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6 min
LECCIONES
Varios |
18.10.18
  • 5
  • 2
  • 349
Sinopsis

Historias de Duque y Martín.

“Había algo extenuante y corruptor en el hecho de amar tan bien y sin embargo tan poco.”

 

Lawrence Durrell.

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      Habíamos llegado a la etapa en que los esputos sustituyen a los besos. Caminar con Claudia se convirtió en arrastrar a Claudia peso muerto olímpico y de ceño fruncido. La dificultad mayor estribaba en mi nunca cultivada musculatura: hubiera sido preciso un descargador de puerto (Claudia no era gorda en grasa acumulada, lo era en ánimo pesado y siempre dispuesto a estropear cualquier pájaro, cualquier rosa) Entrábamos a casa precedidos por un jadeo torpe y mutuo, una especie de pegajoso cansancio espiritual recíproco. Para Claudia yo era un triste y cómico pedazo de mierda bípedo por obra y gracia y algo de suerte; para mí, la Claudia de esta época no tenía un rostro definible, como la oscuridad o una kafkiana sentencia de muerte inexplicable. También era este el período del sexo transmutado en una terca y triste avaricia de la carne, un déjame agarrarte que todavía mal que bien me gustan tus cogidas, embates, lametones, nalgadas, y demás. Un poco después debutó el sexo como truco: póker, billar, veinte a ganador, aullidos, quejidos, gritos, rugidos, gruñidos, y toda suerte de ruidosas transgresiones del silencio, que de tan fuertes, violentas, y sonoras, terminaban por convertir la yunta carnal en ópera bufa. Más adelante –lógico devenir vaginal- el sexo de Claudia se transformó en un arma: un puñal detenido en pleno vuelo,  un revólver al revés que amenazaba con no dispararse hasta obtener lo que quisiera. Los últimos meses de nuestra relación me los pasé tratando de encontrar una palabra que definiera a Claudia en sexo y alma. Dejé a mis ojos recorrer esa larga y efímera lista mental de palabras que me ahorcan sin tregua y se repiten una tras otra en los espejos, sin lograr obtener la adecuada conjunción de letras  (abracadabra) que se escriban como Claudia y sean lo mismo. El resultado inmediato de esta búsqueda sin descanso (cajones, piso, ropa, libros, orejas, nariz, cuencas, ano) derivó en encontrar lo que no buscaba: la nota  precisa que dibuja mi dolor, el agudo sostenido en mis ojos cuando la observo manchado de vigilia, de asombro, de tabaco y náuseas, de silencio y noche: Claudia se asemeja a la rutina de pasarse años amando a un tigre en reposo: de tanto amarlo olvidas que es un tigre y un día salta y se acabó. Sucedido esto (el salto mortal garras al frente y cuello degollado) me fue relativamente fácil encontrar la palabra indispensable para hacer la síntesis poética, biológica, filosófica,  anatómica, y orgásmica de Claudia, ergo: Ciudad; triste urbe desprovista de esquinas para pájaros, rostro en el que sembrar flores sería inútil.        

 

*****

 

     La Catira llegó al Pool cuando Duque le puso punto final a su inverosímil definición de Claudia. Se habían visto en otras ocasiones, se habían sacado la medida, se habían bebido con los ojos alegres y sedientos. Pero nada más allá de miradas van y vienen, alguna sonrisa medio tonta,  y  saberse  animales  húmedos.

Duque nunca vio antes a una mujer tan cercana a la belleza física. Un rostro hermoso pero fuerte, sin esa estúpida propensión al pudor estudiado de las féminas comunes. La  carne  firme  como  un

abrazo de silencio y espinas, un templo intacto en su dureza, en su blancura rígida y móvil. Duque le mira el físico al hombre que siempre anda con la Catira: un enano grotesco, indescriptible, de gran papada y triple panza. La vida se da por contrastes, irremediable. Después de ojear al bicho raro deja caer sus ojos en el culo de la hembra inquieta: la carne imita al arte (paráfrasis de Wilde, obvio para el lector culto) y lo supera in extenso, in bello, in rico, in grande, in genial para las manos y profundo para la lengua. A todas estas, Duque se remite a su propia barriga suya de él (últimamente in crescendo) y la mira desde arriba usando de muchas precauciones gimnásticas para que no lo vean verse. Retoma su brandy suponiendo que La Catira es un gusto que no va a darse. Siente una punzada en el área imprecisa donde se ubica la vanidad y tiene una erección imaginando a La Catira en cuatro patas sobre la mesa de pool. El enano indescifrable pasa a su lado y se mete en el baño. Duque maldice por lo bajo su suerte –la del enano- y su cartera bien llena de billetes y tarjetas sin límite de crédito (esto último es una especie de paliativo para el orgullo lastimado: cualquier hombre o mujer puede imponerse a otro u otra sin necesidad de pagar) Levanta la cabeza del brandy y ve como se le acerca La Catira. Busca entre las muchas variantes de su repertorio facial y elije un par de ojos de cordero –a punto de sacrificio- y una sonrisa de resignada tristeza (todo ello en impecable coordinación con el acto de meter la barriga y estirar las piernas)

 

-¿Qué te pasa flaco?

-Me siento solo

-Pero tú eres lindo

(Siempre la misma mierda)

-Ajá

-¿Y estás solito?

-Sí, solito

-¿Agarramos un taxi?

-No entiendo

- Tú y yo mi niño

-¿Y aquel?

-Lo dejamos

-Así de fácil

-No es gran vaina

-¿Y yo qué pinto?

-Me calientas

-Falo que habla

-Eso

-testículos  para llevar

-Casi casi

-antojito dulce

-Vas bien

-No me respetas

-Para nada

-Okey,  ¿pagas y nos vamos?

-Ya está pago

 

     Duque y la Catira desaparecen en un no respires que voy llegando. El enano sale del wáter y otea la calentura de hembra y macho en franca fuga. Elije un taburete y pide un Caballo Blanco 18 años y purito. Después de ese pide el otro, y el otro, y al poco rato la cabeza le cuelga y la babita chorrea toda la barra (Pablo se ríe cuando me lo cuenta al día siguiente:

 

-18 años ¡semejante cagón!

-Le cuadra anís del malo

-Y se puso a llorar

-¿En serio?

-Como puta barata

-Maricón de mierda

-Bolsa inconsolable

-Cabrón sin dignidad

-Hembras sobran

-Siete por cada macho

-culo tras culo

-¿No sientes pena?

-ni puta pena me da

-A mí un poco

-A mi nada

-Eres  jodido tú

-Nadie se salva: de vez en vez nos pasa a todos

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Un oldman alto, hosco, y feo; hastiado de cigarros, bares, y noches sin término (hembras que llegan y se van, botellas de Whisky, la vieja escuela, el último dinosaurio, y así de pendejadas una detrás de la otra) Me aburre el sexo sin caras ni compromisos (ya tuve suficiente de esas pajas modernistas) Hoy día no me gustan los bares: parecen agujeros para heridos de guerra. Me gustan las personas y los perros (“Esa misteriosa devoción de los perros”, decía Borges) Amo a mi hija y a mi nieta: mis únicas dos rosas, mis últimas palabras. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

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