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14 min
Llueve en Dublín (Cap.5 de 5)
Humor |
29.12.13
  • 4
  • 6
  • 2630
Sinopsis

“Aprendemos grandes cosas por pequeñas experiencias” BRAM STOKER

                                                En la azotea II

                                         (Y un hombre pequeño)

Bajando por las escaleras me doy cuenta que las palabras de Ferreiro me han afectado mucho más de lo que pensaba en un principio.

¿Sabrías decirme por qué estas en esta ciudad?

Tal vez lleve razón el gallego y no sea capaz de encontrar una respuesta sincera a mis actos, o por lo menos, una contestación rotunda y definitiva, que es lo que espera de la vida las personas como Ferreiro: grandes verdades. Personas entregadas al esfuerzo y la constancia del día a día, generalmente malhumoradas y enojadamente responsables de sus actos; esperando una recompensa por el arrojo mostrado. Pero en realidad, alguien debería de decirles, que hagan lo que hagan, lo disfracen de una o mil maneras diferentes, la vida siempre seguirá teniendo un cierto sabor amargo. Y no sé porqué, me entran unas ganas terribles de darme la vuelta, subir de nuevo las escaleras, entrar en la azotea y enfrentarme al rostro cejijunto de Ferreiro; decirle que no se esfuerce, que lo sé, que no se me escapa, que soy capaz de identificar mi propia tristeza y no me hace falta que venga ningún pastor de tierras perdidas de Ourense a mostrarme lo que siento o dejo de sentir, que conforme me hago mayor voy aprendiendo, lentamente, a no hacerle caso a ciertas sensaciones, cultivando una destreza para no pensar en cómo debería actuar y sentir ante este tipo de emociones que no llegare a comprender nunca del todo.

¿Sabrías decirme por qué estas en esta ciudad?

Y a quien cojones le importa.

Disgustado, cansado y algo borracho, me voy acercando a la puerta del piso, pero cuando llego a la envejecida entrada y saco la llave del bolsillo un ruido sordo, húmedo, constante y rotundo procedente del interior de la casa- que rápidamente ilustra en mi mente la imagen de un saco de arena cayendo repetidamente en un charco- me hace parar en seco

¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF!

Y cuando entro en casa…Horrorosa es la claridad con la que descubro a Romero Castillo desnudo, sodomizando, bombeando sin piedad a dos metros de travesti echado en el sofá…

¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF!

Atónito, contemplo que a pesar de sus ciento veinte kilos de masa  el manchego tiene una agilidad pasmosa… Como si de las piezas de un grotesco acordeón humano se tratara, los soberbios y mantecosos michelines de Romero Castillo revotan ágilmente entre sí, escupiendo y  bañando la estancia de una sustancia liquida y pringosa. El sudor de los titanes, supongo…

¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF!

El sofá, envejecido y placentero, un sitio sagrado donde solía echarme la siesta y masturbarme habitualmente…

-     ¡Mira, mira, mira, canijo! ¡El cabrón la tiene como la manga de un abrigo! ¡Toma, toma, toma! ¡Parece un  animal! ¡SÍ, SÍ, SÍ! ¡Me estoy follando a un…a un… CABALLOOO! ¡ATROPELLAME CAMIÓN!

¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF!

-     ¡TOMA, TOMA, TOMA! ¡Únete a nosotros canijo!! ¡Únete a nosotros! ¡Hagamos el trenecito!  ¡SÍ, SÍ, SÍ! ¡TOMA, TOMA, TOMA!

¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF!

Cansado y ojeroso, sigo contemplando en silencio la escena y estoy  seguro  que será este un acontecimiento que quedara grabado en mi memoria para el resto de los días. Instintivamente me llevo la mano a la polla, cuando compruebo que sigue en su estado habitual- chiquitilla, arrugada, fláccida y aburrida- respiro tranquilo.

¿Qué es lo que puede responder uno en una situación semejante?

-     ¿Sabrías decirme lo que haces en esta ciudad?

Mi aspecto debe ser cansado  y algo amodorrado, mi tono la voz de un hombre desconcertadamente resignado. Eso me sorprende, me asusta y no sé porqué…

¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF! ¡KATA…!

Por un breve instante el manchego se detiene, me observa  detenidamente para segundos después soltar una gran risotada y seguir embistiendo ferozmente a un hombre tetudo  que me presta atención con la expresión de un buey a punto de ser degollado...

¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF!

-     Ay canijo, canijo ¿Pues qué voy a estar haciendo?

¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF!

-     Vivir, canijo… ¡VIVIR, VIVIR, VIVIR! ¡SÍ, SÍ, SÍ! ¡TOMA, TOMA, TOMA!

Cuestionándome si algún día seré capaz de echar un polvo sin que venga a mí memoria estas terribles imágenes me dirijo al cuarto de baño. Me has jodido la vida Romero Castillo.

Sin cruzar el rostro en el reflejo del espejo me cepillo los dientes, me lavo la cara. Una vez en la cama y antes de caer en un sueño profundo, me da por pensar en Romero: Bien pensado y a diferencia de mí, es un hombre consciente del lugar que ocupa en este mundo, o por lo menos, de donde se encuentra en estos momentos. Un manchego que cumple sus sueños y acaba alcanzando aquello que se propone.

¿Te follarías a un travesti?

No, Romero Castillo, no, nunca me follaría a un travesti. Las comparaciones son odiosas, cierto, pero a tu lado siempre pareceré un hombre limitado y pequeño.

Muy pequeño.

¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF! ¡KATAPLAF!

-     ¡ATROPELLAME CAMIÓN Y NO…Y NO… Y NO PAREEEESSS!

 

                                           Es precipitado afirmar

Es precipitado afirmar que esta ciudad no tiene nada de especial…

Que llueve demasiado, que el Atlántico le concede un clima húmedo y frío, que el sol brilla por su ausencia y los días son tristemente cortos y por eso la tasa de suicidios es de las más grandes del continente, que no hay tanto trabajo como se esperaba en un principio y el nivel de vida es caro, muy caro y no es posible, es un atraco, que en el "TESCO" cobren ocho euros por un vino de mesa por muy Spanish Wain que sea, las mujeres son feas y horteras y consideran a los hispano hablantes- sobre todo a los españoles- maleducados que no saben hablar sin gritar o que la vida en este país gira en torno a dos cosas: alcohol y cristianismo, la economía se basa principalmente en la venta de bebidas alcohólicas y que por eso no es de extrañar que los nativos del lugar salgan a la calle disfrazados de duendecillos o vestidos completamente de verde para celebrar el día de su patrón y agarrarse una monumental borrachera; como Romero Castillo y algunos compañeros emigrantes, doloridos por las adversas circunstancias que los empujaron a salir de sus añorados países se esfuerzan en asegurar.

Alguien sin pelos en la lengua y malintencionadamente,  les podría corregir diciendo que este país es tan bueno como otro cualquiera para buscarse la vida, es más, según encuestas recientes-¿Quién cojones realiza este tipo de encuestas?- es la segunda comunidad más feliz del mundo solo superados por los jamaicanos- fácil de entender- y que el mal humor para asegurar semejantes chorradas se debe a una proyección interna de las malas decisiones que tomaron en un pasado que parecía encaminarse hacia un futuro mucho más prometedor.

Pero es bueno callarse ciertas cosas cuando uno aspira a llevarse bien con las personas con las que convive en un país desconocido y no quiere que le den de lado y le contesten que no tiene derecho a hablar cuando uno tiene la seguridad de estar cobrando la ayuda por desempleo y le han concedido un plan de formación para viajar a un país de la unión Europea y estudiar una lengua extranjera; que soy un vago que no se da cuenta de la oportunidad que tengo entre manos y  rematen señalándome como a un caradura sinvergüenza que no se puede considerar un emigrante, pues el motivo que me exportó de las orillas del mediterráneo fue la fuerza de la curiosidad, o más bien, el impulso del aburrimiento y el amor que le tienen en este país a la cerveza. Como he dicho antes, a veces es mejor meterse la lengua en el culo si uno no desea oír verdades como puños.

Pero comparto la alegría, no guardo silencio, cuando con unas copas de más, brindando con sabrosísimas pintas de cerveza y sin apartar las miradas los unos de los otros, como en esta hermosa tierra es habitual, cantamos en voz alta, mejor dicho, destrozamos canciones tradicionales irlandesas y luego aseguramos al unisonó que este país es maravilloso, que es un privilegio el poder disfrutar de fantásticos paseos por algunos de los grandes parques que ofrece esta ciudad, o compartir penas y alegrías alrededor de estanques con patos y maravillosos cisnes que no estamos habituados a contemplar y si el frío invierno da una tregua y al medio día un resquicio de rayos del sol nos puede calentar, regocijarnos con una buena sesión de lectura tumbados en un césped perfectamente cuidado y que es muy difícil de imaginar que en estos parques, hace mucho tiempo, allá por la edad media, se llevaran a cabo las más crueles ejecuciones y castigos y después de otra ronda, seguir manifestando, que sí, que es una gozada, una suerte, poder recrearse con el Ridman Blues, entretenerse escuchando la música en directo que brindan desconocidas, pero no por ello sin talento pues son fabulosas  las bandas callejeras de rock que hay  a cada vuelta de la esquina y ahora pago yo, mas cervezas para todos, pues las mujeres de este país para nada son feas y horteras pues son las más bellas y glamurosas de la faz de la tierra.

 

                                             Llueve en Dublín

-     En treinta minutos sale tu vuelo.

Me dice Ferreiro con una sonrisa resacosa observando el monitor  del aeropuerto. Su aspecto ha cambiado en los ultimos meses, es desaliñado y me cuesta reconocer al hombre serio y ordenado que conocí hara un año. Me arriesgaría a decir que la noche de la famosa fiesta después de sufrir la triste humillación con la francesita, un impulso profundo, certero y difícil de entender desordeno, de alguna manera, los planes que traía de Galicia. El horario personal  que adornaba su habitación me lo encontré tirado en la papelera de la cocina junto con los numerosos cuadernillos de ortografía Rubio, se suele levantar pasado el medio día, nunca rechaza una invitación para irse de pintas, se ha registrado en una página de contactos que le recomendó Romero Castillo y juntos tienen planeado un viaje a Australia para seguir con sus vidas. Sus oscuros ojos muestran claramente la mirada de un hombre desconcertado, cansado, pero aunque suene contradictorio, extrañamente feliz:

“Bienvenido, peregrino, nómada de la sin razón, a este barco a la deriva, por el vaivén de la vital y prolífica confusión: De un naufrago a otro.”

Me dan ganas de recitarle en voz alta las palabras de un grandísimo escritor mientras observo a Romero Castillo acercarse entre la corriente de personas que recorren el aeropuerto…

-     Bueno, bueno, bueno-empieza a decir Romero con una fantástica sonrisa dibujada en el rostro a la vez que devora un perrito caliente- será mejor que te des prisa si no quieres que cambie de opinión, te coja del pescuezo y te lleve de regreso a casa como a un conejo…

Por contestación solo puedo devolverle una sonrisa silenciosa mientras recojo el petate del suelo y compruebo por enésima vez en el monitor del aeropuerto que el número de la puerta de embarque no ha sido cambiado. Abrazos, apretones de manos, sonrisas de gratitud y planes que nunca se llevaran a cabo.

Cuando los veo alejarse entre la gente una vibración taciturna que bulle en mi estomago me advierte que nunca volveré a verlos.

-     Adiós y gracias por todo…

Les digo con un susurro que solo yo alcanzo a escuchar y convencido de que no sabría explicar el motivo de mi agradecimiento.

Una luz artificial ilumina el interior del avión. Fuera, nubes grises ocultan el sol.

Llueve en Dublín.

Sentado a mi lado un hombre lee tranquilamente el periódico del día al mismo tiempo que una de las azafatas nos muestra con movimientos estudiados y mil veces repetidos el mecanismo de un chaleco salvavidas. Los motores están en marcha, el despegue es inminente.  Mientras ascendemos, al otro lado del pasillo, una joven de pelo rojizo se aferra con fuerza al reposabrazos del asiento, cierra los ojos, el ruido de los motores es ensordecedor.

Puedo observar por la ventanilla como la ciudad va adquiriendo de un modo ilusorio la forma de una maqueta a la vez que se pliega el tiempo que he pasado en este país y un cansancio repentino y agradable empieza a recorrer todo mi cuerpo…

Me puede ver, como si hubiera ocurrido ayer, bajando del autobús que me traía del aeropuerto, plantado al lado de un envejecido petate, en medio de O’Conell Street, observando el trafico de la ciudad y el Spire, el gran pirulo de acero inoxidable alzándose hacia el cielo de Irlanda, encapotado y gris, tratando de calcular la altura del monumento y convencido de que todo me iba a salir bien.

Al igual que nunca terminé de entender mi traslado a esta ciudad que estoy dejando atrás, tampoco entiendo el motivo de mi regreso a España, pero hace tiempo  tome conciencia que son cuestiones estas que no me preocupan demasiado, que no soy una persona que sepa tomar decisiones estudiadas y que tampoco sabe asumir sus consecuencias, que me dejo llevar por impulsos ingenuos o arrastrar por el impacto inocente que me puedan dejar un libro o una canción que sepan llegar a mi corazón y que, al fin y al cabo, era a estas carencias, o más bien menesteres, a lo que realmente debía acostumbrarme.

Lucecillas verdes sobre nuestras cabezas nos comunican a todos los pasajeros que nos podemos quitar el cinturón. Aun me da tiempo, antes de que el avión tome mas altura y se adentre entre las nubes, de ver por la ventanilla los acantilados de Irlanda, elevándose sobre el océano Atlántico, temerarios y majestuosos, un espectáculo para todos los sentidos que nadie en su sano juicio debería perderse al visitar este maravilloso país. Pienso mientras trato de averiguar qué carajo habré estado rumiando durante todo este año con su puñado de meses para no haber ido a visitarlos.

Una rubia de la tripulación pasa con un carrito ofreciendo todo tipo de bebidas mientras me levanto, abro el compartimiento de las maletas y busco en el petate un libro de relatos, vuelvo a tomar asiento. Después de dos páginas dejo caer a Joice y la magnífica “Dubineses” sobre mis rodillas y cierro los ojos con una sonrisa de satisfacción en el rostro, convencido de que esta experiencia ha sido positiva y de que estaré preparado para hacerle frente lo mejor que pueda a aquello, sea lo que sea, que me este esperando allí abajo.

                                                            Fin                                    

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  • Un serie de relatos que concluyen con el protagonismo excesivo de un personaje que no hace falta viajar tan lejos para encontrar si no fuera por eso sin duda valdrian mas la pena de leer una lastima
    El final me ha dejado una sensación de alivio..no te imaginaba muy conforme por esas tierras.Siempre es un placer encontrar un momento para disfrutar de tus creaciones que no dejan sensación de indiferencia.Muy feliz año.
    Un gran final lleno de conclusiones personales y universales para un gran relato, lastima que la imagen de Romero me vaya a quitar el sueño durante bastante tiempo, feliz 2014
    Casi da lástima que se acabe esta mininovela. Será un Dublineses a la española.Es mi duda. A pesar de tantos malentendidos entre los personajes, hay una cierta armonía entre los tres. -Déjamelo decirlo a mi juicio: ese matíz amargo que los une a los tres y que, sin embargo, es el motor para seguir luchando por la vida. Sí, la vida, una broma, al fin y al cabo, pero de mal gusto. No hay otra cosa y menos mal que lo comprendemos del todo. Punto y final...y Chapeaux por la profundidad de tus letras.
    Un relato atrapa cuando te sientes identificado con alguno de los personajes aunque lo que veas en ese espejo no acabe de gustarte y eso me ha ocurrido con el narrador y en algunos aspectos con Ferreiro. "¿Qué cojones hago en esta ciudad? ¿Qué cojones hacemos estemos donde estemos?". Hoy en Barcelona hace un sol espléndido, pero yo cuando salga de casa lo haré con paraguas porque estoy seguro de que en cualquier momento me atrapará la lluvia de Dublín. Feliz año y buenas letras
    Muchas gracias por el esfuerzo, por estar ahí, es una pasada. Nos vemos el año que viene. Feliz 2014.
  • “Hay veces que mientras canto me acuerdo que he dejado la lavadora puesta” Iván Ferreiro

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Si se me permite, me gustaría aprovechar este momento para echar un órdago a aquellas personas, que como yo, sufren una extraña alteración en las funciones vitales cuando se ven abocados al vacío de un “Sobre Mi”. Vértigo, bloqueo, encogimiento de las partes nobles, picor en los ojos, moqueo, estornudos constantes, urticaria repentina… Es horrible, de verdad, créanme cuando digo que cuando nos vemos en esta situación la única salida que nos queda es echarnos en el suelo, formar un ovillo con nuestros cuerpos trastornados y esperar a que acabe la pesadilla. Y ahora que he logrado levantarme del suelo y recobrar algo de dignidad me pregunto si habré logrado mi propósito. Joder, estoy desvariando. No sé si tomarme un vino o una cerveza. En fin, me hare un vinito y mientras lo pienso.

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