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5 min
Ley propia
Suspense |
19.03.17
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Sinopsis

Él llevaba una pistola, nunca la utilizó pero le gustaba guardarla en el interior de su chaqueta, le hacía sentir seguro. Con ella patrullaba las calles de madrugada, todas las noches a la una de la noche abría la puerta de casa y salía dispuesto a poner el orden que la justicia era incapaz de imponer. Entraba en el veinticuatro horas que iluminaba la esquina de su calle y pedía un café de medio litro, mientras el encargado se lo preparaba charlaban sobre lo mal que se estaban poniendo las cosas por allí; los índices de robos y delincuencia iban en ascenso.

            ­-La otra noche sin ir más lejos entró una joven asustada porque un hombre la estuvo persiguiendo más de media hora. –dijo el encargado.

            -¡¿Cómo?! ¿Cuándo pasó eso? –dijo enarbolado.

            -Hará dos noches, sobre las cuatro de la madrugada.

            -El sábado por la noche… -meditó unos instantes- No me sorprende nada la gente bebe y luego comete estupideces.

            -Supongo que sí… Tenga, aquí tiene su café.

Después de pagar, sale de la puerta sin poder quitarse de la cabeza la imagen de esa pobre chica corriendo asustada hasta la tienda, se toca con la mano el interior de la chaqueta sintiendo el tacto frío de su amiga.

            -Puede que esta noche nos toque trabajar de verdad. –le dice.

Por motivos de seguridad decide cambiar la ruta de su habitual patrulla, pues teme que los malhechores le conozcan y le eviten, ese debe ser el motivo de los pocos incidentes detectados en sus últimas rondas nocturnas. Se adentra en un callejón sucio y con olor a desagüe. No ve nada fuera de lo común, a decir verdad, no ve nada ni a nadie. Las altas horas de la noche invitan a la gente a descansar en sus humildes moradas mientras los delincuentes aprovechan la intimidad de la oscuridad para hacer de las suyas.

Sale del callejón que le conduce directo a un parque, el parque es un sitio tranquilo con dos caras diferentes, por el día los niños juegan alegremente, por la noche los camellos trapichean con sus mercancías y algunas mujeres ofrecen sus servicios a los más necesitados. A nadie que se le precie le gustaría pisar un parque por la noche. Con el primer paso dentro del parque detecta a uno de esos yonquis bajo una farola con rostro serio mirando a todas partes, se nota que está con el mono.

            -¡Oye Chaval! –le grita a escasos metros- ¿Tienes algún amiguito que le guste ir asustando a jovencitas por la noche?

            -No sé de qué me estás hablando, señor. –dice el chico extrañado.

-Sí, sí que lo sabes bien –Abre el interior de su chaqueta y le muestra el mango se su amiga-, no nos andemos con rodeos ¿de acuerdo? ¿Quién es el gracioso que intimida a las mujeres por estas calles?

            -Está usted loco, ¡Yo no sé nada de eso! –gritas mientras desaparece corriendo por la oscuridad.

            -¡Mierda! Se me ha escapado, debería haber sido más rápido. –se dice para sí mismo.

Decide continuar con su inspección esperando encontrar a algún compañero narcotraficante de éste. Al girar en uno de los cruces marcados por un abeto escucha:

            -Buenas noches Bobby, ¿me buscabas? –dice una voz femenina.

De entre las sombras aparece una señorita ligera de ropa con media sonrisa y un cigarrillo en la boca.

            -Disculpa señorita, yo no soy ese tal Bobby.

            -Claro que sí, cariño. Cómo no me voy a acordar con esa pistola que tienes.

            -Perdona pero no sé de qué me estás hablando. –se despide con una mezcla de vergüenza y furia.

Prosigue con su paso firme hasta salir de parque.

            -Este sitio solo está lleno de tarados, tendremos que buscar en otro sitio. –le dice acariciándola.

Camina sin un rumbo fijo, planeando dónde puede encontrar al acosador cuando ve a una preciosa veinteañera terminando de cerrar un bar, son las tres y media de la madrugada y ese desgraciado debe estar cerca. Se esconde detrás de un coche agazapado mientras espera ver al agresor cerca. Cuando la muchacha inicia su marcha él decide acompañarla desde la distancia.

Ella camina con calma charlando por su teléfono móvil. Él, desde la acera de enfrente, no pierde detalle de todo lo que pasa a su alrededor. Deseando ver a ese malnacido y quitarle las ganas de intimidar a mujeres. La chica se detiene mirando hacía detrás alarmada, él tuerce la cabeza inconscientemente pero no ve nada, la calle está vacía. Al volverse la chica ya no está. Sale corriendo hasta la esquina donde se encontraba, mira su reloj, son las cuatro.

            -¡Mierda! No puede ser que no lo haya visto. –se dice a sí mismo.

Continua corriendo por la calle buscándola cuando alguien le placa, cae al suelo sin poder mover los brazos. Él empieza a gritar para que acudan a su rescate pero es inútil, tumbado boca abajo ve como dos botas negras se colocan justo delante de él, alza la vista y ve un policía uniformado.

            -¡Agente! Está equivocado, yo no he hecho nada.

Alguien detrás de él le ayuda a incorporarse, una vez de pie, el policía le cachea encontrando a su amiga; la saca con gesto sorprendido.

            -Se lo puedo explicar agente, no pensaba utilizarla, solo era…

El policía le hace una señal para que se calle y mira con preocupación al hombre que tiene detrás.

            -Bobby, esta vez la has cagado. –le dice la voz que tiene tras de sí.

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