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9 min
LAS VÍAS
Amor |
06.11.18
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Sinopsis

El amor y fútbol... El barrio y una sonrisa corta

Mañana fría de sábado. La escarcha hacía blanquear el césped de mi casa. Abracé la taza de mate cocido con las dos manos y el vapor me daba en la pera. No era un día más. Jugábamos contra el barrio Antena en cancha de ellos. Eso lo hacía especial. Nos habían ganado una vez, en nuestra cancha, con un gol medio con la mano y ya desde ahí, quedó la  pica. Estaba nervioso. Por el partido y porque en el grupito de las chicas del Antena estaba Lucía. Ellas no son muy futboleras pero hay varias novias de algunos jugadores y quizás ella vaya a acompañar porque también juega, Fernando, su hermano. Me tembló la carretilla toda la mañana y no era por el frío. Ya eran cerca de las once. A las tres es el partido y con los chicos quedamos en juntarnos una hora antes para ir caminando todos juntos por si alguno tenía problemas en el camino. No queríamos que se pudra antes de empezar, necesitábamos sacarnos la espina del último partido.

 

Mi vieja me hizo fideos blancos con queso nada más, ni crema. Ella percibe todo, vio que estuve callado toda la mañana, que me olvidé, como nunca, de darle de comer a los pollos. Seguramente pensó que el partido me tenía preocupado y por eso me hizo de comer libianito. Mi hermano más chico se quejó, pero mi mamá inventó que no tuvo tiempo de ir a comprar a lo de Olga. Lo que no sabía mi vieja que, por primera vez, no era el fútbol lo que me tenía ido, hoy era Lucía.

 

La última vez que la vi fue hace tres semanas o así. Miento. Fue exactamente hace 19 días. Y no tengo la suerte encontrármela de casualidad, como me pasa con muchos vecinos del Antena. Pasé por la casa apropósito, medio encapuchado porque me moría de vergüenza. Sabía que era el cumpleaños de una amiga y que cerca de las cinco iba para allá. Fueron 50 minutos parado con mi bici, a una cuadra, mirando hacia la entrada de su casa. Y ahí la vi: sonrisa angelical, pelo lacio recién cepillado, vestida sencilla con una bufanda marrón claro. Necesitaba verle los ojos azules para que el día fuera completo. Y por intentar mirarle la cara, casi me como un lomo de burro. Justo en ese momento que maniobro raro para no pegarme el porrazo más vergonzoso de mi vida, la escucho reír por mi extraño movimiento circense. Mi corazón estallaba de alegría, mi cabeza tenía que hacerme enderezar la bici para no caerme. Fue una risa corta, con esa vocecita única. Pero era por mí. Ella se estaba riendo de mí, en realidad de un encapuchado que casi se mata enfrente de su casa, pero ese era yo.

 

Hoy podría volver a verla. A la vez estoy preocupado porque necesito estar concentrado en el partido. Nos jugamos la dignidad y recuperar Las Vías. El Hospital, mi barrio, y el Antena son los únicos dos barrios que están de otro lado de las vías del tren. Mis amigos no saben que me duermo pensando en Lucía; que voy por la calle buscando su pelo castaño claro; que cuando vuelvo de la escuela, no me separo de ellos porque paso a saludar a mi abuela, sino que hago la vuelta larga para pasar por el Antena; que acompaño siempre a mi mamá al supermercado porque su papá es el carnicero; que cuando rezo antes de dormir, le pido a la Virgen María que la cuide y que sea feliz.

 

Ya son las dos de tarde. Ya estamos todos en lo del Gucho, que es el capitán del equipo. Escucho a los chicos muy metidos, hay mucha confianza. Nery nos hizo tomar un té horrible que su mamá, Silvia, le había dicho que era bueno para controlar la ansiedad. Es tal la magnitud de este partido que hasta Gonza había lavado los guantes y la gorra. Algunos lo cagaron a pedos, porque rompía lo que, sin pensarlo, era ya una cábala. Yo intenté mostrarme concentrado, pegué unos gritos para que no sintieran que estaba medio en otra: “Vamo' hoy, la puta que lo parió eh!!” y metí tres aplausos fuertes. Leo, mi primo, me miró raro, pero me dio una palmada en la espalda, como contento de que su primo tímido y con dos años menos que la mayoría, se estaba comprometiendo en serio.

 

Llegamos a la cancha del Antena. La tierra estaba dura por la helada de anoche. No saludamos a nadie como lo habíamos planeado. Y, como nunca, nos pusimos a calentar. Los giles del Antena se empezaron a reír a carcajadas, tenía lógica: en un clásico de barrio, no se calienta antes de jugar, se juega y listo. Pero eran carcajadas forzadas para que los escuchemos. Dieguito, nuestro mariscal, tenía la voz de mando: “Nosotro' metidos, vamo' eh, hoy hay que poner!!”. Dieguito, como Gucho, tenía quince y no quería que nos achiquemos con la estupidez de su burla.

 

Yo estaba cabeza gacha, no quería distraerme, era muy importante el partido y Gucho me había dicho que hoy iba de titular. No podía defraudar. Antes de empezar, me ato una zapatilla mirando los cordones y, cuando estoy cambiando de pierna para atarme la otra, escucho la misma risa de hace 19 días. Tuve que mirar para el costado: venían las chicas del Antena. Enseguida bajé la cabeza, de nuevo. La puta madre. Un calor me recorrió toda la cara y me puse colorado. Empecé a hablarme a mí mismo con voz hiper bajita: “Dale, tranquilo, metete, no pasa nada, no seas pelotudo”

 

Arrancó el partido. Chivo, trabado, mucho grito al pedo, ni ellos ni nosotros jugamos a nada y, sin pena ni gloria, se fue el primer tiempo. Yo no pronuncié ni una palabra en todo el partido, tampoco miré para el lugar donde estaban las chicas. En el descanso, Gucho dice que vamos a intentar pelotas largas para el 9 y me mira, dando a entender que salía para que entre El Bocha que pesaba el doble que yo y me sacaba dos cabezas.

 

Empieza el segundo tiempo. Los primeros cinco minutos alente al equipo desde el banco, hasta que en un momento, escucho una voz que habla a mi espalda. Era Lucía, se habían ido durante el primer tiempo y volvieron para el segundo. Y me estaba hablando a mi. La quedó mirando, nunca la había tenido cerca, me acordé de mis rezos a la virgencita y sentí que me estaba premiando. La mueca de la pregunta hizo que termine con una sonrisa: “¿Cuánto van?”, sus ojos azules me estaban mirando a mi, su voz angelical se estaba dirigiendo a mi, su atención estaba puesta en mí. Casi tartamudeando haciendo un esfuerzo sobrehumano para que no se note mi nerviosismo dije: “¡Cero a Cero!” y me podía haber callado después de eso. Pero hubo una fuerza que todavía no explico de donde salió: “Pero tranquila, que hoy ganamos nosotros”. Acompañé con una sonrisa, como dominando la situación y tratando de no quedar como un canchero. Hizo la misma sonrisita corta de aquel día y se fue con sus amigas a mirar lo que quedaba de partido.

 

¡¿Como seguía ahora yo?! Le daba vueltas a mi cabeza: “¿Le habré parecido un gil?”, “ Si yo no soy así ¿Para que mierda abro la boca?”, “Seguro ahora esta sacando el cuero con las hermanas de los Miller”. Y para colmo, Leo se dobla el tobillo y tengo que volver a entrar. El cero a cero estaba cantadísimo. Y ya no quedaba mucho tiempo.

 

Tiro libre para nosotros y el partido se iba. No le quedaba más tiempo. Claro, yo seguía maquinando con mi brevísimo intercambio verbal con Lucía y la millonada de hipotéticas consecuencias, pero el foul era para un zurdo y los únicos éramos Leo y yo. Me mira Gucho, con los brazos en jarra y con la cabeza, me señala la pelota, dándome la orden para que lo patee. Que cagazo hermano! De yapa, en la barrera estaban Fernando, uno de los Miller y Pablito González, los tres eran enormes. Me até de nuevo la zapatilla zurda y le rogaba que no me fallara. Tomé aire y agarré la pelota con las dos manos, le dí un beso chiquito y del grupito de las chicas se empezaron a cagar de risa. No me importó. Estaba concentrado. Era mi momento, tenía la responsabilidad recuperar Las Vías. La zurda no me falló: la acaricié suavecito, la pelota rozó el travesaño y se metió pidiendo permiso. Cuando la pelota entró, mi primo se olvidó del tobillo y se tiró arriba mio con los ojos llenos de lágrimas. Todos se tiraron arriba mio, menos el Bocha que se fue abrazar con Nico, el arquero. Cuando salieron todos de la montaña humana, con mi cara llena de tierra y con una alegría única, miré a Lucía, rojo de emoción y de vergüenza, le tiré un beso dedicandole el gol. Su hermano me vio y se pudrió todo. Pero no importaba. El Hospital había recuperado las Vías.

 

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