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10 min
Llueve en Dublín (Cap.1 de 5)
Humor |
26.12.13
  • 4
  • 5
  • 2620
Sinopsis

“Es absolutamente imposible contemplar una puesta de sol de cerca. Por eso el hombre invento el huevo frito” JAUME PERICH

                                                 Vicky El Vikingo

 

El ancho río se extiende bajo un cielo ceniciento después de nacer en lejanas colinas de prados verdes, atravesar la ciudad delimitando la zona norte de la zona sur y desembocar en las aguas grises y frías del Atlántico que es donde duerme la capital de este país.

Apoyado en la barandilla del más encantador  de  los numerosos  puentes que conectan la ciudad puedo ver varios autobuses urbanos de dos pisos abriéndose camino entre el trafico, mientras ensimismado, algo arrepentido, pienso que iniciar un nuevo episodio de mi vida en un país frío y lluvioso a finales de verano no fue una de mis mejores ocurrencias.

En frente de mí, al otro lado, sentado y mal iluminado bajo una de las lámparas blancas de hierro fundido que adornan e iluminan perezosamente al puente, duerme un joven vagabundo  ignorado por los transeúntes que pasan a su lado, abrigado por una roñosa manta: mecanismo risorio para el frío que hace. Al final del puente, al otro lado de la estrecha calle, se abre un arco de piedra gris que es la entrada a un callejón de antiguos mercaderes y donde el  bullicio de la gente no impide que se pueda oír débilmente el eco de una guitarra flamenca interpretando el “Fisherman Blues” de los Waterboys. La música en directo es una de las mayores atracciones que agradezco y he podido encontrar en esta ciudad de ensoñaciones medievales, que cuenta con una gran tradición musical en su historia y da la impresión de aguardar plácida y resignada la melodía de una primavera lejana.

Una señora, acompañada de un hombre  pelirrojo junto a un niño adornado  con una espada, cinto y casco vikingo de juguete empiezan a cruzar el puente. Vestida con prendas ostentosas  se esfuerza por demostrarse feliz y adinerada, pero unos zapatos de imitación la delatan.  Sonríe, le dice al niño en una lengua extranjera que empieza a resultarme familiar, después de detenerse junto al joven vagabundo, ignorarlo con gesto desdeñoso y sacar una cámara digital de un bolso, que sospecho, también es una imitación.

Me doy la vuelta. Puedo ver en el horizonte el humo negro que sale de la chimenea de una famosa fábrica de cerveza negra y más allá, un ferry surcando el río mientras me esfuerzo en recordar el vocabulario que esta mañana he estado estudiando tan perezosamente. El idioma extranjero al que intento adaptarme, después de cuatro meses, sigue pareciendo una barrera inexpugnable que me supera cada día, la inseguridad que me causa parece haberse instalado en mi cerebro de un modo permanente y no poder comunicarme me ha convertido de momento, en una persona perpleja que constantemente se cuestiona si no es demasiado mayor para aprender un idioma nuevo, en un eldense alicantino que no se esfuerza lo suficiente por remediar la fastidiosa situación.

Diré a mi favor, que las circunstancias que me empujaron a salir de España- aunque no sabría explicarlas abiertamente y de un modo sincero- estoy seguro que no eran las idóneas como para desafiar a un idioma desconocido, que estudiar nunca ha sido mi fuerte y después de todo, agachare la cabeza como ese niño que acaba de ser descubierto cometiendo una travesura y le daré la razón-muy a mi pesar- a aquellos que manifiestan que de los problemas no se puede escapar, que nos acompañaran allí donde vayamos, que con la huida, uno solo consigue apaciguarlos temporalmente porque  seguirán acechando en silencio y buscando el momento de arrojarnos encima de nuestras espaldas el peso de la incertidumbre, que de una u otra forma, nos pertenece.

Las primeras gotas de una nueva llovizna empiezan a caer sobre mis hombros mientras la señora de ropas ostentosas le muestra a su marido las fotos realizadas. El hombre pelirrojo asiente con un gesto indiferente, mecánico y aburrido mientras el niño vikingo descubre ante sus inocentes ojos al joven vagabundo. Qué hace un hombre durmiendo en la calle con el frío que hace, parece preguntarse. Incapaz de desentrañar el misterio que le plantea la vida, tal vez impresionado, tal vez asustado frente a la pobreza personificada, se acerca al padre y empieza a tirarle del pantalón. Ese hombre no tiene casa ¿Por qué? Logro traducir no sin esfuerzo.

Ignorado por el cabeza de familia, que bastante tiene con repasar las fotos que orgullosa le muestra la mujer, “Vicki El Vikingo” se acerca de nuevo al joven vagabundo. Después de observarlo durante unos segundos desenvaina la espada de juguete del cinto y empieza a golpearlo sin fuerza sobre la cabeza. Tras los inofensivos golpes de espada, el joven vagabundo despierta, alzando lentamente la cabeza, descubriendo sin sorpresa alguna que está delante de un niño vikingo que lo escruta detenidamente.

Sigo con atención la escena que me presenta la casualidad de un día cualquiera y me da por imaginar que el niño puede que esté a punto de recibir una cruda lección. Intento no hacerle caso a la insufrible manía que tengo de sacar conclusiones precipitadas, pero como para darme la razón  y después de observar al niño con ojos legañosos que ensucian su mirada y pensar algo que se escapa de mi lógica, el mendigo saca rápidamente una mano sucia bien abierta de debajo de la manta y abofetea al niño con toda la fuerza de un hombre, para seguidamente levantarse, deshacerse con un movimiento rápido de espalda de la mugrienta manta y darle una patada al casco que ha caído al suelo del puente. Impulsado por el leñazo el casco pasa por encima de mi cabeza con la agresividad de un arma homicida para caer finalmente en el río.

Vicky, acongojado, paralizado y asustado, aun tarda unos segundos más en comenzar a llorar como si la vida le fuera en ello y dirigirse veloz buscando refugio en las faldas de la señora. El joven y agresor vagabundo tarda menos en ponerse a bailar en lo que reconozco como una danza  tradicional del lugar. Su sonrisa, es la de un hombre maliciosamente travieso y juguetón, trastornadamente contento y como poseído por una fuerza extraña y algo chiflada, sin dejar de bailar dando vueltas sobre sí mismo de un modo delirante al ritmo de una música frenética que solo suena en su cabeza, se acerca a la familia que no son capaces de averiguar por qué llora su hijo.  Ante mi sorpresa y la de todos los transeúntes que cruzan el puente, el endemoniado vagabundo deja de danzar y empuja al hombre pelirrojo tirándolo al suelo, aparta al niño sin resistencia alguna y de un tirón agarra el bolso de imitación de la señora, que por la expresión de su asustado rostro cualquiera podría jurar que está delante de un esbirro del mismísimo diablo. Para cuando dos hombres logran reaccionar y acudir en auxilio de la familia el harapiento diablo, por lo que se entiende a primera vista e impulsado por el ardor de la necesidad ya no se encuentra en el puente. Encogido por el frío y con las manos en los bolsillos observo los restos de la escena mientras apuesto en silencio los dos euros que tengo en el bolsillo a que el sorprendente sin techo, probablemente, ya haya cambiado por un bocadillo de salchichas el bolso de la señora fotógrafa, que si no me equivoco, debe de ser el precio exacto del articulo. Antes de abandonar el puente, alejarme de la escena del crimen y ahorrarme el molesto interrogatorio de los policías que están por llegar y que lo único que podrían conseguir es que me sintiera como un criminal, miro cansado el casco del niño arrastrado de un modo irreal por la corriente del canal y no sé porque, me imagino que no debe ser el primer casco vikingo que cae en las aguas de este río que serpentea tierras Celtas.

Camino de casa, andando por una amplia, concurrida y extensa avenida que es la principal arteria de la ciudad, paso por al lado de una monumental construcción de piedra gris que la primera vez que la vi me costó aceptar que fuera un edificio de correos y de los más emblemáticos de la capital, pues su construcción es imperial y más parecida a un castillo sacado de la tierra media de Tolkien que a una simple oficina de correos; pero es así, dada la importancia que tuvo en el pasado y en la historia del país dicen por estos lares. Sin dejar de andar, entre centenares de personas de diversas nacionalidades e ignorando las tiendas de moda que estoy dejando atrás, casi sin darme cuenta voy acercándome al monumento más popular de la Ciudad; un larguísimo pirulo de acero inoxidable situado en el centro de esta gran urbe: no me da vergüenza admitir que desconozco su altura, pero volvería apostarme los dos euros que llevo en el bolsillo asegurando que mide más de cien metros; los nativos del lugar afirman que es la escultura de mayor altura del mundo. Tal vez sea cierto, tal vez no, pero para los recién llegados su función es primordial: actúa como la luz de un faro costero pues se puede divisar de casi cualquier punto de la ciudad proporcionándole al nuevo viajero un punto exacto de su situación.

Pasando por la puerta de una cervecería y después de lamentar el hecho de no llevar más dinero encima para degustar una espumosa cerveza, vuelvo a recordar el extraño suceso que he presenciado minutos atrás. Me da por pensar que alguien debería decirle al niño aporreado que el castañazo que hoy ha recibido no será el último, que aunque no se dé cuenta en toda su vida puede que haya vivido unos de los momentos más importantes de su historia, un punto y aparte de su tierna existencia.

Advertirle  que está a punto de entrar en un mundo cruel y descomunal tampoco estaría de más.

Bienvenido a la vida pequeño vikingo:

¡Zas, en toda la boca!

Pero una sonrisa se dibuja en mi  rostro  cuando rememoro las tardes de Domingo de mi lejana infancia plantado delante de la televisión viendo dibujos animados : recuerdo la mítica serie de “Vicky El Vikingo”, un pequeño aventurero, un precoz, valiente e intrépido conquistador, que estoy seguro, no le costara descubrir que el mundo también puede ser maravilloso.

Cruzando la avenida, a punto de afrontar la calle que me conducirá al lugar donde vivo y comparto con otros dos españoles, miro al cielo y pienso que no hace falta ser meteorólogo para decidir que en menos de dos horas empezara a anochecer, que seguramente vuelva a llover, que bajaran las temperaturas, que no se puede estar en ningún lugar mejor que en casa. Que estoy hasta el gorro de los huevos fritos y he pasado un nuevo día sin ver el sol.

Son las dos de la tarde.

 

 

 

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  • Un buen relato lastima que el pequeño vikingo tenga que aprender a tortas
    Sé lo que debes sentir, pues yo ya llevo más de treinta años, exiliado de mi vieja Barcelona. Cuidad donde nací y crecí. Me agradó tu relato que, unido a un estilo claro y conciso, logras unas escenas excelentes que nos incitan a reflexionar, si se han compartido tus vivencias. La figura del mendigo es trepidante, como una alma celta que despierta de su ensueño. Seguiré leyéndote, pues observo mucho en común y me entretiene...Saludos
    Describes el paisaje de la gélida ciudad a tu llegada haciendo que parezca atractiva.Si fuera el caso, espero que eso no nos prive de disfrutar de tus escritos, me temo que más de uno hemos cogido la costumbre.. La bofetada al niño vikingo en cierto modo, es una respuesta a su imprudencia, y desde luego la vida de dará desgraciadamente bofetadas peores que esa. Felices fiestas , las que quedan..
    Extraordinaria capacidad de observación la del relator dejando esos pequeños retazos de ironía que le hacen pasar de simple cronista a protagonista llevándonos a su terreno con la suavidad de una llovizna irlandesa. Ni siquiera el bofetón ha resultado estruendoso. Lo único que lamento es no poderme sentar junto al narrador a compartir pinta y charlar del asunto.
    Una lección que no tiene precio para un vikingo enano y un relato solido y construido con todo lujo de detalles sensoriales, incluyendo la música, a ver como sigue, un saludo
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    “Es absolutamente imposible contemplar una puesta de sol de cerca. Por eso el hombre invento el huevo frito” JAUME PERICH

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Si se me permite, me gustaría aprovechar este momento para echar un órdago a aquellas personas, que como yo, sufren una extraña alteración en las funciones vitales cuando se ven abocados al vacío de un “Sobre Mi”. Vértigo, bloqueo, encogimiento de las partes nobles, picor en los ojos, moqueo, estornudos constantes, urticaria repentina… Es horrible, de verdad, créanme cuando digo que cuando nos vemos en esta situación la única salida que nos queda es echarnos en el suelo, formar un ovillo con nuestros cuerpos trastornados y esperar a que acabe la pesadilla. Y ahora que he logrado levantarme del suelo y recobrar algo de dignidad me pregunto si habré logrado mi propósito. Joder, estoy desvariando. No sé si tomarme un vino o una cerveza. En fin, me hare un vinito y mientras lo pienso.

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