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11 min
Las Voces de Ragnarök (I)
Fantasía |
28.02.19
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Sinopsis

Los perlistas son soldados con un poder inimaginable. Sus leyendas parecen ser eternas, sus logros, se vitorean alrededor del mundo. Ragnarök, una ciudad sin límites, ha efectuado El Último Barrido, una medida de emergencia para reclutar nuevos perlistas para la guerra. Esta vez, llegan a la ciudad una serie de chicos cuyo pasado turbulento agitará todas las entidades del Reino. Entretanto, Andros, el Capitán de los Atlis, luchará contra un consejo abotargado, un rey sin capacidad de liderazgo, y una conspiración que se cierne lentamente sobre los estamentos políticos de la ciudad.

PRÓLOGO

 

Era una noche de tormenta, quizá la más salvaje de ese duro invierno. Pero aquella tormenta tenía algo especial. Había en ella, oculto bajo el turbulento sonido de la lluvia y el viento, el llanto de un niño.

Lloraba solo, sin poder apoyarse en un hombro suave o en un abrazo protector. Lloraba en un rincón, apartado de la ventana y del repique incesante de la tormenta. A veces el llanto era rabioso, desquiciado y se acompañaba de un vendaval de puñetazos y patadas. En una de las sacudidas, el muñeco con el que solía dormir cayó desde la estantería sobre su cara. Se levantó y empezó a golpearlo hasta que le saltaron los dos botones que tenía por ojos. Le arrancó un brazo y la espuma del interior cayó como si fuera nieve, mientras el se arrodillaba contra la pared. 

La sangre empezó a brotar de sus nudillos y se deslizó por las falanges de sus dedos. Palpó sin convicción sus manos, mientras se relajaba con el suave tacto de la sangre.

Se frotó los ojos con fuerza. Eran dos zafiros irritados, lastimados por el dolor de la pérdida. Contemplaron a su alrededor con una ira desquiciada. Su cólera alborotaba sus pensamientos, le aceleraba el corazón y hacía imposible que su cuerpo pudiera relajarse. 

Fue entonces cuando los empezó a oír. Primero los asoció al viento; luego se dio cuenta de que eran siseos demasiado leves como para formar parte de ese temporal de invierno. Era como  si un centenar de serpientes le hablasen directamente a su interior, como un mar de voces que murmuraba mil cosas y no murmuraba nada. Durante horas, vivió dentro de ese desenfreno vocálico. Poco a poco, ese caos acabó por convertirse en una especie de regurgitación, como si la misma lava le estuviera hablando. De entre ese cúmulo de ruido nació una voz. Se hizo grande entre el desorden, salió de entre sus pensamientos más oscuros justo cuando el día llegaba, un día sin sol. 

La tormenta continuaba golpeando con fuerza sobre el pueblo pero no podía oírla. Su mente estaba centrada en esa voz que palpitaba en su cabeza. 

    — Idiota.— Repetía sin cesar. 

Estaba quieto, con sus manos agarradas a sus piernas. Su mirada estaba fija en una grieta del suelo. Su mente no pensaba. Los dedos apretaron su carne mientras sus labios murmuraban la silueta de ese insulto, como si fuera un eco de esa voz interior.  

Y el peluche, un oso entrañable cosido por su madre, sonrió satisfecho después de catorce años de espera. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1. RAIGAN

(…)Ocho pasos por una lágrima

Siete pasos por una venganza

Seis pasos por una cuerda

Cinco pasos por una salvación

Cuatro pasos por una redención

Tres pasos por  una canción

Dos pasos por una cabeza

Un paso por una voz que se alza entre las tinieblas    

            Edurd Muhami. Libro de los Mil Pasos

 

El guardia miró a su compañero con el rostro fatigado y este, consciente de lo que pensaba el otro, asintió. Dejaron caer el cuerpo del chico en el suelo y se sentaron para descansar. 

Las puntas de los rizos negros de Raigan se mojaron al bañarse en los charcos mugrientos del suelo. Ladeó la cabeza levemente, aun aturdido por la última descarga que había recibido. Soltó un gruñido somnoliento y arrastró la cara por el suelo, acariciando el frío que impregnaba las baldosas verdes de la alcantarilla. No le importaba que la suciedad embadurnara su piel pálida, en ese momento solo quería algo que le ayudara a relajarse. 

El guardia empezó a estirar los brazos para que sus músculos no se adormecieran. Detuvo los ejercicios cuando un grito recorrió todo el túnel, y la luz que emergía de una perla empezó a tintinear. Un olor a quemado invadió el ambiente, que junto a la humedad, hicieron el aire cargado y casi irrespirable. 

El guardia más experimentado arrugó la nariz, volvió a mirar a su compañero y le indicó que quería salir de allí. El joven asintió, se volvió hacía Raigan y vio como una arcada doblaba su cuerpo. 

    — ¡No!— Gritó en un vano intento de evitar que vomitara. La primera descarga cayó justo encima de su mano, y la segunda, ya con la cabeza agarrada, se precipitó encima del riachuelo que partía la alcantarilla en dos carriles. 

Lo volvieron a estirar después de comprobar que las arcadas habían desaparecido. 

Raigan escuchó como discutían, pero sus voces eran dos ecos lejanos, indescifrables. Abrió los ojos por primera vez  desde que había salido de la celda. Eran de un color hielo, con un halo interno pardo. Despuntaron llenos de hebras rojizas que arañaban su iris y que daban a su rostro una expresión atormentada. Se volvieron a cerrar, cegados por la aura nublada que desprendían las perlas. 

Palpó una herida, que a pesar de estar cerrada, volvía a dolerle. Era grande e iba desde un extremo de la clavícula a su pezón izquierdo. 

Notó como lo arrastraban por la alcantarilla. De alguna forma le habían cogido de los hombros. Lo único que le funcionaba, era su olfato. Le llegaban aromas de su vómito, de la humedad, del sudor y de chamuscado. Era insoportable. Notó como otra arcada subía incansable por su esófago. Contuvo las ganas de vomitar, consciente de las consecuencias que podía traer si lo hacía. 

Salieron al exterior y el frío hizo que aceleraran el paso. Notó como el cansancio hacía mas pesados sus párpados y pensó, con demasiado optimismo, que esa noche no necesitaría Arafabria para dormir. 

Llegaron a una de las calles principales. Se fijó en el horizonte, donde se avecinaba una tormenta gigantesca; un rugido del extremo invierno del norte. El mosaico de nubes formaba un tejido negro y perverso en el cielo. La luz de los rayos iluminaba esa  formación y a su vez, también daba luz a la muralla plateada que rodeaba al pueblo. Era una figura tenebrosa en ese marco de tormenta. Le hacía temblar solo con su presencia. Estaba lejos, pero los centenares de cadáveres incrustados en la superficie despuntaban entre los instantes de luz. Estaban expuestos en una posición perversa. Sus miembros dibujaban ángulos imposibles, y sus troncos no seguían las leyes de la anatomía.  

Cayó adormecido otra vez. Notó el golpe seco de una roca. Se dio cuenta de como giraban y volvían a girar. Volvió a intuir esas  voces lejanas, y finalmente, notó como tiraban su cuerpo en el vestíbulo de su casa. 

Cerraron y vio la oscuridad del interior. Se oía el repique incesante del agua, junto a la turba de truenos que la acompañaban. Estaba más despejado, pero el dolor que sentía le impedía moverse. Varios pedazos de la tortura hicieron una visita fugaz y notó como la rabia y la impotencia subían por su pecho como un volcán ardiente.

<<Arafrabia.>> pensó.  

Se arrastró por la casa. Vestíbulo, cocina y comedor no era más que una simple estructura que se podía visitar en dos pasos. Abrió un cajón de madera húmeda. El olor le volvió a enviar a las alcantarillas. 

Se serenó y empezó a rebuscar entre los platos hasta encontrar una porción de algo blando. Lo acercó a sus ojos y comprobó como la gelatina de Arafrabia se hundía bajo el peso de sus dedos. Abrió el envoltorio y tragó. 

Lo último que vio fue la pared de enfrente. La oscuridad se convirtió en una gama de tonalidades grisáceas, sin nada de color. El ruido ensordecedor y los pasos de los guardias en la calle se disolvieron entre sus pensamientos. 

Se despertó recostado en una tumba. La tierra era húmeda y fría, como si la acabaran de remover. En el ambiente pululaba un olor nauseabundo y agrio. Se frotó la sien y pensó en no visitarla. Estaba cansado y frustrado, y no le apetecía hacer gala de sus artes de interpretación.

Se notaba adormecido. Miró, sin ánimo, hacía su derecha donde, a lo lejos, una pareja enterraba un cuerpo pequeño y flácido. La madre miraba agitada a su alrededor, mientras su marido cavaba en medio de lágrimas. Mas allá, sobre una colina, una niña se reía delante de otra tumba. La señalaba, como si se burlara de ella. 

Cogió un camino de baldosas y empezó a andar entre las lápidas. Al cabo de un rato se encontró con la luna. Estaba colgada de un pequeño hilo e iluminaba con su cálida luz el paisaje. En la cúspide vivía un viejo enano que no paraba de gruñir mientras fumaba de su pipa. 

    — Hola, Osvaldo. — Le saludó. El pequeño gnomo le respondió con un pequeño soplo de indiferencia. 

Siguió caminando hacia un fresno solitario cerca de la valla. En una de sus ramas colgaba un columpio. Su movimiento era armónico, acunado por un suave viento de primavera. Los hilos que lo sujetaban zumbaban por el movimiento caótico de las abejas que habían dispuesto su colmena allí. 

Sentada había una chica. Tenía el pelo corto, color marrón. Sus ojos eran dos globos tiernos y penetrantes. Su tez era morena y sus rasgos, suaves y agradables a la vista. No medía demasiado y su cuerpo no exhibía grandes rasgos, pero destellaba en ese turbio cementerio. 

    — ¿Por qué te han torturado?— Preguntó sin mirarle. Torció los labios y rebuscó en los recuerdos de Raigan para responder. Desvió la vista hacía más allá de la valla. El paisaje acababa de repente, cortado por una guillotina de alquitrán brillante.  

    — Han muerto cuatro guardias. — Contestó secamente. Hizo el ademan de acercarse más pero al enfrentarse a sus ojos permaneció donde estaba. — A uno le golpeé un riñón con el canto afilado de una piedra, al otro…

    — Basta.— Dijo con una voz desafiante que estaba apunto de romperse en mil pedazos. 

    — Esta bien. — Dijo con su grave voz. Las carcajadas de la niña los interrumpieron. Continuaba riéndose, con la misma pauta, y la pareja continuaba cavando desesperada, maldecidos por un momento que era incapaz de avanzar. 

    — Al menos podrías hacer que se fueran. De vez en cuando me gustaría estar sola. 

    — Ya sabes que no es tan fácil. No soy yo quien controla todo esto. — Se acercó a ella y empezó a empujarla suavemente. — No seré consciente de esta conversación cuando me despierte así que no puedo hacer nada. Vengo, me voy y olvido. Siempre ha sido así, ¿Recuerdas? 

    — Sí, siempre soy la que se acuerda de todo. Recuerdo cuando vienes, cuando te vas, y lo que haces cuando estas despierto. — Respondió al despegar. — Tienes que dejar de matar, Raigan, o acabarás muerto tarde o temprano. 

    — Todos morimos. — Murmuró sin muchos ánimos de continuar esa conversación. Odiaba que lo llamara por ese nombre. 

    — Tu no. En Aguanesis han matado a mucha gente por menos. A tus padres, por ejemplo… 

    — Cállate.— Le ordenó con rabia.

Se miraron durante un largo rato. De repente se encontraron encima de la luna, junto a Osvaldo, luego, al lado de la pareja que cavaba la tumba. Se dio cuenta que ese era el final del sueño. Sonrió y la chica lo imitó. 

    — Hora de despertar.

Raigan abrió los ojos de golpe. El sol entraba tímido por la ventana. Contempló el oso de peluche con el que dormía de pequeño. Lo miró con una expresión de desprecio. Ver el muñeco sin su brazo y sin sus ojos le repugnaba.

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    En un planeta condenado, dos encapuchados aparecen.

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