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6 min
Las putas también lloran
Drama |
25.12.15
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Sinopsis

A veces las personas se esconden de los demás, a veces necesitamos alguien valiente que nos de la oportunidad que nosotros mismos nos negamos.

Bunicuță. Es la única palabra que aún no se había podrido en mi cabeza. Abuelita. Hacía tiempo que llorar había dejado de hacer efecto. Ni  las lágrimas ni el agua limpiaban mi vergüenza, ni tampoco diluían el asco y la náusea. Dedos, lenguas. Caras, risas. Gemidos, olores acres y dulzones. Sólo el alcohol y las pastillas servían. Me negaba a pronunciar su nombre en aquel idioma grosero, el único recuerdo puro de mi familia, de lo único que me importaba en esta vida. Bunicuță.

Gracias a su última carta reuní valor para huir de aquella pesadilla. Tomé algo de ropa en un pequeño bolso de piel, no me dejaban poseer nada, así que me vestí con las ropas menos llamativas que encontré y metí el poco dinero que había logrado esconder a Alín, no era mucho.

No miré atrás. No quería recordarlo, ni siquiera como despedida. Bajo la luz del alba, los zumbidos y chasquidos de los neones rosas y verdes del Maravillas que dejaba atrás eran casi lo único que conocía de aquel país abrasador y lleno de hombres que sólo sabían gemir, gritar y maldecir.

Caminé por la carretera durante horas. Tuve tiempo para pensar en mi vida, viendo pasar la basura al lado de la carretera. Latas medio oxidadas, sospechosos pañuelos de papel, bolsas de patatas fritas y hasta un oso de peluche roto. Volver no era una opción. Mi madre fue quien se empeñó en que me casara con Alín, me obligaría a volver junto a él, como ella había hecho con mi padre. La familia lo es todo. Es un buen partido, me decía. Y yo también lo creía, pensando que cualquier hombre sería mejor que mi padre, pero me equivoqué. Una anónima y descolorida lata de coca cola se cruzó en mi camino. La pateé. 

Ya había acabado de amanecer cuando llegué a Arjonilla. Pese a ser Agosto yo tenía frío y los pies hechos trizas. Entré en el primer local que encontré y pedí un café. Moriría por un buen plato de bors, pero era imposible, como todo lo demás. El camarero me miró como miran los hombres. Primero con los ojos, luego con la boca. Ví mi reflejo en el espejo unos segundos antes de enterrar la mirada en el suelo y me senté en una mesa lo más alejada de la barra que pude. Aquel olor rancio, aquel bigote. No sabía, ni quería saber si eran familiares. En aquel momento, sentí que todo mi mundo se reducía a esa taza de café humeante entre mis manos. Toda mi vida, se enfriaba, sin remedio. Me negué el azúcar. No quería oler, escuchar o sentir. Sólo quería que el mundo entero dejara de existir y mi abuela me echara el chal por la espalda mientras me susurraba palabras bonitas al oído. Sentir el murmullo de los jilgueros y el olor del Danubio, revivir aquellos estúpidos sueños acerca de ser modelo. Si cerraba los ojos y me concentraba todo aquello volvía a mí. Sin darme cuenta, una lágrima cayó al café. Y luego otra, en un lento fluir. Temblaba.

- ¿Estás bien?- preguntó una voz a mi espalda. La ignoré.

- No quiero molestarte, pero me parece que necesitas ayuda-, insistió. Era una voz joven, con un fuerte y singular acento. No era andaluz, eso seguro. Odiaba a los andaluces. Aclaré mis ojos de lágrimas. Me observaba. Era un chico alto, joven, con barba de varios días. Tenía un aro metálico en la oreja y una pequeña melena asomaba entre los hombros. Unos ojos grises me observaban con curiosidad..

- Gracias. Estoy bien- dije sin más. 

- No lo parece- se sentó sin preguntar. Sonrió.

- Te vas a meter en problemas- advertí. Eso le hizo dudar unos instantes, pero volvió a sonreír.

- Siempre que veo una chica en apuros me ocurre, no te preocupes-, no dejó de mirarme a los ojos mientras lo decía con una sonrisa estúpida. Estrujé el papel del azucarillo entre mis dedos hasta que el azúcar cayó sobre la mesa. Le clavé mi mirada, esa mirada que sabía que paralizaba a los hombres. Lo hice sin pensar.

- Joder, me vas a dejar muerto en el sitio si me sigues mirando así-, me dijo con un acento muy gracioso. Se me escapó una risa. Nunca había oído hablar así a un español.

- Vaya sonrisa. Sí señor-, me dijo. Estaba sentado a horcajadas sobre la silla. Me miraba de una forma diferente. Hacía tiempo que no me habían mirado así antes, sin ansia, sin prisa. Aún así, no me gustaba que me dijera aquello. Sabía lo que quería. Lo de siempre.

- No te molesto más, no quiero que pienses que soy un pesado. Por lo menos te he hecho sonreír-, se levantó y sin más, se fue de mi vista. No me dio tiempo a decir nada. El café ya estaba frío, pero mis manos ya no temblaban. 

 

El autobús a Jaén no pasaba aquel día por ahí, así que tuve que volver a caminar por la carretera hacia Arjona esperando tener mejor suerte. El camarero disfrutó viéndome salir del bar, y yo dejándole de ver. Primero Jaén, luego no sabía.  

El sol empezaba a ser desagradable, y los vaqueros demasiado apretados. Odiaba aquellos zapatos, aunque no tuvieran tacón. Los coches empezaron a pasar a mi lado. Sólo eran cuatro kilómetros, y la perspectiva de subirme a uno de ellos me aterraba. Quizás Alín se habría dado cuenta de mi marcha y había empezado a buscarme, pensé. No podría llegar muy lejos con aquellos zapatos y con los ciento ochenta euros que llevaba bajo las bragas. Si siquiera aquellas bragas eran mías. Eran de Alín, como yo. 

Un coche frenó y se puso a mi lado. Pensé en Alín, pero aquel no era su Audi. Era un coche mucho más pequeño. El chico del bar se asomó con una sonrisa por la ventanilla.

- ¿Subes o qué?

Miré alrededor. No había audis, pero los habría. Entré. Había una mochila medio abierta en el asiento del copiloto. La puse en los asientos de atrás, y sin poder evitarlo, fisgué un poco con la mirada en su interior: una preciosa y enorme cámara de fotos, con varios objetivos colocados en fundas. 

- ¿Eres fotógrafo?- le pregunté por primera vez.

Unai, era de San Sebastián, y uno de los mejores fotógrafos de España. Gracias a él, a aquel café, y aquel día, ganó el Pulitzer, con una fotografía titulada “Las putas también lloran”. Y sólo fue la primera de mi carrera, lejos de Alín.

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Otros relatos del autor
  • Gracias Fenix por leer y comentar :)
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  • A veces las personas se esconden de los demás, a veces necesitamos alguien valiente que nos de la oportunidad que nosotros mismos nos negamos.

    Hay que ser muy fuerte para vivir, pero más aun para morir.

    A veces el amor no siempre va en la dirección que uno espera. Cuento corto que narra una historia que no tiene por qué ser cierta ni todo lo contrario. Mi primera aportacion en tusrelatos.com :-)

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