes para verse desde lejos, pero no para alumbrar más allá de medio metro.  

—Tenemos que ir hasta allí —indicó Borja en voz baja pero decidida—. Yo ilumino y tú grabas... Hay que echarle huevos, tío.  

Ricardo se sentía como esos soldados americanos segundos antes de desembarcar en Normandía y ser recibidos por una letal lluvia de balas y hordas de nazis rabiosos. Pero era un profesional, y como tal se tomaba en serio su trabajo. No era la primera vez que se veía metido en una situación aterradora, como aquella vez en que ambos terminaron perdiéndose en una red secreta de túneles subterráneos cerca de Cáceres... Tres horas dando vueltas a lo loco, con la linterna en las últimas, el corazón a mil y escuchando pasos y jadeos roncos a sus espaldas que nunca supieron de dónde procedían.  

—Venga, ya tengo la cámara preparada. Cuando tú digas —indicó Ricardo.  

—Con dos cojones. Vamos.   

Los dos investigadores, agazapados como infiltrados en territorio enemigo, se acercaron muy despacio y con cuidado a las luces. Los cánticos se hacían más audibles, aunque ininteligibles.  

La oscuridad era grande, de modo que la cámara de Ricardo no grababa más que negrura y alguna rama que se estampaba contra el objetivo. Cuando estuviesen más cerca, Borja encendería la linterna y daría luz a su compañero. Por fortuna, el misterioso sonido, esa letanía triste, sí estaba siendo registrada sin problema gracias al sensible micrófono multidireccional.  

Cuando hubieron avanzado un par de metros más, Borja indicó con un codazo a Ricardo que se preparase porque ya iba a encender la linterna. Fuera lo que fuese lo que allí había, tenía que ser sorprendido sin tiempo para escapar. Al menos, no antes de ser grabado.  

Ricardo apuntó su cámara a las luces, y Borja encendió la linterna y arrojó el haz luminoso contra la supuesta nave extraterrestre.  

Pero no era una nave extraterrestre.  

Borja, con el pulso trastornado debido a la espantosa visión que tenía delante, se sirvió de la luz de la linterna para descubrir con más detalle lo que allí había aparecido.  

A simple vista, parecía un bloque rectangular de roca que flotaba. Tenía salientes y una superficie irregular, abrupta, llena de ángulos rectos, como una gran mole de granito recién extraída de la mina. Pero si se prestaba atención, era fácil darse cuenta de que aquello no era roca, sino carne gris, y que bajo la piel de ésta palpitaban gruesas arterias. En diversos puntos de aquel ser, se abrían cavidades similares a cuencas oculares o vaginas, según se mirase, y precisamente esos espacios eran los que producían luz, esa que tan nerviosa ponía a la gente de Hueso Viejo. El bloque de carne contaba con otras aberturas repartidas a lo largo de su anatomía, dotadas de dientes con apariencia humana grandes como lápidas. Esas brechas húmedas se movían y abrían y cerraban, como paladeando el aire, mascando o captando olores. Algunos de esos dientes no estaban en las múltiples bocas, sino asomando a través de la piel, abriéndose paso desde dentro a base de desgarrar la repulsiva dermis. La criatura flotaba sin moverse del sitio, igual que una gran roca en un planeta sin gravedad.  

A Borja Cedeño le resultó difícil asimilar que aquello no era una máquina de origen extraterrestre. Era algo demasiado anómalo como para ser digerido por la mente humana.  

El periodista, haciendo acopio de sangre fría y controlando el pánico que recorría todo su ser, movió la linterna para ver qué más había allí. Fue entonces cuando vio al emisor de la letanía. No era el monstruo, sino una figura humana situada frente a él. Tras toparse con algo tan insólito, a Borja y Ricardo, en cierta forma, les sosegó la presencia de algo que parecía una simple persona. Pero entonces la iluminaron, descubriendo así que no existían motivos para relajarse.  

La figura junto a la abominación era delgada, vestía una túnica negra y en absoluto daba la sensación de estar asustada ante la monstruosa presencia que tenía ante sí. Más bien todo lo contrario. A simple vista parecía que la controlaba, extendiendo hacía ella un brazo, como un domador de leones que mantiene a raya al felino con un taburete. Su rostro, barbado y anciano, pálido y sin iris en los ojos, trajo algo a la memoria de Borja: la estatua del monje junto a la iglesia. Eran idénticos, salvo por el hecho de que la estatua representaba a un hombre vivo, y lo que allí había era, sin duda, un cadáver andante o un espectro.  

Ricardo grababa cada detalle de aquel sobrecogedor y terrorífico aquelarre sin sentido, mientras trataba de dominar la respiración y mantener la calma, al menos mientras tuviese la cámara en las manos. Era un material extraordinario, demasiado valioso como para grabarlo con mal pulso.   

—¿Lo tienes? —preguntó Borja, ya sin molestarse en disimular los nervios. 

Ricardo no respondió. Estaba demasiado abstraído tras la cámara, atrapado por el fenómeno paranormal más radical e inmenso que había presenciado en todos sus años de carrera.  

—¿LO TIENES? —gritó Borja. 

Ricardo salió del trance con un pequeño sobresalto y miró a su compañero. 

—Lo tengo. Está todo grabado.  

—Pues vámonos cagando hostias. Ya, corre, no te lo pienses.  

Los dos hombres echaron a correr. En su improvisado refugio de piedras olvidaron los bastones de senderismo, la comida y la funda de la cámara que contenía una batería de repuesto, cables y otros dispositivos cuya utilidad era desconocida para Borja, pero que con seguridad eran caros. Sin embargo, allí se quedaron sin que a ninguno de los dos le importase.  

Corrían desesperados monte abajo, como una foca que siente el aliento del tiburón en la cola. El pecho les ardía, la respiración era escasa y el pulso iba a reventar sus arterías. Pero valía la pena salir de allí lo antes posible y dejar atrás semejante espanto. Incluso asumiendo el riesgo de tropezarse con una piedra en plena oscuridad, caer y rodar por el abrupto terreno hasta romperse el cuello. Y cuando lograron alejarse una distancia tranquilizadora, sin parar de correr, Ricardo, que además cargaba la cámara con el preciado material en su tarjeta de memoria, volvió la vista atrás, hacia lo alto del monte. Gracias a la mínima luz que la media luna les prestaba, pudo ver a duras penas la figura barbuda y delgada que segundos antes parecía rezar al monstruo. Observaba estática tras unos arbustos, como si quisiera asegurarse de que aquellos intrusos se marchaban antes de poder seguir con el ritual que estaba realizando en la solitaria quietud de la madrugada.  

Tras la frenética carrera, llegaron a terreno estable. Un largo y serpenteante camino rural que llevaba directo al pueblo. Aun habiendo dejado atrás el monte, cuya figura recortada se alzaba amenazadora frente al cielo nocturno, los periodistas no dejaron de caminar a paso ligero, jadeando y bien entrados en calor pese a los no más de dos grados de esa noche. Querían gritar y teorizar histéricos sobre lo que acababan de presenciar, pero disponían del aliento justo para no perder el conocimiento.  

 

 

 

5

A la mañana siguiente, después de pasar la noche en vela en la posada y revisar una y otra vez lo que habían grabado, se citaron con el alcalde Atilano en la misma cafetería de la mañana anterior. No había otra. Borja, Ricardo y Atilano, con sendos cafés y tostadas de jamón serrano, ajo y aceite de oliva, charlaron largo rato sobre lo ocurrido esa noche. Después, Ricardo cogió la cámara y, haciendo uso de la pequeña pantalla, mostró al alcalde lo que habían grabado. Por culpa de la poca iluminación, la imagen era oscura y costaba distinguir las cosas que habían aparecido en el monte, pero gracias a la luz de la linterna, en algunos momentos muy concretos del vídeo se alcanzaba a distinguir con nitidez ambas aberraciones.  

Atilano observaba con suma curiosidad e inquietud, pero su rostro cambió cuando en el vídeo apareció el anciano barbudo. Era como si aquello le causara más impresión que el mismísimo monstruo. 

—¿Qué opina, Atilano? —preguntó Borja.  

—Llámeme loco, pero ese anciano... Sé quién es. Eusebio Chavira. Habrá visto la estatua que hay frente a la iglesia, supongo.  

Borja asintió, sonriendo satisfecho. Sus sospechas se acababan de confirmar.   

—Sí, la he visto. Fue en lo primero que pensé cuando vi esta aparición en el monte —dio un trago al café y prosiguió—. ¿Qué pasó con el tal Eusebio Chavia?  

—Tenía libros... Los guardaba en un lugar secreto de la iglesia. Secreto que, por cierto, se llevó a la tumba. Mire, yo soy cristiano y para mí sólo hay un dios, pero, según cuentan, Chavira empezó a... tontear con cosas raras. En sus libros se hablaba de cómo ponerse en contacto con otros dioses. Los viejos cuentan que, en las madrugadas, que era cuando Chavira aprovechaba para estudiar esos libros, en la iglesia se escuchaban rugidos como de bestia, y de las ventanas salían fogonazos. A la gente le daba miedo pasar por allí a esas horas.  

Ricardo y Borja escuchaban con atención. Tanta, que habían perdido el apetito. Sólo querían seguir escuchando aquella rocambolesca historia que, de no ser por lo vivido esa noche, se habrían tomado a risa. 

—Cuando la Guerra Civil —continuó el alcalde—, los del bando nacional se presentaron aquí buscando esos libros por encargo directo de Franco. Después de torturarlo durante días para averiguar dónde escondía los libros, los cabrones se cansaron de que Chavira no soltara prenda. Dieron el asunto por imposible, así que lo llevaron a la puerta de la iglesia y allí mismo, delante de todo el mundo, le pegaron dos tiros en la cabeza.  

—¿Dónde está enterrado Chavira? —preguntó Borja, dispuesto a ir hasta la tumba para llevar a cabo una grabación psicofónica.   

—Chavira no está enterrado en ningún sitio, amigo. El cuerpo desapareció.   

—Se lo llevaron los soldados —supuso Ricardo.  

—No, desapareció durante el velatorio. Me lo contó mi abuelo, ¿sabe? Por lo visto, lo estaban velando y por la mañana la caja estaba vacía. Nadie vio nada... Todo el mundo dormía como un tronco. En fin, eso cuentan los viejos... Yo no me lo termino de creer, ¿sabe? Pero esos libros que leía... No eran buenos. No creo que el alma de Chavira esté con Cristo.

Borja y Ricardo se miraron, haciéndose saber sin palabras que ya estaba todo dicho, y que su trabajo en Hueso Viejo acababa de terminar.  

Los periodistas se despidieron afectuosamente de Atilano, quien les invitó a volver cuando quisieran. De la cafetería fueron directos a la entrada del pueblo, cargando el escaso equipaje, y allí esperaron a que llegase el vendedor ambulante, su particular Caronte. Era hora de volver al trabajo y comunicar al mundo lo que allí estaba ocurriendo. 

—Intento disimular, Borja, pero eso que nos ha contado Atilano me ha dejado roto. Esto no va de fantasmas, sino de algo más grande.

—Lo que saco en claro de todo esto —empezó a decir Borja, al tiempo que se encendía un cigarro y contemplaba el camino entre barrancos por el que en breve estarían circulando en la furgoneta del vendedor—, es que el espíritu de un monje chiflado ha contactado con seres malignos de otro plano dimensional. Dicho así suena raro, lo sé, pero es lo que hay.

—¿Qué se puede hacer? —Ricardo estaba preocupado de verdad. Aunque no lo dijera de forma explícita, temía que, si ignoraban aquello, una mañana amaneciesen bajo el dominio de algún dios maligno llegado de otra dimensión.

Borja tardó en responder. Le gustaba dar esa imagen de tipo pasota e inalterable, siempre con la situación controlada, pero en realidad estaba preocupado. Ojalá hubiese sido un simple platillo volante, pensaba. Dio una buena calada al cigarro, miró el extremo encendido y lo tiró. Tal vez, pensaba, lo único que podía hacerse ante un problema de semejante magnitud era mirar en otra dirección y esperar que todo se arreglase por sí solo. No hablar de ello y confiar en que al final las cosas saldrían bien. Tenía que ser así.

—Esperemos que sean cosas de viejos, Ricardo.

—No lo son. Lo hemos visto, tío. Lo hemos visto. Está grabado, joder.

—Quizá sería conveniente no enseñar esa grabación a nadie —dijo Borja con gélida calma—. Esto no ha pasado. 

Ricardo giró la cabeza muy despacio hacia su compañero. Estaba asombrado por lo que acababa de escuchar. ¿Todo aquél trabajo para nada? Borja había perdido la cabeza, pensó.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó Ricardo, tratando de no alterarse.

—Mira, por allí viene la furgoneta. Nos vamos.

 

 

 

FIN

 

 

 

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Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
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