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6 min
Lo que dura un túnel
Terror |
16.03.10
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Sinopsis

Donald sabía que no estaba bien, pero aún así había decidido contestar al móvil. Soltó el volante y revolvió entre los bolsillos de su abrigo. Éste se encontraba en el asiento del copiloto hecho un ovillo, con las mangas enroscadas como una serpiente dormida. A su lado, tumbado, un cilindro con unos planos enrollados. Dentro de la prenda el teléfono vibraba con una música infantil. De forma intermitente los ojos de Donald volvían a la carretera. Seguía despejada. Logró dar con el aparato y sacarlo de un bolsillo. La mano derecha lo llevó contra su oreja. La izquierda aferró el volante. Mientras, fuera de su particular micromundo, el camino estaba despejado de tráfico, en las montañas la hierba se mecía con una brisa suave y la luz del cielo se apagaba lentamente con las últimas fuerzas del atardecer. Los faros del coche sondaban la oscuridad creciente. En el horizonte lejano la autovía parecía introducirse en una cueva. Un túnel oscuro y amenazante como la tierra de nadie bajo la cama de un niño, o las profundas sombras de un desván cargado de trastos. El coche se dirigía hacia él con la determinación de una bala de cañón.
- ¿Sí? –le preguntó al teléfono.
- Donald, soy Rebeca. ¿Te pillo bien?
- Estoy conduciendo.
- Bien, vale, es por Cora –ignoró ella-. Ha vuelto a llamarme. Quiere una respuesta ya.
- ¿Qué?, ¿sabe que hoy es el primer día de fiesta que tenemos…?
- Sí, se lo he dicho. Empieza el puente de la Constitución y todas las contratas están cerradas, pero dice que le gustaría contar con una primera valoración. Pensaba que igual tú conocías a alguien que pudiera encargarse.
El túnel se acercaba. Parecía insuficientemente iluminado, con unos focos naranjas como un amanecer especialmente violento. Donald maldijo al arquitecto que había decidido ahorrar con la iluminación de aquel túnel convirtiéndolo en un lugar inseguro para los conductores.
- ¿Pero no puede esperar?, son sólo tres días. Mierda, no es más que un ascensor exterior.
- Ha dicho algo de una subvención. Se les acaba el plazo para pedir ayudas a la administración y tienen que presentar un proyecto. Donald, no quiero presionarte en absoluto, pero parecía dispuesta a llamar a otro. Sabes que necesitamos el trabajo.
Donald no contestó. Claro que necesitaban el trabajo. Desde aquel desgraciado accidente no les habían llovido las ofertas. Resultaba difícil mantener una empresa de ingeniería a flote cuando tu proyecto estrella se desploma y acaba con la vida de 23 personas. Él no había estado al cargo del proyecto, entonces apenas cumplía la función de un delineante, pero había conseguido aportar su granito de arena a la gran obra: un puente de 900 metros de largo, con piezas de hierro forjado de 27 metros de altura y una treintena de tensores de acero trenzado, gruesos como la cintura de un hombre casado. Había durado dos meses en pie.
- Sí, lo sé, Rebeca. Lo sé.
El túnel se le echaba encima. Estaba a punto de engullir el coche.
- ¿Y bien?, ¿podrías pedirle a alguien que te haga un presupuesto al vuelo. Conoces el proyecto.
- Es posible. A lo mejor…
- Perdona, Donald. ¿Qué has dicho? No… _igo.
Acababa de entrar en el túnel. El móvil se le llenó de estática.
- ¿Rebeca?
- …_igues ahí. Donald, estás a_…
Las interferencias habían caído como un alud que cubría la conversación. Trozos de palabra asomaban como los miembros de una expedición sepultada entre el ruido blanco.
Cuanto más miraba al frente más largo le parecía el subterráneo. Donald no conseguía ver el característico brillo que anunciaba el final del túnel.
- ¿Rebeca?
Las interferencias cambiaron. Se volvieron más lentas y graves… más acuosas.
- ¿Estás seguro Donald?, ¿estás seguro?
Aunque le había llamado por su nombre no parecía Rebeca. Casi parecía la voz de un hombre que hablara angustiado. Era algo líquido, como si tratara de vocalizar bajo el agua. Si no hubiera sido imposible, si no hubiera estado muerto

(ahorcado, se colgó de la viga desnuda de su despacho. Utilizó su cinturón como soga)

Habría pensado que se trataba de Nacho, su antiguo supervisor.
- ¿Estás seguro de que aguantará?
- ¿Qué?, ¿Rebeca, eres tú?
- ¿Aguantará Donald? ¿Cuando haga un viento fuerte, aguantará sólo con esos tensores?
“¿Cómo es posible? Estás muerto, maldita sea. ¡Estás muerto!”.
- Sólo tenemos que quitar cuatro por cada flanco. Cada tensor roza los 200.000. La obra ya está pagada, ¿no? –se oyó decir en el aparato.
- ¿Aguantará Donald? ¿Seguro que aguantará?
El coche recorría incasable el interminable túnel. La luz de los faros delanteros empezó a perder intensidad. También los focos anaranjados de las paredes comenzaron a oscurecerse. Las sombras se acercaban a su coche. Sólo en el salpicadero el cuentakilómetros digital seguía brillando mientras las sombras cercaban el vehículo que aunque seguía manteniendo la vibración del motor parecía suspendido en mitad de la nada.
“¿Qué demonios está pasando?, ¿por qué no se acaba este jodido túnel?”
- ¿Aguantará, Donald? –preguntaba lacónico el móvil.
Donald lo apagó.
- ¿Podrá resistir sin ocho tensores? –el aparato siguió hablándole incluso con la tapa cerrada- ¿tú crees que sí Donald, lo crees?.
Horrorizado arrojó el móvil al suelo del coche. La oscuridad ya era total, salvo por las cifras del cuentakilómetros. Entonces observó que la velocidad había desaparecido y ahora en lugar de Km/hora su salpicadero contaba dinero. A medida que las luces se oscurecían y la carretera parecía quedarse vacía de barreras de seguridad, arcenes, ventiladores, luces de emergencia… la cifra que señalaban parecían aumentar.
- Mira lo que nos estamos ahorrando, Donald, ¡cuánto dinero!, ¿no crees que merece la pena? –seguía diciendo la voz ahogada que ya no provenía del teléfono móvil, sino de todas partes.
Pronto la oscuridad fue total. El túnel se tragó el coche y a su conductor.
No había nada porque era más barato así.
Merecía la pena jugársela un poco.
Sólo había que confiar en que aguantara. Tenía que aguantar.
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