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20 min
Las voces de Ragnarök (III)
Fantasía |
06.03.19
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Sinopsis

Los perlistas son soldados con un poder inimaginable. Sus leyendas parecen ser eternas, sus logros, se vitorean alrededor del mundo. Ragnarök, una ciudad sin límites, ha efectuado El Último Barrido, una medida de emergencia para reclutar nuevos perlistas para la guerra. Esta vez, llegan a la ciudad una serie de chicos cuyo pasado turbulento agitará todas las entidades del Reino. Entretanto, Andros, el Capitán de los Atlis, luchará contra un consejo abotargado, un rey sin capacidad de liderazgo, y una conspiración que se cierne lentamente sobre los estamentos políticos de la ciudad.

TODO EMPIEZA CON UNA MATANZA

 

(…)Cometimos errores... Demasiados, en verdad. Y quizá por eso murieron los Diez Primeros. En el fondo, les traicionamos. 

                    Prólogo del libro de O.Wilden

 

Ahmill conreaba tranquilamente el huerto como cada mañana. Era un día más, aposentado en la pacífica rutina de su vida. Desde detrás de la casa, se olía el estofado que su madre preparaba los jueves, y más allá, sus hermanos jugaban alegres y desenfadados con los caballos.  

El grito de su hermana le hizo levantar la mirada. En el horizonte, se dibujaba la silueta de una inmensa burbuja negra. Dos anillos blancos la rodeaban. Era una explosión perturbadora. Para Ahmill, más que el tamaño de ese coloso, le impresionaba el silencio que la acompañaba. Se extendía sin parar, muda. No había gritos, no había ecos. Avanzaba en un tenebroso silencio. 

Su hermana corrió hacía el. Dejó el hacha e hizo lo propio. Cuando estaba suficientemente cerca para ver su cara de horror, la deflagración los carbonizó. 

 

Cyrus miraba con orgullo a su alrededor. Los comensales comían y bebían alegremente, los niños corrían por las mesas, buscándose unos a otros y sus padres bailaban abrazados. Los músicos hacían sonar un ritmo sencillo y lento. Miró a su marido con unos ojos llenos de alegría, orgullosa de que tanto trabajo hubiera dado tan buenos resultados. Pero su sonrisa se borró cuando observó el miedo que crujía el rostro de Sam.

Siguió sus ojos hacía fuera de la casa. Superando la inmensidad de las montañas se veía la cúpula de una esfera negra con una linea blanca a su alrededor. No tuvo tiempo en asustarse, ni en gritar. No tuvo tiempo de decir unas últimas palabras a Sam. En el momento en que fue consciente de la presencia de la explosión, tanto ella como las montañas que ocultaban su inmensidad, fueron convertidos en nubes de ceniza. 

 

Santiago esperaba nervioso en el borde del río. El agua era cristalina y debajo, podían verse los peces nadar a contracorriente. Miró entre los árboles esperando la figura de su novia. Apretó la caja que ocultaba en el bolsillo de su pantalón. Respiró hondo y atravesó el agua saltando de piedra en piedra. 

Cuando acabó de cruzar por tercera vez la vio salir del bosque.  

Llevaba un vestido color crema, seguramente hecho por ella misma. Tenía recogido su pelo con una diadema decorada con una flor que debía haber recogido de camino. Se le acercó con una sonrisa vergonzosa. Cuando estuvo cerca de ella, se agachó y sacó la caja. No hubo tiempo para preguntar, ni mucho menos para oír la respuesta, la explosión los desintegró a los dos, antes de que ella pudiera romperle el corazón. 

 

La explosión duró solamente diez segundos. Arrasó con todo lo que se encontró a su paso, estuviera muerto o vivo. Nadie que viviera dentro de su alcance sobrevivió. Todo quedó sumergido en cenizas y ríos de podredumbre. Fueron diez segundo en que todas las esperanzas fueron exterminadas sin piedad. 

Andros Parva hizo callar a los presentes. Solo hizo falta que moviera levemente la mano para ello. Dejó que el mensajero que estaba de pie en la puerta se acercara. Le dijo algo al oído y asintió sin mostrar ninguna emoción. 

Miró con suma atención a sus invitados. Estaban sentados en unas lujosas sillas con contornos dorados, rematados con diversas figuras de dragones.  

Winston podía considerarse a nivel físico un prototipo de excelencia, un cuerpo que haría desviar la mirada incluso a la mujer más tímida. Miles de cicatrices recorrían su piel morena, heridas con su propia historia, arañazos que habían vomitado sangre a raudales; recuerdos de batallas ya lejanas pero presentes en sus sueños. Dos de ellas conformaban una cruz en su escuálida cara, la misma cruz que formaban los pinchos de su perla, la cual colgaba en su pecho en medio de un vestido violáceo que le cubría los brazos y parte de sus costillas y dejaba libre el resto de su torso.

Luego estaba Charlie, un hombre de mediana edad trastornado. Su cara era una fábrica de espasmos que aparecían en sus ojos azules, en su gran boca sin dientes, en sus cejas misteriosamente quemadas. No era tan alto como Winston pero si mucho más corpulento. Todos los músculos se le marcaban debajo de su piel blanca, agrupados junto a venas y arterias que encontraban un final en su cabeza calva y redonda. Aun así su físico no atemorizaba a las personas, lo hacían las historias que le rodeaban: Cuentos de violaciones, torturas, raptos, asesinatos que utilizaban algunas madres para atemorizar a sus hijos.

En medio de los dos se sentaba Arzak. Aunque era tan viejo como Andros, los años le pesaban más a él. Llevaba consigo un bastón de madera que parecía una extensión de su cuerpo, un cuerpo que  desprendía de todo excepto fuerza y seguridad. La piel de su cara estaba suelta hacia abajo, dibujando dos curvas de carne que bailaban con cada movimiento. Sus brazos delgados se mantenían temblorosos, manchados de tacas negras y venas decrépitas. Lo único que se mantenía en pie eran sus ojos azules; Fuertes y serios, dos hielos afilados, dispuestos a luchar contra miles de hombres si era necesario.

— ¿Qué ocurre amigo? — Le preguntó el viejo con una voz débil y temblorosa. Parecía como si en cada respiración una porción de vida se desvaneciera, cada segundo que pasaba su muerte estaba más cerca. Andros lo sabía y le rodeaba la pena por ello. 

    — Nada bueno. — Contestó sumido en sus pensamientos. Se fijó en una nueva mancha marrón que había aparecido en la calva de su compañero.— Deberíamos acabar esta reunión y agruparnos con los demás en el salón real. Y necesito un informe sobre la situación de los pueblos del norte. — Los tres hombres asintieron sin saber que ocurría. Se fueron sin decir nada, preocupados por la reacción de su capitán. 

Cuando la puerta se cerró detrás de los tres comandantes el hombre reclinó su cabeza hacia atrás, agotado. Después de unos minutos de merecido descanso cogió su capa blanca y se dirigió a la sala del tiempo, abandonando su despacho a grandes zancadas, lo más largas que su diminuto cuerpo, de no más de metro y cuarenta, le permitía. 

Era un hombre canoso, con un bigote poco cuidado de color plateado y una cara con algunas arrugas que no habían deformado su forma cuadrada y de contornes firmes. Su pelo blanco dibujaba una especie de corona alrededor de su cráneo que evidenciaba más aquellos rasgos marcados y fuertes. Permanecían aunque pasaran los años como la fuerza de sus piernas y brazos. Su orgullo se marcaba en unos ojos grises que resguardaban una nariz redondeada. Debajo de ella había unos gruesos labios que protegían una dentadura fina y cuidada.

Atravesó un inmenso pasillo que estaba inundado de pequeños soles brillantes. Flotaban lánguidamente sin quemar, sin dar calor. Solo iluminaban los vestigios del pasado, residuos de batallas y oraciones gravados en los centenares de cuadros que se daban cita en ese lugar. En algunos de ellos aparecía él mismo junto a sus camaradas. Evitaba mirarlos para no tener que recordar los errores que había cometido. 

Llegó a una gran puerta hecha de mármol negro con forma de arco polilobulado. Estaba rematada con la figura alargada de un dragón. En sus márgenes, colgaban centenares de perlas que siseaban. Les llamó al orden y callaron al instante. La puerta se abrió cuando notó la presencia del Atli enfrente de ella. 

Entró y siete columnas fueron encendiéndose a medida que se adentraba en el corazón de la sala. Allí, un cáliz irregular hecho de cuarzo se mostró enfrente de sus ojos. Un fulgor naranja iluminó totalmente la sala y los dibujos de las columnas se hicieron visibles. Tenían una forma ondulada, sin ningún sentido aparente, pero Andros había llegado a memorizar sus trazos. Se acercó al cáliz silenciosamente y cogió, con un movimiento elegante, un cuchillo del bolsillo interior de su capa y se cortó la palma de su mano izquierda, dejando caer dos gotas en la copa.

El cáliz reaccionó a su sangre e inmediatamente brotó una llama azulada que empezó a contorsionarse encima de su cabeza. Una cara apareció suspendida en el aire, recubierta de hilos etéreos que reptaban en el vacío. 

    — Muy buenos días capitán. Me encanta verle tan a menudo. — Dijo Tiresias con una sonrisa irónica en su rostro.  Tenía una voz sensual, lisa como la seda. 

Empezó a volar por la habitación mientras disfrutaba de esos pequeños instantes de libertad 

    — Se esta tan bien al aire libre. ¿Podemos andar por el palacio?

    — Ya te gustaría. — Le espetó.— Quédate quieta, dejas grumos a tu paso. 

    — Le veo más gruñón de lo normal. Sé que la edad en los humanos les hace más sensibles, pero no me esperaba tal cosa de usted. 

    — Subestimas a los humanos.

    — ¿Y usted no? Prefiere venir a consultarme a mí en vez de sus consejeros. — Pasó a través de él y a pesar de que no le había hecho nada, le dejó una sensación de vació en el pecho. 

    — Tampoco eres algo demasiado fiable. Tus poderes son muy limitados. 

    — Limitados o no, son muy superiores a los vuestros. — dijo con seriedad. — ¿Por qué ha vuelto? ¿No está satisfecho de lo que le dije?

    — Quiero cosas concretas.

    —No necesita detalles. Viene una guerra, eso es lo primordial. Tiene una experiencia casi ilimitada en estos temas, sabrá como encararlo. No necesita mi ayuda. 

    — ¿Pero contra quien? 

    — ¿Por qué viene a preguntarme eso?— Tiresias se quedó suspendida delante de Andros. 

    — Quizás nos hayan atacado. Un pueblo del norte ha enviado una señal de auxilio. ¿No lo viste hace dos semanas?— le dijo con rabia contenida. 

    — Usted lo ha dicho, mis poderes son limitados. No puedo verlo todo. 

    — ¿De repente eres humilde?

    — Siempre lo he sido. Los dos somos conscientes de nuestras limitaciones, el problema que tiene es que las suyas son más grandes. — Tiresias sonrió con vehemencia. 

Andros gruñó. 

    — ¿Cuándo perdió la confianza en si mismo capitán? ¿Cuando empezó a confiar más en mi que en su instinto? 

Andros tuvo que invocar toda su paciencia para no destruir el cáliz y enviar ese ser en un mundo silencioso y oscuro. Odiaba a Tiresias porqué sabía como hacerle daño. 

    — ¿Entonces no tienes nada?— dijo antes de enfilar el camino de vuelta. 

    — Vaguedades. Hay muchos elementos. Puede tratarse de otro protagonista, otro conflicto más lejano, incluso de un hombre. O una perla. Como más allá me pida ir, menos le podré contar.

    — Entonces me voy con las manos vacías.

Tiresias empezó a desvanecerse dentro de la copa. 

    — Se equivoca capitán, se lleva un bonito corte en su palma. Y ya van unos cuantos.— Andros se alejó de la risa cruel y desquiciada de la vidente.  

 

Las puertas del salón real se abrieron junto a un gran estruendo. El capitán de los Atli, Andros, apareció entre ellas con la capa al vuelo y vestido con un uniforme blanco cubierto con multitud de medallas. Al lado de la puerta parecía una hormiga, pero su presencia, porte y poder, hicieron levantar a los Atli del reino a la vez. 

Arzak intentó imitar a sus compañeros pero Andros paró su intención con un pequeño gesto. 

Se acomodó en silencio a su silla. Miró a los presentes y comprobó que solo estaban la mitad. Removió la copa de vino pensativo. Dado las prisas, era para estar satisfecho. 

La mesa del consejo era un bloque de Piedraviva, un mineral celeste extraído del subsuelo de Ragnarök. La superficie había sido tallada con empeño, hasta el punto que parecía una placa de hielo. En el centro habían grabado el símbolo del consejo, una serpiente alrededor de un lobo, luchando en la cima de un árbol. 

Los márgenes de la mesa eran más irregulares, como los sobresalientes de un acantilado. Cada Atli tenía un asiento designado delante de una versión pequeña de su distrito, esculpido por la propia piedra. En cada reunión el mineral moldeaba un edificio protagonista, siempre en relación al estado de ánimo del Atli. 

Andros contempló como la piedra había hecho una caricatura de un museo de su distrito. Todo el monumento parecía deshacerse como la cera, seguramente como burla de los pocos visitantes que recibía en los últimos meses, y que tantos problemas le había ocasionado. Intentó acariciarla pero esta se apartó como un perro asustado. Sonrió y decidió empezar la reunión. 

    — Somos Ragnarök, así que los problemas de dos en dos. — Todos esbozaron una leve sonrisa y eso ayudó a aliviar la tensión.— Hace una hora un pueblo llamado Reirem ha enviado una señal de auxilio. 

    — ¿Nada más?—  preguntó Rebecca, una mujer de mediana edad que solo pensaba en la lucha. Comentaba a menudo sus hazañas y se vanagloriaba de ellas. No paraba de gritar a los cuatro vientos que ella quería morir en combate, después de luchar horas y horas y poder ver la cara de su enemigo quitándole la vida.

Sus facciones eran rectas y musculosas, casi como las de un hombre. Sus hombros eran anchos y duros y su cabello rizado caía como una catarata de sangre sobre ellos. En la frente tenía dos entradas prominentes que le hacían parecer más masculina de lo que ya era. 

    — Solo pedían auxilio. — respondió con sequedad. 

    — Es raro. Con el tiempo debido podrían haber explicado mejor su situación. Una simple señal de ayuda, debe haber sido un ataque rapidísimo— A cada palabra que pronunciaba, los dientes dorados de su collar repicaban entre ellos produciendo un tintineo hueco que daba escalofríos a todos los presentes. 

    —¿Habéis podido contactar con alguno de nuestros asentamientos? — preguntó Andros mientras miraba fijamente a Winston.  

El aludido sacó un mapa y lo dispuso en el centro de la mesa. Todos se incorporaron un poco para obtener una imagen mejor. Winston empezó a marcar con una cruz varias zonas. 

    — Estas cruces son los pueblos que han contestado a nuestros mensajes. Hablan de una esfera gigante de color negro que ha durado aproximadamente veinte segundos. — Los pueblos formaban un círculo perfecto. Winston pintó el interior.— Dentro de esta zona no obtenemos respuesta alguna. El área afectada es de unos ochenta quilómetros cuadrados. 

    — Enviemos grupos de exploración.— Sugirió Háragos. —  Un ataque de estas proporciones y velocidad solo puede surgir de una perla. 

Andros lo miró con suspicacia. Háragos era un miembro joven, que quería quitarse de encima a los que consideraba demasiado viejos para ese cargo, y no desperdiciaba ninguna oportunidad para llevar el liderazgo de cualquier asunto. Era un hombre apuesto, con increíble facilidad para sonreír y hacer reír a los demás. Mostraba una gran oratoria en cada discurso y una facilidad insultante para idiotizar a las masas. Esas cualidades, junto a su ambición y capacidad de liderazgo, lo habían llevado a su posición en muy poco tiempo. 

    — Háragos esta en lo cierto, debemos ser eficaces. Si queremos información deberemos obtenerla de primera mano. Y erradicar cualquier enemigo que haya pisado nuestro territorio.  

    — Creo que debemos ser más prudentes.— afirmó Háragos. Todo el mundo se incorporó, atentos a lo que podría convertirse en otra de sus discusiones. — Enemigos de este calibre son difíciles de eliminar. 

    — Tenemos perlistas preparados para estas situaciones.— respondió Arzack con contundencia. 

    — De lo que me gustaría hablar  es como una persona de tal poder ha podido penetrar en nuestro país, y burlar todas nuestras defensas.— miró a todos los presentes, uno a uno, estudiando su interés en el tema. 

Andros ordenó sus pensamientos. No se apresuró en responder. Esos debates se habían intensificado desde hacía un mes. Háragos había empezado el bombardeo cuando se supo de la guerra venidera. Quería aprovechar ese momento de caos para conseguir su puesto. 

    — Apresurarse no es bueno para un Atli. — el joven ni se inmutó. — Aun no sabemos si se trata de una persona. Podría ser una perla mal extraída. 

    — Poco probable. — afirmó el Atli. 

    — Hay un asentamiento bastante grande, el número dos. —  Pidió el mapa a Winston y señaló el centro del círculo.— Más o menos por aquí. Explicaría porqué el ataque ha sido tan rápido y  ha afectado a una área circular.—  Bebió de su copa de vino para que pudiera procesar la información. Era el momento de devolverle el ataque. — ¿Qué has hecho tu, a parte de venir aquí y hacer acusaciones sin fundamento?

Háragos no contestó. Se hundió en la silla y aceptó su derrota. Andros sonrió para sus adentros. Cada pequeña victoria sabía a gloria. 

    — Continua conectado con el norte, nunca se sabe si alguien puede responder. — Le ordenó Arzack a Winston con una sonrisa alegre, en un intento de reprender la discusión.

    — Espectro, te encargarás de controlar que soldados salen de la ciudad. — Dijo el capitán para volver al tema que le interesaba. 

Una figura emergió de repente en una silla. Charlie dio un brinco al verlo. Vestía una gabardina con capucha de cuero negro, que ocultaba totalmente su rostro. Sus manos, cubiertas por guantes blancos, estaban reposando tranquilamente encima de la mesa. Hizo un gesto casi imperceptible para asentir a la orden de su capitán. 

    — Enviareis cada uno veinte personas. Pasareis los nombres a Espectro con las indicaciones pertinentes: Horas de salida, dirección y objetivos. En veinticuatro horas quiero información.

Todo el mundo se levantó. Fueron saliendo de la sala excepto Espectro que se quedó inmóvil en su sitio. Andros chasqueó los dedos y una mujer entró por la puerta que él había utilizado. 

    — Avisa a Sibyl, a Narissa y si lo encuentras, a Tástel. —Reflexionó un par de segundos para ver si tenía que avisar a alguien más. — Diles que se dirijan al asentamiento número dos, los detalles se los daré cuando salgan. — La mujer hizo ademán de irse pero Andros la detuvo.— Y adviérteles de que es una misión peligrosa, que anden alerta. — Dejo que sus ojos dijeran lo que sus palabras no podían decir en voz alta. La mujer se inclinó antes de marcharse. 

Se quedó un rato pensativo, mientras movía la copa con un gesto elegante y profesional. Miró de soslayo a la silla de Espectro y soltó una risa desganada. 

    — Axalis te enseñó bien.

Intuyó que sonreía dentro de su capucha.

    — Quedarse cuando los demás se van, aguardar hasta que llegue la oportunidad, hasta que las palabras salgan por fin a la luz. — Andros asintió cautivado con la voz del chico. Era penetrante, sin ser estridente, dulce a ratos. Sabía que estaba entrenada, que era un producto artificial, pero no podía evitar caer rendido ante ella. 

    — Ha sido una reunión bastante agradable.— dijo sarcástico. 

    — Como las últimas.— Contestó con un deje irritado. Acarició la mesa. Su lugar era el único donde no había ninguna creación de la Piedraviva. 

    — Pensaba que huíais de las nimiedades del alma, como vosotros lo llamáis— Dijo con cierta diversión. Espectro retiró la mano, asustado, y cruzó los brazos delante de el. 

    — No piense tanto señor. — La mirada del hombre fue de puro odio. — No me mire así, no le tengo que tener respeto. Mi maestro nunca lo tuvo. 

    — Tu maestro era un genio y tenía grandes logros a sus espaldas. Podía faltarme al respeto. — Bebió de su copa. — Me preocupa que nuestras diferencias puedan herirnos en un futuro.— dijo para volver a centrar el tema. 

    — A mi lo que me preocupa es si podrá aguantar lo que se avecina.

    — ¿Qué pretendes?— Preguntó, con menos paciencia. 

    — Ganarme su respeto. — Contestó mientras se acomodaba los guantes. 

    — No lo haces muy bien. 

    — No me malinterprete. No quiero que me vea como un lameculos como Charlie, o como un perro fiel como Winston. No voy a ser su amigo, ni su confidente. Trabajo para el reino, no para usted, y lo que crea que sea necesario comentar, lo diré. Le guste o no. — sentenció con dureza. 

    — De acuerdo. — suspiró.— ¿Has averiguado algo de lo qué te pedí? 

    — Han pasado dos semanas, así que mis espías apenas han empezando a trabajar. De momento tengo mis opiniones, pero me las guardó para mañana. 

    — De acuerdo, si algo importante aparece ya me lo harás saber. — Espectro asintió. — Por cierto, ¿Tengo que pedirte lo que tienes que hacer o ya lo sabes? — La mirada del capitán se oscureció.

    — Lo sé, señor.

    — ¿Axalis te lo decía?

    —Lo averiguaba por mi mismo. — Andros asintió satisfecho por el comentario. No estaba seguro de que alguien tan joven pudiera ocupar ese cargo, pero Axalis le había asegurado que estaba preparado. Y Axalis nunca había fallado. 

    — Se avecina una guerra, necesito que controles el flujo de información dentro del castillo. No sabes aun lo que pueden hacer las personas para obtener puestos de más prestigio. 

    — ¿Se refiere a Háragos?

    — Me refiero a todo el mundo.

    —Eso lo hace todo menos personal.— dijo mientras desaparecía, como si se difuminara en el aire. — Por cierto, no tenemos dos problemas, sino tres. 

<< Y los que vendrán>> pensó resignado. 

Andros se quedó solo en ese inmenso salón. Apuró la copa de vino y se quedó pensativo. Notó como se adormecía, quizás por culpa del alcohol, quizás por culpa de la edad. Suspiró, compartía la preocupación del espía.

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