cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

12 min
Las tumbas de Yucucuy
Amor |
31.05.13
  • 4
  • 12
  • 4114
Sinopsis

Un tesoro desgraciado, vale el oxímoron. Lo que sucedió a los cien ladrones del Emperador Carlos.

En el mes de octubre del año de nuestro señor de 1527, después de recibir la bendición del obispo y las recomendaciones de su amigo y protector don Alonso de Estrada, flamante gobernador de la Nueva España, el capitán Figueroa, al frente de cien soldados recién venidos de Castilla salía de la ciudad de México hacia el territorio sureño de Oaxaca con la misión de someter a los belicosos zapotecas, que se rebelaban contra nuestro Rey el Emperador Carlos resguardados en sus aldeas empalizadas junto a los volcanes de la sierra.

Esta era la primera misión de conquista que disponía el nuevo gobernador, henchido de confianza después de que su caudillaje tras la muerte de su antecesor don Marcos de Aguilar acababa de ser ratificado por el Consejo de Indias; su privilegiada posición le infundió valor para atreverse, ahora sí, a ordenar el destierro de México de su más temible rival, don Hernán Cortés, que hubo de retirarse a sus casas en Coyoacán.

La expedición a la provincia costera del mar Pacífico pronto se tornó arriesgada, dificultosa y agotadora, la temporada de lluvias arreciaba aquel otoño, los caminos se embarraron y el fango impedía la marcha, los ríos se desbordaron y desbarataron puentes y los angostos pasos de montaña se mostraron gélidos y nevados. Ya al otro lado de la sierra, en la selva que se extiende sobre el límite septentrional se produjo el único encontronazo con los zapotecas; Figueroa, ansioso por exhibir su fortaleza ante los indios encaró exaltado el lance pero los españoles, recién llegados de Castilla, desconocían la bravura de los americanos y el modo que había de acometerles para rendirles (de lo que eran maestros los legendarios veteranos de Hernán Cortés). Bastó una seca arremetida para huir en espantada, Figueroa quedó afrentado al desvelarse su bisoñez, y para todos el recuerdo compartido del vello rielando al paso desconcertado de la muerte.   

Llegados a Oaxaca lo primero que hizo fue llamar a su presencia al capitán Alonso de Herrera, que había sido enviado por el antecesor de Estrada a pacificar la provincia al mando de treinta soldados, pero no tuvo a bien plegarse a la autoridad de Figueroa; el debate derivó en riña, se rajaron y Figueroa quedó con un brazo tullido; Alonso de Herrera se retiró a sus cuarteles donde no le importunaron más.

Manco, con los soldados aturdidos por el miedo y recelosos de su capitán que no les supo mandar en la guerra ni luego mostrarles la manera de conquistar aquellas tierras, el que por su parte se sentía desengañado y negado por la fortuna, y con los zapotecas aguardándoles sobre colosales quebradas, Figueroa se representaba la misión encomendada como el camino más corto y estúpido hacia la muerte de todos, y el mero anuncio de acometerla como la campanada que llama al motín y a su propio final a manos de sus huestes.

Así que decidió traicionar al emperador. Convocó a la compañía y anunció a sus soldados que no hostigarían a los indios, y como no podían volver a México sin ser colgados por traidores, para comprar su perdón emprenderían un recorrido por el territorio en busca de tumbas de caciques zapotecas para desenterrarlas y hacerse con las joyas de oro con las que tenían la costumbre de adornar los cadáveres de sus principales, como habían atestiguado otros españoles en diversos lugares de Nueva España.

Desde la ciudad de Oaxaca el capitán Figueroa puede contemplar la mole de un monte que se yergue en la confluencia de tres grandes valles (Etla, Zimatán y Tlacolula) que había sido desmochado y aplanado y sus laderas escalonadas en terrazas. Los lugareños lo señalan como el lugar donde estuvo la ciudad de Yucucuy, el centro político, militar y religioso del antiguo estado zapoteca que desapareció hace cientos de años con la venida de los mixtecas. Tras el colapso Yucucuy no volvió a ser habitada, la selva recuperó su ámbito y extendió un exuberante manto verde que se tragó los palacios y las pirámides, cuyos vestigios semejaban pecios hundidos; los ahuehuetes bambolean sus copas majestuosas en la plataforma superior, los fantasmas transitan las cámaras subterráneas que aprisionan la atmósfera podrida que respiraron los señores de Zapote, los lugareños ocasionalmente se acercan a seleccionar piedras labradas para levantar sus humildes cabañas.

Los desenterradores iniciaron la excavación con entusiasmo y sin criterio, trataban de localizar el cementerio de los caciques; pronto descubrieron los primeros enterramientos, sin objetos de valor, en los sótanos de las casas de vecinos corrientes, lo que llevó a Figueroa a deducir que había que exhumar los sótanos construidos bajo las habitaciones principales de los palacios, donde habrián de estar enterrados sus moradores.  

Figueroa acertó; tras semanas de trabajo los desenterradores despejaron de maleza y escombros los suelos enlosados de los salones principales de palacios y templos, levantaron las pesadas piedras rectangulares y pronto despejaron la angostura por donde se accedía al sótano, a la sala funeraria, un espacio rectangular con adornos estucados en los muros y hornacinas cuadradas donde estaban depositadas las urnas de cerámica con los huesos triturados de cada difunto. En el suelo se apilaban desparramados y en montones como cajas de carro piedras preciosas, joyas, pendientes, diademas, dijes, petos, aros, figuritas, máscaras, tocados, brazaletes, láminas de pan de oro, todas relumbrando de amarillo espeso. Desenterraron decenas de salas funerarias con centenares de urnas.

Sin que se convocaran asambleas, de alguna manera concertaron inutilizar las ballestas y los arcabuces, conservando cada cual solo su daga, y así el que se propusiera matar a otro debería arrostrarle con igualdad de armas (no hay indio ni jaguar peor que un desenterrador), beneficiando los muertos por igual a todos los desenterradores supervivientes, sin premio ni comisión para el matador; se dispuso que todo el oro rescatado se fundiera para fabricar eslabones encadenados que luego se arrojaban a un pozo seco y hondo construido en la planicie superior que hacía de cofre; se determinaron partes iguales para todos; se provisionó el apartamiento de una cantidad indeterminada para la compra del regalo del gobernador, el pago de la traición.

Los contusionados, los rotos, los enfermos, habitualmente amanecían muertos aunque su mal no lo justificase. Pero un día, antes del alba, una docena de hombres confabulados, acaso desenterradores, se abalanzó con extremada violencia sobre los demás compañeros que todavía dormían para apuñalarlos y degollarlos; en el griterío que se desató nadie sabía quién ofendía, se abrían las carnes, se sajaban los cuellos, se destazaban los miembros, entre todos, los unos a los otros en horrible confusión; la sangre tiñó los canales de rojo. Murieron cincuenta desenterradores, no hubo heridos. Entonces se transformaron en animales aterrorizados que al olor del espanto se agredían sin motivo, sin aviso, a deguello, y caminaban como ánimas aullantes y enloquecidas. Treinta días después sobrevivían trece desenterradores, hacía treinta días que no acudían a los enterramientos, que dejaron de ser humanos.

A finales del verano de 1528 llegó hasta Yucucuy una prueba de la misericordia divina, un correo de México con un mensaje del gobernador don Alonso de Estrada para el capitán Figueroa; le apremiaba para que dejara lo que estuviera haciendo en Oaxaca (lo ignoraba porque no le había informado durante todo el año transcurrido) y regresara luego luego a la capital si quería que él le favoreciera, porque el próximo mes de diciembre cesaría en su cargo para ser sustituido en la gobernación por la nueva Real Audiencia de Nueva España y no sabía a quién nombrarían Presidente, así lo había dispuesto nuestro rey El Emperador. Figueroa se reivindicó lleno de gozo, reclamó a los supervivientes que dejaran de matarse y volvieran a su ser, que comprendieran que esta era la ocasión de regresar a Nueva España y a Castilla vivos y ricos.

El sol de la primera hora de la tarde caía pesadamente sobre Yucucuy, la brisa se aquietaba y las fieras del bosque descansaban, el mastín que desde el primer día siguió a los soldados expedicionarios dormitaba bajo la sombra generosa de un ahuehuete, nadie le había notado, fiel a pesar de lo pasado.

Dios se compadeció; los desenterradores se reconocieron, se abrazaron, lloraron. Sacaron el oro depositadn en el fondo del pozo, había algo más de cinco mil pesos de oro y piedras preciosas, lo que pesan dos hombres harto gruesos, un tesoro de valor incalculable. Se dispusieron a abandonar Yucucuy, para volver cada cual a México, a Veracruz, a Guatemala, a Castilla.

-Cuéntamelo de nuevo, como la primera vez, tú sabes –Herminia se recostaba sobre Juan, quejicosa le hacía cucamonas y arrumacos, y daba pasadas con su mano sobre los pliegues de la entrepierna de él, limpiándole de migas–, tú me dijiste que…

-Mi amiga Herminia adorada –Juan la besaba después de cada palabra, en la oreja, en la ceja, en el ojo, en la nariz -yo te dije que aquella noche me detuvo la justicia de la Real Audiencia de don Nuño de Guzmán, que Dios guarde, junto con otros compañeros de fatigas, que nos llevaban a encerrar a los calabozos que están en el sótano de la casa del Gobernador pero que en un momento de confusión me escabullí acurrucándome en un rincón oscuro, que me disfracé con un jubón y un delantal que encontré y haciéndome pasar por una sirvienta alcancé un portillo y huí a la calle.

 –Sí pero…- una miga resiste trabada por un hilo que cuelga de la bragueta del calzón.

 –Amada mía el collar lo hundí dentro de una tinaja de aceite de las que allí tiene aparejadas el despensero, y todavía no ha nacido uno al que se le rompa una tinaja rebosante de aceite de Andalucía – con sus dedos peina la melena de Herminia, y con los suyos toquetea las bolas de Juan.

-Pero, ¿por qué?, ¿y ahora qué?

-Porque con una gruesa cadena de oro al cuello no me dejarían correr una pieza, y de que pase un tiempo prudencial me presentaré como alfarero que se ofrece a reparar alguna tinaja rota para que me franqueen la entrada a la despensa y rescate el oro, pero tengo que esperar a que el gobernador se ausente de la ciudad durante unos días. Y cuando retorne el oro te lo daré a ti, mi ángel, porque mi vida es tu felicidad, porque nada quiero sin tus besos- la aprieta con fuerza contra él como si la quisiera vaciar. 

-Ya… - mientras Juan la monta ella fantasea adornándose con dijes y diademas doradas, las sábanas tan blancas y el sol cálido que traspasa la ventana entreabierta.

-Sin embargo no estoy en paz -ahora ella es la que cabalga –quiero creerte, pero mi corazón palpita inquieto porque, Juan, a aquellos caballeros que bebían pulque en la taberna la noche pasada les dijiste que derrochaste tu parte del tesoro en pocos días, salvo una mitad que te robaron, que no te arrepentías de lo primero y que buscabas al ladrón de la segunda; y a esotras señoras tan elegantes las referiste, a la salida de la iglesia de San Sebastián de Atzacualco -se incorpora, toma un vaso de vino de la mesa y se acerca a la palangana -, que no hubo tal tesoro sino horror y asesinatos sin cuento en Yucucuy, porque por causa del reparto os matabais entre vosotros, y que el oro que habíais encontrado quedó en el fondo de un pozo muy hondo donde no se puede entrar ni salir si no se acrece, y que el capitán Figueroa murió ahogado en el naufragio de la nao que le devolvía a Castilla, a escasas millas del puerto de Veracruz, pero que iba pobre y aún endeudado frente a su amigo Alonso de Estrada; y en el mercado de Culhuacán le contaste al personal que el anterior gobernador don Alonso de Estrada os engañó a los que regresasteis, os quitó todo el oro y luego os amenazó, apresó y os mató todo lo que pudo; y aún más, Juan, en el embarcadero del lago de Texcoco relataste a los barqueros y a los salitreros que te rodeaban atentos que, aunque la mayoría de los ladrones -porque tal erais- dejaron la vida en las ruinas de Yucucuy, algunos pocos sí habéis conseguido volver a México trayendo consigo el oro que pudisteis conservar, que tú eras uno de ellos pero te robaron en la ciudad de Veracruz cuando pretendías un pasaje para marchar a Cádiz.

-Juan, ¿me engañas?

-Pues ahora te digo, ladrona de mi corazón, que mi espíritu flamea de gozo cuando veo cómo te agencias los monederos de los bolsos y entretienes las faltriqueras de la almas cándidas que curiosas se aprietan para escuchar mis historias, con lo que el acabose de ellas se me nubla y emborrona por el gusto de admirarte, y como una herida de luz tornasolada nunca doy con el mismo remate, y así puede ser que lo que un dia acabó en fas al siguiente rematé en nefas.

Herminia se apechugó ante Juan, con sus manos le cercó la cara de los ojos y narices, y mirándole fijamente la estrechaba y arrugaba con energía encendiéndole los colores; Juan la cogió de las muñecas tratando de zafarse pero ella no cedía –¡mientes, canalla!.

Este cuento está inspirado en sucesos que Bernal Díaz del Castillo refiere en el capítulo ciento noventa y cuatro de su “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”.

© Todos los derechos del autor.

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Errare humanum est, stultum perseverare. Vuelvo para rectificar lo de que un imperfecto no combina con un presente histórico. Partía de la idea de que el imperfecto es el tiempo que presenta acción continuada en pasado sobre la que cae una acción puntual en perfecto (“Mientras comíamos, sonó el timbre”). Me quedé luego dudando de lo que dije, pensando ejemplos y contraejemplos, hasta que caí en que un autor que se distingue por el uso del presente histórico, César, lo combina con imperfecto en uno de los pasajes más conocidos de la Guerra de las Galias, el que dice “pontem qui ERAT ad Genuam IUBET rescindi” (VII,2); o sea: “MANDA que sea destruido el puente que ESTABA junto a Ginebra”.
    (Sigo) No sé tampoco si a base de alternar el pretérito con el presente histórico acaba por caerse en frases dudosamente gramaticales: "Los desenterradores iniciamos la excavación... y... tratábamos...; pronto se descubren". Si "iniciamos" es presente como su yuxtapuesto "se descubren", no tolera que se le proyecte un imperfecto. Ejemplo claro: "?Llueve mientras jugábamos a fútbol".
    Sé que este autor sabe hacerlo muchísimo mejor. O quizá sea una cierta manía mía para con los relatos históricos: el caso es que llevo bastante mal que en una narración en primera persona del siglo XVI se diga: "ciento cuarenta kilos de oro". Además, es muy fácil: si nos estamos inspirando en el cap. CXCIV de Bernal Díaz, basta copiar lo que dice allí: "sacó dellas sobre cinco mill pesos de oro" (leído en papel, porsu). Tampoco entiendo bien por qué el narrador en 1ª pers. se incorpora a mitad del relato.
    Ha sido todo un placer leer este magnífico relato de un capítulo de la historia de los conquistadores de América en ese pueblo con nombre palíndromo. Una historia que me ha recordado la horrenda vivencia de los náufragos de Océano Mar de Baricco aunque esta vez presidida por la increíble ambición humana. De nuevo, y no será la última vez, seguro, mi enhorabuena.
    Que grata sorpresa, un relato histórico, con lo que me gustan, y que bien redactado, me ha dado mucho gusto leerlo, realmente es excelente. La prosa es ágil, el tema más que interesante, y muy bien llevado. Un lujo de relato.
    Entretiene al mismo tiempo que instruye, así que poco más se le puede pedir, salvo que el autor diga lo contrario.- El relato histórico siempre tiene un plus de dificultad añadido; a mi entender, lo llevas bien.- Un saludo
    Bueno, bueno. Aqui en medio de la noche, antes de que me cubra definitivamente de sueño, me reanimo al encontrar esta perla. Bárbara. Me ha encantado la historia, con ese tono irónico que la sobrevuela, sus expresiones deslumbrantes, el vivo tono general, permanentemente motivado, la prosa clara y suelta que en algunos momentos hace sentir escalofríos. En fin, que me ha parecido sencillamente excelente. Y no puedo sino darte mi más sincera enhorabuena, amigo. Un saludo.
    Magnífico relato. Prosa histórica y de alta calidad. No me queda más que felicitarte. Enhorabuena. saludos
    Una gozada de relato, disfruté con la historia del viejo soldado. Que tiempos aquellos, en los que todo estaba por descubrir, aun con lo duros que tuvieron que ser.
    Sí, esto es literatura. Enhorabuena.
  • Son animales de otro mundo.

    Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta. CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS (Bestiario, 1951); Julio Cortázar.

    Es cierto, no me hago caso, pero el relato me salió solo, yo ahora me desconecto hasta la próxima semana y no sabía qué hacer con él (en fin, excusatio non petita...). Después del primero (stavros) y el segundo (zenon), aquí os ofrezco el tercer capítulo de la serie. Un saludo cordial.

    ¡Aquí te traigo el hijo de una noche idumea!/ Desplumada, con su ala que sangra y que negrea/ en los cristales, de oro y aromas abrasados,/ en los tristes aún, ¡ay!, vidrios empañados,/ cayó, sobre la lámpara angélica, la aurora./ Cuando de la reliquia se ha hecho portadora/ para el padre que adversas sonrisas ha ensayado,/ la soledad azul y estéril ha temblado./ ¡Ay, acoge la cuna, con tu hija y la inocencia/ de vuestros pies helados, una horrible nacencia!/ ¿Con tu voz clavicordios y viola imitarás,/ y con marchita mano el seno apretarás/ donde la mujer se ha hecho sibilina blancura/ para labios que de aire azul quieren hartura?/ DON DEL POEMA; Stéphane Mallarmé.

    “Código de error” es una expresión del ámbito de la informática. Aparece en los lenguajes de programación más populares cuando surge un fallo de hardware, software, o una entrada de datos incorrecta del usuario, que pueden dar lugar al colapso del sistema. Habitualmente se manifiesta sobre una pantalla de color azul o negro, en la que tras un texto de cifras y letras se descubre la expresión “CÓDIGO DE ERROR” (o “STOP”), seguido de letras mayúsculas, guiones y números, que son las que se corresponden con el concreto mensaje de error en una aplicación específica; aunque no suelen identificar exactamente el fallo en cada supuesto, sí orientan sobre la parte de la estructura donde debe buscarse para dar con él. Lógicamente, el concepto de código de error es extensible a cualquier sistema de lenguaje que pretenda proporcionar satisfacción al usuario, y que contenga, al menos, un codificador, un emisor, y un receptor. En cada sistema de lenguaje el código de error se expresará, cuando aparezca, no con series de números y letras, sino con los elementos propios de su naturaleza y conforme a sus previsiones. El texto del Requerimiento, que era leído a los indios por las tropas españolas poco antes del inicio de cada enfrentamiento, ha sido transcrito en cursiva en el presente relato, y está tomado de las notas complementarias (concretamente la número 31-111) redactadas por José Miguel Martínez Torrejón a la obra de Fray Bartolomé de las Casas, “Brevísima relación de la destruición de las Indias”, publicada en la edición del año dos mil trece de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española de la Lengua, junto con la Editorial Galaxia-Gutenberg, SL, y Círculo de Lectores, SA.

    El título es elocuente, así que aprovecho para felicitar el año próximo a ellas y ellos, deseándoos muchos relatos afortunados (y yo que los lea). Saludos.

    Un homenaje de los butroneros neoyorquinos a su artista y su cuadro más celebrados.

    El amor todo lo puede, a su manera.

    Excusas gloriosas para ocultar pecados horribles; y a veces no nos gusta cómo salimos retratados.

    porque humanos hermanos, y aunque Caín le mató, Abel le acompaña en el infierno y abrazados lamentan su suerte; trata de cómo, en un momento de flaqueza hija de la frustración, los hombres trastornan su vida y fugaces asomos de sensatez no bastan para revertir la tragedia que se abalanza sobre ellos; y enseña también que quien comete una injusticia contra otro aflige a su hermano y deja ver la podredumbre de su alma insolidaria, aviesa y fratricida; pero no vacilen y adéntrense, apresten todos sus cinco sentidos y disfruten de esta obrita que les ofrezco para su complacencia, y acomódense porque la función va a comenzar…¡ya!

  • 19
  • 4.42
  • 481

SEMPRONIO. ¿Tú no eres cristiano? CALISTO. ¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro y en Melibea creo y a Melibea amo.

Tienda

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta