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4 min
Lo que merece la pena
Reales |
11.10.19
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Sinopsis

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Ahí estaba, como cada mañana a la misma hora desde el día en que se jubiló. Un hombre de costumbres; de costumbres puntuales. Tanto que no había día que algún parroquiano, al verlo aparecer por la puerta, comprobara la hora en su reloj. Sí, algunos hábitos los mantenía desde su época de profesor, como no salir sin su americana o llevar, como parte de ella, las gafas de leer en el bolsillo interior, junto con la gamuza y la pluma que utilizaba desde que consiguió la plaza de titular en la facultad. El aspecto de hombre sabio y paciente no era fruto de la costumbre, no. Esa era, quizá, una de sus mayores virtudes y, sin lugar a dudas, lo que le había permitido vivir al margen de guerras y disputas, tan habituales en los entornos universitarios donde transcurrió gran parte de su vida.

Ahora, ayudado por sus inseparables amigas de aluminio, arrastrando casi los pies, culebreaba entre las mesas hasta llegar al revistero, ubicado en un extremo de la barra, donde, encima de ejemplares atrasados, el estanquero dejaba el periódico, como todos los días, a primera hora. No era hasta el sábado cuando, para hacer hueco a las revistas de la semana, retiraba los ejemplares manoseados, releídos y en ocasiones mutilados por los coleccionistas de recetas o vales de descuento, para tirarlos al contenedor azul de vuelta al estanco.

Con el periódico bajo el brazo, el mismo de siempre, se dirigía con su pausado andar hasta la mesa que casi había hecho suya, la que estaba junto a la ventana, la que mejor luz tenía para su lectura diaria. Al llegar, en la mayoría de las ocasiones, ya estaba sobre la mesa su café humeante, porque Chema, el dueño del local, lo preparaba nada más verlo aparecer por la puerta y, al paso que andaba el pobre hombre, el café llegaba antes que él. En realidad no era café; era un cortado descafeinado de máquina, corto de café y con la leche caliente, aunque Chema nunca entendió porqué lo pedía con leche caliente, ya que, una vez sentado, lo removía y lo removía, mientras pasaba las páginas del periódico, intentando enfriarlo. Llegó a la conclusión de que el objetivo era conseguir que el cortado estuviera a la temperatura adecuada cuando terminara de ojear los titulares.

Era raro el día que, en los minutos que duraba esa rápida lectura, no le invadía la añoranza de aquellos periodistas de raza que tanto le fascinaban, recordando la cantidad de veces que se jugaron la vida con el único objetivo de escribir una noticia veraz con la que informar a sus lectores. Aquellos periodistas que con su firma certificaban la veracidad de lo escrito y que, según le contaba su hermano mayor, periodista de profesión, creaban una familia en el exilio formada por corresponsales de vocación, los llamados enviados especiales, que todos lo periódicos que se preciaran mandaban cuando había algo importante que contar, ya fuera el asesinato de Kennedy, la guerra del Vietnam o el Mayo francés.

Mucho había cambiado el oficio, sí. De hecho ahora en todos los periódicos, al menos los dirigidos al gran público, la mayoría de las noticias estaban firmadas por las siglas de una agencia y las fotos que le acompañaban eran elegidas por el montador – ni siquiera por un redactor -, entre las tres o cuatro que la misma agencia enviaba junto con al texto. Ese era el motivo de que, en más de una portada, las fotos fueran las mismas y la noticia, con alguna palabra cambiada, sobre todo si interfería con la ideología de la línea editorial, para marcar una mínima diferencia.

Aún así, el viejo profesor no perdía la costumbre de dedicarle un buen rato al periódico. La diferencia con aquellos tiempos añorados es que ahora, en cuanto terminaba con el cortado descafeinado de máquina, abría el periódico por la última página y allí, junto a la programación de la televisión, disfrutaba del placer de completar el crucigrama, lo único que, desde su veterana opinión, seguía mereciendo la pena.

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