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8 min
Las mil menos una noche
Históricos |
16.02.14
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Sinopsis

Tiempo de sultanes y odaliscas. Tiempo de esclavitud, perversidad y sometimiento.

El invierno había llegado en extremo frío a aquel rincón del palacio Topkapi .
Afuera,  Estambul era blanca e inerte.
Los chopos de nieve pegaban desordenados contra los vidrios de la ventana que daba al patio interno del harén.  
Adel, el eunuco, como todas las tardes desde Noviembre avivaba el fuego que ardía en la chimenea.  Cuando las llamas cobraban fuerza continuaba sirviendo el té al grupo de saqalibas  a su cargo.
Lina, pensativa, tumbada sobre un almohadón de plumas contemplaba el frío espectáculo al otro lado de la ventana,  sorbiendo lentamente el té, haciendo oído sordo a las risotadas de su compañeras.
Bayda, la gata blanca, jugueteando con la manta, le destapó los pies y la sacó del ensimismamiento  en el que estaba embarcada.
-Bayda, Bayda que traviesa que eres. ¿Qué haré contigo mi gatita preciosa?
Lina, volvió su mirada melancólica sobre Adel, con aquella cara de niño, aunque ya no lo fuera desde hace mucho tiempo.
Siempre acompañándolas, y malcriándolas.  Tratando, en lo que fuera posible, cumplir  todos sus antojos, hasta el punto de interceder ante la Sultana Valida para pedir algo especial para ellas. Frutas y golosinas, telas de seda, hilos de oro para bordar, inciensos y esencias.
Ahora él  ya no podría interceder más por ella, la hora ya casi estaba por cumplirse.

Adel y su rostro imberbe, su piel tersa y oscura, su voz fina y aflautada.
Era su mirada lo que más la embelezaba. Aquella mirada inocente, que aún viéndolas desnudas o masajeándolas con ungüentos perfumados no reflejaban ni sombra de li vinosidad, dada  su condición de eunuco completo.
Nunca olvidaría la tarde que Adel, cubierto en llanto, le contó su vida.   
Aquel traumático recuerdo de cuando camino al mercado fue castrado por un egipcio cristiano.   
Desde aquel día, a sus cortos once años, su destino fue custodiar el Harén.

La vida de Lina, tenia muchas semejanza con la de Adel. Si bien nunca sufrió de la vejación o la tortura física a la que Adel fue expuesto, ella también fue esclava desde  pequeña. Vendida por su propio padre al palacio, no olvidaba la mirada intrigante de la Sultana Valida, examinándola con estricta rigurosidad  entre un grupo de varias niñas  para tener el privilegio de ser aceptada  en el Harén.
Sus ojos verdes, su cabello rubio y piel clara,  la pusieron en una posición ventajosa desde  el primer momento  para ser una saqaliba o mujer preferida.
Desde entonces, por casi cuatro años había vivido en Topkapi , separada de su madre (que no quería venderla) y sus hermanos menores a los que recordaba con cariño y tristeza, por que a pesar de su vida pobre y austera, ningún palacio podía ser comparado con el amor de su familia.
Desde que fue aceptada, jamás salio de las cuatro paredes del Harem.
Solamente  Adel  fue cariñoso y afectuoso con ella.   Él era el único en quien ella confiaba. Le había enseñado a sentir la música con el corazón y  recitar dulces poemas de amor, mientras observaban el cielo las noches de verano.
Con Adel se sentía segura en aquel mundo competitivo y hostil.

Odiaba las clases con la vieja concubina Sahiba impuesta por la Sultana Valida.
Siempre hablaba de lo mismo, "como complacer a su señor el Sultán".

 ¡Por Alá!, esa no era su meta en la vida,   ¡y menos tener hijos de aquel gordo tirano!. Tan solo pensar en él le repugnaba.
Éste era el motivo de la desazón de Lina. El momento de ser presentada al Sultán se acercaba. Impostergable, nadie la salvaría de ese día que tarde o temprano llegaría.
Por más que Adel la mimase y secara sus lagrimas con pañuelos de seda bordados en oro, él no podría interceder por ella en aquella situación.

El quedarse a solas con el Sultán seria su "graduación". Allí debería dar gala a todas las artes amatorias aprendidas en aquellos años. Su oportunidad de agradar al Sultán y tal vez llegar a ser un día "la esposa preferida" o al menos estar entre las primeras cuatro.
¡O por gracia de Alá !, dar a luz el hijo que fuera el siguiente Sultán.
Lo único que le agradaba de ésta fantástica idea era convertirse en la Sultana Valida, y abrir las puertas de aquella cárcel llamada harén dejando salir a todas las niñas que allí vivían contra su voluntad.

Llego el fatídico día.
Lina fue preparada para ser presentada al Sultán.
Desde temprano la llevaron al Hamman, la untaron con finas esencias, la depilaron, la pintaron, y la vistieron para aquella importante ocasión.
Estaba bellísima, sus ojos verdes realzados de negro, su cabello rubio, largo y sedoso. Su juventud y su frescura dulce e inocente como un ángel asustado.
Lina se despidió de Adel antes de marchar a la recamara del Sultán. No hubo palabras, no hacia falta; solo un abrazo. Lina seco con el dedo una lagrima que caía por la mejilla de Adel quien se quedó acurrucado en un rincón al costado del bracero.
Eran las 7 de la noche y Lina marchaba por los fríos pasillos del palacio como quien camina rumbo al cadalso.  A lo lejos se escuchaban los ruidos de las diferentes salas. Las risas de los niños de las concubinas jugando en su pabellón, los platos que juntaban  en el comedor, voces y ecos lejanos.

Todo era silencio en la recamara del Sultán.
La puerta se cerró tras ella, dejándola a solas y sin saber que hacer.
Estaba en penumbras, solamente la chispeante luz de la chimenea que emanaba un calor agradable. Se acercó al fuego frotándose las manos. No dejaba de temblar de frío y de miedo.
De pronto se sintió observada. Por atrás de ella se acercaba el Sultán, como un tigre agazapado presto a saltar sobre su presa.
No dijo nada, solamente la tomó de la muñeca con firmeza. llevándola a un rincón del dormitorio donde los almohadones de seda se distribuían elegantemente sobre la mullida alfombra frente a la ventana desde donde se veían  tenues luces sobre el mar. - Barcos - pensó Lina y soñó escapar.
Allí la tumbo y la comenzó a desvestir lentamente.
Lina no dejaba de temblar, no podía recordar las instrucciones que Sahiba le había dado.
La  vergüenza la bloqueaba, pero si se resistía seria peor, como le advirtió Sahiba.
Aquella amenaza la inmovilizaba y le retumbaba en la cabeza como un látigo.
 -Esta noche serás mía pequeña, tendrás el privilegio de que, yo, tu Sultán y Señor te  desvirgue.  Piensa en cuantas niñas de éste gran imperio otomano darían su vida por estar aquí en tu lugar para pasar una noche conmigo. - le dijo sensualmente, al oído.
Sus  pequeños senos quedaron expuestos.  Él la acariciaba mientras admiraba su belleza, luego  lenta y golosamente pasó su lengua por el cuello y sus pechos.
La repugnancia la invadió. Inmóvil, se evadió mirando por la ventana al mar, iluminado por la luna llena. Se imaginaba  sobre una barco,  de mañana, con el viento golpeando sus mejillas, como aquella vez cuando era niña, tiempo antes de llegar al harén.
Así, ella enajenada, él la penetró, jadeante y sudoroso.  El fuego de la chimenea se nubló por el llanto mudo, y sus mejillas húmedas mojaron el almohadón donde apoyaba la cabeza.
Por fin el Sultán, se movió a un costado quedando boca arriba a su lado.
-Para ser la primera vez no ha sido nada mal - exclamó el hombre.
-Tu me gustas pequeña, tienes buen futuro. Eres tersa y dócil, bella y suave como pocas.
-Tu misión es complacerme, para eso estás aquí y lo sabes.  
Ahora vístete y vete que tengo sueño y quiero dormir.
Le diré a tu maestra Sahiba que mañana por la noche  te vuelva a traer.

Lina llego al cuarto donde las otras saqalibas dormian.
Nadie la escuchó llegar, solamente Adel,  quien salió de la sombra para recibirla.
La tomó suavemente de la mano y la condujo  a la habitación contigua.
El le secó las lagrimas con besos y la abrazó frotándole la espalda.
Quiere que regrese mañana - dijo ella en un susurro ahogado- por favor, yo no quiero regresar-
- No vas a regresar, amor . Juntos nos escaparemos.
¿Cuándo te he fallado mi dulce Lina ? -

Al otro día el Sultán mandó llamar a Sahiba para que le preparasen a la pequeña de ojos claros y cabello rubio que había pasado con él la noche anterior.

Pasaron horas buscando a Lina; Adel tampoco aparecía.
Por fin se les ocurrió buscar en el cuartito pequeño al costado del dormitorio.
En el piso envueltos en un charco de sangre encontraron a Lina y  Adel abrazados.
Con una daga de plata Adel la mató y luego se mató él.
Adel y Lina al fin fueron libres, flotando en una barca sobre el mar de Marmára con el viento golpeando sus mejillas . El tan negro y ella tan blanca.


 

 

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