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17 min
Llueve en Dublín (Cap.3 de 5)
Humor |
28.12.13
  • 4
  • 7
  • 1659
Sinopsis

“Me gusta la gente con ese átomo de locura que hace que la existencia no sea monótona, aunque sean personas desgraciadas y estén siempre en las nubes.” CARMEN LAFORET

                                                   En el parque

Tras dejar atrás varias calles y al doblar una esquina, sorprendentemente, puedo contemplar en el cielo un sol resplandeciente interrumpiendo una mañana sombría, pero sospecho, que al igual que una alucinación o un espejismo será una quimera que no llegara a calentar del todo.

Abrigado por un tres cuartos y un gorro de lana, me dirijo al encuentro de Romero Castillo, un manchego macizo y bravucón con una de las personalidades más arrolladoras que he podido observar en muchos años y que como búsqueda transcendental en la vida tiene el encontrar un rápido y eficiente medio que rectifique su inminente calvicie.

Una  ingenua y apasionada estudiante interrumpe mi camino alzando una gran hucha, reclamando unas monedas que puedan solucionar el hambre en el tercer mundo mientras puedo ver al otro lado de la calle una soberbia puerta de piedra gris que da entrada al campus universitario, un recinto sagrado para cualquier amante de la literatura pues  fue en antaño el lugar  donde estudiaron varios genios literarios del planeta en general y de este país en particular. Tras dejarle algo de calderilla y recibir una amplia sonrisa que no tiene precio, sigo con mi camino entre el ruido del tráfico y la aglomeración de personas que se dirigen a diferentes puntos de la ciudad. Al cruzar la calle me situó al comienzo de una ancha travesía peatonal, de edificios bajos construidos con ladrillos rojos que son sostenidos por numerosas tiendas, restaurantes y diversos comercios, una calle que tal vez sea la más comercial y concurrida de la ciudad y cuenta con una cariñosa estatua de bronce que representa a una atractiva mujer, dueña de unos voluminosos pechos, ataviada con un vestido callejero del siglo diecisiete y empujando un carrito de la época con mejillones y berberechos. El nombre de la estatua es también el titulo de una canción popular del lugar que cuenta la historia de una hermosa pescadera que murió de fiebre en plena calle. Cuenta la leyenda que era una tendera de día y una prostituta de noche y a día de hoy, trescientos años después de su muerte el fantasma de tan bella vendedora sigue paseando por las calles de la Ciudad, un espectro con el que no me importaría tropezar si digo la verdad.

Caminando lentamente y algo ensimismado en un sueño donde un fantasma me convierte en el hombre más feliz del mundo, puedo ver la entrada a unos de los pulmones de la ciudad, un lugar con cuantiosas plantas, flores, arboles y donde uno se puede tomar un descanso alejado del trafico y del ruido constante de la ciudad mientras respira aire fresco y limpio.

En el centro del parque se encuentra situado un gran lago que da hogar a numerosos patos negros y blancos cisnes, comunicado por un puente de piedra que parece haberse extraviado de un cuento de hadas y rodeado por arboles, jardines y un césped salvaguardado adecuadamente de la polución de la ciudad. En uno de los numerosos bancos de madera que rodean el lago puedo ver a Romero Castillo, sentado sobre el respaldo en una posición de poder que me da por pensar en un jeque árabe fumando en cachimba mientras descansa plácidamente en compañía de sus cien esposas…

-     ¡Menudo careto me traes!- dice Romero a modo de saludo con una estruendosa voz que seguramente estén escuchando allá en Albacete- das la impresión de estar arrastrando un terrible  estreñimiento ¡ja ja ja! ¿Qué pensamientos te corroen esta mañana? A ver, cuéntame canijo, no te lo dejes dentro, cojones…

Finaliza diciendo mientras tomo a siento y me da una monumental palmada en la espalda, dándome a entender  que una vez más será él quien tenga el mando de la conversación que estamos a punto de entablar, al mismo tiempo, que  me voy arrepintiendo de haber aceptado la invitación…

-     Veo que te queda menos pelo que ayer…

Saludo mientras le paso la mano por la cabeza y veo como su gran sonrisa va cambiando hasta convertirse en una mueca reflexiva y preocupada. Enfrente de nosotros, patos y cisnes sobrenadan en círculo por el lago, en calma y sin preocupaciones aparentes mientras una mujer regordeta desmonta de una bicicleta de paseo y se dispone a cruzar andando el puente de piedra…

-     Esa mala leche que tienes por sangre está cortada y no te deja crecer…hijoputa el enano de los cojones…

Contesta mientras aparta mi mano de su irremediable calvicie con una fuerza excesiva y dirige la mirada a un grupo de veinteañeras que están sentadas al otro lado del lago…

-     Están macizas las jodías, menudo culo tiene la pelirroja, vaya patas para una mesa…a esa le iba a dar yo una buena ración de morcilla manchega…

Suelta Romero en un tono sorprendentemente vacio de cualquier tipo de insinuación sexual para la observación que acaba de realizar, con la mirada absorta y pensativa que puede que se gaste un marinero que por fin haya visto tierra después de una larga travesía. La mujer de la bicicleta termina de cruzar el puente y no sin problemas logra volver a montar en la bici y sin terminar de arrancar del todo se va perdiendo lentamente entre los arboles mientras termino de liarme un cigarrillo…

-     ¿Tendrías fuego?

-     ¿Qué chorras haces con los mecheros?

Dice Romero alzando la voz de nuevo visiblemente resentido por la alusión que he hecho antes a su alopecia mientras me ofrece un encendedor. Después de observar durante unos segundos a las jóvenes ninfas del otro lado del lago, de repente, se dibuja en su rostro una sonrisa malévolamente victoriosa que me hace temer lo peor…

-     ¿Has estudiado mucho inglés esta mañana? Y lo de la perplejidad ¿Cómo lo llevas?

Me pregunta con un tono inteligentemente bellaco, brindándome una mirada cínica y triunfante que me comunica en silencio que más me valdría no sacar de nuevo el tema de su escaso pelo:

Romero Castillo sabe muy bien los problemas que estoy teniendo con el idioma de este país y la inseguridad que me causa, que no logro concentrarme cuando me enfrento al libro de gramática elemental y por supuesto no olvida, el muy cabrón, el día que le conté lo sucedido en mi primer día de clase en la academia de idiomas. Romero Castillo, aprovechara cualquier ocasión para restregarme por los morros que después de pensármelo detenidamente llegue a la conclusión que sin la ayuda de una escuela nunca avanzaría en mi tortuoso aprendizaje y accedí finalmente, a pagar en una academia de inglés un precio desorbitado por una semana de prueba para ver cómo me desenvolvía y si realmente me serviría de algo. La primera mañana me presente en clase nervioso y asustado como un niño enmadrado en el primer día de colegio, intentando dominar el miedo ilógico que bullía en mi estomago pero dispuesto a pasar una mañana desapercibido entre mis compañeros de clase mientras mejoraba mi insuficiente nivel de inglés. Pronto me di cuenta que lo de pasar una mañana desapercibido no iba a ser posible; el profesor, ante mi espantosa sorpresa y después de darse cuenta de que no entendía nada de lo que trataba de decirme, con el gesto universal de levanta el culo de la silla me comunico que había llegado la hora de las presentaciones. Tras un breve instante- que en aquel entonces me pareció eterno- y un silencio desesperadamente pavoroso que nunca había padecido antes,  allí plantado y aguantando con una sonrisa estúpida las miradas extrañadas del resto de la clase, supongo que al profesor le dio por pensar, tras mi prolongado mutismo, que me encontraba aterrorizadamente bloqueado- estaba en lo cierto- y que nunca terminaría de arrancar si no me echaba un cable. Se dirigió a mis compañeros de aula con unas palabras que me resultaban lejanas e indescifrables y acto seguido, estos se pusieron a arrojarme sin contemplación alguna un millón de atropelladas y frenéticas preguntas que me sonaban a chino mandarino mientras vi en la puerta de clase la mejor solución.

Salí corriendo, esa es la verdad.

Una desagradable situación que se terminara convirtiendo en una simpática anécdota con la que entretener a los amigos cuando regrese a España, pero visto lo visto, es una historieta que tendría que haber guardado como un peligroso secreto de estado pues se podría volver en mi contra, o por lo menos, no habérselo contado  a un  personajillo como Romero Castillo, dispuesto este  a recordarme ante la mas mínima oportunidad el triste y vergonzoso episodio convirtiéndolo en un arma arrojadiza contra mi confianza, mi seguridad personal…

-     Lo del inglés cada día lo llevo mejor, pero lo que realmente me deja perplejo es el reflejo de las nubes en tu calva…cacho cabrón…

Después de percibir la alteración en el timbre de mi voz se da por satisfecho recobrando el aire triunfal que lo caracteriza mientras nos sumamos en una carcajada sincera y libre de cualquier tipo de sentido.

Tengo que aclarar, que siempre estaré agradecido a Romero Castillo por la ayuda que me ofreció desinteresadamente y que tanto necesitaba cuando aterrice en este país. Tras pasar los primeros días en un albergue y darme cuenta que lo de encontrar un alquiler económico no iba a resultar tan fácil como pensaba en un principio, conocí a Romero Castillo-como no- en la barra de una famosa cervecería. Lo primero que le dije, recuerdo, con un tono ridículamente desanimado y sorprendido por mi propia sinceridad, fue que mi “careto estreñido” se debía a que no encontraba un piso que se adaptara a mi limitada economía. Seguidamente, con una atronadora y fantástica sonrisa dibujada en su pintoresco rostro y después de darme una de sus habituales palmadas en la espalda y pedir otra ronda, me dijo que no me preocupara por nada, que casualmente él vivía de alquiler en un piso viejo pero barato y sencillo, hogareño y a diez minutos del centro, que necesitaba un nuevo inquilino, que el casero era un capullo agriado que precisaba ir de putas urgentemente pero que tenía buena opinión de los Españoles, en fin, que ya podía ir recogiendo la maleta del albergue pues esa noche dormiría en una cama confortable, pero no dijo nada, no me advirtió, sobre la letal e inolvidable resaca con la que desperté a la mañana siguiente. Y a la siguiente y a la siguiente y a la…

Romero Castillo, como he dicho antes, es un manchego escandalosamente fanfarrón, un insaciable bebedor de cerveza negra y como he podido comprobar, dueño de un magnetismo sexual que encandila a cierto tipo de mujeres que no renuncian a experimentar nuevas y sudorosas sensaciones. Que vive obsesionado del sexo como de su calvicie, es una manera corta de describir su voracidad sexual, pero no escatimo en palabras, cuando digo que el ego que atesora y sus ganas de vivir solo son equiparables a sus ciento veinte kilos de masa. No, de musculo, dice él. No, de grasa, gordo cabrón, le contestamos los demás.

Para finalizar la presentación de Romero Castillo, puedo decir, que es un experimentado viajero que no habla mucho de su pasado en Alpera, un pueblecito de la mancha de cuyo recuerdo no quiere acordarse, pero que fanfarronea continuamente de las numerosas experiencias que ha disfrutado por todo el mundo: friega platos en Paris, dependiente de un coffe shop en Ámsterdam, mochilero por toda Sudamérica, barman en un hotel de Londres, viajero sexual en Tailandia e Indonesia, buscador espiritual de las grandes verdades de la vida en la India, bebedor compulsivo de cerveza en Múnich, DJ “ recién llegado de Ibiza” en un local de Berlín y por fin y como suele describir el mismo su actual trabajo, calienta sillas en un call center, que por el volumen de su tremendo culo es un trabajo que debe de realizar a la perfección.

-     ¿Te follarías a un travesti?

Y bueno,  decir que tiene la capacidad de sorprenderme constantemente y a bocajarro tampoco estaría de más…

-     A veces me das miedo. Mucho miedo.

Le contesto mientras me entretengo en observar a un hombre jugando en el césped con un gran perro negro. De repente, sin avisar,  se levanta una ligera ventisca que eleva y arrastra las hojas secas del suelo y dibuja ondas de movimiento en el agua del tranquilo lago, inquietando, de alguna manera, a patos y cisnes. Miro hacia el cielo y nubes grises avisan que la lluvia será inminente.

-     Te doy miedo, te doy miedo-dice Romero tratando de imitar el sonido de mi voz con un acento afeminado que no termina de arrancarme una sonrisa escondida-reprimido de los cojones ¡venga! no me seas chorra-continua con su propio tono y sin apartar la mirada del dogo grandanez que juguetea con su dueño en el césped del parque- pues follarme a un travesti es mi nuevo propósito, que cojones, es mi meta. Y no me quiero cepillar a un travesti cualquiera, de eso nada, me quiero cepillar a unos de los grandes ¿Sabes? Uno de esos que están subidos a unas grandes plataformas… y si esta recauchutado y tiene unas buenas tetazas a donde agarrarme, pues mucho mejor-en su rostro se dibuja una sospechosa y viciada sonrisa mientras observa detenidamente al inofensivo canino-joder, la cogería por la espalda, bien fuerte y…y…¡ Sería como follarse a un jodido animal!

-     Estas sucio tío, muy sucio…

-     Los cojones sucio-aparta la mirada del sodomizado canino mientras me ofrece una mirada violenta e irrebatible-deberías saber que reprimir los verdaderos deseos de uno a cambio de unas absurdas ideas burguesas que están arraigadas en esta puta sociedad y nos señalan, subliminalmente, lo que está bien de lo que está mal, es el camino más rápido hacia una infelicidad prolongada…

-     Lo que tú digas…

Le contesto deteniendo una sonora carcajada, esforzándome por aparentar fría indiferencia mientras observo como las bellas veinteañeras que hay al otro lado del lago empiezan a recoger sus cosas, preocupadas tal vez, de sus peinados y de las cuatro gotas que han empezado a caer…

-     Enano de los cojones-empieza a decir de un modo más calmado-tu sí que sabes cómo tocar las pelotas…

Finaliza pasándose delicadamente y a modo de diva una de sus grandes manazas por  el mojado y escaso pelo, contagiándome, esta vez sí, de otra fantástica risotada.

La llovizna va adquiriendo la suficiente intensidad como para otorgarle  al parque el aroma del césped, de la tierra húmeda, el aire se vuelve más frío por momentos y puedo notar en la cabeza como la fina lluvia va calando lentamente el gorro de lana a la vez que observamos en silencio las formas circulares que dibujan las gotas al caer en el lago. Uno de los magnánimos cisnes sale del agua y se dirige lentamente hacia algún rincón del parque mientras el dueño del perro negro, después de ligar la cadena al cuello del dogo aligera el paso hacia la puerta de salida.

-     No creo que pueda aguantar por mucho tiempo mas este puto clima-empieza a decir Romero observando detenidamente un cielo borrascoso que le concede al parque una luz decadente y de tonos anaranjados- esta puta capital no tiene nada de especial, pero coño… oculta un extraño secreto que te va atrapando lentamente-continua con un acento de voz profundo y sencillo, sincero e irreconocible en su persona- dos años en esta tierra, joder, quien me lo iba a decir en un principio…estoy cansado… muy cansado.

Termina diciendo mientras aparta la mirada del cielo y dirige los ojos hacia el cisne blanco que lentamente se va adentrando en uno de los jardines. Repentinamente su rostro ha adquirido un tono desconsolado que termina por desconcertarme del todo. Después de cuatro meses de bravuconadas e inesperadas gallanadas es normal, supongo, que no sepa cómo reaccionar ante esta insospechada muestra de humanidad. Que está pidiendo la opinión de un amigo es un hecho, pero solo puedo pensar en el agotador esfuerzo que se requiere para poder mostrarse al mundo, continuamente, como una persona despreocupada y arrolladoramente feliz, en la devoción que tiene por el sexo y la ofuscación que manifiesta por su irremediable calvicie; en la fuerza necesaria que hay que poseer para confinar, a saber qué tipo de desagradables penalidades, en estas dos obsesiones. Como escuché decir a un sabio, mostrarse negativo e infeliz al resto del mundo es mucho más fácil; no tiene merito. Recuerdo mientras una compasiva emoción empieza a recorrerme el cuerpo dirigiéndose hacia el espíritu sensible que parece esconder el grandullón que tengo sentado al lado…

-     ¡¿PERO QUE COJONES ME PASA?!

Grita después de levantarse fulminantemente del banco, alzando los brazos y dirigiéndose al cielo, recordándome de una manera repentina la imagen de un titán  aullando a los cuatro vientos bajo la lluvia, insultando y provocando a los dioses del mismísimo Olimpo…

-     ¡ME CAGO EN TO, EN TO ME CAGO! ¡PREPARATE QUE ESTA NOCHE EN LA FIESTA NOS VAMOS A PONER HASTA LAS MISMISIMAS PATAS!

Me grita en la cara, tras darse la vuelta, agarrarme de los hombros, levantarme y zarandear mi asustado cuerpo bajo la lluvia como a un muñeco de trapo mientras pienso si mis vertebras lo podrán soportar.

-     ¿Te duele mucho el cuello?

Pregunta Romero Castillo con una sonrisa que cruza de oreja a oreja su enorme rostro…

-     ¿Qué si me duele el cuello? Hijoputa…

Le contesto pasándome la mano por unas cervicales que palpitan con rabiosos latidos mientras salimos del parque ignorando la llovizna, algo calados, en busca de unas cervezas que nos rieguen también por dentro y adentrándonos en la vorágine de una  ciudad que nos recibe con un abrazo frío y ruidoso, grisáceo e indiferente.

 

 

 

 

 

                              

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  • 5 stars para compensar el ataque de los troles
    El tal Romero se esta cargando un relato que prometia
    Mucho meterte con Romero pero si se te llega a cruzar el fantasma de Molly Malone no se te escapaba viva y eso sin saber ingles ni nada. El tipo manchego está muy bien retratado y ya se sabe lo que dicen de los calvos en la cama.... que no dejan pelos, una saludo
    Vaya con Romero, no apetece nada coincidir con el.Suerte que con el protagonista es más fácil empatizar.Describes las sensaciones de manera que resulta fácil imaginar como se puede sentir uno en determinados momentos.
    Como lector te felicito no sólo por las inmejorables descripciones, sino también por la construcción de los diálogos. Bueno, peinso que a casi tods los españoles nos sucede los mismo con el inglés. Hay un muro, un barrera. Esto no me sucede con el alemán, tal vez por ser medio gemano, o con el francés, pero el inglés, Ah, amigo, eso es arina de otro costal..Te sigo.
    Un nuevo personaje, este con carácter y fuerza y por lo tanto débil. Pero la ciudad es la que manda, la que marca. Espero esa fiesta.
    Pues la cita de Lorafet encaja perfectamente con la construcción del personaje de Romero que es todo un tipazo. Has creado muy bien la psicología del personaje y la química entre él y el narrador protagonista.
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