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32 min
Leticia habla (por fin) a su padre
Reflexiones |
02.09.14
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Sinopsis

Be water, my friend.

Be water, my friend.

 

 

  Cuando pasas mucho tiempo en un lugar te quieres ir. Piensas todo el tiempo que ya es hora de renunciar a la conformidad que es como la arena de playa absorbiendo el agua en vez de dejarla correr. No es necesario ir muy lejos, lo importante es que te permitas un tiempo para mirar tu entorno y aprender de los otros que son diferentes a los que te encuentras de tu ciudad, así tampoco los conozcas. Encontrar extraños lejos de mi ciudad es algo que me interesa. En el viaje que hice por Europa con cuatro amigos escogimos muchos países para volverlo más emocionante. Me puse a prueba mentalmente y físicamente, pero no en la forma dolorosa como la exponen en los realities que parecen exigirles a sus concursantes cierto número de emociones y sensaciones por minuto. Más bien, una prueba desde la felicidad que parte de cantar agradecida con la vida, por la boca e incluso por los poros de la piel que parecen estimularse en armonía, como las plantas que se mueven en dirección al sol. No es algo especialmente peligroso o doloroso, aunque cuando ocurre puedes llegar a sentir como si solo hubieras saboreado un trago amargo. Aquella felicidad no es una burbuja protectora. Obviamente te expones a gente con prejuicios. Como viajé con poco dinero me expuse a ciertos ambientes, pero sobreviví. Tenía dieciocho años, pude esperar a que madurara más. Pero para mí viajar es una urgencia, una necesidad como defecar. Por lo menos una vez al año tengo que liberarme viajando, sino me ocurre algo similar a cuando uno se retiene. Es mi carnaval como aquellos que hacían en Francia en el medioevo, en donde los hombres, hacían de sus órganos sexuales los reyes y del cerebro su bufón. Solo así volvían a la normalidad aceptando al rey y al clero del momento. Viajar es tomarme un tiempo para permitir que mis partes íntimas se expresen. Respiren con sus pulmones invisibles pero infinitos y fuertes. Me alejo de lo que he venido haciendo, de lo habitual. Pero no es un respiro solo para descansar, porque muchas veces puede que no sea así. Emprendes una aventura, después de todo… Vives haciendo un montón de cosas repetidas y alejarse de eso es como lo que cuentan en el documental “La cueva de los sueños olvidados” (2010) de Werner Herzog: El hombre prehistórico deja la mano pintada en la cueva y se aleja mirándola. Esa huella seria tu vida habitual, la casa en la que vives, la zona, la gente con la que vives, cuando te vas te das un respiro, un nuevo aire y puedes observar lo que has hecho, además de que te cambia la mente, por lo menos a mí me pasó eso. ¿No me sigues, padre? A ver intento de nuevo. Los primeros hombres dibujaban en las paredes de las cuevas lo que estaba a su alrededor, los animales que cazaban, las armas que utilizaban, lo que veían, lo que estaba a su alcance. De repente un hombre se pinta la mano y la deja en la pared. Uno se puede preguntar porqué le dio por dejar su retrato ahí. Es su manera de dejar huella. ¿Pero porqué dejarla? ¿Qué se siente en un mundo en el que, si mucho, te puedes ver en el reflejo del agua? ¿Qué es ver una huella tuya, qué es ver algo que ya no es tuyo, ya lo dejaste ahí, ya es una pintura más de la caverna? Creo que todo eso lo habíamos hablado. Pienso en la separación entre tu obra, tu retrato, lo que llevas haciendo y el momento en el que te separas de la pared y la puedes mirar y ya no estás ahí, ya no estás sosteniendo la pared. Estás en un momento sin tiempo, en una pausa, estás ahí y observas tu cotidiano para ver la huella que dejaste. Hay algo maternal ahí. Si me permites una segunda referencia, algo (tal vez lo único) que me sorprendió al visitar una de las casas de Fiodor Dostoievski en San Petersburgo fue un cuadro que el escritor apreciaba mucho, donde aparece la virgen cargando el niño Jesús que se mira sorprendido en el espejo. Ese momento de contemplación es cuando Dios nace como sujeto. El niño se mira extrañado como si viera a otro, nace al percatarse de la existencia del otro. Y esto bajo el amparo de su madre. El viaje es como el regazo de una madre. Con ella miro mi pasado. En cierto modo todo lo que toco lo es. Ocurre como cuando era una chica de unos cinco años y me llevaste adonde un terapeuta que me propuso tocar los instrumentos en su consultorio, cualquiera que quisiera y cómo quisiera. Al principio, timorata jugué con los instrumentos, pero luego al divisar la sonrisa del señor, me entusiasmé y comencé a pegarle a las paredes, al suelo e, incluso iba a intentar hacer música con las hojas de una planta, pero no me dejó. Mi entorno es la música de lo que viví. Algo personal puesto que para otros puede ser solo ruido. A mí me dan ganas hasta de bailar, de cantar hasta por los poros, como ya te dije. Pero viajando, mirando hacia adelante también dejas huella. Una efímera como ocurre con el teatro que vas a ver una obra solo por una vez, si llegas a volverla a ver notas que es diferente o, incluso, que ya no la volverán a pasar. Tienes solo una ocasión para admirarla, vivirla, como la vida. El teatro recrea un momento único que nosotros espectadores viviremos con humildad porque nos va a recordar que somos seres de tiempo, que morimos. Pero eso no quiere decir estar sumiso, digo bien “vivir”. Es el momento del ahora o nunca, del apocalipsis en el que se decide el futuro de la humanidad. Tanto salir del teatro, como terminar de viajar significan para mí haber visto aspectos de mí que tengo que cambiar porque deseo hacer la mejor obra de mí misma. En el viaje dejas huella como una abeja. Vas de lugar en lugar tomando y dejando algo en alguna flor que más que nada representan a personas. La huella que dejas en ti se encuentra en ese continente cambiante e independiente que se crea una vez se da esa separación entre lo que ves y lo que quedó atrás. Así entiendo estos versos de Roberto Juarroz: “No nos han enseñado/el único ejercicio que podría salvarnos:/aprender a sostenernos de una sombra”. La sombra es lo que está atrás… Espera, dame tiempo y te barajo mejor las cartas… A ver… Cuando no estás viajando, estás en un lugar en donde se hacen determinadas cosas una y otra vez. Sientes que avanzas poco a poco, pero avanzas, estás trabajando poniendo un granito y otro. En cambio, cuando viajas el tiempo es otra vaina. El tiempo se puede dilatar. Puede ser extremadamente rápido, puedes sentir que se fue, ya, y, a mi parecer, creces y cambias de una forma más acelerada. Es como cuando uno va a nacer. Los otros dicen: “Ay, miren ese feto” y dos meses después: “Vaya, severo bebé”. Los otros eres tú. Todo pasa más rápido cuando estás conociendo, metiéndote la vida en la boca, digiriéndola todo el tiempo. Pero de un momento a otro se puede estancar. O más bien se disminuye la rapidez, la fluidez de lo que te sucede. Puedes pasar horas contemplando las obras de un artista en un museo y regresar al otro día para volverlo a ver, casi creando un cotidiano entre lo que admiras y tú. Entonces el viaje es el momento en que todo te asombra, vas mucho más rápido, pasa el tiempo volando pero también cambias de velocidad al punto que el tiempo parece desaparecer. La felicidad puede significar estar por fuera del tiempo ya sea porque corre muy rápido o porque se detiene; te olvidas de él. Tú con él te vuelves la loca de la casa, la loca del mundo. Pero, ahora que lo pienso, el inconveniente de la locura es la inconsciencia. Viajar implica mirar todo con cierta intensidad, como con sensores detectando a cada rato lo extraño, lo diferente. Esto a diferencia del cotidiano donde lo único sorprendente son los chismes de los noticieros o las noticias amarillentas. Ves tanto viajando que no hay suficiente espacio en tu cuerpo para que se quede impregnada tanta huella. Mucho de lo que disfrutaste no lo podrás recordar porque ni sabrás qué fue. Es la misma sensación que producen ciertos sueños que una vez te despiertas olvidas. Después del viaje, sientes que una buena parte de tu felicidad se dio en otra dimensión e incluso te asombras que tú hayas sido la persona privilegiada. Puedes ver ese otro como un personaje atrapado en una novela. O, mejor, eres tú la prisionera. No tienes acceso a la Vida con mayúscula, a la literatura. En tu celda has tenido derecho solamente a un vaso con agua. Ni siquiera. ¡Puede que solo te hayan dado la sombra de ese vaso! Viajar es celebrar la imposibilidad de volver a viajar. Mi viaje me cambió pero, aun con las mejores palabras, no puedo reconstruir lo vivido en ese tiempo. Lo intento, procuro ganarme la batalla para recuperar mi pasado tal cual lo viví, sabiendo que perderé. De esa derrota, como una compensación de los dioses, me queda la sensación de que cambié. Desde mi viaje no soy la misma de antes. Puede que sea una ilusión pero todo lo es y no siempre te sientes a gusto. Me hace bien sentir que me haya gozado el viaje como si me hubiera comido un helado. Este se acaba, todo es efímero, todo pasa, me digo que hubiera podido saborear la bola de chocolate sin mezclarla con otro sabor o que mi helado hubiera podido tener otra mezcla, mas la sensación del helado queda en mí. Con el viaje esto es más fuerte porque tu plato fue el mundo y hasta el universo, si encuentras un lugar idóneo para admirar el firmamento. No es lo mismo mirarlo en un lugar conocido que en tierra extranjera, fascinada por el hecho de estar viajando, puedes sentir que lo contemplas desde otro planeta. Armar el rompecabezas de lo vivido es una pasión. Sientes que excavas en tu alma profunda no con una pala sino con las zonas erógenas de tu cuerpo o, más bien, de otro cuerpo, uno imaginario que igual sientes. No necesariamente vas a hallar una pieza del rompecabezas, pero sí el rompecabezas de esa pieza. Esto es lo mejor que te puede suceder, pues entre más sensible seas más le das calor a tu cuerpo. Te conviertes en una estrella en el fondo de la tierra. Te sientes en armonía con ella. ¿No hay alguien que dice que si valoramos las pequeñas cosas tendremos el retrato del mundo, es decir, fragmentado, como lo somos nosotros mismos? ¿Vemos solo una parte del todo y, partiendo de esa constancia, construimos la manera de vivir mejor, no? Después mi viaje no solamente crecí físicamente sino que quedaron en mí cositas de nada. Por cierto, ¿viajar será como el agua para regar las plantas o exagero? Pienso que exagero, como suelo agrandar todo lo que es bueno, para aprovecharlo más. Algo se ha alojado en mí que germina como una semilla. Si no me hubiera sucedido no estaría ahora con esa semilla brotando por todo mi cuerpo hasta volverse árbol. Soy una madre árbol siempre anhelando llenarse de semillas que son sueños, proyectos de escritura, de cine, de pintura… No sé si hubo un día en el que elegimos viajar. Nos reunimos en un bar sin conocernos mucho entre todos y nos preguntamos qué países iríamos a conocer. Es un error viajar con quien no se quiere, a menos de que uno vea los conflictos como enseñanzas. Eso lo aprendí después. Para la próxima tendré cuidado en escoger otros ambientes que se presten a que cometa errores más interesantes. Estábamos en una de esas noches en que Sandra y yo no teníamos planes. Nos dijimos “Vamos a un barsito que nos gusta mucho”… Ven te digo quién es Sandra… Es mi hermana de espíritu, sí, ya lo sabes. Lo que quiere decir que me conoce muy bien. No necesita de mis palabras para saber adónde voy ni qué quiero. La conocí en mi barrio por medio de dos o tres amigas. Ella era muy amiga de una de ellas, teníamos por ahí tres años, éramos unas pulgarcitas. Jugábamos juntas todo el tiempo, aunque la verdad no tengo muchos recuerdos concretos. Son historias que he escuchado de ti, entre otros… Crecimos juntas, entendiéndonos muy bien rápidamente. Con María Adelaida, que también vivía en el mismo barrio, fuimos construyendo nuestro mundo. Así María Adelaida se fuera a vivir a Colombia después y Sandra para Croacia, de donde viene su madre, nunca han dejado de ser mis hermanas. Una de las pocas certezas que podemos tener en esta vida es que hay amigos que lo serán para siempre. Siempre vamos a estar ahí, las unas para las otras. Esa tranquilidad me da espacio para ser yo misma o, más bien, para olvidarme de mí misma. Sigo contando lo del bar. Estábamos ahí esa noche e invitamos esa noche a Pedro sin saber mucho porqué. Era un amigo de mi antigua universidad. En ese momento era solo un amigo… Un caleño con el que tenía muchas diferencias que solo fueron un inconveniente durante el viaje. Detesto que le cuente algo que me duele, que me está sucediendo, y él, en reacción, se preocupe apenas. Peor aún, le vale tres pepinos cuando me interrumpe y se despide de mí como si nada. Muchas veces no está ahí para sus amigos. Cree que lo que hace tiene que hacerlo pensando en él, en su bienestar, como si estuviera solo en el mundo, cosa que no comparto. No estamos solos, nadie está solo, esa es mi certeza mayor, a pesar de que parezca ridícula cuando pensamos, por ejemplo, en nuestra propia muerte, que es tan personal. Nadie diferente a nosotros mismos la puede experimentar. En todo caso, cuando contemplo el firmamento y me siento tan sola, mi instinto de supervivencia me dice que no estamos solos, que la oscuridad es una maña de los dioses para espantar bobos. Claro que no debería tirar la primera piedra. Pobre Pedro. Siento que después del viaje he aprendido a preocuparme más por el otro. Al mismo tiempo, siento que siempre lo he hecho. Es posible que me pareciera a Pedro por cuestiones de inmadurez. Es posible que el viaje me haya dado lo que me faltaba para tener una idea más concreta del universo y de mi entorno. Quizás porque mi vivencia durante varios meses con personas que no eran tan cercanas como mi querida Sandra, me obligó a conocerlos, a estudiarlos, y ese ejercicio agudizó mi sensibilidad hacia el otro. Recuerdo cuando tenía quince años una amistad que traté de forjar en vano. Luz se llamaba. Era una compañera del liceo. Tenía problemas de depresión y no se tomaba juiciosamente las pastillas que le recetaban. Se intentó suicidar varias veces hasta que lo consiguió. Muy cobardemente, por cierto, como suele suceder. La gente se quita la vida drogándose. Viven muertos y parten muertos. Yo trataba de acompañarla todo el tiempo, me quedaba en la casa de ella. Considero la amistad como algo más valioso que el amor. A lo mejor, eso se refleja en mi vida sexual. Prefiero conservar una amistad a mezclarla con amor que es, como la ruleta, o se gana o se pierde, sin término medio. Prefiero no jugar. En cierto modo prefiero no vivir, embalsamándome con ese sentimiento tan cómodo que es la amistad. En el mismo año en que Luz intentaba quitarse la vida hasta lograrlo, tú te separabas de mi madre. También quise estar siempre con ella con quien vivía. Tú cambiaste de ciudad. Me angustié en demasía por ella que no deseaba probar bocado ni levantarse de la cama. No supe cómo reaccionar porque estaba muy joven. Estaba muy chiquita, carajo, y uno no sabe cómo tratar al otro. Durante el viaje, todo fue reacción, acción, pregunta, respuesta, como en el pingpong, jugándomela para coger el tren a tiempo, para no pelearte con nadie. Y tuve mi primera relación amorosa en que los problemas venían de mi pareja y no de los demás, como me pasaba antes cuando eran los suegros y mis padres sus causantes. Sentí un aluvión de tristeza y risa solo para mí. Ya no se trataba de cómo sufrían o gozaban los otros, sino de cómo yo lo hacía. Mi jardín mental absorbió toda el agua cuando volví al cotidiano. Me nutrí. Aprendí a tratar mejor a la gente, a cómo reaccionar frente a determinadas situaciones. Yo me pegué ese viaje joven, me siento rara al decirlo, puesto que sigo siendo joven. Pero he tenido experiencias que no van mucho con mi edad. Si no crecí más rápido, por lo menos fue de otra forma. Tomé un camino personal. Me siento alguien diferente a los otros y eso, de alguna manera, me ayuda a entender a los demás. Soy mi propia ilusión o incluso mis propias ilusiones, puesto que no creo que uno sea una sola persona sino varios. Varios personajes como en el teatro. A los quince años no tenía ni idea de qué era una depresión, ni idea de cómo reaccionar cuando presientes que tu madre idealizó adrede el matrimonio para conocer mejor el infierno. Para flagelarse, haciendo de esto casi que la única fuente de placer. Simplemente en esa época se me detuvo mi cuerpo, mi mente, absolutamente todo. Entonces no es que fuera como Pedro, indiferente a los otros, sino que no sabía cómo tratarlos. Creo que ahora sé más. El viaje sirvió para ponerme a prueba. Tú y mamá me pusieron problemas de plata para viajar. Mi madre me dijo cuando comenzamos la preparación: “Dinero no puedo darte. No sé cómo va a hacer usted porque no hay plata. Ud. debería pagarse eso, nosotros queremos que vaya con nosotros a Colombia a que salude a su abuelo que acaba de ser reelegido Presidente de la República”. “Yo no tengo nada que ver con ese paisito que cree elegir a sus Presidentes”, le respondí provocadora, como si en Francia no ocurriera igual. Yo quería viajar hasta donde me fuera permitido, sin nombre, apellidos, hasta sin género. Me molesta tener que ver a mi familia y rendirle cuentas. Se atreverían a juzgarme menos si yo viviera de algún trabajo y no de ellos, pero esto es algo que me cuesta mucho aceptar. Tener un empleo es también depender de una sociedad que te propone oficios para los cuales no naciste. Yo no nací si no para vivir de amour et eau fraîche. Tú, padre, me dijiste lo mismo y te respondí: “Bien pues me he conseguido unos trabajitos por aquí y por allá. Con un tiquete de tren especial puedo conocer casi toda Europa en veinte días. No es muy alentador pasársela en tren y tomarse pocos días por ciudad pero es barato. No necesito que me ayudes”. Tuvimos tiempo para recoger plata, dejando de comer en la universidad. En esa época tenía clases que no me permitían volver a la casa para almorzar, entonces me preparaba una modesta lonchera. Sabía que me iba a morir de hambre en el viaje, que tus observaciones eran muy ciertas. Me preguntaste incrédulo qué carajos iba a hacer yo con diez euros. Era una ambición y, como dicen, esta anula el amor, el amor hacia uno mismo. No me importaba si me comía medio pan al día ya después tú y mamá me vieron mucho más decidida, me dieron una platica dizque de seguridad. No de eso no iba a haber, si me tocaba alguna urgencia pailas. No les pedí la plata, ellos me la soltaron teniendo razón: de lo contrario me iba a morir de hambre. Yo poco sé de muchas cosas pero tampoco sé si de verdad no sé, lo cual en no pocas ocasiones me puede traer sorpresas. No es que no tenga idea de revisar mi cuenta de banco por internet. Soy consciente del momento en que estoy en rojo, pero no reviso por miedo. Me asusta decirle a ustedes que son todos neuróticos que me falta tanto, cuando en verdad es una estupidez. Un miedo pendejo porque si me da la gana puedo salir y buscar un trabajo. Por supuesto no es fácil, no me van a dan uno así como así pero puedo intentarlo, solo que se me pasa, no sé, no sé por qué. Tal vez por que quiero mandar al carajo este mundo, haciendo que los demás gasten por mí, creando en mi entorno un caos que tiene la facultad de haber sido creado por mí, que los adultos delimitarían diciendo “Te lo dije”, “Tú te lo buscaste”; esas sentencias son la cerca que me protegen de arriesgarme a ser una buena persona, es decir, no que haga el bien como una ñoña para ganarse caritas felices, sino alguien autónomo económicamente y mentalmente. Cuando hago las cosas mal por lo menos sé que lo hago yo. Antes de que me digan “Te lo dije”, yo mismo me lo estoy diciendo, por orgullo. Prefiero darme yo misma latigazos a que alguien lo haga, prefiero perder adrede a que alguien me diga que he perdido. Quizás por eso me cuesta trabajo ponerme a buscar trabajo. Siento miedo de no lograr ser nunca autónoma, que cuando conozca la realidad vea que era pura fantasía. Me conformo con tener a distancia la realidad para no acercarme a ella… Por el momento, mientras tengo el argumento de que estudio y por eso no puedo trabajar mucho, me deleito imaginándome una vida sin dinero. Fue lo que hice en Berlín en este viaje donde no teníamos un euro. ¿Fue en Berlín? En Berlín o en Ámsterdam… No, eso fue en Ámsterdam porque dos de nuestras compañeras cogieron un tour que costaba un resto, casi la mitad de nuestro viaje entero, recorrimos la ciudad entrando a todo lo que era gratis y llegamos a un campus contorneado por museos, una plaza frente a uno donde había un evento de comida reciclada para todos y gratis. Su mensaje era: No botes comida, recicla. Nosotros no habíamos comido, y esa gente del evento anunciando que regalaban almuerzos, que la sopita, que el seco con vainas que habían apartado de distintos restaurantes, nos parecieron ángeles. Nos sirvieron las cositas, nos ofrecieron una mesita y tragamos como un verraco. Eran las cuatro, tres o cuatro… ya se estaba acabando, llegamos justo en el momento. El lugar era muy amplio, recuerdo una fuente alargada donde habían unas instalaciones de aros de colores vino tinto y verde como el césped. No salía agua de la fuente, debo tener por ahí una foto, pero tenía un mini laguito apenas para sentirse cómodo y tomarse la sopa, con la gente sonriente y alegre que habían instalado una carpa en el jardín, para ellos tener sus utensilios, los alimentos. Tenían otra instalación, no sé qué era, ah sí, era para degustación de vino, pero nosotros llegamos muy tarde para eso. Era una carpita chiquitica. Fue agradable ver la gente vestida como uno se viste en verano, casi en pelota. En todo caso así me gusta a mí. Entre menos te puedas poner mejor. ¿Hippies?, preguntas. Pues yo sinceramente estaba muy concentrada tomándome la sopa y solo recuerdo la sensación de libertad que irradiaba la gente con sus cuerpos poco cubiertos. No solo hippies, gente libre, si les pongo etiquetas ya no podré embelesarme con ese bello recuerdo. Estaba haciendo un día del putas, luego de un día de llovizna. Habían viejos, jóvenes, de todas partes, me dio la impresión de que todos hablaban inglés, pero obviamente se escuchaba mucho holandés e incluso de todo. Mis otras amigas se echaron un crucero por no sé dónde. Pedro y yo echamos pura pata y después nos reunimos todos. Habíamos decidido desde el principio que íbamos a hacer lo que quisiera cada uno, de modo que resultábamos dividiéndonos por parejitas o solos. Ese día con Pedro nos tomamos una tamaña birra cerca a los canales… fue una belleza. Vimos la ciudad repleta de bicicletas y sentimos que esa gente era un amor… Uy, la libertad sexual en esa ciudad es una cosa impresionante, hay mucha. Puede sonar cándido sabiendo que uno no vive en Ámsterdam pero, como turista, sentí que se podía hacer lo que a uno se le diera la gana sin sentirte juzgada. Para mí libertad sexual quiere decir enamorarte de alguien de tu mismo sexo, caminar por las calles agarrado de la mano, besarlo y que nadie venga a joderte la existencia, puedes estar casado con alguien del sexo opuesto o no casado y tener tus problemas y, pues parce, se separa uno así tenga hijos, así sea complicado esto y lo otro, pero nadie se las da de mosca cojonera. Nadie te dice nada por que decidiste hacer lo que decidiste con tu sexualidad, y no solamente hablo de sexualidad con mayúscula, hablo de “Ay, hoy me quise pintar el pelo de azul y el otro día de morado”. “¡Listo! ¡Hágale!”. Puedes hacer ce qui te chante y nadie te puede tratar de diferente porque sí o porque no. En Ámsterdam se sienten orgullosos de aceptar a la gente tal como es, y eso es una maravilla, no se ve en otras partes, yo estaba súper contenta. Me gustaría vivir allá seis meses… yo apenas pasé tres días, ala. No puedo decir “Quiero vivir aquí”. Hay vainas que… digamos… me dan culillo. Ámsterdam está llena de coffee shop y puedes fumar todas las ganjas que puedan existir y la mayoría de la gente está en eso. Si vivo allá, de pronto, por lo menos el primer año me iría de farra en farra, de fumanchada en fumanchada. Pero me da miedo de perderme ahí, de perderme en tanta libertad, entonces, no sé. Repito, pasear por Ámsterdam es muy diferente, quisiera hablar de libertad cuando uno vive en el lugar, porque creo que de eso no hay en ninguna parte del mundo. Ámsterdam no debe ser ninguna utopía. En Berlín me parece mucho más posible que viva más tiempo porque hay mucho movimiento artístico que me interesa. Lo mío es vivir en ciudades transformadas por los artistas, pero eso me da miedo como me sucede con Ámsterdam. Da miedo que no sepa controlar esa potra Zaina que es la libertad, que te ahogues con ella, que sientas que es infinita y lo necesario para vivir, cuando no es cierto, no estamos en un mundo en el que sea así. En un viaje está presente en unos lugares más que en otros y, al mismo tiempo, siempre está ahí, dentro de ti esperando a qué decidas qué hacer con ella. La libertad puede ser aplicable a un modo de vida, a una manera de organizarse y también es una aparición, algo de un instante acompañado de un sentimiento de entusiasmo o de terror. Ver que en tres días de estar en Ámsterdam hubo destellos utópicos, olvidando que posiblemente la realidad es otra, suscita un gran entusiasmo. Es como una piscina. El agua es la libertad y tú te sumerges y te dices botando burbujas de la emoción, no puedes ni hablar, “Por dios, todo esto para mí”, pero vuelves y sales. Entonces te dices “Bueno, me voy a quedar con esto que tengo pero me voy a imponer ciertos límites, así como la de no joder al otro. Voy a hacer mi vida aquí y esta agua va a permitirme amar al que quiera, expresar lo que quiera sin que la comunidad en la que vivo me perturbe”. Pero la piscina es profunda y entre más bajas, más te olvidas del otro, se te tapan los oídos y todo. Afuera es el reino del símbolo, es decir, de la unión. Adentro el del diábolo, la división. Hay divisiones que pueden ser benéficas para la libertad de todos, pero el precio a pagar es caro. Bajas y bajas corriendo el riesgo de que te aseveres “Aquí me ahogué, aquí me quedé”. Me da miedo emocionarme mucho con la droga de Ámsterdam, o con otros vicios como puede ser el del sexo. El sexo no es como el trago o fumar, es más que eso porque los unos son algo inventado, cuando lo otro es natural, viene de ti, como un pequeño monstruo, del latín, “mostrarse”. “Mostrar tu verdad”, dejar de ser “persona” que quiere decir “máscara”. Mostrarse es complicado. Pienso que cuando uno tiene el vicio del sexo lo que está siendo no es mostrarse sino hacer del sexo una máscara, para ocultarse, para protegerse de algo. Me preocupa considerablemente esto, porque entre más me siento discriminada menos me puedo mostrar de la manera más natural posible. No me gusta excluir a nadie, siento que nadie es menos o más o, más bien, no sé ni me importa. Soy radical porque me he sentido atacada y no deseo que ninguna persona deba sentirse así. Es simplemente muy doloroso y es claramente una violación a tu libertad de ser, de poder ser como el agua de dónde venimos todos. Cuando cuento una historia y de repente digo “El personaje es negro o amarillo”, me siento terrible, siento que no debí hacerlo a menos de tener oyentes tolerantes, amigos. Creo que no está bien que sea tan susceptible. Quizá este planeta es un manicomio porque nos obligan a ser gentiles. Como digo la división puede ser factor de libertad. El caso es que siempre me duele discriminar. Hablando con humor, en el viaje hubiera podido meterme toda clase de drogas, toda clase de alcohol y con uno que otro man, una que otra vieja, sin discriminar, aplicando a la letra la ley de Jesucristo de Amaos los unos a los otros. Pero no lo hice y no me arrepiento. Yo como filósofa no busco “aprender a morir” como diría Montaigne, sino aprender a escoger. Para ello primero tengo que reconocer que soy un ser fragmentado, esa es mi verdad, no puedo evitarme ir al fondo de la piscina, hallarme a mí misma. Una parte de mí puede auto asignarse capitán de mi barco y llevarme a un lugar insospechado. Dejar brillar tus fragmentos es parte de tu libertad, pero tienes que escoger con cuidado. Yo quisiera ser lo que yo misma elija y no mi familia, mis amigos, la sociedad. Nadie puede acercarse a ver la totalidad de tu ser fragmentado como tú. Los otros solo ven uno que otro pedazo y con eso juzgan. Tener esa capacidad de ver todo es cosa de dioses, por eso a lo mejor cuando conozco a alguien que, creo, ve lo que no veo yo misma, me siento completa, como la reina del universo. Te enamoras porque sientes que alguien te completa. Ahí hablaríamos de la ilusión del amor, pero una relación amorosa es diferente. En ese plano es importante que ambos se den un terreno especial para que puedan sembrarse todos nuestras partes, como se quiera. Hay que aprenderlas a aceptar, a cuidar y hasta querer. Es algo que mucha gente no hace ni siquiera con los amigos que es más fácil. En el momento en que no aceptes una parte de tu amigo, se quiebra la relación, queda una fisura, siempre se va a recordar como un puente que le falta un palito, queda endeble, no se puede cruzar, se puede partir en cualquier momento. Eso me duele, me duele mucho porque lo siento y me esfuerzo por insistir e intento no sentir rencor. ¿Tratas a los otros como quieres que te traten a ti?, me preguntas. Sí. Todos los seres humanos deberían ser tratados así, me da piedra cuando no recibo siquiera eso. Me da piedra ver que hay gente que no se pregunta, que no se dice “Uy, el otro debe ser diferente, el otro debe pensar diferente a mí, ¿porque no lo escucho?”. Así como me veo películas malas. ¿Porque no verlas? Después dices sí o no, ¿sí me entiendes? Por sentir curiosidad hacia el otro acepté taparme el pelo, las rodillas y los hombros para entrar a… ¿cómo es que se llama?.. A Sofía, a… Se me acaba de olvidar… ¿Santa Sofía? Te tienes que tapar todo para ver mosaicos y cosas maravillosas en Estambul. Yo no estaba de acuerdo, pero igual tienes que tolerar al otro. En Estambul la mayoría de la gente te miraba a los ojos, no como en París y no notabas que te juzgaran, te querían conocer. Yo me decía “Voy a seguir esta regla porque ellos creen en tal y tal cosa y es su cotidianidad, su hogar, soy prácticamente una intruso”, entonces bajo la cabeza, no reniego. En otras circunstancias no bajo la cabeza para nada. Cuando mi mamá me vio con mi ex novia en mi cuarto y que pasé una noche de mierda al otro día le dije a mi compañera que aun así la quería mucho y que aun así seguía queriendo tener una relación con ella y por eso no creo que haya bajado la cabeza, hubiera podido reprimirme y no lo hice. Así te duela, te lo confieso a ti padre querido, desde esta computadora con WIFI gracias a mi lavandería de Budapest donde decidí continuar mi carrera universitaria. Ahora que recuerdo a mi ex me atrevería a decir de viva voz “A la mierda, familia, a la mierda amigos, hasta Sandra, pues yo quería viajar era con ella”. Yo a ella la adoro, mi relación con ella no funcionó principalmente por nuestras edades y por nuestras familias, por las circunstancias mas no por el amor, todo eso lo hizo más fuerte, como uno se hace amigos en medio de una guerra. Sí me hubiera gustado viajar con ella, pero no estuvo nada mal viajar con Pedro. No me siento mal pensando en que viajé con él. Yo sabía qué iba a pasar apenas emprendiera el viaje. Iba a tener experiencias diferentes, iba a conocer otras sensaciones, otros amores, y pues me enamoré de Pedro entonces, no. No me arrepiento.

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