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7 min
Lecturas de antaño
Varios |
18.05.18
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Sinopsis

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Con la clase de castellano comienza la semana de estudio, por así decirlo, de Munro y Alzú; la clase es numerosa y afortunadamente bien equilibrada en lo coeducacional de muchachas y jóvenes imberbes, la distribución de asientos era programada de tal modo que a cada oveja le correspondía su pareja, elegida estrictamente, al parecer, al azar.

Digo al parecer, porque antes de iniciar el año escolar, toda la clase debía esperar afuera, entonces la profesora  jefe, en el caso que nos ocupa, hacía entrar a las niñas que se ubicaban en filas alternadas dejando una fila vacía en espera del ingreso de los muchachones.

Momento de grande expectativa, de emoción y de buena o mala suerte. La profesora , una vez ubicadas a las chicas llamaba a los varones en pequeños grupos, los cuales veían estas ordenadas filas de chicas con los ojos fijos en los que iban entrando, seguramente en espera que la suerte las acompañara. Uno a uno los chicos malos o menos se iban acomodando en el asiento que le indicaba la profesora hasta que la clase se completaba. Lo extraño es que nadie osaba cambiarse del lugar asignado y lo conservaba hasta el final del año escolar. Tiempos de principios no cuestionados.

Munro atraviesa la sala en busca de su asiento, no muy lejos de Alzú, y cuando se acomoda y trata de ordenar las ideas con el cuento de Oscar Castro, ve llegar a su lado una compañera de clase, de la cual Munro está en secreto enamorado y, además correspondido y proclamado por ella, pero todo se mueve en los planos del platonismo infranqueable.

La chica se acerca y pone con delicadeza su mano sobre la de Munro que se estremece con el contacto, pero disimula su rubor la inexpugnable palidez natural que lo protege, no así sus ojos negros que brillan con la timidez del huemul mientras observa esa proximidad inquietante: piel blanca, cabellera ondulada de un castaño claro, ojos oscuros, vivaces, alegres y ánimo solar.

Sobre el banco de Munro reposa un libro, es Alhué de José Santos González Vera, en cuya tapa aparece una estampa que muestra una vieja calle con casas descoloridas y atmósfera de surreal abandono y belleza de tiempos idos.

Eugenia observa el libro e intenta unas breves palabras de crítica literaria, mientras ya está entrando la profesora, lo que produce una agitación general en los estudiantes que buscan en estampida sus respectivos lugares, donde esperar severamente en pie y en silencio el saludo de rigor, con el respectivo “tomen asiento”; los alumnos por su parte “gracias señorita”, todo en el estricto cumplimiento del ritual educacional de esos años de oro.

-Yo lo leí y es un libro como la caca! -alcanza a decir la chica, y corre a su asiento.

Munro la acompañó con la mirada, mientras acaricia con disimulo el dorso de su mano donde ella dejara su tibieza.

-Jóvenes estudiantes -dice la señorita Gandolfi- hoy es lunes y, como ustedes saben o deberían saber perfectamente, hoy tenemos interrogación de lectura y procederé a llamar al azar a los afortunados o afortunadas que iniciarán este ciclo, que reconozco es una novedad para ustedes. Por lo tanto, antes diré brevemente cuál es el objetivo de esta actividad, qué espero de ustedes y, principalmente, qué deben esperar ustedes de las propias lecturas que han elegido de exponer como deber escolar.

La profesora de castellano es una hermosa mujer y en la plena vitalidad de su existencia, digamos para la crónica que la levedad de su silueta frisaba los treinta. Era poco conocida aún en el ambiente; había llegado como nuestros amigos, ese año al Liceo a desarrollar sus primeras lecciones. Fase de estudio y conocimiento recíprocos entre ella y sus alumnos, en suma.

Aparecía algo fría y lejana, una belleza natural, sin ostentación alguna era la suya. Un rostro delicado, algo virginal, de rasgos finos y bien definidos.

Ese día de verano vestía de un rojo guinda, vestido de una sola pieza, ligeramente vaporoso. La introducción a su idea de la lectura resultó, a ratos, clara y comprensible a la muchachada, otras algo difusa y fugitiva.

Enseguida la profesora abrió el grande libro de clases, de tapas de un color verde palta y acompañada del silencio de la sala detuvo su mirada en el primer nombre que lo pronunció a voz casi baja.

Munro sintió vibrar la corriente de la emoción al sentir pronunciar su nombre. Se alzó con desgano y se dirigió al lugar donde debía superar su primera prueba de liceano de primer año.

La profesora giró su silla en dirección de Munro, que estaba muy rígido esperando que ella lo autorizara a comenzar, y cruzó sus hermosas piernas, ambas delicadas y bien diseñadas pantorrillas quedaron paralelas un momento, después el pie que había dejado como columpiándose lentamente por breves segundos y lo giró debajo de la otra pantorrilla, construyendo ese elegante diseño que piernas de mujer, muy especiales, pueden formar y que algunos pintores capturan en toda se estética y sensualidad.

Nada de provocación había en el gesto, sólo una belleza natural, donde su vestido rojo acentuaba una piel dorada por el sol del verano.

-¿Qué cuento elegiste y por qué? -fue su primera pregunta.

-¡Alhué¡ -responde Munro después de una breve vacilación.

-¿Cómo Alhué? Me parece bien que lo hagas leído, pero no es un cuento y no estaba, esta vez en la lista; pero si deseas hablar de este libro, puedes hacerlo.

-No, señorita, aún no lo he leído, recién lo pedí en la biblioteca, quise decir Lucero de Oscar Castro.

Hubo risas en el curso, que relajaron un poco el ambiente. Munro era un buen amigo y contaba con la solidaridad de sus compañeros y compañeras.

-Está bien, si esta vez es así y no hay nuevos cambios -Munro descubrió que los ojos de la señorita Angélica no eran fríos y lejanos como él imaginaba, sino cordiales, intensos y le daban seguridad.

-Elegí el cuento Lucero porque su autor es chileno y habla de la cordillera.

Munro logró, más o menos, decir algunas cosas del cuento, pero cada vez en forma más vaga y, poco a poco se fue perdiendo. Buscó la mirada de Eugenia, que le sonrió desde su banco y terminó por olvidar las aventuras del caballo Lucero, del arriero Rubén Olmo, de las soledades, riscos y abismos cordilleranos, para ir él precipitando, después de monosilábicas respuestas a algunas preguntas de sus compañeros, hacia un sonoro dos que la señorita Angélica se vio obligada, no sin antes decir que lo lamentaba, pero la impresión que se quedó flotando en el aire es que el cuento no había sido leído.

Un día lunes que para Munro no fue, precisamente, de literatura

 

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