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4 min
LÁSTIMA QUE...
Varios |
16.11.07
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Sinopsis

¿Alguna vez os habéis planteado cuanta es la gente que habitualmente os encontráis por la calle? Hablo de individuos anónimos, gente desconocida con sus propios problemas, sueños e inquietudes. ¿Os habéis detenido a pensar en ello? Un azaroso giro del destino y cualquiera de esas personas podría formar parte de tu vida del modo más inesperado, y con ello cambiar tu presente y a buen seguro tu futuro. Seguro que muchos de vuestros conocidos han llegado a vosotros de tal modo.
Pero la pregunta es… ¿qué ocurre con los que jamás llegan a formar parte de tu vida?
Seguramente creerás que estoy desvariando, pero yo pienso mucho en esas cosas. Quizás la culpa de todo ello la tenga mi profesión: soy escritor. Casi puedo verlo, ahora mismo estarás pensando que, como artista, merezco el calificativo de “raro”. Tal vez tengas razón… ¿pero en qué manual de la vida pone que lo raro tenga que ser algo necesariamente malo?
Sí, no cabe duda de que soy un tipo dado a las ensoñaciones, pero también a la natural observación de mi entorno. Y al residir en una gran ciudad, tengo mucho que observar, créeme. Individuos de todo tipo y catadura moral, cualquier “especie” de habitante urbano; desde los pintores y dibujantes que buscan ganarse un dinero en las grandes avenidas hasta los trajeados ejecutivos y los abogados engominados que parece que sólo saben hablar por el móvil. Hay mucho “espécimen” donde elegir, muchas historias que imaginar.
Pero sin duda mis personajes preferidos, aquellos por los que siento debilidad, son la gente de a pie, especialmente aquellos que, en mi calenturienta imaginación de escritor, llamo “Viajeros del Inframundo”.
Para que me entiendas, los que utilizan el metro cada día.
Es inevitable semejante atracción. Yo utilizo el transporte subterráneo todos los días, como ellos, sin embargo no lo hago por necesidad. Como escritor, trabajo en la comodidad mi casa, pero sin embargo he tomado la costumbre, no impuesta por obligación alguna, de montarme en el metro en la parada más cercana a mi piso, sólo por el placer de hacerlo. Y, debido a mi inclinación natural a la contemplación, no puedo dejar de observar atentamente los individuos que me encuentro cada mañana, todos distintos entre sí, más característicos de lo que podría parecer con un simple vistazo.
Más allá de los rostros cabizbajos y amodorrados propios de los madrugadores, sus expresiones, vestimentas y gestos me indican mil y un detalles que la mayoría no advierte. Obviamente, no conozco la verdadera historia de ninguno de mis compañeros de transporte, pero mediante la observación deduzco, y tras la deducción, creo mi propia historia: veo una ligera angustia en la esforzada madre que trabaja cada día, y que se ha visto obligada a dejar a sus hijos al cuidado de una asistenta o de una guardería; otro día es un universitario vestido al estilo rasta, un defensor a ultranza de los derechos de los animales- a juzgar por la pegatina en su mochila proclamando que es antitaurino-, y a buen seguro un okupa, pues también porta bordado en su gorro de lana un símbolo anarquista; el ejecutivo, padre de familia, con el típico maletín negro- un tanto desfasado ya-; un presentador de televisión al que nadie reconoce, o que por vergüenza no se atreven a mirar… los ejemplos se amontonan en mi libreta de anotaciones.
Curiosamente, soy el único que observa con atención.
Afín a todos ellos, una única característica: resignación ante la naciente jornada laboral.
Toda esa gente está presente durante un pequeño lapso de tiempo en mi mente. Me inspir
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