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5 min
Llanto de pluma
Fantasía |
19.09.16
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Sinopsis

Cuando te sientes mal contigo mismo, es bueno tener a alguien cerca que te haga sonreir...

- Bego, deja de llorar y explícame lo que te ocurre –le dije acariciándole suavemente el cabello.

- ¡Estoy harta, prima! –contestó balbuceando mientras empapaba la almohada.- En el cole los otros niños se ríen de mí por el diente que se me ha caído.

- Vamos pequeña, no te preocupes por eso. Seguro que pronto te volverá a salir -le animé mientras la colocaba boca arriba en la cama.

- ¡Pero hasta que me salga estaré fea, Lara! –dijo sollozando.

Hacía varios meses que no veía a Bego y me sorprendió que estuviera tan afectada por aquello. Comprendí que en ese momento necesitaba mi ayuda.

- ¿Te he contado alguna vez la historia de “Llanto de pluma”? –le pregunté mientras la arropaba.

- No. ¿Qué es eso? –preguntó gimoteando.

- Te la cuento, pero después te vas a dormir, ¿vale? Un poco más calmada, Bego asintió con la cabeza. Mientras secaba sus lágrimas, comencé la historia:

- Todo sucedió una tarde ventosa del mes de Abril. Yo me encontraba en el interior de mi tienda contando las pocas personas que caminaban afuera. El aire sacudía las hojas de los árboles llevándolas al otro extremo de la calle.

Una mezcla de tierra y polvo formaban pequeñas nubes que apenas dejaban ver lo que sucedía detrás.

El espejo del probador llevaba varios días advirtiéndome de que mi peso estaba aumentando El reloj parecía haberse parado y el día se me estaba haciendo interminable. Al igual que tú, Bego, me sentía mal.

De pronto, tras un remolino de polvo apareció la figura de un hombre sentado en el banco de madera que hay frente al escaparate de la tienda. Ni siquiera le vi llegar.

Se trataba de un anciano con los ojos rasgados y la tez morena. Lucía una melena color ceniza que le llegaba hasta los hombros. Iba vestido con una camisa negra y un pantalón vaquero polvorientos. Sus desgastados zapatos parecían haber recorrido muchos kilómetros. Colgado al cuello llevaba un collar con plumas blancas que no dejaba de acariciar.

Su mirada se perdió en el escaparate y su cabeza fue girando lentamente como buscando en el interior de la tienda.

Decidí salir y sentarme a su lado. Sus ojos me siguieron pero sus manos seguían entretenidas con el collar.

- ¿Necesita ayuda señor? –le pregunté fijándome en las profundas arrugas de su cara que parecían cicatrices.

El anciano continuó mirándome sin pronunciar ninguna palabra.

- ¿Quiere pasar adentro hasta que cese el temporal? –le pregunté alzando la voz.- Aquí puede coger frío.

- A un viejo indio no puede dañarle un poco de aire –contestó moviendo ligeramente los labios.

- ¿Y qué hace un gran jefe indio en medio de la ciudad?

- No soy un gran jefe sino un hechicero –respondió con una pequeña sonrisa- He venido para devolverte lo que tú ofreces a los demás.

- ¿A qué se refiere? –pregunté extrañada.

- Sé que eres una buena persona que siempre trata de ayudar a los demás.

- Pero yo tan sólo…

- Tú les escuchas y haces que se sientan mejor –dijo el anciano.- Por eso, quiero ayudarte con tus problemas.

- ¿Y cómo va a hacerlo? El viejo indio acercó sus temblorosas manos a mis ojos y pidió que los cerrara. Lo hice aunque estaba un poco asustada.

- Ahora recuerda algo agradable –me dijo mientras sentía sus ásperos dedos- No busques algo complicado. Basta un simple detalle, algo sencillo.

De inmediato me vino tu imagen, Bego, riendo mientras te hacía cosquillas en la tripita. Podía escuchar tu risa contagiosa y ver tu cara de felicidad. Sentí que una lágrima se me escapaba de los ojos. Una lágrima de nostalgia por no estar contigo en ese momento. Después percibí un suave cosquilleo por debajo de mis ojos que me hizo sonreír.

Abrí los ojos y el anciano había desaparecido. Ni siquiera noté el momento en que separó sus dedos. No quedó ni rastro de aquel viejo indio, tan sólo una pluma sobre el banco. Una pluma parda, algo húmeda y a punto de volar con el viento.

Y esa es la historia de “Llanto de pluma”, Bego. Al menos yo la llamé así.

Desde aquel día, cada vez que me entran ganas de llorar, recuerdo lo que me dijo el anciano y pienso en pequeñas cositas que me hacen sonreír; esos momentos mágicos que he vivido durante el día y hacen que me sienta feliz.

- Pero Lara, ¿qué pasó con “Llanto de pluma”? –me preguntó con la voz cansada.

- ¡Quién sabe! “Llanto de pluma” continúa su camino; sólo se detiene cuando encuentra lágrimas que recoger y después vuela ligera con el viento.

- Gracias, Lara. Me ha gustado mucho –dijo cerrando los párpados.

Le di un beso suave mientras se dormía. Su rostro sereno volvió a sonreír.

Saqué la pluma parda de mi chaqueta y la dejé sobre su almohada. Estoy segura de que algún día será valiosa para mi pequeña Bego como también lo fue para mí.

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Comentarios
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  • ¡¡Gracias Azote por tu ánimo!! Un saludo
    ¡Vamos que tú puedes más!
    ¡¡Muchas gracias Cesar!! Por supuesto que no me molesta que lo compartas y mucho menos si le puede ayudar en algo... Te agradezco tu comentario y tu valoración, y te espero en la valoración de mis otros relatos (en especial los más largos que son los que más me interesa perfeccionar). Un saludo y gracias de nuevo
    Muy bueno Tony, en serio, este relato me ha gustado tanto que espero no te moleste si lo comparto con un niño, a quien creo le puede servir. Enhorabuena.
    ¡¡Muchas gracias Fénix!! Aunque efectivamente puede ser contada para un niño, lo cierto es que creo que puede ser aplicable a los adultos... Un saludo y gracias de nuevo.
  • Cuando alguien busca la soledad para compartirla con quien quiere no se siente solo...

    Hasta un pequeño objeto tiene su corazoncito... y se merece su propia historia...

    Hasta qué punto un hombre puede amargar sus momentos más felices cuando se encuentra angustiado y deprimido... ¿Volverá Goyo a ser el mismo hombre tras su encuentro "casual" con una desconocida?...

    Cuando te sientes mal contigo mismo, es bueno tener a alguien cerca que te haga sonreir...

    ¿Por qué el mundo que nos rodea poco a poco se va extinguiendo?...

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    Después de sentirte decepcionado con la gente que más aprecias, ¿volverás a confiar en alguien?...

Desde pequeñito me gustaba escribir redacciones y me encantaban los libros de aventuras (y hoy me siguen fascinando). Para mí escribir supone trasladar las emociones que llevas dentro...

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