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15 min
Llueve en Dublín (Cap.2 de 5)
Humor |
27.12.13
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Sinopsis

“Los ríos hondos corren en silencio; los arroyos son ruidosos” Proverbio Hindú

                                            Alegría mediterránea

No es difícil oír por ahí que lo de afrontar una aventura en una ciudad desconocida es semejante a mantener una nueva relación de pareja.  Al principio, todo es una frenética y hermosa novedad que rápidamente “agilipollea” nuestro raciocinio al mismo tiempo que acelera de un modo peligroso nuestro corazón. Pero ay primo, es bien sabido que la pasión del principio no durara para siempre y litros y litros y litros de tinta lo atestiguan: Ayudada por el catalizador del tiempo se irá diluyendo, lentamente, en una agradable ternura que tampoco durara demasiado  pero que ira disipándose, finalmente, en un afectuoso y duradero aburrimiento para los privilegiados, o en el peor de los casos, en un aciago y triste episodio para aquellos que no tuvieron el valor suficiente para huir cuando tuvieron la oportunidad de salir corriendo.

Correr es de cobardes, cierto, eso dicen los intrépidos, pero yo, que soy un experto corredor, podre contestarles a estos valerosos personajes, alegando, que poner pies en polvorosa cuando todavía se está a tiempo de salir airoso y sin herida alguna, es una forma, como otra cualquiera, de afrontar ciertos acontecimientos que nos vienen un poco grandes, reconocerlo es todo un acierto y salir corriendo puede ser nuestra única salvación. Y si se ponen bravos, pues así es la naturaleza de los héroes,  tratare de explicarles, disimulando el temblor de mis rodillas, que los valientes que pueblan los cementerios estarían agradecidos de que alguien, cualquiera, se hubiera tomado la molestia de expresarlo en voz firme y bien alta. Y si con esto no es suficiente para apaciguar el orgullo herido de nuestros heroicos cabecillas y al contrario de lo que pretendía en un principio, equivocadamente logro enfurecerlos, sabré irremediablemente que corro peligro, que no me quedan más argumentos con los que defender mi sospechosa exhibición, que una vez más, ha llegado el momento de salir corriendo.

Pues bien, si me viera en la obligación de tener que hacer una similitud entre la ciudad Celta en que me encuentro y algunas de mis relaciones, no dudaría ni un instante, la realizaría con Begoña, una relación de una sola noche, un aquí te pillo aquí te mato, aunque es indudable que a ella no le gustaría nada que hablaran de su persona con el poco tacto que lo voy hacer a continuación: La primera vez que la vi pensé que era una deliciosa madurita, de largas piernas y mirada astuta que sabía lo que quería y lo bien que me vendría un revolcón. Después de varios vinos me aclaró debajo de las sabanas de su cama que sabía muy bien lo que un hombre desea en un catre, pero se esforzó, tal vez demasiado, por mostrarse ardiente y apasionada  cuando en realidad solo aguardaba que el espejo de su armario ropero no le manifestara a la mañana siguiente el reflejo de una mujer solitaria, vieja y cansada echada en una cama sudada.

En fin, resumiendo, que esta ciudad da la impresión de ser una veterana que ha visto demasiado cosas y la sonrisa con la que recibe al viajero parece nacer de una alegría  seductora y experimentada, encantadoramente aburrida; que para una temporada o una noche, no está mal, pero para regocijarse en una relación más larga y duradera  los hombres de mi calaña preferimos una alegría mediterránea, fresca, más joven e inexperta y que le cueste menos brillar como el sol.

 

                                 Cafeína con ortografía Rubio

Tras pasar una noche fría abro los ojos.

Lo primero que me encuentro todos los días es con el techo de mi habitación. Es de un color que oscila entre el blanco sucio y un amarillo nicotina que siempre me recuerdan los calzoncillos de un borrachín resacoso. Y aunque pienso que no es una imagen muy positiva la que se está formando en mi cabeza con la que acompañar el comienzo de un nuevo día, aun tardo unos minutos en salir de la cama y unos cuantos minutos más en deshacerme de la diapositiva que se ha formado en mi cerebro de unos accidentados calzoncillos. Más tiempo tardo todavía en olvidar una sucesión  de imágenes a mitad de camino entre el pensamiento y la ensoñación que me recuerdan el sueño algo angustioso que he tenido y  me mostraba desnudo, como mi santa madre me trajo al mundo, pedaleando un minúsculo triciclo que me forzaba a golpearme la barbilla con las rodillas desnudas mientras me dirigía a saber dios donde por una calle abarrotada de gente, en dirección contraria, esquivando todo tipo de vehículos, haciendo oídos sordos de los cláxones y enfrentándome a las miradas estupefactas de los conductores que parecían no dar crédito  a lo que enfocaban sus alucinados ojos. Un sueño que empieza a disiparse mezclado con la orina mañanera y se pierde finalmente por la taza del wáter. Peores sueños has tenido, tampoco es para tanto, le digo a la imagen que me muestra el espejo del baño mientras me rasco los huevos y puedo comprobar que las ojeras de mi rostro se van acentuando cada día más; termino pensando que no duermo lo suficiente, que debería alimentarme mejor.

Con el sueño, o la pesadilla- nunca he sabido diferenciarlos de una manera precisa-dando los últimos coletazos en mis pensamientos y con un tazón de café en la mano me dirijo al salón.

Al entrar veo a Ferreiro, uno de mis dos compañeros de piso, sentado en la mesa que hay al lado de la ventana mientras rellena un cuadernillo Rubio de caligrafía con la templanza y concentración de un matemático.

Ferreiro es un gallego de cuarenta y tantos, un hombre de pocas palabras, reservado, sorprendentemente tranquilo, alto y delgado. Tras la prematura muerte de su mujer y sin hijos a su cargo decidió que ya estaba bien de cuidar vacas, que había llegado la hora de abandonar el interior de Ourense y como buen gallego, ver un poco de mundo. Vendió tierras y reses al mejor postor  para finalmente  decidirse por estudiar un idioma extranjero que le facilitara las cosas a la hora de empezar a viajar y que si la enseñanza la llevaba a cabo en un lugar que tuviera un clima parecido al gallego no le afectaría tanto el cambio y para empezar con su andadura por el mundo, sería lo mejor…

-     Buenos días…

Le digo a la vez que me dirijo a la ventana. Ferreiro, tras pensárselo detenidamente, hundido en el cuadernillo Rubio y sin dejar de corregir la caligrafía, me ofrece una especie de bufido, un extraño ronquido, que supongo, viene a ser lo mismo que unos buenos días en el idioma de las vacas. No deja de sorprenderme que un hombre de su edad, cuando no está estudiando inglés, dedique el tiempo libre que le queda rellenando cuadernillos Rubios. He llegado a pensar que hay que ser una persona desesperadamente tranquila y dueña de una conciencia limpia, inmaculada, algo infantil y a prueba de bombas para tener semejante hobby; aunque estoy seguro, que este pensamiento no es más que el relleno que uso inconscientemente para tapar la envidia, o admiración-tampoco se diferenciar entre estas dos sensaciones-que siento cuando lo veo rellenar con el esmero de un artista los cuadernillos de ortografía.

Me asomo a la ventana y compruebo que volveremos a disfrutar de un día corto, oscuro y gris. A lo lejos puedo ver por encima de  los edificios y la polución de la ciudad el gran pirulo de acero inoxidable vigilando la capital y más acá, en mi calle,  las casas bajas con sus inconfundibles puertas de vivos colores y que se pueden encontrar en las postales de la ciudad, porque a falta de mayores monumentos, creo, que es el motivo de que  estas puertas de madera  se hayan convertido en uno de los símbolos del país.

-     ¿Te gustan como están pintadas las puertas de las casas?-le pregunto sin dejar de mirar a la calle-¿Por qué estarán pintadas de colores tan chillones?

Termino diciendo bajando la voz considerablemente y sin esperar contestación alguna para después llevarme la taza de café a los labios. Por la esquina de la parte norte de la calle se ve venir a una joven quinceañera empujando un carricoche dirección a la tienda de ultramarinos que regentan una familia de felices chinos…

-      Sus colores-empieza a decir Ferreiro concentrado en el cuadernillo Rubio al mismo tiempo que dibuja con su parsimoniosa delicadeza habitual el comienzo de una vocal- se deben a la falta de luz de esta tierra; ya que no la pueden encontrar con el sol intentan reflejarla en las puertas de sus casas…

Concluye diciéndome como el que no quiere la cosa, sin levantar la cabeza del cuadernillo, con un acento serio, seco, áspero y algo huraño, alargando las primeras vocales de las palabras y por más que lo intento,  no logro averiguar si su contestación es un dato sacado de la wikipedia o tenia finalidades irónicas. Un claro ejemplo de la lógica aplastante, lapidaria, que se gastan los hombres endurecidos por el campo, algunos gallegos y sobre todo, el bueno de Ferreiro. En la calle, la joven madre sale de la tienda empujando el carricoche y tras comprobar que no viene ningún vehículo cruza la calzada para segundos después perderse por una de las esquinas moviendo el culo de una manera hipnótica…

-     ¿Te apetece algo de la cocina?-le pregunto mientras me doy la vuelta en busca del segundo café del día y algo de tabaco-yo sin la segunda dosis de cafeína no soy nadie…

-     Un poco de silencio no me vendría mal…

-     Joder macho, tanto tiempo rodeado de vacas  término convirtiéndote en un becerro…

Le contesto cuando  voy por el pasillo, en voz baja y riéndome entre dientes….

-     Y tu madre… ¿Qué tal esta?

Escucho desde la cocina decir a Ferreiro con un tono que intenta parecer hosco y amenazante, pero también logro escuchar una risilla que se le escapa al final de la frase que me da pie a seguir con el juego…

-     La mía no tiene vacas ¿Y la tuya?

Ahora el silencio que viene del salón me demuestra que hay hombres que no tiene el humor necesario como para jugar al juego de las madres, que será mejor guardar silencio mientras termino de liarme un cigarrillo si no quiero comprobar cómo se las gasta un hombre de un metro ochenta y tantos que no le gusta que le toquen las pelotas y menos la memoria de una madre, que por lo que yo sé, puede que haya fallecido no hace mucho. Pero al fin y al cabo, ha sido él el que empezó con el jueguecito de las madres y debería saber perder, pienso mientras busco un mechero por toda la cocina. Cuando regreso al salón y me planto delante de Ferreiro lo encuentro exactamente igual que cuando lo deje, hundido en el cuadernillo…

-     ¿Tendrías fuego? No encuentro ningún mechero…

Lentamente alza la cabeza. Puedo observar un rostro imperturbable, curtido por el frío gallego, de cejas pobladas que encierran unos ojos astutos,  pequeños y negros que me escrutan de una manera perspicaz e inquietante y tratan de pedirme un poco de tranquilidad. Pero por más que me esfuerzo, no veo el rastro del enojo o resentimiento reflejado en su serena expresión, que sería de esperar, por la falta de respeto que he mostrado hacia la memoria de su madre-tal vez muerta- mientras  pienso que debería, de una vez por todas, dejar de  sacar conclusiones precipitadas acerca de gente que no conozco de nada. Después de tocarse en los bolsillos y con una media sonrisa de triunfo dibujada en el rostro, semejante a la sonrisa resignada que se usa para levantar el castigo de un niño travieso me dice que entre en su habitación, que encima de la mesita encontrare un mechero.

Puedo comprobar que la habitación de Ferreiro desprende un fuerte olor a loción de afeitar que rápidamente me recuerda el tufillo seco y espeso que caracterizaba a mi abuelo y a primer golpe de vista, que es el dormitorio de un hombre ordenado, tal vez meticuloso y algo maniático mientras me esfuerzo en no echarle un  vistazo a cajones y armario para confirmar mis enfermizas sospechas. Tras observar un horario personal, muy bien detallado,  colgado en la pared, que describe perfectamente las tareas a realizar que debe llevar a cabo a lo largo de la semana(como la hora de levantarse de lunes a viernes, la de los fines de semana, horarios de comidas, los días que debe acudir a la escuela de idiomas, horas libres, cuadernillos de ortografía rubio, todas las mañanas de ocho a diez, repasar gramática, repasar vocabulario, etc,etc,etc) no sé porque viene a mi memoria el cuento de la hormiga y la cigarra a la vez que pienso que comparto piso con una especie de Norman Bates metido a monje budista, un extraño erudito  que camina tras los pasos que le dicta una fuerte disciplina, implantada por el mismo y que tal vez sea este el motivo de que este aprendiendo inglés con una rapidez, con una obstinación, de la que yo carezco y no creo poder alcanzar ni en un millón de años. Después de dos meses y sin esfuerzo aparente-está claro y como dirían en su tierra que haberlo, hailo- ha pasado de un nivel elementary, que era el nivel de inglés que traía de España y con el que sigo disfrutando yo, a un nivel intermedio alto que está sorprendiendo a propios y extraños. Un claro ejemplo de la implacable tenacidad de un hombre que se dirige hacia un objetivo claro, del que debería aprender y espero pueda servirme en un futuro, aunque no sé porque, lo dudo y tal vez, sea mucho más fácil de lo que parece y  el secreto de la constancia este en vivir una larga temporada en algún rincón perdido de Ourense, pasando frío y ordeñando vacas todos los días. Agarro el mechero y salgo del templo de Ferreiro mientras me doy cuenta que ha pasado el tiempo suficiente, que ya es hora de callejear un rato por la ciudad y tomar una  buena cerveza...

-     ¿Nos vamos de birras?

Le pregunto a Ferreiro, una enigmática hormiga gallega, tras darle una amistosa palmadita en la espalda y comprobar un mensaje que tengo en el móvil de Romero Castillo, nuestro compañero de piso, una tremenda mole manchega, treintañero como yo, escandaloso y juerguista con el que nos vemos obligados a compartir el piso y que  me recuerda en el sms que no olvidemos que esta noche tenemos fiesta en la casa y que si me apetece tomar una pinta el estará toda la mañana holgazaneando por el parque que hay en el centro de la Ciudad. Después de un impresionante soplido, con una clara impaciencia y sin levantar la cabeza del cuadernillo, Ferreiro me contesta que si soy capaz de dejarlo tranquilo me lo agradecería sinceramente pues tiene cosas mejores que hacer…

-     ¿Vendrás a la fiesta de esta noche?

Le digo antes de salir por la puerta…

-     ¿Qué remedio tengo? Vivo aquí.

Me contesta sin levantar la voz, tras dar otro asombroso bufido que fácilmente se puede interpretar como un deja de tocarme las narices en el lenguaje vacuno y dejando entrever que he vuelto a estropear un valioso silencio con unas palabras innecesarias.

 

 

 

 

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