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5 min
Las tardes de invierno
Drama |
09.01.20
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Sinopsis

la lectura, la poesía y el ideal

Era lindo en las tardes de invierno, cobijarse en la cocina tomando la merienda, mientras lentamente oscurecía. La luz del día se iba apagando y la de la cocina crecía, aunque la lamparita fuera de unos pocos vatios. Allí dentro —en la cocina— nos sentíamos protegidos, a salvo de cualquier peligro conocido o desconocido.

La puerta de la cocina tenía la parte superior vidriada, estaba pintada de verde oscuro y a través de los vidrios se podía ver la galería que era similar a una recova. Los días de lluvia también eran lindos, desde allí se observaba como el agua caía y también  esperar la oscuridad invernal que romantizaba todo.  Leer un libro (allí en esa cocina yo había aprendido a leer) era una fiesta, muchas veces me entumecía leyendo porque el entusiasmo era tanto, que se hacía dificultoso abandonar la lectura. Yo ignoraba que autores leía, pero sentía un gran agradecimiento de que existieran personas que volcaran en páginas y páginas, ideas, historias, saberes. Comprar un libro una revista era un acontecimiento alegre y feliz y más feliz era sentarme en la cocina o en el piso de la galería y leer hasta que los ojos dolieran. 

Un día escribí un poema, no recuerdo ni una palabra, pero sí que se trataba de algo existencial, algo que impactaba a un adolescente como era yo en ese momento, estaba emocionado con el poema (eso lo recuerdo) sin embargo lo rompí y tiré luego de mostrárselo a unos amigos que no demostraron ningún interés. Estos no son tiempos de poesías— me dijeron–  son tiempos de cambiar las cosas, de compromiso tiempos de revolución. Estoy seguro de que me sentí avergonzado de mi pobrísimo poema. Y les debo haber preguntado que habría que hacer, que era lo correcto  para esos momentos. El mundo es injusto, la sociedad es injusta, la gente es explotada y dominada, violentada. Que pensás de eso. Me preguntaron. Seguramente que debo haber respondido que me parecía horrible y muy triste; indudablemente todo debería ser modificado. Cuando quedé solo reflexioné sobre la conversación. Ciertamente era necesario hacer algo.

Los días de invierno seguían siendo apreciados para sentirse cobijados en la tibieza de la cocina con su  iluminación escasa y la oscuridad llegando desde afuera; sin embargo a pesar de la quietud y el silencio  la sensación no era ya de una completa seguridad. En las calles se oían las sirenas y se presentía el peligro que representaban las patrullas permanentes, ahora en lugar de un libro, yo portaba un revólver  que no me transmitía ninguna seguridad, pero igual lo llevaba como un último recurso ante algún evento, que cada vez era más factible.  Estaba solo y no comprendía aun mi actitud temeraria, seguía allí en la cocina cuya única protección era la oscuridad.  Rememoré algunas situaciones. Como aquella que sucedió una noche en la que fuimos atacados a tiros desde un coche, o aquella otra en la que nos pusieron una bomba en la puerta del local. Decidimos armarnos; aparentemente cambiar algo no era tan sencillo y claro las buenas intenciones a veces se mezclan con cosas que no son ideales, las consecuencias pueden ser indeseadas. El revólver me molestaba, lo apoyé en la mesada y comencé a preparar la merienda, por un momento me olvidé de todo o más bien le quité dramatismo, era muy difícil olvidar que habían matado al “chino” y que José Luis no aparecía, al igual que otros muchos de los que no conocía el nombre o el apodo.  Traté de alejar esos pensamientos. Allí en la cocina lo único válido eran los libros, la tibieza, la luz tenue.

Desde el 24 de marzo, todo empeoraba, ya no era solo algún  contrincante político que podría atacar, ahora eran fieras que rabiosas buscaban venganza y muerte. Que decirle a los que me buscan para suprimirme. Que queríamos un mundo mejor, pero ¿qué es un mundo mejor? Bueno para cada cual un mundo mejor debe ser el que pergeñó su cabeza.  No estaba seguro si calentar un poco de leche y tostar pan, o simplemente tomar unos mates amargos.  Permanecía en la cocina como si fuera una mágica protección. Me decidí por el mate, calenté el agua, y llené el mate con una yerba vieja y con olor a humedad. Tomé el primero y me pareció que no estaba tan mal, fui a la biblioteca —lo mejor sería leer– encontré “Por quién doblan las Campanas”  de Hemingway, me pareció apropiado, volví a la cocina,  me cebé un mate, abrí el libro. En ese momento tiraron la puerta abajo.

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Soy psicólogo social y docente en actividad. Me jubilé en una empresa de energía, después de 42 años tengo 67 años

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