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18 min
Linceo y David. Un paseo por la Pollentia romana
Históricos |
12.06.18
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Sinopsis

La aparición de un nuevo sistema de escritura y el conflicto entre dos religiones.

Entrados en el mes de maius, ya hacía suficiente calor para trasladar el taller al atrium. Por eso Quinto Cecilio Serrano ordenó a sus dos escribas que trasladaran las sellas y todo el material de escritorio a la zona norte del patio más importante de la domus, entre el altar a los dioses lares y la fuente con la estatua del comediógrafo griego Menandro.

- David, Linceo. Coged todo el material necesario para el trabajo de hoy, cogeros también dos sellas. Nos vamos al atrio, que este cuarto ya me agobia –dijo Q. Cecilio llevándose la mano al cuello y estirándose la túnica. Se encontraban en la biblioteca personal de Cecilio donde no había ninguna ventana donde pasará el aire. La luz que iluminaba la estancia provenían del peristilo.

Los dos esclavos, uno de origen cilicio y el otro hijo de un esclavo tarraconense de judea, agachando la cabeza dieron media vuelta y se pusieron a recoger el material de copia: los frágiles rollos de papiro, que ya habían preparado previamente, el tintero doble relleno con tinta negra y roja, el cálamo y la caja con la obra original que tenían que copiar, en total cuatro volúmenes, y solo llevaban uno copiado.

Solo eran las nueve de la mañana y los dos esclavos ya llevaban horas en pie. Se habían levantado durante el conticinium, es decir, cuando el gallo deja de cantar y el primer claro despunta por el muro este de la villa de su amo. Se habían ido al puerto de la civitas Pollentina a esperar la llegada del barco con los escasos kilos de papiro que últimamente llegaban del Mare Nostrum oriental.

De camino al puerto iban manteniendo una de sus habituales, y absurdas, discusiones por ver quién era mejor haciendo qué. Esta vez se trataba de decir durante más tiempo y más alto la palabra “Prytaneion” -sede del gobierno en la lejana Grecia-. Mientras uno gritaba, el otro contaba los segundos. Al final del juego ambos se incriminaban de contar más despacio que el otro. Acabaron por pegarse en medio del camino, lo que casi les cuesta ser atropellados por un jinete galopando que ascendía a toda velocidad dejando una gran polvareda a su paso. «Queréis quitaros de en medio, sacos de pulgas», graznó el jinete en vano. Hasta que en medio de la trifulca sintieron temblar el suelo lo suficientemente a tiempo como para levantar la vista y empujarse mutuamente cayendo cada uno a un lado del camino, pasando veloz el jinete en medio de ambos esclavos. Al levantarse y sacudirse el polvo continuaron con su camino, aunque no en silencio.

- ¡¡Ufff!!! Por poco, ¿¿eeeh?? -dijo David, que iba por detrás.

- ¿Por qué irá tan deprisa a casa del gordo bufón? –dijo Linceo refiriéndose a su amo. David contestó encogiéndose de hombros y Linceo continuó, pasando del latín al griego algo que hacia inconcientemente hasta que su amigo le avisaba de que no se estaba enterando de lo que decía, que él sabía latín y un poco de hebreo, pero ya está, así que Linceo tuvo que volver a repetir todo de nuevo- Te decía que anoche la nueva esclava me chupó tooooda la polla durante toooda la noche -y a continuación se sacó su falo mostrándoselo a su compañero y reviviendo ese momento de placer.

- ¡¡¡¡¿Cómo?!!!! –dijo David saltando encima de su compañero y pegándole con los nudillos en la cabeza-. Eso no vale. ¿Por qué no me avisaste? Yo también quería que me la chupase, que últimamente Irsa -otra esclava- no se deja ni penetrar, con la excusa de que está embarazada -esto último lo dijo levantando los brazos e imitando la voz de Irsa.

- Aahh, es lo que tiene no ser el sirviente oficial -dijo Linceo refiriéndose a que muchas noches David tenía que pasarse toda la noche escribiendo o bien recitando para su amo.

- Se va a enterar esta noche la muy zorra -dijo mientras cerraba fuertemente los puños.

- ¿Esta noche?

- Sí, ¿qué pasa? -preguntó confundido David.

- Hoy hay reunión de nazarenos, viene el misionero Feliciano de Córdoba. ¿No lo recuerdas?

- ¡Dios perdoname! Sí. Claro que iré. El padre Matías lleva semanas hablándonos de él, tengo ganas de escucharlo hablar.

- Hay que ir con cuidado -advirtió Linceo.

Feliciano de Córdoba era un orador importante dentro de la comunidad cristiana, que ya era más abundante que la pagana dentro del imperio. Feliciano era nicolaista y tenían ciertas creencias y prácticas diferente que los cristianos de Baliares, que eran de tendencia católica. A pesar de ello, el líder de la comunidad de la isla mayor, el padre Matías, le permitía reunirse con ellos. Había muchas variantes del cristianismo, pero por el momento ninguna era predominante y aún había libertad para discutirlas.

Ambos continuaron hasta el puerto en silencio. Linceo alegre y con media sonrisa en la cara ya que había conseguido dar envidia a su compañero. Mientras David fue todo el camino con los dientes apretados por no poder llevar a cabo su plan esa noche. Pero «Feliciano es Feliciano, y lo primero es lo primero», pensó a la vez que se hacía la cruz en la frente.

Cuando llegaron ya había unos ocho esclavos, sabían que si no llegaban más el precio del papiro sería barato y su amo les había dicho que si así fuera compraran el doble, así tendrían para más tiempo, puesto que no sabían cuándo volvería otro cargamento con dicho material, que se estaba convirtiendo en un bien escaso y, por tanto, caro. Pero ni David ni Linceo podrían haber pensado esa mañana que solo podrían obtener 10 metros de papiro a un precio que antaño podrían haber comprado 80 metros. Volvieron a la domus de su amo, con una ceja reventada y los puños ensangrentados por las disputas con los otros esclavos, pero pensaban que a fin de cuentas tan mal no les había ido, puesto que fueron los esclavos que más papiro habían conseguido. El barco solo trajo 100 metros, cincuenta de los cuales iban para la administración de la ciudad, y al cabo de una hora de llegar ellos al puerto se había concentrado una quincena de esclavos y una docena de libertos comerciantes. Éstos últimos, venidos de toda la isla, eran los que provocaban el aumento del precio en los mercados de los foros, puesto que compraban, se guardaban la mercancía y al cabo de un tiempo las sacaban a la calle con un precio diez veces superior a lo que lo habían comprado.

Lo que tampoco sabían los dos siervos era que al final del camino de vuelta iban a recibir diez latigazos cada uno. Primero por el caro papiro y segundo como represalias, al igual que el resto de los esclavos, pues Cecilio había encontrado una cruz cristiana y ninguno de ellos había reclamado su posesión. Cecilio, uno de los magistrados de la ciudad, era un fervoroso del culto imperial, para él el emperador era la luz del mundo civilizado, de la justicia y la paz. Era tolerante con cualquier culto adoptado por el Imperio, pero no con el cristiano, pues negaban la divinidad del emperador.

A la noche, cuando toda la domus se iba a dormir, era el momento oportuno para salir de allí, pero David no pudo ir con los demás esclavos a la reunión pues hubo de quedarse escribiendo las reflexiones de su amo. «A ver si acaba de una vez el puñetero tratado», pensaba el esclavo con gran enfado. Cecilio, que se consideraba un gran erudito, y quería volver a ser elegido edil y debido a que ya tenía muy pocos apoyos (solos los que aún eran paganos, el resto, la mayoría, ya se había convertido al cristianismo) se le había ocurrido escribir un tratado de política, argumentando las virtudes del Imperio, del sistema imperial y, por supuesto, del culto al emperador. Pero su mayor preocupación era quedarse sin papiro para poder seguir escribiendo. Y allí estaba, en el atrio, al comienzo de la noche, pensando cual sería su siguiente palabra, mientras el esclavo esperaba para apuntarla. Éste, por otro lado, esperaba, para su desesperación, que entre pensamiento y pensamiento su amo se durmiera, como hacía siempre. Entonces iría hacia la cueva.  

  • ¡Dos horas! Dos horas ha tardado el maldito en dormirse -David hablaba consigo mismo y maldecía mientras descendía el camino hacia la ciudad de Pollentia, una de las dos ciudades romanas fundadas por Roma en la isla.

Lo llevaba todo: su cruz colgada al cuello, su esterilla de lino para sentarse y la ofrenda. «Sí. Lo tengo todo».

Al llegar a la ciudad, pasó por la puerta sur y se dirigió a la parte este, y aunque lo quería evitar se vio obligado a cruzar el Foro, pues la calle de las tabernas estaba cortada debido a las obras de renovación en una parte de la calzada. Cruzó el Foro por el pórtico de los talleres y giró a la derecha, pasó por delante del templo de la triada capitolina y la estatua del emperador, ante el cual no pudo contener un escupitajo. Odiaba al emperador, pues era reverenciado por su amo. «Estúpido», pensaba David, «Mira que adorar a un simple hombre». Salió de la ciudad por el este sin ser parado (el collar de bronce colgado al cuello delataba su condición) y cogió el camino del teatro, detrás de éste estaba la cueva, donde sus hermanos ya llevaban rato escuchando las sabias palabras de Feliciano.

Sus hermanos, una veintena, estaban sentados sobre sus esterillas, rodeando al líder de la comunidad cristiana de la isla y al misionero. En ese momento el visitante tenía un papiro en las manos y hablaba de una nueva carta de San Pablo, que acaba de ser añadida al Nuevo Testamento en un reciente concilio. Estaban tan ensimismados que no se enteraron de su llegada. Se sentó detrás, junto a las mujeres.

La iluminación, escasa, solo alumbraba a los protagonistas. Se sentían mal por tener que esconderse de nuevo, sobre todo después de las persecuciones del emperador Valeriano hacía solo tres años. A pesar incluso de que recientemente varios patricios se habían declarado bautizados en la ciudad. Pero las últimas persecuciones habían hecho que se volvieran a esconder en cuevas y catacumbas, oscuras, húmedas y frías.

Feliciano de Córdoba, uno de los oradores cristianos más famosos, había hecho una parada en la Baliares Maior en su viaje de vuelta a casa, Corduba, capital de la provincia romana Baetica. Había sido obispo de Fisco, una pequeña ciudad al sur de Asia Menor. Había tenido que huir de allí tras el edicto del 257 que lo condenaba a muerte por predicar la religión cristiana. Pero él había decidido exiliarse, antes de que su condena fuera ejecutada. No quería correr la misma suerte que sus amigos Cipriano, obispo de Cartago, y Sixto III, obispo de Roma, que habían sido ejecutados recientemente.

Pero lo mejor de esa reunión, tanto para Difilio como para Linceo, a parte de las palabras de Feliciano, fue un objeto que sacó de su áspero y humilde saco: un codex de vitela. Hojas de piel de animal cosidas por un lado y cubiertas por una tapa delantera y trasera. El propio orador les contó las ventajas de este nuevo sistema para preservar la escritura.

  • La superficie es más pulida y suave, menos quebradiza… -explicaba el orador parsimoniosamente a los dos siervos de Cecilio, en un rincón de la cueva, mientras el resto de fieles se ponían al tanto de las últimas novedades de la comunidad, y se lo contaba porque eran escribanos, el resto no tenían derecho a conocer donde se sustentaban las palabras de Dios y de los apóstoles, además de ser los únicos que sabían leer y escribir -«ni falta que les hace a los demás», sentenciaba a menudo Feliciano-. Es más fácil de conseguir… todo el mundo conoce la falta de papiro y la disputa entre Pergamo y Egipto, por eso la primera decidió crear un nuevo soporte… -los dos esclavos estaban entusiasmados con la explicación y con el nuevo sistema, no querían dejar escapar ningún detalle, para luego contárselo a su amo. «Qué contento se pondrá el gordo, de esta nos recompensa», pensaba Linceo-. Además, es reutilizable y se puede escribir por ambas caras -proseguía pasando varias páginas, rápidamente, hacia delante y hacia atrás, en donde ambas caras se veían caracteres escritos.

  • ¿Y el papiro? -preguntó David.

  • Es para la administración, papeles oficiales o cartas. Cosas que requieran poca superficie de ese material, ya saben que cada vez cuesta más conseguirlo.   

Todo eran ventajas con este nuevo soporte, excepto el precio. Era de mayor calidad, pero más caro. Y ahí residía la duda en los dos escribanos. Ellos estaban hartos del papiro, que siempre se les rompía, y no tenían ninguna gana de volver a partirse la cara en el siguiente barco procedente de Egipto. Y su señor siempre estaba quejándose de la falta de papel, y la dispersión de sus escritos. De esta forma estaría ordenada y unida.

Al final decidieron contárselo a su señor, pero omitiendo donde lo habían descubierto.

  • ¿Señor? -comenzó Linceo, después de varias horas de miradas y señales entre ellos-. ¿Podríamos contarle una cosa, que mi compañero David y yo nos hemos enterado…? -hablaba despacio y entrecortado, con poca seguridad en su voz. Volvían a estar en el atrium, en la zona de sombra. Su señor tirado, a lo largo y ancho del triclinium, con los pies metidos en la fuente que había contigua en la pared, en principio reflexionando, pero lo más probable es que ya estuviera dormido, por eso no contestaba. Mientras ellos estaban de rodillas sobre un cojín en el suelo frente a la mesa de trabajo, uno escribiendo lo que iba dictando su señor, y el otro copiando viejos papeles-. ¿Señor?

El cuerpo de Quinto Cecilio se inquietó un poco, hasta que consiguió despertarse y continuó donde había dejado su dictado.

  • Por eso las cosas en Roma parecen que mejoran, pero aquí en esta civitas Pollentina….

  • ¿Señor?

  • Eehh… ¿Sí?

  • Queríamos mostrarle algo…

«¿A mí?» Caviló Quinto.

  • A ver, por los dioses lares que tenga algún interés.

Y se intentó incorporar, aunque necesitó la ayuda de uno de ellos. Se sentó recto con los pies chorreando de agua.

Linceo entonces se sacó algo entre la cintura de su pantalón. Era un trozo de papiro, que extendió encima de la mensa, por encima de los utensilios de escritura. En el papiro se veía un burdo dibujo -«soy escriba, no dibujante», se defendía Linceo a sí mismo- que quería representar dos volúmenes, uno cerrado y otro abierto. Habían hecho un intento de representar el códice que el orador les había mostrado en la cueva. Mientras David le iba contando los detalles de ese soporte de escritura y sus ventajas. Al terminar su exposición los dos esclavos soltaron toda la tensión. Bajaron los hombros, se miraron y medio sonrieron cómplices. Estaban satisfechos, iban a mejorar su trabajo y el de su señor.

Cecilio hacía años que conocía ese soporte. Lo había visto en su juventud, luchando bajo las órdenes de su emperador en una ciudad de Siria. Allí tras sofocar una revuelta, habían desmantelado una casa, lugar de reunión de nazarenos, donde encontraron varios ejemplares de ese formato. Desde entonces ese sistema había quedado ligado a los cristianos. No soportaba a los cristianos, por tanto no quería usar ese sistema.

La sonrisa se esfumó como el rayo. La cara de Quinto Cecilio se transformó. El entrecejo se hundió, las aletas de la nariz empezaron a temblar, hinchándose y deshinchándose cada vez más rápido. El rostro enrojecido. Y de lo más profundo de su interior  le llegó un grito: ¡¡cristianoooooss¡¡ -se intentó levantar del asiento, pero no pudo- ¡esto es un invento cristiano!

  • Pero… señor... -se atrevió a decir David- ...piense en las ventajas, podrá acabar antes su trabajo… -no pudo terminar.

Cecilio ya había conseguido levantarse y resbalándose por los pies mojados fue hacia el jardín y cogió un palo que sostenía un árbol recién plantado y se dirigió hacia sus escribas.

Éstos al ver lo que llevaba en la mano y las intenciones, primero se les salió los ojos de las órbitas y a continuación salieron despavoridos, tropezándose entre sí. Fueron alcanzados cuando intentaban abrir el portón del establo, pero los nervios y la herrumbre de hierro les impidió abrirlo a tiempo. Allí mismo fueron apaleados, entre relinchos de caballos, que sentían lo que pasaba y temían ser los siguientes.

Cecilio no paró de fustigarlos hasta que quedó exhausto y sin aliento. Mientras aquellos dos pobres quedaron tendidos en el suelo, maltrechos, retorciéndose de dolor y rabia. Ningún esclavo de la casa los había ayudado, ni siquiera sus propios hermanos nazarenos.  

Dos días después fueron vendidos a un romano cristiano de la civitas palmensis. Sin embargo, que fuera cristiano su nuevo señor no hizo que fueran mejor tratados. Eran esclavos y eso prevalecía.

*****

Semanas después Cecilio recibió la visita de un amigo, Cneo Cavio Amethysto, máximo responsable del culto imperial en la provincia Tarraconensis. Ambos eran pollentinos y habían iniciado el cursus honorum a la misma vez, pero Cecilio no pudo dar el salto a la política provincial, igual que hizo su amigo, ya que su fortuna era más exigua. A si que se tuvo que conformar con la política local. A pesar de ello, lo tenía en alta estima.

Su amigo venía para ayudarle con su candidatura en las próximas elecciones. Se presentaba por quinta vez a edil. Sin embargo el visitante llegaba con malas nuevas:

  • Lo siento Cecilio, ha llegado a mis oídos rumores… -dijo Cavio mientras engullía la comida que su anfitrión había dispuesto para él en los jardines-. …rumores de que quizá supriman la magistratura de edil…

  • ¿Cómo? ¿Y quién se va a encargar de la organización de los juegos...

  • Sí, lo sé.

  • …Y de la vigilancia de los presos o de los pleitos menores… -Cecilio se iba hinchando de orgullo ante las tareas que durante cuatro magistraturas había presidido.

  • Lo sé, lo sé -Cavio le daba la razón. La edilidad era un cargo importante dentro de la estructura romana-. Son solo rumores, no te preocupes. Ten, como me pediste, te traigo el último tratado del procónsul Numio Tusco, para mí es el mejor que ha escrito, a ver si te sirve… -hizo una señal a su esclavo, el cual sacó de su bolsa de piel de carnero un paquete envuelto en tela. Se lo dió a su señor. Y este lo desenvolvió. Cecilio quedó atónito.

  • ¡¿Te has hecho convertido?! -preguntó entre asustado y aireado.

  • ¿Yo? -Cavio no entendía nada- ...no -cómo iba a ser cristiano si era el pontifex de su municipio.

  • ¿Y eso? -señaló Cecilio al códice que su amigo se había traído.

  • ¿Esto? Pues... la nueva obra de Numi…

  • Es un sistema cristiano…

  • Cecilio esto es el futuro. Yo hace tiempo que leo en volúmenes…. y no lo han inventado los cristianos -agulló un poco ofendido.

Linceo y David se precipitaron a su memoria, desbordándola de sentimientos, algunos contradictorios.

 

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