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16 min
Las voces de Ragnarök (II)
Fantasía |
03.03.19
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Sinopsis

Los perlistas son soldados con un poder inimaginable. Sus leyendas parecen ser eternas, sus logros, se vitorean alrededor del mundo. Ragnarök, una ciudad sin límites, ha efectuado El Último Barrido, una medida de emergencia para reclutar nuevos perlistas para la guerra. Esta vez, llegan a la ciudad una serie de chicos cuyo pasado turbulento agitará todas las entidades del Reino. Entretanto, Andros, el Capitán de los Atlis, luchará contra un consejo abotargado, un rey sin capacidad de liderazgo, y una conspiración que se cierne lentamente sobre los estamentos políticos de la ciudad.

GEMELOS

Hay perlistas que se convierten en leyendas. Otros que mueren como héroes. Luego hay los locos que se convierten en perlistas. Aitor y Ester son los máximos exponentes  de este grupo. 

                        Historia de Brumark

 

Durante mucho tiempo, Axel e Irene fueron dos personas errantes. Habían emprendido ese viaje a la fuerza, acompañados de una manada de refugiados que huían desolados de la guerra. Esa marea de gente se había disipado a través de los inmensos prados que separaban la frontera de Brumark y Tfuda, dejándolos solos, sin agua ni comida. 

Al principio pudieron sobrevivir gracias a lo que sus padres les habían enseñado: Las bayas que se podían comer, como hacer una hoguera, los mejores lugares para acampar, entre otras cosas.  Eso ocupaba su tiempo durante el día, pero al caer la noche sentían el impulso de hablar, como el impulso de la sed, o el del hambre. Hablaban sobre el pueblo y su familia, sobre sus amigos y las noches en la montaña; Algunas veces Axel murmuraba que se hacía tarde, y que debían volver para la cena. 

Al cabo de dos meses se hizo el silencio. No fue una decisión consciente, fue el instinto animal que surgió de su interior. Su mente se protegió ante esas conversaciones con una muralla de decisiones pragmáticas: Correr, perseguir, huir. Discernir lo importante de lo inútil. Cuando gastar energía y cuando no.  Solo se comunicaban para hacerse señales durante la caza o cuando era la única forma de hacerse oír. Y así, los recuerdos de su vida pasada, se diluyeron en lo más profundo de su consciencia. 

Axel fue el primero en matar a un humano. Irene tardó solo unos segundos más. Encontraron a la pareja en un lago adyacente al que dormían. Oyeron los gritos de júbilo al atardecer, cuando volvían de una caza vacía. Los dos giraron su cabeza hacía la escarpadura de piedras que separaba los dos sitios, y a pesar del hambre, empezaron a escalar con soltura. Asomaron la cabeza y los vieron bañarse con júbilo en el centro del agua. Irene señaló la ropa y su hermano asintió. Se deslizaron con cautela hacía unos arbustos cerca de las cosas y acecharon durante una hora eterna, con las tripas rugiendo y la saliva goteando por sus barbillas. 

Salieron del lago cuando las estrellas empezaban a asomarse por el horizonte con timidez. El cielo se oscurecía y las siluetas empezaron a perder sus rasgos, para convertirse en dos figuras oscuras, casi idénticas. 

Axel fue el primero en saltar. Salió disparado de su escondite, sin disimulo, con una piedra en su mano derecha. El chico miró en dirección al ruido y soltó un comentario absorto antes de que el peso de Axel le hiciera caer. La chica gritó envuelta en pánico; luego, de dolor, cuando Irene le tiró del pelo para abrir un hueco en su garganta. 

La sangre chorreó de su cuello y su voz se convirtió en un gorgoteo sin sentido. Irene la apuñaló dos veces más. 

Miró hacía su hermano que había empezado a comer. Miró otra vez a su víctima y vaciló. Su tripa protestó con energía. Cerró los ojos y empezó a cortar la carne. 

 

Una semana más tarde Irene cayó gravemente enferma. Su tez, pálida y sudorosa, mostraba un rictus dolorido. Encogía las piernas a menudo, a la vez que apretaba su vientre con fuerza. El primer pensamiento de su hermano fue matarla y ahorrarle dolor. Luego recapacitó, consciente de que la necesitaba para cazar las presas más grandes. Luego, cuando empezó a oír los rugidos de los animales, cada vez más fuertes y agresivos, decidió que la utilizaría como cebo para escapar. 

 

Los aullidos cesaron una mañana. Entre los árboles apareció un hombre barbudo y fuerte, acompaño de dos chicos de su edad. Los tres llevaban perlas en sus cuellos. Se miraron y Axel no tardó en coger la lanza que había hecho días antes. El hombre alzó las  manos.

    — Tranquilo, no voy a hacerte daño. — Se acercó con cautela pero se detuvo al ver que Axel apretaba con más fuerza su arma.— Necesita ayuda, — señaló a su hermana. — tengo medicinas. Y comida. 

Le enseñó una lámina de carne ahumada y Axel se quedó atónito. Hacía tiempo que no olía algo tan delicioso. Les brindó una mirada más tranquila pero sin perder detalle de sus movimientos. Finalmente asintió y dejó pasar al hombre. 

 

Su nombre era Turles y cuatro meses después lo mataron junto a los otros dos chicos.

 

 

LENA

¿Cuántas veces se ha rebelado la gente de Ragnarök? ¿Cuántas veces han conseguido algo? ¿Cuántas veces lo han perdido todo? 

                            Anónimo

 

Dio un último vistazo a la habitación antes de marcharse, como si se olvidara algo. Los cadáveres estaban desperdigados por el suelo, y su padre, atado a una silla con la respiración caótica. Lo estuvo mirando un largo rato hasta que llegó una inspiración profunda, seguida de un silencio sepulcral. 

Salió de casa. La sala de estar estaba inundada por el agua que precipitaba de una cañería rota. No quedaba nada en pie, ni un recuerdo, ni tan siquiera la estructura de las paredes. 

Fuera se libraba una batalla campal, el clímax de una revolución que había empezado hacía años. Todos sus esfuerzos habían quedado reducidos en una guerra perdida de antemano. Fuera, luchaban varios grupos dispersos, sin un líder que los guiase. De vez en cuando se oía un estallido que hacía temblar el suelo, una sacudida de luz o una oleada de gritos desesperados. 

Cerca de la puerta la esperaban dos hombres encapuchados. Dos perlistas de la Élite de Ragnarök. Los reconoció enseguida, su padre la había enseñado como descubrirlos. 

No parecían impresionados por la batalla que se libraba a su alrededor. Uno de ellos incluso se daba la libertad de sonreír a la gente que luchaba, como si fueran críos inocentes e inmaduros.

El otro se acercó. 

    — ¿Lena? 

Ella asintió y notó como los ojos de ese hombre se clavaban en su perla. Luego volvió a mirarla y la envolvió en una esfera. 

Despegaron y miró atrás, con la ansiedad de aquel que se olvida algo. No se había despedido del mar. Lo buscó entre las sombras de la noche pero no pudo distinguirlo. Una arruga de tristeza cuajó su rostro y, por primera vez en esa noche, se sintió agotada.

Volvió a mirar al frente. Cerró los ojos y se imaginó el rugido de las olas que cada mañana la habían despertado. Recordó la sal y como le secaba la piel, el hambre después de largas horas disfrutando de la playa. 

Una lágrima surcó su mejilla y le siguió un tímido sollozo. Nunca volvería a nadar en el. Nunca saldría a la superficie y contemplaría lo inmenso que era.

 

VOCES

Todo se resume a lo que pasó en Aguanesis. Absolutamente todo. ¿Quién lo ocasionó?,¿La locura de Raigan?, ¿La desesperación de Tratus?, ¿La avaricía de Tresler? ¿El destino? Nunca estaremos seguros de la respuesta. Solo sabemos lo que pasó después. 

                    Autobiografia de Andros Parva

 

Había dormido unas seis horas. Se incorporó nauseoso y fue al baño a mojarse la cara. El agua sucia del baño apagó la poca vida que le quedaba a su piel. Se miró al espejo. Sus párpados dibujaban dos curvas violáceas, y cerca de ellas, en sus pómulos erguidos, encontró dos cortes que no recordaba, así que decidió  inspeccionar su cuerpo. Encontró varias quemaduras y otras tantas heridas que ardían con solo acariciar sus bordes. El efecto de la Arafrabia se estaba apagando. Serró sus dientes blancos y firmes y comprobó que seguían todos dispuestos en estricto orden.

    << Eres un imbécil. Siempre lo has sido; un imbécil y un cobarde.>>  

Raigan se sujetó con fuerza a los bordes de la pica. Respiró hondo para no echarse a llorar. El espejo volvía a hablarle después de una semana de descanso. 

    — Basta. — Suplicó. 

    <<Desgraciado. Miserable. Tus padres están muertos por tu culpa>>

    —¡No!— Chilló al mismo tiempo que golpeaba al espejo. Retiró la mano dolido, con varios cristales incrustados en sus falanges. La sangre goteaba sin parar, pero se quedó sentado en una esquina. Mas voces se unieron a la primera. Venían de todas partes, de la ducha, de la puerta, del suelo. Hablaban entre ellas, se reían de él sin parar. 

Una figura aberrante color violáceo, sin forma fija, del tamaño de un gato, se le acercó. Su consistencia era densa, com alquitrán resbalando de una pared. Había una pequeña obertura donde se suponía que debían estar los ojos, y por allí salía su voz. 

    <<El cristal. Córtate el cuello. ¿No seria divertido?>> Le preguntó. Era la voz más peligrosa. No siempre le hablaba, pero cuando lo hacía notaba la desesperación en cada poro de su piel. La Bestia, como el la nombraba, le infundia un miedo atroz. 

Salió del baño y cogió varias porciones de Arafabria y las engulló sin pensarlo. La Arafabria lo ayudaba cuando las voces se intensificaban demasiado. Volvió al baño, se secó el sudor de su frente y se limpió las manos.     

Cerró la puerta de su casa y se dirigió hacía un desfile de trabajadores rumbo a las minas. Un hombre mayor le brindó una rebanada de pan con miel. Raigan le agradeció la ración con un asentimiento de su cabeza.

No conocía a esa persona. En ese pueblo, aunque pequeño, no abundaban las relaciones entre ellos. La gente pasaba el tiempo con su familia o en solitario. Solo en situaciones muy necesarias intercambiaban palabra con los demás habitantes. En cierto sentido, era como un millar de diminutos pueblos englobados en uno más grande. Aun así, todos sabían cuando uno de los habitantes era trasladado a las cámaras de tortura, e intentaban darle la comida que sobraba del desayuno. 

A medida que se acercaban al Agujero, las respiraciones se volvieron densas dentro de ese aire enrarecido por culpa del polvo. Salía como un torbellino vago desde la maquinaria que taladraba nuevos túneles. Eran aberraciones oxidadas y ruidosas, puzzles mal encajados que funcionaban con la energía de las perlas. 

El Agujero era una excavación enorme que no se detenía ante nada. Había decenas de quilómetros en forma de túneles y otras decenas más de profundidad. Poca gente salía de allí de la misma forma que entraba. Era un infierno de trabajo que doblegaba al más duro. Cada semana morían un par de personas por cansancio o por algún derrumbamiento. 

Estuvo abstraído durante todo el camino y de pronto se encontró cavando en el extremo final de unos de los túneles junto a seis personas más. 

Alzó el pico y lo hizo impactar contra la piedra. La roca se desprendió junto a sonido seco. Detrás vio una perla brillando entre la escarcha. La agarró por el cordel y la dejó en el carro. Repitió el movimiento durante tres horas. Cuando sus brazos estaban agarrotados y el simple hecho de levantarlos le hacía llorar de dolor, empezó a alucinar. 

La pared se convirtió en una capa de piel humana. Entre el tejido salían tímidamente las perlas, como si fueran huevos incrustados a la fuerza. La carne a su alrededor era negra y sanguinolenta, y desprendía un olor fétido. La rasgó con extrema facilidad y las perlas cayeron como si fueran una tormenta. Resbalaban por las cataratas de sangre que brotaban de la piel, mientras se escuchaba un grito agónico por todas partes. 

Notó una mano sacudiéndole y despertó. 

Durante un breve instante no supo donde estaba. La cueva giró bruscamente y el movimiento le hizo vomitar en una esquina. El guardia lo golpeó enfadado. Hizo que su cuerpo se bañara en el vómito y luego lo apartó con brusquedad. 

Raigan se relajó con el frío del granito. Cerró los ojos y se notó caer a un pozo sin fin. Cuando tenía agarrado el sueño con sus manos, el guardia lo levantó y le obligó a trabajar. 

Se tambaleó levemente y luego prosiguió. De vez en cuando se reía, sin motivo alguno, y todos paraban para mirarlo. Era una risa descompasada y aguda, y siempre iba acompañada de una ligera sacudida de su cuerpo. 

Al cabo de dos horas volvía a ser el mismo. Era común en los obreros tener esas alucinaciones. La condensación que exhalaban las piedras por culpa del frío, soltaba un vapor tóxico. Los hombres que llevaban muchos años allí no les afectaba. Pero Raigan, a pesar de llevar diez años cavando, no parecía adaptarse. 

Su situación era extraña, el tenía un promedio de alucinaciones mucho mayor que el resto de sus compañeros. Había hablado de ellas a algunos, y no tenían nada que ver. Los obreros alucinaban con sus familias o con lugares idílicos. El soñaba que torturaba a una pared hecha de carne. 

    << Tienes una mente interesante, chico.>> 

Raigan se quedó petrificado. Pensó que podía ser otra alucinación pero nunca tenía más de una por día. 

    << No soy una alucinación. Soy real, aquí abajo, a tu izquierda.>>

Raigan siguió las indicaciones de la voz. Se quedó boquiabierto. Allí, escondida entre dos láminas brillantes, había una esfera. Estaba hecha de un vidrio amarillo intenso, con irregulares meridianos blancos de diferentes tamaños. Raigan continuó trabajando, sin quitar la vista de esa perla de no más de cuatro centímetros de diámetro. 

    << No seas tímido. No hay peligro. Sé lo que piensas, sé lo que quieres.>> 

Raigan no se atrevía a decir nada. Tenía miedo de caer en otro delirio. Había historias de gente que sufría varios ataques y que moría en esos viajes hipnóticos. Había visto uno de pequeño. El hombre había convulsionado y gritado durante una hora. Los gritos habían resonado por todo el Agujero, como si un monstruo hubiera despertado y estuviera hambriento. 

Aun así lo que le hacía dudar era el tono de esa voz. Desprendía un aire alegre y joven, pero también una calma intensa y sabía. Le hacía confiar en ella. Había oído una voz así hacía años, pero no podía recordar de quien era. 

    << Sí, soy viejo y alegre. Soy una voz que lleva hablando muchos años.>>

    << ¿Puedes oír mis pensamientos?>>

    << Vamos hombre, tu cerebro está tan activo que incluso las perlas que están a cien quilómetros pueden ver lo que piensas.>>

    << Eres la primera que habla conmigo.>> 

    << Siempre he sido muy curioso.>>

    << ¿Y de que tienes curiosidad?>>

    << Pues me gustaría saber donde estamos.>>

    << En un pueblo llamado Aguanesis, en el límite norte de Helheim.>>

    << ¿Ragnarök sigue siendo la capital?>>  Preguntó esta vez con un tono apremiante.

    << Si, aunque nunca he estado allí. Pero se que el alcalde viaja a menudo.>>

    << ¿Entonces no sabes si las Cabezas de Lobo siguen allí fuera? ¿O si es la misma ciudad que fundaron Kodiac y los demás?>>

Raigan se detuvo un momento y se secó el sudor de la frente. Le costaba horrores seguir el ritmo de la conversación y trabajar al mismo tiempo. 

    << No.>>

    << Bueno, entonces deberé descubrirlo  por mi mismo.>>

Raigan sonrió, satisfecho de que esa conversación llegara a su fin. 

    <<Te pondré en el siguiente carro que llegue.>> Dijo después de observar que los últimos cargamentos se habían ido.

    << Bueno, hablando sobre esto, creo que no es la mejor opción>> Raigan se sobresaltó, el tono de voz de esa perla había cambiado. Era seco y hostil. Tuvo un arrebato de salir huyendo. <<Eso es lo que vamos a hacer. Vas a colocarme en tu cuello. Yo te ayudo y tu me ayudas a mi.>>

    <<¿En qué me puedes ayudar?>> Raigan notó que estaba atrapado e indefenso. No supo averiguar porqué. Fue una sensación repentina que no pudo controlar. 

    << Vamos hombre. Te lo he dicho, veo tus pensamientos. ¿Quieres salir de este lugar no? Puedo llevarte a uno mejor.>>

Empezó a dolerle la cabeza, como si hubiera consumido cantidades indecentes de alcohol rancio, hasta el punto que parecía que le iba a estallar. Soltó el pico y se arrodilló con las manos en la sien, intentando evadirse del dolor, como hacía en la sala de tortura. Le saltó una lágrima y miró a la esfera. 

    << Siempre podemos hacerlo por las malas.>>

Raigan la fulminó con la mirada. Pocas veces había sentido una rabia de esa magnitud. Oyó la voz del guarida increpándole, tenía que darse prisa.

    << No.>> Le dijo la Bestia desde una esquina. <<¡No lo hagas!>>

Pasaron unos segundos infernales. Lo único que oía eran las mil voces de su cabeza. Por una vez quería no hacerles caso, por una vez quería decidir por el mismo. Cuando parecía que esa conversación había sido un sueño, que la rutina volvía a instaurarse, agarró el cordel y la perla cayó suavemente en medio de su esternón. 

 

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    Los perlistas son soldados con un poder inimaginable. Sus leyendas parecen ser eternas, sus logros, se vitorean alrededor del mundo. Ragnarök, una ciudad sin límites, ha efectuado El Último Barrido, una medida de emergencia para reclutar nuevos perlistas para la guerra. Esta vez, llegan a la ciudad una serie de chicos cuyo pasado turbulento agitará todas las entidades del Reino. Entretanto, Andros, el Capitán de los Atlis, luchará contra un consejo abotargado, un rey sin capacidad de liderazgo, y una conspiración que se cierne lentamente sobre los estamentos políticos de la ciudad.

    En un planeta condenado, dos encapuchados aparecen.

    Los perlistas son soldados con un poder inimaginable. Sus leyendas parecen ser eternas, sus logros, se vitorean alrededor del mundo. Ragnarök, una ciudad sin límites, ha efectuado El Último Barrido, una medida de emergencia para reclutar nuevos perlistas para la guerra. Esta vez, llegan a la ciudad una serie de chicos cuyo pasado turbulento agitará todas las entidades del Reino. Entretanto, Andros, el Capitán de los Atlis, luchará contra un consejo abotargado, un rey sin capacidad de liderazgo, y una conspiración que se cierne lentamente sobre los estamentos políticos de la ciudad.

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