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3 min
Las manos del emperador
Terror |
01.09.14
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Sinopsis

El ansia de poder, más allá de toda lógica

Sus respiración se detuvo, pero sus ojos parecían seguir oteando, implacables, todo su entorno. El médico se inclinó sobre los labios del difunto, luego le cerró los ojos. Aunque había hecho este gesto demasiadas veces en su vida profesional, demasiadas para un médico, pensaba siempre, ahora sentía miedo. Finalmente el tirano, el hombre que había aterrorizado a la gente sobre la que gobernaba y arrasado reinos, estaba muerto, definitivamente muerto. Sí, el emperador había fallecido. Víctima de unas fiebres extrañas, a las que ningún médico encontró explicación.

El médico observó la mano izquierda del emperador, aún agarraba con fiereza el cetro, como si se negase a soltarlo, como si quisiese seguir siendo emperador en el más allá. Emperador de los gusanos, pensó el médico. La mano derecha era como una garra curvada, tenía las uñas largas, según la moda en uso entre los nobles.

El príncipe heredero supo que a pesar de los intentos, no se había conseguido que el cadáver soltase el cetro. Entonces el príncipe pronunció su primera orden, mandó a sus sirvientes que cortasen la mano izquierda del emperador muerto, luego sonrió con desdén, y desde su trono ordenó que le cortasen las dos manos. Así, dijo a todos, será en el futuro el castigo para todos los que intenten usurpar mi poder.

La orden se cumplió y el príncipe heredero fue elevado al trono y portó el cetro.

Algunos meses más tarde, el joven emperador escuchó llamar a la puerta de su habitación. El sudor bajó por su frente, porque conocía esa llamada. El joven emperador gritó llamando a sus sirvientes, que aparecieron raudos. No había nadie tras la puerta, excepto los guardias que custodiaban su sueño, afirmaron los soldados.

Quince días más tarde, el sueño del emperador fue interrumpido por una nueva llamada a la puerta de su dormitorio. Arrojó fiero de la cama a la concubina con la que yacía y de un salto se levantó y cogió su espada. Confiaba en su guardia, pero al abrir la puerta, la espada cayó de sus manos, sus guardias no estaban y en el aire se agitaban desesperadas las manos de su padre y supo lo que buscaban.

A la mañana siguiente, el emperador fue hallado muerto junto a su cama. Le habían estrangulado. Sus manos aferraban el cetro del poder. La concubina fue condenada por este crimen, aunque ella suplicó afirmando que era inocente y que no recordaba nada de lo sucedido.

Así terminó aquella dinastía maldecida por los dioses y maldita para los hombres.

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Licenciado en Filosofía y Letras (Málaga) Ha publicado relatos cortos en varias editoriales

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