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3 min
Lo humanamente correcto.
Reales |
16.08.13
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Sinopsis

Estaba tan indignada por el cadáver de la niña, que no pensé en el cadáver del perro que yo acababa de atropellar.

Hace poco leí en internet una noticia en algún país oriental. Cerca de un mercado habían atropellado a una niña. Los conductores pasaron encima de ella sin inmutarse hasta que una anciana, que pasaba por el mercado, arrastró su cuerpo desecho a una esquina, dejando lo poco que quedaba de la niña recargado en un costal. La señora, después de limpiar sus manos, siguió su camino. El cadáver permaneció allí hasta que el olor molestó y fue, finalmente, removido. La niña no fue identificada y su muerte fue menos relevante que la de un perro. Otra niña huérfana que había muerto no era algo importante.

Al terminar de leer seguía sorprendida. Me pareció injusto e inhumano que trataran al cuerpo de la niña con tan poco decoro, como si nunca hubiera sido un ser vivo. “Así son en Asia.” Me respondió mi hija cuando le platiqué la noticia. Mi indignación me provocó falta de apetito. “¿Qué hubieras hecho tú?” me preguntó. La verdad yo no me lo había planteado. Hubiera llamado una ambulancia, o a alguien que me ayudara a levantarla, le dije energéticamente. No es humano hacer eso, dije.

Se me hacía tarde para el trabajo, como siempre. No había desayunado y ya estaba poniéndome de mal humor. Mi hija subió rápidamente al coche y aceleré. Avanzamos unas calles hasta que noté el tránsito; tardaríamos mucho en llegar. Harta, tomé el volante girando en una calle; al verla vacía aceleré más. Sólo vi una mancha negra pasar por enfrente de mi coche corriendo. Escuché un grito, un alarido, y sentí como si pasara arriba de un tope. Mi hija giró la cabeza, viendo que había atropellado a un perro. Yo, por medio e impresión, no pude detenerme. Esperé la reacción de mi hija, asustada e inocente. Ella me miró y yo me detuve finalmente. Cubrí mi cara con mis manos, cuando ella me tomó una. “Ya voy tarde, apúrate.” Dijo impaciente, señalando mi reloj. Yo sequé una lágrima que me brotaba, pues ella miraba ahora su celular y reía.

Tomé el volante con las manos, mirando al frente sin avanzar. Acababa de atropellar a un animal, y sin consideraciones seguí marcha. Mi hija estaba como si nada hubiera pasado. Yo no me detuve a ayudar al perro. No me detuve a quitarlo del camino, como hubiera sido humanamente correcto. Descubrí que no tenía nada que ver con Asia. Tenía que ver con la gente de hoy en día.

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