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5 min
¡Lo escribiste tú!
Drama |
21.07.19
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Sinopsis

Una chica, ensimismada esperando al tren, conoce a un escritor un tanto peculiar. Deciden sentarse juntos en el convoy y, el escritor, con aire enigmático, le cuenta algo que cambiará su vida para siempre.

Sentada en el banco de la estación estaba yo, esperando el anticipo del sonido ondeante, de la fricción caprichosa que trae el metálico viajero hambriento, encarcelado en su nostálgica tela de araña de rieles, sometido al vaivén perpetuo de idas y vueltas.

Entonces llegaste tú, rompiendo el silencio, mostrando un cálido saludo. Me caíste bien desde el primer instante, tenías algo singular en tu mirada y en tus gestos.

Decidimos subir juntos al tren. Caballeroso, me ofreciste sentarme a la vera de la ventana. Y así lo hice. Tus gestos eran apacibles; tu voz, pausada y amable, dulce como una canción de cuna; tu mirada, aún más. La sonrisa no se desdibujaba nunca de tu rostro. Me hablabas serenamente, con amistosa cordialidad.

Escritor, dijiste que eras. Y qué clase de literatura escribías, yo te pregunté. Relatos sobrenaturales y de fantasía, me respondiste. Sería un gusto poderlos leer, compartí con sutil cumplido. Tú lo recibiste con una sonrisa y me señalaste el paisaje.

Mira, me dijiste, las montañas que cortan el horizonte como las tiras de papel de una fiesta de cumpleaños. El sol, que flota en la lejanía como una burbuja candente, surcando el manto celeste. Las flores que danzan. Las hojas de los árboles que silban con el viento. Ese riachuelo que fluye en su largo viaje. Las hierbas lozanas que cubren todo el valle. Una cueva oscura, extraña, que abre sus fauces con el apetito inquieto…

Mira, me dijiste, y tu dedo guió mi mirada. Mira, me dijiste, y una luz octarina brotó en la oscuridad de una cueva que parecía vibrar ante una explosión de energía. La luz crecía y crecía, imparable como una avalancha, intransigente como el vómito. Se vertía por los bordes de la boca, como impulsada por una ráfaga que la esparcía hacia los lados, ondeando como banderas entre unos gases tan densos que parecían cobrar fuerza y solidez.

El tren, indetenible, a toda marcha, empezó a lanzar bocinazos, dirigiéndose con exaltado arrebato hacia la boca de esa cueva sobrenatural.

Mis ojos no podían pestañear, observaban rígidos, perplejos y muy abiertos. Y yo estaba poseída, totalmente arrinconada como hierbas secas en la orilla de un río, como piedras desmenuzadas en un rincón polvoroso, como los pedacitos de mi alma contra el respaldo del asiento.

Me cogí con fuerza a los reposabrazos, sin apenas poder gesticular, el suceso me había robado toda expresión, menos la de horror.

El tren se dirigía directo a la boca de esa cueva que era un desafío a la sensatez, una idea inconcebible cuya sola visión producía el éxtasis y la perdición más salvaje.

Creo que grité. Los gases penetraron el tren, se infiltraron como lo hace un virus en la corriente sanguínea. La luz octarina bañó las paredes, que goteaban extrañas formas intrusas.

En el exterior la oscuridad se apoderó del paisaje, la cueva nos tragaba a una velocidad de infarto, como un enfermo que engulle las pastillas con demencia.

De pronto las paredes estallaron, el techo fue arrancado y voló entre las inescrutables marismas de una oscuridad preñada de resplandores octarinos.

Las entrañas de la tierra asaltaron mi visión: el interior grotesco de un mundo envenenado.

Descendimos, descendimos y descendimos durante incalculables momentos, aullando entre los evos glaciares, entre las edades congeladas. Y se hizo el silencio…

Como en la peor pesadilla de Verne o en el mismísimo descenso al Maelström, la tierra nos tragó como se ha tragado durante demasiado tiempo el dolor, la pena y la locura.

Me pareció comprender que llegaba el final. Sentí la frialdad de unas falanges huesudas acariciar mi espalda. Pero en ese momento, justo entonces, oí algo inaudito, como el chasquear de dedos, y todo se encendió.

La luz me cegó un instante, mis pensamientos se marearon con desconcierto, mis ideas cayeron en el ojo del huracán.

Creí levitar, creí volar, pero me zarandeé con fuerza y la visión volvió a mí. Entonces vi a las afueras de un tren intacto el paisaje aterciopelado de unos prados verdes, brillantes y sanos.

Giré la cabeza instintivamente, hacia tu lado, buscando tu figura. Y por un instante me pareció verte, con la mirada enloquecida, con una expresión de disfrute, balbuceando palabras ininteligibles, escribiendo alocadamente sobre una libreta llena de extraños símbolos urdidos por tu salvaje mano.

Pero te esfumaste, ya no estabas, todo había vuelto a la normalidad.

Tomé aire un rato, intentando calmarme, tratando de encontrar algo de serenidad después de esa terrible alucinación.

Entonces pensé en el cumplido pretencioso que te hice y me di cuenta, conmocionada, que habías hecho real el motivo de mi curiosidad.

Pues ese viaje, ¡lo escribiste tú!

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