cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

10 min
Las vacaciones de Miriam
Terror |
06.07.13
  • 4
  • 1
  • 843
Sinopsis

Éste cuento me lo contó Achu, mi compañero, quien también me pidió que lo escribiera por él.

Varias eran  las cosas que a Miriam le pesaban además de los años. Un cortante  divorcio, un molesto reumatismo y lo que más dolía... una soledad clavada en el corazón.
El hastío de su trabajo rutinario fue reemplazado un día por una jubilación temprana,  y una confinación domiciliaria.  
Un tumulto de palomas en un pasadizo angosto, fue suficiente para que Miriam  trastabillara,  resbalando  y cayendo,  dejando así vacante el puesto que ocupó por más de 30 años como  inspectora de obras estatales.
Los achaques del reuma, sumados a éste mal golpe, hicieron a Miriam recorrer un largo peregrinaje por los consultorios médicos de varios doctores especialistas en el tema.
Un día esperando su turno, conoció a una señora que le recomendó los  maravillosos poderes  de las aguas termales que se encontraban en un pueblito minero al norte del país.
Luego de un par de semanas, localizado el pueblito recomendado, arregló por teléfono su estadía.  Nada había que perder con probar éste nuevo tratamiento tan diferente a todo lo que antes había hecho. Al menos saldría de la rutina y se tomaría unas buenas vacaciones, pensó.
Miriam dejo su Michi Fuz con la vecina, comprando por Internet el billete de tren que la llevaría  al pueblito minero.
Era el principio del verano, la estación estaba llena de pasajeros que iban y venían alegremente  con convenientes valijas rodantes, buscando los nombres de destino en los andenes.
Para Miriam todos iban acompañados menos ella que siempre estaba sola.
El lugar  entre las sierras prometía ser encantador. Peñascos, ríos y  bosques asomaban por la ventanilla del tren al amanecer. Miriam entreabría los ojos en el entrecortado sueño  para saborear aquel calmo paisaje.
Pepa, una mujer, bajita tetona y alegre  la recibió calidamente en el hospedaje.
Con la valija de Miriam en mano,  la acompañó hasta la habitación reservada, para mostrarle todo, indicándole también  los horarios a las termas y la ubicación de los diferentes lugares que había en el pueblo.
- Este ha sido  un pueblo minero desde hace un par de siglos. Pero con la maravilla de éstas aguas termales,  los paisajes y el buen aire, desde hace unos cuantos años también nos hemos hecho zona turística, comentó Pepa entre risa y risa.
Muy temprano, antes del amanecer, Miriam se levantó a tomar un vaso de agua.
A través del vidrio esmerilado de la ventana,  a la media  luz que daba el farol del patio,   vio  una pareja besándose. Él llevaba sombrero y ella parecía tener una bata.
-Hasta la tarde Julito- dijo ella entre susurros.
El sol despuntaba en la ventana y la lejana sirena de entrada al primer turno de la mina rompió el silencio, dando por terminada la noche, invitando a los pájaros a inaugurar el día  con sus  trinos a todo volumen.   
Miriam desayunó en el café de la esquina que estaba lleno de turistas esperando por la Volkswagen que los llevaría a las termas.
Todos estaban felices, hablaban y reían . Nadie se conocía pero el aire puro, las vaciones y la promesa de unos días de relax, creaban un ambiente ameno, donde Miriam se sintió parte, dejándose llevar por la compañía, olvidó por un momento su cotidiana  y punzante soledad.  
Superadas sus expectativas, regreso por la tarde, fresca y  renovada;  como más liviana.
Las aguas termales de la sierra no solo le habían lavado la piel y aliviado el reuma, también le habían sacado el polvo a su alma amarillenta.
La opulenta cena les esperaba  servida en el  patio del café,  el mismo donde había estado aquella mañana. Había un frondoso árbol decorado con bombillos de colores, blanca vajilla sobre un prolijo mantel crema, todo era simple y agradable. Entre charla y charla , el grupo de turistas, en su mayoría señoras de la edad de Miriam  se había hecho una  pandilla similar a una bandada de  gritonas cotorras. Todas hablaban y reían a la vez.
Los platos entraban y salían  vacíos por la parte posterior del patio que daba a la cocina.
La señoras comían con gran entusiasmo, sin duda el aire de la sierra abría el apetito y la comida estaba deliciosa.
Mojaba el pan en el último resquicio de comida que le quedaba a Miriam en el plato, cuando escuchó nuevamente una sirena lejana.
Justo el mozo estaba a su lado y le preguntó que era aquel persistente sonido que las demás no parecían percibir.
Como Miriam había pensado, el mozo le confirmó que era la sirena de la mina que marcaba el fin de aquella jornada.
Una a una las turistas se fueron marchando a sus hospedajes, con la promesa de verse al otro día.
Miriam regresó sola . Pepa sentada en el sofá de la recepción le dio las buenas noches mientras miraba la TV novela de la hora.  La invitó a sentarse  a mirar con ella la tele.
Miriam prefirió pasar la invitación,  argumentando que estaba cansada. En realidad la TV novela le traía el recuerdo de su gris piso de ciudad y su diaria rutina solitaria, por eso prefirió seguir de largo, y no romper el encanto de aquel hermoso día.
Se sentó en el patio, al fresco de la noche, entre el perfume dulce de los jazmines, mirando la luna nueva.
No pasaron ni 10 minutos cuando unos pasos se sintieron  venir desde la calle.  
Era un muchacho joven y apuesto de sombrero y saco gris gastado.
Tenia la cara sucia de carbón. Se paró delante de ella, le sonrió haciéndole  una reverencia con  el sombrero y la saludó. - Buenas noches, con permiso - dijo.
Adelante- contestó Miriam.
La puerta del último cuarto del fondo se encendió, Miriam vio como se abría y salía una joven mujer a recibirlo y besarlo. -Julito mi amor,  ¿ cómo te fue? La puerta se cerró tras ellos.
Miriam recordó sus años de juventud y a  su esposo.  Cuando era ella, así como la muchacha del fondo , la que lo salía a recibir a la puerta. Le tenia la comida lista conversando y riendo sin parar.
Los años, el tedio y los hijos que nunca llegaron... la otra mujer, mas joven y fértil que le dio otro hogar... Pero, ¡ basta! no quiero pensar en cosas tristes hoy -se dijo, y por  eso se fue a dormir en aquel instante.
El episodio del amanecer, los besos a la madrugada en el patio y el susurro de - adiós Julito,  hasta la noche mi amor- Se repetían diariamente.
Una mañana mas tempranito que de costumbre , salio  Miriam de su cuarto cruzándose con Lourdes, la joven esposa de Julio.
Ella la saludó muy amablemente. Era morena y muy bonita ciertamente.  Llevaba un canasto de mimbre para ir al mercado en una mano y el monedero en la otra.  El vestido de algodón floreado ceñido a la cintura,  le recordó a Miriam  los vestidos que usaba su madre cuando ella era chica. Es que nada hay nuevo, las modas se repiten siempre - pensó Miriam-
Después de presentarse y hablar del tiempo y de las aguas termales,  Lourdes le dijo que vivían allí desde que se casaran , unos meses atrás, y que Julio trabajaba en la mina del pueblo ( cosa que Miriam  había deducido desde el primer día)
 -Miriam, Miriam venga, que tiene un llamado desde la capital- llamaba Pepa desde la recepción.
Esto  hizo  que Miriam se disculpase con la muchacha,  corriendo  rápidamente al frente.
Era su vecina de piso,  para hablarle del gato y preguntarle como estaba. Nada importante.
Como vio a Pepa limpiando vigorosamente los vidrios de los ventanales que daban a la calle del hospedaje subida a un banquito, no quiso molestarla dándole charla.  
Era temprano aún  para ir a desayunar al café de la esquina, por lo que se quedó unos minutos en la puerta para esperar a Lourdes que parecía estar por ir al mercado y así seguir la plática un rato más, pero como la muchacha no salía y  pasó  una turista del grupo que iba a las termas Miriam se fue, pensando que Lourdes se habría entretenido en otra cosa.
Era el 25 de julio, cuando la sirena insistente de la mina comenzó a sonar a la distancia,  despertando a Miriam. No  era el timbrado de entrada habitual, era más tarde y parecía una alarma más que una sirena, también las campanas de la iglesia repicaban con tristeza.
Miriam  sintió el portazo de la puerta de al lado, la  correteada por el patio y la voz de Lourdes que decía -Julio, Julio-.
Miriam se levantó rápidamente, apenas se peinó, tomó su bolso y salió a la recepción.
Pepa no estaba, era muy temprano. Estaría durmiendo aún.
Salió a la calle solitaria y se encaminó al café.
Nadie estaba allí. Se sentó en una banqueta alta junto al mostrador.  Se sentía el delicioso olor a café y pan recién hechos, la música en la radio y el tarareo del  encargado en la cocina que cuando la vio a Miriam salió rápidamente a atenderla.
-Buen día Señora, madrugo hoy...
- ¿ Es que no ha escuchado la sirena insistente de la fabrica, y los repiques de campana de la iglesia?  ¿ qué ha pasado?
- Quédese tranquila doñita, no es nada. Es que hace una punta de años, en éste mismo día, 25, creo que fue en el 58'. Hubo un accidente muy serio en la mina. Murió una gran cantidad de obreros. Fue devastador. Por eso cada año en este día suena la sirena a la misma hora en que se produjo el accidente y las campanas repican en memoria de las victimas de la mina.
Pero sin embargo mi vecina, Lourdes... La oí salir sobresaltada apenas comenzó a sonar la alarma, como que no supiera que era tan solo un recordatorio de algo que pasó hace más de 50 años.
 ¿ Lourdes?  ¿ quién es Lourdes, dijo el encargado sorprendido.
 ¿ Cómo que Lourdes? Lourdes y Julio, la parejita de recién casados que vive en el último cuarto del hospedaje de Doña Pepa.
Perdón señora pero eso no puede ser... Julio murió en el accidente de la mina  y Lourdes, la esposa,  se suicidó a los días en el cuarto  de la casa donde ella era mucama y vivían.  La misma que es la de Doña Pepa hoy día.
Yo era un niño cuando pasó  aquel infierno. Aún recuerdo su hermosura.
 ¿ Quién olvidaría sus desgarrados gritos cuando  reconoció el cuerpo de Julio entre los cadáveres que dejaron  en la plaza, frente a la iglesia?. Creo se volvió loca y por eso se  ahorcó.
Pero no se preocupe, no es la primer turista que se aloja en el hospedaje de Doña Pepa y me habla de Lourdes y Julio.  ¿ Qué le sirvo ésta mañana?

 

 

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Tienda

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta