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8 min
Lo Que Hacíamos Por Las Mañanas
Amor |
06.04.18
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Sinopsis

Dos jóvenes disfrutándose.

Era de esa juventud sana, descuidados, sin mayor responsabilidad, con los temores contenidos. Apasionados por las caminatas, recorriendo los paisajes, gozaban del frio inclusive el calor. Tenían muchas cosas en común, pero su mayor coincidencia era que estaban locos por ellos mismos, a tan corta edad.

 

Era el último año de la básica, eran amigos desde que entraron a ese colegio, desde que los sentaron juntos, se volvieron inseparables.

Vivian en su propia burbuja, trataban de hacer lo máximo posible juntos, tanto como tareas, trabajos y en los recreos podían pasar de rincón en rincón o en la biblioteca si no querían ningún ruido.

Ella era bastante guapa y se fue volviendo a medida que fue creciendo, ella ya tenía 14 y denotaba ya su sus primeros cambios físicos, él aun con 13 años no se manifestaban grandes rasgos corporales.

Sin darse cuenta y sin decir palabra alguna los primeros besos llegaron. Fue ella quien se acercó a su cara para sorprenderlo con un beso, él respondió de buena manera, era como si lo estuviera esperando por mucho tiempo y pasaron de ser mejores amigos a amigos que se besan sin temor a lo que les digan, solo por el deseo de querer hacerlo.

En el curso no percataban mucho sus presencias, porque la mayoría vivía su propia realidad y ellos no eran la excepción.  Y de vez en cuando con un curso tan alejado de empatía y un colegio careciente de lo mismo, ellos no hallaban mayor locura que no ir al colegio, si no hacer la “cimarra”

Se levantaban habitualmente a la hora de siempre, bien temprano, ya a las 7:20 AM estaban saliendo de sus casa para ir al colegio. Aunque esta vez sería la excepción. Habían quedado de acuerdo juntarse en Los leones, en vez de parar en Republica, dejaron que el metro siguiera  su curso y bajarse en dicha estación.

Ahí se quedaron parado, como esperando que fueran las 8:00 AM, imaginando que tocaban la campana para entrar a las salas de la primera clase del día.

Estaban relajados, cada vez observaban menos colegiales dando vuelta, parecían ser solo ellos, uniformados paseando. Iban de la mano y se largaron a caminar.

Hablaban con tanta naturalidad, como en tantas ocasiones ya lo habían hecho, era una amistad que se había forjado desde que eran niños e ir ahora de las manos viendo a todos los adultos con caras deprimentes, uno que otro a un paso furioso, les causaba risa. Se daban un beso entre esa gente, se miraban y se reían, parecía como si se estuvieran enamorando prematuramente. La sensación de estar libres e ir tan expeditamente los hacía feliz, tenerse de la mano paseando por Santiago los tenía así.

A ella sus papás todos los días le dejaban algunas monedas para poder comprar alguna colación en el kiosco o de alguna emergencia, a veces llegaba recibir $500 pesos y él juntaba por ahí alguna que otra moneda que veía dando vuelta por la casa, de hecho el recogía la mayor parte del dinero para lo que querían.

Hacer la “cimarra” se volvió casi una costumbre, pero no lo repetían tan seguido para no levantar sospechas antes nadie, de todas maneras nadie parecía estar preocupado.

Entre ambos y antes de volver a recorrer la ciudad, buscaron un café, estuvieron investigando antes cafeterías que abrieran temprano y fueran baratas, no constaban con mucho dinero solo lo que ahorraban y conseguían, pero más de una vez pudieron hacerlo. Se les veía ahí los dos sentados con un café o leche y a veces lo acompañaban con una media luna o una hallulla. Pero hubo una vez en que se pudieron dar un lujo, un banquete mañanero. Te + jugo acompañada con tostada con jamón queso y tomate con otros condimentos de por medio y una buena rebanada de pastel tres leche y como si fueran poco compraron muffins por si les faltaba apetito. Aquel día, repletos salieron de la cafetería y se recostaron en el césped todo el día, a ver  las nubes, hacer figuras con los dedos; después de un rato tuvieron que ir a buscar un local para poder usar el baño.

Visitaron el museo precolombino, se colaban donde habían otros colegios, jugaban ajedrez en plaza de armas y se robaban la reina y el rey para conservarlos de recuerdo. Ingresaban a la iglesia de San Francisco, pero no duraban mucho ahí, al rato se largaban a reír y tenían que salir antes que los echaran. El cerro Santa Lucía se volvió su lugar recurrente, ahí es donde fueron a parar la mayor parte de las veces, así que cambiaron de estación para acentuarse en la de Santa Lucía y pasar sus tardes.

 

Llegó la fiesta de graduación de Octavo básico. Ninguno de los dos asistió y les pareció de acuerdo no querían ir, así que hicieron una salida los dos solos y anduvieron por el cerro Santa Lucia de noche burlando el cierre del parque y ese fue su reemplazo de fiesta de graduación antes de que iniciaran las vacaciones.

Pasaron las vacaciones separados. Ambos por vacaciones familiares. Fue un verano extraño, se comunicaron poco y nada, sobre todo las ultimas  semanas antes de entra a clases. Él llegó antes de sus vacaciones y ya se alistaba para entrar al colegio nuevamente, de ella no se sabía mucho, su ausencia era evidente por todos lados, no recibía los mensajes ni contestaba el teléfono.  Consiguió hablar con ella por teléfono un par de veces, ella se excusaba con la mala señal y la falta de wifi.

Era hora de retomar la rutina escolar. Y él se alistaba para llegar a su nuevo salón de clases, tenía la certeza de que algo había pasado y que si ese día no llegaba a la sala y no la veía, iría a su casa a ver que ocurría.

Aunque no fue así, si estaba ahí. Era ella, teñida de un color que no era el suyo, luciendo el uniforme de manera distinta y conversando en un grupo, de niñas, de niñas nuevas y las viejas. Era ella hablando y riendo escandalosa en un pequeño grupo en un lado del salón.

Él se la quedó mirando, cruzaron una mirada fugaz y rápidamente  buscó un lugar donde sentarse.

Aquel día la pasó incomodo, solo quería que terminara el día para poder ir a casa y… Esconderse.

Mientras pasaban los minutos él sentado en un rincón, sabía que se había roto algo, que todo había cambiado, pero que algo se había roto, algo dentro de él, tenía náuseas y una fuerte presión en su pecho. Nada volvería hacer lo de antes.

En casa intentó llamar, pero como sería capaz de hacer aquello, si en el colegio no se atrevía siquiera a toparse con ella ni hablarle, ni nada, solo ese contacto visual que tuvieron por la mañana y el resto del día solo fue esquivo. Se refugiaba donde solo él solía ir con ella, total, ella ya optaba por otro rincón del colegio.

Esa noche lloró, sabía que no habría más besos, ni conversas, ni compañía. Su llanto fue tan triste y contenido que tuvo que taparse con las sabanas para no estallar. Con los ojos aun vidriosos nuevamente volvió a recordar, esta vez más claro, ya no habría más nada, se planteó todo lo que había perdido y sin darse cuenta ni por qué razón lo perdió. En lo más profundo de él lo que más extrañaría serían esas “cimarras” eso quedo en el año pasado, en la enseñanza básica. Pasar por ahí será un golpe nostálgico, las mañanas le parecerán tristes y cada lugar de Santiago también le parecerá, los museo,  las iglesias, el ajedrez, el cerro Santa lucia, un café con media luna le parecería la imagen más triste cada vez que lo viera. Ya no habría más “cimarras” por las mañanas. Ya no habrá más ella.

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