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8 min
lo que habita junto a ti
Terror |
07.10.18
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Sinopsis

Todos hemos sentido alguna vez esa incomodidad de pasar por un pasillo oscuro aun saber que no había nada ahí. Bueno, pues intento llevar eso un poco más lejos. Hace mucho, demasiado, que no escribo; y más aún que no publico aquí. Me encantaría recibir feedback de este texto para saber si convertirlo en un capítulo de algo más grande o dejarlo en lo que es hoy.

Bruno se despertó intranquilo en su cama. No sabía qué hora era, pero seguía siendo de noche. Tenía que ir al baño urgentemente y no sabía si podría aguantar.

La cama aún le quedaba alta, pero sus padres decían que tenía mucho por crecer y dentro de poco la cama sería pequeña, pero él no estaba seguro. Tuvo que agarrarse al borde y dejarse caer hasta el suelo, con habilidad y medio dormido aún.

Sus padres le habían dicho que jamás fuera descalzo por casa, pero iba a ser un momento y ellos no lo sabrían. Quizás fuera solamente una sensación, pero le pareció que el suelo se sentía cálido al contacto con sus pies; más para la época del año en la que estaban. El calor del suelo traspasó todo su cuerpo llegando hasta su mente y no pudo dejar de pensar en ello.

El suelo no debería sentirse tibio en invierno, ¿verdad? El suelo debía sentirse frío para tener que llevar zapatos. Pero se sentía cálido allí donde pisaba, y fue pensando en eso mientras iba hacia el baño, encendiendo a su paso todas las luces de casa por donde pasaba.

Él sabía que no iba a haber nada, pero era mejor encender las luces y casi no pensar en esa sensación morbosa de mirar en cada esquina oscura donde no tenía que encontrarse ningún monstruo, pero seguía haciéndolo. Y a medida que iba hacia el baño andaba más rápido.

Pronto habría vuelto a su cama y le parecía mejor pensar en el suelo cálido. ¿Por qué iba a sentirse así el suelo? ¿Alguien habría pisado justo donde él estaba pisando? ¡Habrá un monstruo o una bruja que haya ido descalzo antes de mi al baño? Bruno se reía en su cabeza al pensar esas cosas. -No, eso no puede ser. No hay nadie más.- Por si acaso, cuando hubo acabado, Bruno iba cerrando las luces mirando alrededor hacia los rincones oscuros antes de darle a cada interruptor y salir corriendo hasta el siguiente. Para cuando hubo cruzado las diferentes habitaciones y pasillos y las selvas de agujeros oscuros donde él sabía que no habitaba ningún monstruo, se dio cuenta de su corazón acelerado y su cuerpo en tensión.

Al volver a la habitación se sentía intranquilo. Una palpitación en el pecho. Se autoconvencía de que no era nada. -Solo es mi imaginación. Tengo miedo y soy tonto por mirar esos agujeros. No está sucediendo nada. Solo soy yo.- Pero se sentía extraño. -¿El suelo suele ser tan tibio, y yendo descalzo, y por la noche?¿y en invierno? Solo soy yo, solo soy yo-.

El niño se subió a la cama de un salto, ya sin ningún atisbo de sueño, por obligación. -Debo intentar dormir. No sucede nada. No tengo que volver a pisar el suelo ni mirar agujeros oscuros; cerraré los ojos y mañana no habrá pasado nada, no lo recordaré.- Pero en la cama no se sentía más tranquilo. Cerró los ojos e intentó hacer como que dormía. -Si hago como que duermo, me dormiré.-

Pero cada vez estaba más intranquilo. De sus párpados apretados se escaparon unas lágrimas. Cada vez que intentaba pensar en cualquier cosa, le parecía que algo iba mal.

Intentó pensar en su cuerpo. En la forma de su cuerpo, en la sensación de flotar en su mullida almohada. Pero esto era peor -solo estoy yo, solo yo, las rodillas al pecho, un brazo sobre la cabeza y el otro bajo la almohada, solo los ojos asomando tras la manta, los dedos apretados-.

Y de su cuerpo tenso llegó otro pensamiento: la cama se combaba, como era normal, pero no por su peso, justo en la mitad de la cama, sino un poco más allá, justo detrás suyo, por un peso mayor, como si cayera en un foso en un desierto, donde la arena iba poco a poco cediendo hacia el fondo oscuro.  

Y cuando pensó en ello, en su cuerpo mecido por un peso mayor se agarró a sus sábanas, llorando, con hipo por la tensión, sin dejarle respirar bajo su manta donde el aire se iba volviendo insoportable. Un escalofrío empezó a recorrer su espalda. El vello se le erizaba en la nuca. No debía girarse, no podía: desde los dedos de los pies hasta los párpados cada fibra era una piedra. No podía moverse. No podía respirar. Se ahogaba. Sollozaba y temblaba mientras caía al fondo de un agujero en su propia cama.

Una voz vino de otra habitación. Una voz que le llamaba por su nombre. Sus padres se habían despertado e iban a por él. Todo había acabado.

Su madre salía del dormitorio. Entonces, una brisa le cruzó de atrás a adelante. Corriendo por todo el sudor frío y yendo hasta la puerta. Tenía que ser su imaginación. Tenía que ser su imaginación. Tenía que ser su imaginación. Pero no quería moverse. Se sentía haciendo fuerza para no dejarse caer en el valle que formaba su cama y del que él no era él el creador. Lloraba, hacía fuerza con todo su cuerpo y cada vez se sentía más mareado. No se dió cuenta cuando gritaba ronco en mitad de cada golpe de hipo.

Oía pasos. Tras la puerta su madre iban hacia su habitación, solo a unos metros. La silueta de su madre se recortaba tenuemente en la oscuridad, sus pasos golpeaban el suelo y su brazo se acercaba al interruptor de la luz mientras le llamaba.

Debía ser solo una pesadilla. Su imaginación borrosa por las lágrimas. Seguro que era solo su imaginación la que hizo que pareciera que el interruptor se prendía justo un momento antes de que su madre encendiera la luz.

Llegó en un segundo hasta su cama, le abrazó, le incorporó y le volvió a abrazar. Bruno no podía parar de llorar. Su cuerpo tenso se quedó sin fuerzas. Abrazó a su madre.

- Mamá, ¿has encendido la luz? - dijo llorando a mares, sin poder controlarse. Balbuceando cada palabra.

- Claro que sí cariño. ¿No lo has visto? Y ha pasado. Solo ha sido una pesadilla.

- ¿Has encendido la luz, verdad?

- Claro que si Bruno, hijito mío. ¿Quién iba a ser si no? - Su madre le sacó de la cama alzándole en el aire y paseándolo por los aires hasta su dormitorio mientras su hijo se aferraba con toda la fuerza que le quedase, llenándole las espaldas a su madre de lágrimas y mocos. Le llevó hasta su cama y le sentó en el borde.- Hoy dormirás aquí, túmbate y descansa. Ya ha pasado.

Su madre le tendió unos pañuelos y le acarició su cabello sudoroso mientras repetía como un mantra que ya todo había pasado.

En unos minutos Bruno se había tranquilizado. El hipo, que había llegado a dolerle en el pecho, había aflojado. Solo le quedaba un susto de su imaginación excediéndose en los momentos más inoportunos. Pero ya había pasado, estaba tranquilo, y en unos minutos se volvió a quedar dormido, convencido de que no había pasado nada.

Por la mañana todo había pasado. El sol se colaba por las persianas desde la habitación de su madre y Bruno no habría recordado nada de no ser por el sudor seco y pegajoso que todavía cubría su cara y por estar durmiendo en el dormitorio de sus padres.

Se levantó, un poco desorientado, pero nada quedaba unos minutos después. Solo un recuerdo cada vez más borroso y un desasosiego que no acababa de entender.

Su padre le preparó un vol de cereales y él miró la televisión hasta que fué hora de irse al colegio. Nada había pasado. Los profesores seguían sus clases y él seguía jugando con sus amigos en el patio. Todo seguía igual.

Al mediodía su padre le fue a recoger a la escuela y le llevó a casa. Su madre estaba haciendo la comida a la vez que atendía al televisor y ponía una lavadora.

- Mi rey, ¿cómo ha ido en el cole?-tras una ligera mirada volvió a sus quehaceres con las sábanas-, creo que alguien tendrá que aprender a vigilar más por la noche - en su cara se dibujaba una sonrisa mientras pasaba sus sábanas arrugadas y húmedas a la lavadora.

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